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30 de diciembre de 2015

Utilizar la rabia con sabiduría, por Dr. Robert Masters

La rabia es fuego moral; que sea destructiva o constructiva está en nuestras manos… y en nuestro corazón. Bajo la fogosa custodia de la rabia limpia coexisten la pasión y la compasión, como el calor y la luz. Es necesario que respetemos nuestra rabia, que dejemos de considerarla un problema, o un obstáculo espiritual, o algo así que está por debajo de nosotros, para que pueda contribuir verdaderamente a nuestro bienestar.

La rabia que es compasión negada se convierte fácilmente en rabia expresada -aunque sea indirectamente- sin compasión. Pero, ¿cómo llevamos la compasión a nuestra rabia? No es tarea fácil no reprimir y tampoco dejarnos llevar por la rabia. Ante todo tenemos que acercarnos a ella conscientemente y con genuino afecto, sin aversión. No explorar la rabia, no intimar con ella, es una decisión peligrosa. No conocer nuestra rabia es mantenernos en la oscuridad, en peligro de volvernos agresivos o violentos en lugar de simplemente enfadados.

En el major de los casos, la rabia se vuelve fuego relacionan, contribuyendo a iluminar nuestro camino hacia unas relaciones cada vez más íntimas y profundas que incluyan todo cuanto somos. La fogosa intensidad que se halla en el corazón de la rabia no pide contención, ni rehabilitación espiritual, ni una mera descarga, sino una aceptación consciente que no exige aplacar la pasión, ni reducir el calor, ni silenciar la voz esencial que hay en las llamas.

Llevar la rabia a nuestro corazón no solo es un acto de amor hacia nosotros mismos sino hacia todos los seres, ya que una práctica como está evita que no dejemos que nuestra rabia se torne en agresividad, hostilidad y odio. 

Allí donde haya juicios, tanto si van dirigidos a nosotros mismos como a los demás, va a haber rabia. Esto significa que, de algún modo, deberíamos deshacernos de nuestros juicios -¡una tarea destinada al fracaso mientras tengamos mente!- sino más bien que los mantengamos en una perspectiva saludable.

No es poco habitual estar enfadados con nuestra rabia (“¡Cuándo me libraré de esta maldita rabia?”), renegar de ella (“¡No debería estar enfadado!”), negarla (“Tal vez creas que estoy enfadado, ¡pero no lo estoy!”) o simplemente desconectar de ella (“No tengo rabia”). Sin embargo, en lugar de luchar contra nuestra rabia o huir de ella, necesitamos conocerla más a fondo. Una relación íntima con nuestra rabia potencia el autoconocimiento, la integridad, la profundidad en las relaciones y la maduración espiritual, y nos ayuda a expresar una pasión viva y responsable.

Cuanto mejor conozcamos nuestra propia rabia, y más expertos seamos en expresarla, más probable es que podamos manejar con habilidad la rabia de los demás, pero si permanecemos separados de la nuestra no solo la expresaremos en forma descuidada, sino que tampoco podremos manejar muy bien la de los demás.

Es muy probable que el retraimiento tranquilo o racional o espiritual con que reaccionamos cuando alguien está enfadado con nosotros no sea una acto de auténtico afecto, sino más bien de miedo, aversión o agresividad pasiva. Es fácil hacer de la rabia contenida una virtud, pero esta contención puede ser simplemente, otra forma de rabia. Puede que, en parte, lo que nos resulte difícil de esto sea que seguimos confundiendo la rabia con agresividad, olvidando que la rabia que está libre de ésta ayuda a proteger nuestros límites.

Si rechazamos la rabia -no la agresividad, sino la rabia- de una persona que es importante para nosotros, lo que hacemos es simplemente evitarla. Esto, por lo general, fomenta la acumulación de la energía y frustración de la rabia y crea presión para encontrar otras válvulas de escape a la misma, como distracciones eróticas, trabajar más de la cuenta o las sutiles crueldades de la rabia pasiva.

Por mucho que pudiera gustarnos pensar de otro modo, la rabia no desaparece a medida que vamos avanzando en nuestra evolución y nuestro despertar; de hecho puede volverse incluso más ardiente pero quemar cada vez de una forma más limpia. 




 La evasión espiritual. 
Dr. Robert A. Masters






29 de diciembre de 2015

"Si tienes algo, algo que te da alegría, paz y éxtasis, compártelo" - Osho

Yo enseño sobre la naturaleza. Enseño a ser natural, total y desvergonzadamente natural. Claro, enseño egoísmo. Nadie la ha dicho antes de mí; no tienen agallas para decirlo. Y eran egoístas; es la parte asombrosa de la historia. ¿Por qué un monje jainista se tortura a sí mismo? Hay un motivo. Quiere lograr la liberación final y todos sus placeres. No sacrifica nada, simplemente está negociando. Es un hombre de negocios. 

¿Cual es el motivo, el propósito? ¿Qué esperas obtener a cambio? Puede que nunca te lo hayas planteado… La respuesta es que no es servicio…

Todas estas religiones que hablan de “servicio” están definitivamente interesadas en que la humanidad siga siendo pobre y requiera de ellos. De otra manera, ¿qué sucedería con esas religiones y sus enseñanzas? En el fondo es egoísmo, pero recubierto de hermosas palabras: generosidad y servicio.

Pero, ¿por qué hay necesidad de servicio? ¿por qué debe haber alguna necesidad? ¿No podemos destruir esta necesidad de servicio? 

La ciencia puede hacerlo posible. Está totalmente en nuestra manos. Habría sucedido hace mucho, si esas religiones no hubieran tratado de detener a cada persona que trata de contribuir al conocimiento para destruir todas las oportunidades de servir. 

Servicio es una palabra sucia, una palabrota. Nunca la uses. Claro, puedes compartir, pero nunca humilles a la gente “ sirviéndola”. Es una forma de humillación. Cuando eres útil a alguien y te sientes bien, has convertido al otro en un gusano, en un subhumano. Eres tan superior que has sacrificado tus propios intereses y estás “sirviendo a los pobres”: en realidad sólo los humillas.

Si tienes algo, algo que te da alegría, paz y éxtasis, compártelo. Y recuerda que cuando compartes no hay motivo. No digo que compartiéndolo alcanzarás el cielo. No te estoy dando ninguna meta. Sólo afirmo que al compartirlo te sentirás tremendamente satisfecho. En el mero acto de compartir está la satisfacción, no hay meta más allá. No persigue una finalidad, es un fin en sí mismo. 

No hay necesidad de sirvientes, misioneros, ni gente de su clase. Necesitamos más inteligencia ocupada en cada problema y en cómo solucionarlo. Enseño egoísmo. Quiero que seas, primero, tu propio florecimiento. Claro, parece egoísmo; no tengo objeción a esa apariencia; para mí está bien. Pero, ¿la rosa es egoísta cuando florece? ¿el loto es egoísta cuando florece? ?¿el sol es egoísta cuando brilla? ¿Por qué deberíamos estar preocupados por el egoísmo? 

Tú naciste. El nacimiento es sólo una oportunidad, es el principio y no el fin. Debes florecer. No la desperdicies en ningún tipo de servicio estúpido. Tu primera y principal responsabilidad es florecer, hacerte totalmente consciente, despierto, alerta; esa conciencia te hará capaz de ver lo que puedes compartir y cómo puedes resolver problemas. 
Tú puedes compartir con la gente lo que quieras compartir; pero primero debes tener algo para compartir.

Osho, El gran libro de las revelaciones.




17 de diciembre de 2015

Continuación y final de la historia de Kaametza y Narowe que no tiene final

Lo primero que miró Narowé al desprenderse de la nada fue a Kaametza, fue todo, el sol, mirándolo. Pero eso pasó dentro de su ánima, detrás de su primera sensación, detrás de su primer conocimiento, bajo su corazón. Porque afuera, alrededor de donde ellos se encontraban y encima, todo el mundo era sombra. Ya Pachakamaite había creado la luna y las estrellas pero no les había concedido aún el oficio de alumbrar. Todo era color de noche muerta, piel de noche cerrada. Y el tiempo, torrente sin cauce ni dirección, absoluto y eterno.

Narowé sin embargo vio a Kaametza, la pudo distinguir bien claro, nítida y ahí nomás se levantó hacia ella y ella lo recibió sabiendo todo. Lo dejó entrar, abriéndose. Así como el río Inuya penetra al río Urubamba, así entro Narowé sonando fuertemente, todas las tempestades de su cuerpo fundidas dentro de una fervorosa corriente yendo hacia atrás, mintiendo, regresandoinsistiendo. Lo mismo que el Inuya. Y Kaametza fue cielo, se hizo cielo para que el sol nacido de su cuerpo, ascendido y ardido por su cuerpo entre dos mediodías, consiguiera retornar y volver a caer hacia el crepúsculo mezclando su luz blanca con la sangre del cielo. Abrazados, mejor que obedeciéndose, Kaametza y Narowé fabricaron la vida, pegaron la existencia con goma fulgurante y sangrante, y todo limpio, todo sin fronteras, la plenitud de sus cuerpos como lenguas recorriéndose en una sola miel honda y salada.

Sobre la sangre del otorongo negro, revolcándose en un mismo vértigo despacioso, conocieron el amor. Sobre esa sangre todavía caliente, ahí fue que se amaron. Descubrieron sus cuerpos y el fuego y la tristeza de los cuerpos, y el vacío, no la primera ceniza sino esa otra que ofende después de los incendios, y el silencio, y la idea de lo inevitable, de la muerte que habita en todo lo que vive, todo lo descubrieron.

Así, al menos, me lo contó Inganíteri. Y dijo que Kaametza y Narowé llegaron juntos, juntos, al placer. Y que cuando gozaron, exactamente en el instante en que ambos gozaron, ahí fue que en el mundo se inventó la luz.

-Del primer goce del primer amor nació la luz, sobre toda la tierra se hizo la luz -me dice don Javier.

-Kaametza y Narowe hicieron la luz al hacer el amor, así fundaroon la nación ashaninka, nuestra primera humanidad, el pueblo campa.

Te será concedido conocer la verdad, la mentirosa cara de la verdad y la verdad sin tiempo. Verás las tres orillas. El resplandor y la sombra de la sangre del tiempo, del tiempo que a la vez es uno y todos...

Con voz extraña me habla don Javier, como si otra persona lo habitara de antiguo y hoy saliera sonando por su boca clausurada.

-Ahora sí ya es tiempo, puedo confiarte el resto de la historia que me contó mi compadre campa Inganíteri. Y tú, ahora sí, puedes oírla... Volvamos junto a Kaametza, en donde la dejamos. No. Mejor vámonos en busca de su esposo, el primer hombre, el que su cuerpo dio a luz por primera vez. Él requiere más que nadie de esperanza y de compañía. Y te contaré por qué. Sabrás en qué momento y por cuáles motivos se volvió inconsolable aquel que antes sólo supo ser dichoso: Narowé...

-Se hizo, pues, la luz- prosigue don Javier con voz ajena-. Del placer compartido fue que nació la luz. Y el sol, el Padre Inti, nació junto con la Luna, la Madre Killa, en una sola luz: Intikilla, y junto con las estrellas. Porque en ese primer entonces el día y la noche vivían dentro de un único uno, no había diferencia, de día era y de noche era al mismo tiempo. Y en el medio: Kaametza y Narowé, felices. Hasta que pasó lo que pasó. Narowé despertó y no encontró a Kaametza. En su despertar no la encontró. Volvió a dormirse. Pero tampoco la encontró en su sueño. Y despertó otra vez. Y otra vez se durmió. Y volvió a dormir y a despertar hasta que su vigilia fue su sueño, su más único sueño, Intikilla, y ambos eran desiertos ante los ojos de su corazón. A la sombra de aquella pomarrosa soñó que despertaba y la pomarrosa no tuvo más sombra para él: ya Kaametza no estaba. La pomarrosa sola, sin soledad siquiera, se regresó a ceniza. Igual que cuando todavía no había nacido, todo se volvió sombra, polvo de sombra fría frente al alma sin párpados de Narowé. Su propio cuerpo retorno a cuchillo de hueso de ceniza. Narowé miró el cielo. También el cielo regresó a ceniza. Miró pájaros, pajonales, ríos, piedras, y piedras y ríos y pajonales y pájaros se volvieron ceniza. Pero eso sucedía solamente en su sueño. En su vigilia era peor: el mundo proseguía sin Kaametza.

En lugar de Kaametza el mundo sólo miró una huella larga. Y Narowé se abalanzó, fue un desespero desoriéntandose entre la maraña de mentiras, de ausencia, de senderos fangosos. Cuatro siglos anduve sin poder encontrarlo. Cuando ya me creía despoblado, el esposo sin esposa surgió detrás de mí. Algo como un reproche manaba de sus ojos, entendí que era lástima. Pues yo no avanzaba, atolondrándome, en verdad no avanzaba. No iba ni en su busca ni en busca de nadie. Estaba huyendo. Huyendo de mi sombra, de mí mismo, del primer miedo, de esa inútil lluvia.

-Cuando Narowé despertó sin Kaametza, el día se separó de la noche. Y Narowé conoció la soledad. Luego de la segunda soledad conoció la cólera. Y cuando fue inaugurado por la rabia fabricó el primer arco y la primera flecha. Y de un solo flechazo derribó a la luna, a la primera luna que tuvo nuestro mundo, porque tú has de saber que la que ahora vemos es la cuarta luna que acompaña a la Tierra. La luna entonces era un tronco hueco. Narowé la derribó y comenzó a golpearla con un palo. Y la luna sonó, retumbó fuerte, lejos, bajo la furia de Narowé reclamando a Kaametza e invocando venganzas. Y pasó el tiempo en vano. Ahí fue que el tiempo se amansó y dividió. El tiempo pasó en vano y nadie respondió a Narowé. Y Narowé conoció el sabor de las lágrimas. La pena conoció. De pena, de abandono, se puso a llorar y a maldecir sin término. Cuando las dos ánimas de su rostro se secaron, ya Narowé se encontraba en el fondo de un insondable río. Así fue, y no de otra manera, que nació el Amazonas. "De los párpados huérfanos de nuestro padre brotó el río Amazonas..."

Y don Javier, por fin con voz que reconozco:

-Ahora mismo se halla Narowé, en el fondo del río, rascando las crecientes, los desbordes, perdonando a la luna, musitando. Porque la verdadera luna continúa en el fondo del río-mar, abajo. Y esa otra que vemos en el cielo no es sino su reflejo...



Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía. Cesar Calvo. 
Editorial  Peisa.  Reedición de 2011.

(Pintura de Oleg Gurenkov)









25 de septiembre de 2015

La "evasión espiritual" - Dr. Robert Masters

La “evasion espiritual”, un término acuñado por primera vez por el psicólogo John Welwood en 1984, consiste en el uso de prácticas y creencias espirituales para evitar enfrentarnos con nuestros sentimientos dolorosos, heridas no resueltas y necesidades de desarrollo. (…) Está tan generalizada que pasa desapercibida, salvo en los casos extremos en que resulta más evidente.

Esto es debido, en parte, a nuestra tendencia a no tener mucha tolerancia para enfrentarnos con nuestro dolor, adentrarnos en él y tratarlo; en lugar de ello, preferimos sin dudarlo “soluciones” que lo aplaquen, sin que nos importe el sufrimiento que tales “remedios” puedan catalizar. (…) La evasión espiritual viene como anillo al dedo a nuestro hábito colectivo de huir de lo que resulte doloroso, como una especie de analgésico superior sin efectos secundarios aparentemente mínimos. 

Entre los distintos aspectos de la evasión espiritual encontramos un desapego exagerado, entumecimiento y represión emocionales, un excesivo énfasis en lo positivo, fobia a la rabia, compasión ciega o demasiado tolerante, límites débiles o demasiado porosos, un desarrollo “cojo” (con una inteligencia cognitiva muy por delante de la inteligencia emocional y moral), un juicio debilitante sobre la propia negatividad o “lado oscuro”, una infravaloración de lo personal en relación con lo espiritual y falsas ilusiones de haber llegado a un nivel superior de ser.

Se ha presentado la evasión espiritual como una práctica o perspectiva espiritualmente avanzada, que va más allá de la religión, sobre todo en la espiritualidad de consumo rápido, cuyos paradigmas son fenómenos como El Secreto. Algunas de sus características vulgares son esas raciones de sabiduría recalentada tipo “No te lo tomes como algo personal”, o “Lo que te molesta de alguien, en realidad sólo es algo que te molesta de ti”, o “Todo es una simple ilusión”, se ponen a disposición de casi cualquiera para su consumo y cantinela repetitiva.

La verdadera espiritualidad no es un Nirvana, ni un “subidón”, ni un “estado alterado”. La mayoría de las veces en que nos hallamos inmersos en la evasión espiritual, nos gusta la luz pero no el calor. Pero si de veras queremos la luz, no podemos permitirnos huir del calor. Como dijo Victor Frankl, “Aquello que da luz debe soportar estar ardiendo”. Y estar con el calor del fuego no significa simplemente sentarnos a meditar sobre nuestras dificultades, sino también sumergirnos de lleno en ellas, adentrarnos hasta sus entrañas, enfrentarnos, penetrar e intimar con lo que haya allí, por mucho miedo que nos dé o por traumático, triste o crudo que nos resulte. 

La evasión espiritual está ocupada en gran medida, al menos en sus formas de la Nueva Era, por la idea de totalidad y de innata unidad del Ser -el concepto de Unidad es quizás su condepto estrella- pero en realidad genera y refuerza la fragmentación separándose de -y rechazando- todo lo que sea doloroso, angustioso y esté por sanar; en definitiva, todos los aspectos del ser humano que distan mucho de ser halagüeños.

Un signo habitualmente indicador de la evasión espiritual es una falta de enraizamiento y de experiencia corporal que tiende a mantenernos o bien “flotando en el espacio” en cuando al modo de relacionarnos con el mundo o bien atados con demasiada rigidez a un sistema espiritual que aparentemente nos proporciona la solidez que nos falta. También podemos caer en el perdón y la disociación emocional prematuros -confundiendo la rabia con la agresividad y la hostilidad- lo cual nos deja sin poder. Ese rasgo de ser exageradamente amable nos aleja de la profundidad y autenticidad emocional, y el dolor que subyace a ella la mantiene aislada de los mismos cuidados que la desenvolverían y desharían.  

La evasión espiritual nos distancia no solo de nuestro dolor y de cuestiones personales difíciles sino también de nuestra auténtica espiritualidad, dejándonos encallados en un limbo metafísico, una zona eb que todo es exageradamente dulce, agradable y superficial. 

Pero no seamos demasiado duros con la evasión espiritual, ya que todos los que nos hemos adentrado en lo espiritual hemos caído en ella, en mayor o menos grado, tras haber utilizado durante años otros medios de hacernos sentir mejor o más seguros. 

Hasta las metodologías espirituales más exquisitamente diseñadas pueden convertirse en trampas y no llevar a la libertad , sino solamente al refuerzo del “yo” que quiere ser un alguien  que haya alcanzado la libertad, el mismo que no se da cuenta que no dan ningún Oscar por el despertar. Entre las trampas más evidentes está la creencia de que deberíamos elevarnos por encima de nuestras dificultades y simplemente abrazar la Unidad, aun cuando la tendencia a dividirlo todo en positivo y negativo, superior e inferior, espiritual y no espiritual, nos domine por completo.

Descubrir y reconocer abiertamente nuestra tendencia a la evasión espiritual puede darnos vergüenza al ser “pillados”, pero se trata de una vergüenza sana que podemos trabajar fácilmente, mientras recordemos que la evasión espiritual no es solo algo que hacen los demás; es algo que todos hemos hecho. 

Tal vez donde más se vean señales de que hay una evasión espiritual sea en el minimizar, superficializar o negar rotundamente nuestro lado oscuro y lo que llamamos nuestra negatividad, así como adoptar posturas globales o impersonales respecto a asuntos que son claramente personales, como cuando hablamos del “hecho” de que todo es perfecto, y todo se desarrolla exactamente como debe, mientras estamos hablando a otra persona de un modo degradante. O como respuesta al sufrimiento de alguien podemos decir: “Todo es una ilusión, incluido tu sufrimiento” o “No es más que tu ego”. Zambulléndonos en aforismos de lo absoluto, nos distanciamos de su dolor y del nuestro.

El hecho de evitar sentir profundamente, sobre todo en lo que respecta a nuestras emociones menos agradables, y racionalizarlo espiritualmente, es sin embargo un indicador de la evasión espiritual. Suele darse especialmente en aquellas vías espirituales que tratan el ego como algo a erradicar, algo que se halla en el proceso de realización espiritual, en lugar de considerarlo como una actividad que hay que integrar con resto de nuestro ser.

Cuanto mayor es el dolor de nuestras heridas no resueltas, mayores son las probabilidades de que -si estamos dedicados a ser “espirituales” o a que nos considere personas  “espirituales”- manifestemos algún tipo de autoinflación compensatoria (aunque se revista de humildad) y caigamos en la evasión espiritual en sus formas más burdas, aquellas en las que la práctica y los logros espirituales se utilizan para evitar sentir de forma directa y sin protección la cruda realidad del sufrimiento, manteniéndonos desligados o bien apartados y “a salvo” de nuestro dolor, especialmente el que tiene su origen en las épocas más turbias de nuestro pasado. Mucha gente se queda encallada aquí, y suponen que si sus prácticas espirituales no están haciéndoles sentir mejor es porque no han profundizado en ellas lo suficiente y deben redoblar sus esfuerzos. Enfocar su atención en ello los mantiene distraídos de tener que enfrentarse y tratar con esa cuestión más grande: el dolor que se esconde en el núcleo de su ser.

Menos afortunados que estos practicantes son aquellos a quienes sí “les sale bien” lo de la evasión espiritual, quienes hallan un consuelo relativamente estable en sus prácticas espirituales. Digo menos afortunados porque dado su grado de satisfacción es menos probable que decidan trabajar directa y profundamente sus heridas y elementos sombríos.

La evasión espiritual nos mantiene atascados en un nivel superior o “más elevado” que en realidad sólo lo es en un nivel conceptual.

Cuando el trascender nuestra historia personal tiene prioridad sobre el intimar con ella, la evasión espiritual resulta inevitable. No establecer una íntima relación con nuestro pasado -no familiarizarnos profunda y exhaustivamente con nuestro condicionamiento y los factores que se hallan en el origen del mismo- hace que ese pasado siga sin digerirse ni integrarse y por lo tanto, esté muy presente, a pesar de nuestra aparente capacidad de sobreponernos a él. 

Lo que resulta engañoso de la evasión espiritual es que no siempre parece evasión espiritual. Por ejemplo, si los alumnos de un maestro espiritual preguntan a éste por las dificultades que están teniendo para integrar su práctica espiritual con las exigencias de las relaciones íntimas y él les da únicamente respuestas generales y tópicas, poniéndose elocuente acerca de lo finito e lo infinito, la naturaleza del Ser, etcétera, está cayendo en la evasión espiritual, no importa lo articulada y precisa que pueda ser su respuesta, ya que, aunque lo haga sin darse cuenta, está evitando tratar de una forma directa y relevante el dolor personal e interpersonal de sus alumnos y probablemente también con el suyo. Puede que sus alumnos saquen algo de provecho de la visión global que les está presentando, pero no están recibiendo de él nada que sea apropiadamente personal. 

Abordar la evasión espiritual significa volverse hacia los aspectos dolorosos, desfigurados, condenados al ostracismo, no deseados o bien negados, de nosotros mismos y cultivar una relación lo más íntima posible con ellos. Para hacerlo, debemos tratar inevitablemente nuestro atontamiento, dejando de quedarnos atontados con nuestro atontamiento. Si al hacerlo parece que se nos rompe el corazón es que vamos por el buen camino, aunque vayamos a gatas.

La evasión espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que verdaderamente importa.
Dr. Robert Augustus Masters.
Ediciciones  Vesica Piscis.
2011

9 de agosto de 2015

Three butterflies - Rumi

"The people of this world are like the three butterflies in front of a candle's flame.
The first one went closer and said: I know about love.
The second one touched the flame lightly with his wings and said: I know how love's fire can burn.
The third one threw himself into the heart of the flame and was consumed. 
He alone knows what true love is".

Rumi


24 de mayo de 2015

Autobiografía en cinco actos

  1. Bajo por la calle.
    Hay un hoyo profundo en la acera.
    Me caigo dentro.
    Estoy perdido…me siento impotente.
    No es culpa mía.
    Tardo una eternidad en salir de él.
  2.  Bajo por la misma calle.
    Hay un hoyo profundo en la tierra.
    Finjo no verlo.
    Vuelvo a caer dentro.
    No puedo creer que esté en el mismo lugar.
    Pero no es culpa mía.
    Todavía me lleva mucho tiempo salir de él.
  3. Bajo por la misma calle.
    Hay un hoyo profundo en la acera.
    Veo que está allí.
    Caigo en él de todos modos…es un hábito.
    Tengo los ojos abiertos.
    Sé dónde estoy.
    Es culpa mía.
    Salgo inmediatamente de él.
  4.  Bajo por la misma calle.
    Hay un hoyo profundo en la acera.
    Paso por el lado.
  5.  Bajo por otra calle.
Sogyal Rimpoché, En El libro tibetano de la vida y de la muerte,
Prólogo del Dalai Lama, pp 59-60


8 de mayo de 2015

No hay jubilación - Jack Kornfield

No importa la versión que leamos, Mara no desaparece. No existe el estado de jubilación en la iluminación, ninguna experiencia de despertar que nos sitúe fuera de la verdad del cambio. Todo respira y gira en sus ciclos. La luna, la bolsa, nuestros corazones, el rodar de las galaxias; todo se expande y se contrae con el ritmo de la vida. Toda vida espiritual existe en el seno de una alternancia entre la ganancia y la pérdida, el placer y el dolor. En el caso de cada uno de nosotros, incluso Buda, sólo soltándonos en esta verdad despertamos a lo que es eterno; la realidad de la libertad.

Para casi todos los ciclos de despertar y apertura son seguidos por períodos de temor y contracción. Las épocas de paz profunda y de un nuevo amor se ven desbordadas por períodos de pérdida, cierre, miedo o el descubrimiento de la traición, para ser seguidos de nuevo por la ecuanimidad del gozo. De forma misteriosa, el corazón se revela a sí mismo como una flor que se abre y se cierra.

Tal como lo expresa un maestro zen:

La iluminación es sólo el comienzo, es sólo un paso en el viaje. No podemos apegarnos a ello en forma de nueva identidad, o tendremos problemas de inmediato. Hemos de regresar a las trifulcas de la vida, para comprometernos con ella en adelante. Sólo entonces podemos integrar lo que hemos aprendido. Sólo entonces podemos aprender la confianza perfecta.

Toda vida espiritual es una preparación para la transición, de un estado a otro, de una circunstancia a otra. El cambio no constituye un enemigo. Al igual que Mara, regresa para pedirle al corazón que esté presente y confíe en niveles cada vez más profundos. 

Estos ciclos ordinarios de apertura y cierre son una medicina imprescindible para la integración de nuestro corazón. En algunos casos, sin embargo, no son simples ciclos, se trata de una caída. Más alto subimos, más bajo podemos caer. Es algo que también debemos incluir en nuestros mapas de la vida espiritual.

Una persona claramente iluminada cae en un pozo ¿cómo es eso?” Un maestro zen recuerda a sus alumnos: “Tras cualquier experiencia espiritual fuerte hay un descenso inevitable, una pugna por encarnar lo que hemos visto”. El pozo en el que caemos podemos crearlo aferrándonos a nuestra experiencia e ideales espirituales o manteniendo ideas fatuas sobre nuestros maestros, nuestra vía o nuestro sí mismo. El pozo puede estar constituido por los temas pendientes de nuestra vida psicológica o emocional; una falta de voluntad a la hora de reconocer nuestra propia sombra, incluir nuestras necesidades humanas, el dolor y la oscuridad que llevamos con nosotros, para comprobar que siempre tenemos un pie en las tinieblas. Por brillante que sea, el Universo necesita también que nos abramos al otro lado.

El éxito no protege de una caída de esta naturaleza; de hecho puede propiciarla. Bhagawn Das, un yogui de casi dos metros, pasó siete años en la India caminando descalzo, meditando en cuevas y cantando en éxtasis los nombres de Dios. Le presentó su guru a Ram Dass, quien convirtió su historia en parte de su clásico Be Here and Now

Regresé a América y de repente me vi en escenarios frente a miles de personas, daba nombre a bebés, bendecía a la gente, y ésta caía en éxtasis a mis pies. Me sentía como un rey pero seguía siendo un niño, un guru de veinticinco años… 
Si juegas con la Madre Divina, ésta jugará contigo, puesto que ella es todo… el deseo, la ira, la lujuria; lo es todo. Si deseas tener un nombre y fama, lo puedes tener; la Madre te lo dará. Pero lo que había conseguido con la práctica había sido producto de la gracia de estar con santos. Mantenemos dicho espacio mediante las bendiciones de los santos. Había empezado a relajarme, frené mi práctica real y lo perdí todo.

La vida espiritual no es una jugada de una sola vez, es un proceso en desarrollo. Tras tres años de “vida espiritual” que fue una fiesta, me cansé y fui perdiendo por completo mi sentido de lo divino.

Veinte años después un amigo me llevó a visitar a un santo. Caí en meditación profunda durante tres horas. Entonces me llegó la voz de mi gurú y deseé cantar el nombre de Dios. Esto es lo que he estado haciendo. Pero esta vez voy con más cuidado, mirando con quien paso mi tiempo. Si creemos haber alcanzado algo, tenemos que ir con más tiento, puesto que todavía podemos perderlo. Si otros pueden aprender de mis experiencias, todo tiene sentido”.

Cuando la mística cristiana Juliana de Norwich dice que no conoce a ningún amante de Dios a salvo de la caída, está transmitiendo la comprensión de que la caída es también voluntad divina. Lo comprendamos o no, Mara regresa. La caída, el descenso y la posterior humildad pueden considerarse otra clase de bendición.

Cualquier éxito que tengamos suele tener una sola cara. Luego, nuestros aspectos menos desarrollados, o “nuestra sombra”, como la denominó Jung, salen a la luz. Son nuestros aspectos más crudos y menos controlados de nosotros mismos. Existen ciertas verdades que sólo podemos aprender en la caída, verdades que aportan plenitud y humildad en la entrega. En los momentos de mayor vulnerabilidad de nuestro corazón, nos acercamos al misterio sin identidad de la vida. Todos necesitamos períodos de fecundidad, épocas de caída, estar cerca del humus de la tierra. Es como si algo en nuestro interior nos frenara y nos llamara. A partir de ese momento, pueden emerger una belleza y un conocimiento más profundos.


Después del éxtasis la colada. Jack Kornfield. 
http://www.muscaria.com/colada.htm





2 de mayo de 2015

Fantasía y realidad: la decepción - Chogyam Trungpa

Por lo general, las religiones hablan de belleza, poesía, éxtasis y dicha. Sin embargo, según el Buda, debemos comenzar experimentando la vida tal como es. Debemos ver la verdad del sufrimiento, la realidad de la insatisfacción. No podemos pasarlas por alto y tratar de examinar solamente los aspectos sublimes y placenteros de la vida. La búsqueda de una tierra prometida, de una Isla del Tesoro, no hace más que aumentar el sufrimiento. No es posible llegar a tales islas. (…) No podemos empezar soñando, eso no sería más que una evasión pasajera, ya que no es posible evadirse de verdad. 

La meditación no es un intento por alcanzar el éxtasis, la felicidad espiritual o la tranquilidad; tampoco una lucha por mejorarse. Se trata simplemente de crear un espacio en el que podamos dejar al descubierto y desarmar nuestros juegos neuróticos y autoengaños, nuestras esperanzas y temores ocultos. Para producir ese espacio recurrimos a la simple disciplina de no hacer nada. En realidad, es muy difícil no hacer nada. La meditación es una manera de hacer que afloren en profusión las neurosis de la mente para incluirlas en la práctica. Nuestras neurosis son como abono: en vez de botarlas a la basura, las esparcimos por el jardín y así van formando parte de nuestra riqueza. 

Se trata, por lo tanto, de asumir lo que somos en vez de escondernos de nuestros problemas e irritaciones. La meditación no debe ser un recurso para olvidarnos de nuestras obligaciones laborales. Cuando practicamos la meditación, nuestras neurosis se asoman a la superficie en vez de esconderse en el fondo de la mente. La práctica nos permite encarar la vida como algo que es posible manejar. Parece que la gente tiene tendencia a creer que si solamente consiguiera alejarse de todos los ajetreos de la vida, retirándose a las montañas o a la orilla del mar, entonces sí podría dedicarse de lleno a alguna práctica contemplativa. Sin embargo, huir de los aspectos mundanales de la vida equivale a despreocuparse del sustento, del verdadero alimentos que está entre los dos trozos de pan. 

Al tomar conciencia de los detalles de manera precisa, nos vamos abriendo a la totalidad compleja de las situaciones. Como un gran río que va a dar al mar; meditar es más que sentarnos solos, en una postura determinada, y atender a procesos simples; es también abrirnos al entorno en el que ocurren esos procesos. El entorno se convierte en mensajero que nunca deja de enviarnos señales, que siempre nos está enseñando algo o ayudando a entender.

Entonces, antes de gratificarnos con técnicas exóticas, antes de jugar con energías, percepciones sensoriales y visiones llenas de símbolos religiosos, debemos poner en orden nuestra mente, y eso lo debemos hacer a un nivel fundamental. (…) El enfoque del budismo consiste esencialmente en cultivar un sentido común trascendental, en ver las cosas tal como son, sin exagerar nada ni ponernos a soñar con lo que nos gustaría ser. 

Mientras sigamos un método espiritual que nos prometa salvación, milagros y liberación, estaremos atados por la “cadena de oro de la espiritualidad”. Es posible que esa cadena nos embellezca, con sus incrustaciones de piedras preciosas y su delicada orfebrería, pero no por eso dejará de aprisionarnos. (…)

Todas las promesas que hemos escuchado no son más que seducción. Quisiéramos que las enseñanzas resolvieran todos nuestros problemas; quisiéramos recibir trucos mágicos para lidiar con nuestras depresiones, conductas agresivas y conflictos sexuales. Pero ¡qué sorpresa darnos cuenta de que no va a ser así! Es una decepción muy grande comprender que deberemos trabajar sobre nosotros mismos y nuestro sufrimiento y que no podemos depender de un redentor o del poder mágico de técnicas yóguicas. 

Debemos permitir que se produzca esa decepción, porque decepcionarse significa renunciar al ego, al logro personal. Uno quisiera presenciar su propia realización; quisiera ver a sus discípulos celebrándolo en actitud de veneración y lanzándole flores en medio de portentos mientras la tierra tiembla y los dioses y ángeles cantan. Eso no sucede nunca. Desde el punto de vista del ego, lograr la realización supone la muerte absoluta: la muerte del ego, la muerte del yo y lo mío, la muerte del observador. Es la máxima decepción, el chasco total. Andar por el camino espiritual es doloroso. Hay que quitarse una máscara tras otra, sufrir insulto tras insulto.

Esa serie de decepciones nos incita a abandonar la ambición. Nos vamos desmoronando cada vez más, hasta que al final tocamos fondo y nos relacionamos con la cordura fundamental de la tierra. Nos reducimos a lo más humilde y pequeño: un granito de arena, perfectamente simple, sin ninguna expectativa. Una vez que tocamos fondo y entramos en contacto con la tierra, ya no tienen cabida los sueños e impulsos frívolos y al fin nuestra práctica se vuelve manejable. Aprendemos a preparar una taza de té correctamente y a caminar derechos sin tropezarnos. Enfrentamos la vida de una manera mucho más sencilla y directa, y las enseñanzas que recibimos o los libros que leemos cobran un sentido práctico; nos dan confianza y nos estimulan a seguir actuando como granitos de arena, tal como somos, sin expectativas y sin sueños.


Nuestra situación se ha vuelto muy amplia, hermosa y práctica. En realidad, es como una invitación, una fuente de inspiración. Si somos un granito de arena, el resto del universo, -es decir, todo el espacio- es nuestro, que no estamos obstruyendo, invadiendo ni poseyendo nada. Lo que hay es un espacio inmensamente abierto...


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa 



1 de mayo de 2015

Comprendiendo el dukkha, la insatisfactoriedad

El dukkha se pega a la piel, penetra hasta la carne y acaba metiéndose en los tuétanos. Es como un insecto que se alimenta de la corteza de un árbol y va penetrando por la madera hasta llegar al mismo núcleo, hasta que al final el árbol muere.

A medida que crecemos, el dukkha se va enterrando en las profundidades de nuestro ser. Nuestros padres nos enseñan a aferrarnos y a apegarnos a las cosas, a darles mucha importancia, a creer con firmeza que existimos como un yo y que las cosas nos pertenecen. Nos lo enseñan desde que nacemos. Lo vamos oyendo una y otra vez hasta que penetra en nuestro corazón y se convierte en nuestro habitual sentimiento. Nos enseñan a adquirir cosas, a acumularlas y conservarlas, a verlas como importantes y nuestras. (…)

Cuando estamos interesados en la meditación y escuchamos las enseñanzas de un guía espiritual, no nos resultan fáciles de entender. Nos cuesta captarlas. Nos enseñan a no ver las cosas ni a actuar como siempre hemos hecho, pero sus palabras no penetran en nuestro corazón. 

Permanecemos sentados escuchando las enseñanzas pero a menudo nos entran por un oído y nos salen por el otro. No las retenemos en nuestro interior ni nos afectan. (…) Nos quedamos pegados a nuestra idea del yo. Los sabios decían que mover una montaña de un lugar a otro es más fácil que cambiar la falsa idea que tenemos del yo, esta sólida sensación de que realmente existimos como una persona individual y especial. 

(…)

No es fácil practicar, pero hagamos lo que hagamos, habremos de superar muchos problemas antes de sentirnos a gusto. En la práctica del Dharma empezamos siendo conscientes de la verdad del dukkha, la omnipresente insatisfactoriedad de la existencia. Pero en cuanto lo experimentamos, nos desanimamos. No queremos enfrentarnos a ello. Dukkha es la verdad, pero de algún modo queremos sortearla. Se parece a la costumbre que tenemos de no desear ver a gente mayor, preferimos contemplar a personas jóvenes y atractivas. (…)

Si conocemos el dukkha, lo veremos en todo cuanto experimentamos. Algunas personas creen que no sufren demasiado. (…) ¿Qué hemos de hacer para no sufrir más? Cuando el dukkha surge, hemos de investigar para ver las causas de su aparición. Y al conocerlas, podemos practicar para eliminar esas causas. (…)

Oponerse a los propios hábitos crea un cierto sufrimiento. Pero en general nos da miedo el sufrimiento y si sabemos que algo nos hará sufrir, no queremos hacerlo. Estamos interesados sólo en lo que parece agradable y bello, y creemos que cualquier cosas que conlleve sufrimiento es negativa. Pero no es así, ya que si hay sufrimiento en tu corazón se convierte en la causa que te hace reflexionar para intentar liberarte de él. Te lleva a la contemplación. (…)

Las personas que son felices no desarrollan la sabiduría. Están dormidas. Son como un perro que ha comido hasta la saciedad. Después no quiere hacer nada. (…)

Los humanos estamos atrapados y encarcelados en este mundo, tenemos un montón de problemas y siempre estamos llenos de dudas, confusión y preocupaciones. Y esto no es ninguna broma. Hay algo de lo que hemos de liberarnos. (…)

¿Qué es esta jaula? Es la jaula del nacimiento, el envejecimiento, las enfermedades y la muerte. Así es como estamos prisioneros en el mundo. “Esto es mío”. “Aquello me pertenece”. Ignoramos quienes somos realmente y lo que estamos haciendo. En realidad todo cuando estamos haciendo es acumular sufrimiento. (…)

 ¿Sabes si los deseos tienen algún límite? ¿Cuándo llegarás a sentirte satisfecho? Sigue deseando más y más cosas… (…)

El Buda lo resumió diciendo que sólo hay un cúmulo de dukkha. El dukkha nace y cesa. Eso es todo. Nos abalanzamos sobre él y lo agarramos una y otra vez, cuando surge y cuando cesa, sin llegar a comprenderlo nunca. 

Cuando le dukkha surge, lo llamamos sufrimiento. Y cuando cesa, lo llamamos felicidad. Pero no es más que el dukkha de siempre, surgiendo y cesando. (…)

Al surgir, lo reconocemos como sufrimiento. Y al cesar, lo consideramos como felicidad. Lo vemos y lo llamamos de esta manera, pero en realidad no es así. No es más que dukkha cesando. Surge y cesa, surge y cesa, y nosotros nos abalanzamos sobre él y lo agarramos. Cuando la felicidad aparece, nos sentimos contentos. Y cuando la infelicidad aparece, nos deprimimos. Pero en realidad se trata de lo mismo surgiendo y cesando. (…)

No reconocemos con claridad que sólo hay sufrimiento porque cuando cesa nos parece que este estado es la felicidad. Nos apegamos a ella y no queremos perderla. En realidad, ignoramos lo que está ocurriendo. (…)

Normalmente intentamos eliminar el sufrimiento para que aparezca la felicidad. Eso es lo que deseamos. Pero aquello que deseamos no es verdadera paz sino una felicidad que conlleva sufrimiento. (…) 

Así que los humanos deseamos un montón de cosas. Si obtenemos muchas cosas, nos parece bueno, ésta es nuestra forma habitual de pensar. Se supone que hacer el bien produce buenos resultados, y si los recibimos, somos felices. Creemos que es todo cuanto necesitamos y ya no hacemos nada más. Pero, ¿acaso las buenas experiencias pueden darnos una satisfacción duradera? No, es pasajera. Por eso seguimos pasando de un estado a otro, experimentando cosas buenas y malas, intentado apegarnos día y noche a aquello que nos resulta agradable.


El Buda nos enseñó primero a abandonar las malas acciones y a practicar las buenas. Y después a abandonar tanto lo malo como lo bueno, sin apegarnos a ninguno de esos dos conceptos, porque no son más que una especie de combustible. Y cuando hay alguna clase de combustible, acaba convirtiéndose en llamas. Lo bueno es combustible. Y lo malo, también. 

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.

21 de marzo de 2015

La impermanencia - Sogyal Rimpoche

¿Qué es nuestra vida sino una danza de formas efímeras? ¿No está todo cambiando constantemente: las hojas de los árboles en el parque, la luz de la habitación en la que leéis esto, las estaciones, el clima, la hora del día, las personas con las que os cruzáis en la calle? ¿Y qué podemos decir respecto a nosotros? Los amigos con los que crecimos, los lugares favoritos de nuestra infancia, los puntos de vista y opiniones que tan apasionadamente defendíamos antaño: lo hemos dejado todo atrás. 

Las células de nuestro cuerpo mueren, las neuronas de nuestro cerebro se deterioran, e incluso la expresión de nuestra cara se modifica sin cesar en función de nuestro estado de ánimo. Lo que consideramos nuestra personalidad fundamental no es más que un “continuo mental”, sólo eso. Hoy nos sentimos bien porque todo va bien; mañana será lo contrario.

¿Puede haber algo más imprevisible que nuestros pensamientos y emociones? 

Sólo el instante presente, el “ahora”, nos pertenece realmente.

A veces, cuando enseño estas cosas, se me acerca alguien al terminar para decirme: “¡Todo esto me parece evidente! Siempre lo he sabido. Explíqueme algo nuevo”. Entonces le pregunto: “¿Ha comprendido y captado realmente la verdad de la impermanencia? ¿La ha integrado hasta tal punto en todos sus pensamientos, respiraciones y movimientos que su vida ha quedado transformada? Haceos estas dos preguntas: ¿Recuerdo en todo momento que estoy muriendo, al igual que todas las demás personas y cosas también mueren, de modo que trato a todos los seres, en todo momento, con compasión? ¿Mi comprensión de la muerte y de la impermanencia se ha agudizado tanto y se ha vuelto tan apremiante que consagro cada segundo de mi existencia a la búsqueda de la Iluminación? Si podéis responder afirmativamente a estas dos preguntas, entonces sí habéis comprendido realmente la impermanencia".   

El libro tibetano de la vida de y de la muerte. Sogyal Rimpoche. 


1 de marzo de 2015

Aqajtzij / Poesía (Humberto Ak´Abal)

Poesía 

La poesía es fuego
quema dentro de uno
y dentro del otro.

Si no, será cualquier cosa,
no poesía.

Aqajtzij

Are q´aq ri´ aqajtzik,
kaporon chupan jun
xuquje chupan jun chik.

We man kak´ulmataj ta jewa,
man aqajtzik ta ri´.

27 de febrero de 2015

Todo es merecimiento - Cesar Calvo

"Nuestras palabras son igual que pozos, en esos pozos caben las aguas más diversas: cataratas, lloviznas de otros tiempos, océanos que fueron y serán de ceniza, remolinos de ríos y de humanos, y lágrimas también. Son lo mismo que gentes nuestras palabras y a veces mucho más, no simples portadores de un significado, de un significado que siempre es un significado solamente, no son esas vasijas que se aburren con la misma agua, guardada hasta que sus personas, sus lenguas las olvidan, se rompen o se cansan, tumbadas, menos que muertas. No. En nuestras vasijas caben ríos enteros y si acaso se quiebran, si acaso se raja la envoltura de las palabras, el agua sigue allí: vívida, intacta, corriéndose y renovándose sin parar. son seres vivos que andan por su cuenta, palabras, animales que nunca se repiten, que nunca se resignan a una misma piel, a una misma temperatura, a unos mismos pasos. Y se juntan lo mismo que enamorados, y tienen descendencia…

De la palabra tigre y la palabra baile puede nacer orquídeas, o acaso nazca veneno-de-tohé. De la noche preñada por un tibe, esa casi gaviota de los ríos nuestros, nace la palabra relámpago, que es melliza de la palabra que en amawaka dice silencio-después-de-la-lluvia. Porque en amawaka no hay un solo silencio, así, como en tu idioma, general, callado, que nada dice, sino muchos silencios distintos, lo mismo que en la selva, lo mismo que en nuestro mundo visible, y también tantos silencios. como existen en los mundos que no se ven con los ojos del cuerpo material…

-Tienen, pues, descendencia las palabras…

-E injusta es tu pregunta, más por prejuicio de viracocha, creo, que por atrevimiento o ignorancia. Aun así no voy a dejarla sin conocer, sin respuesta. En idioma amawaka el ayawashka es oni suma, escríbelo. Pero oni xuma no significa únicamente ayawashka. Verás. Según cómo y para qué se diga, según la hora y el sitio en que se diga, oni xuma puede decir lo mismo o decir otra cosa, o decir su contrario. Si yo pronuncio así, oni xuma, con la voz delgada, brillando, como deletreando hogueras y no letras, en lo oscuro, oni xuma significa filo-de-piedra-plana. Y dicha de otro modo significa tristeza-que-no-sale. Y significa punta-de-la-primera-flecha. Y significa herida, que a la vez significa labio-del-alma. Y siempre, al mismo tiempo, es ayawashka.
Ayawashka, que para nosotros no es placer fugitivo, ventura o aventura sin semilla. El ayahuasca es puerta, sí, pero no para huir sino para eternar, para entrar a esos mundos, para vivir al mismo tiempo en esta y en otras naturalezas, para recorrer las provincias de la noche que no tiene distancia, inabarcables. 
Es por eso que la luz del ayahuasca es negra. No explica. No revela. En lugar de develar misterios, los respeta, los vuelve más y más misteriosos, más fértiles y pródigos. Riega la tierra desconocida: esa es su manera de alumbrar. 
Y cuando lo invocamos con urgencia, con hambre y con respeto, con esa entonación de agua finita, de agua que pasa por entre el abrazo de dos piedras redondas, ayawashka es el costado de un cuchillo de piedra. Con él cortamos los dedos del Maligno. Con él separamos el cuerpo de sus ánimas… Si un ánima está enferma, o si corre peligro, la divorciamos de su materia dura, negamos el contagio, lo empalamos, el ayawashka nos enseña el origen y la ubicación del mal, nos dice con qué hierbas, con qué icaros debemos espantarlo. Y si un cuerpo está enfermo, igual: lo desprendemos de su ánima para que no la pudra, aislamos igualmente los lugares del daño, sabemos qué raíces mantienen al cuerpo espiritual y al ánima material distantes, separados, hasta que la carne resucite en el preciso corazón de la salud. Hasta que su pareja de aire, su pareja de sombra, vuelva a crecer en el cuerpo lo mismo que un renaco, inocente, que no sabe solamente lo que sabe la carne, y no le importa ser feliz o eterno, puesto que ambos estados no son nada sino son para todos. Le da lo mismo ser para su siempre, o para quien, efímero, lo goza… 
Y esto que no es nada, es todo. Hay dones, hay poderes, hay mandatos. No hay milagro, en el sentido que tu pensamiento le está dando ahora a la palabra milagro. No hay milagro en la cura, no en la invocación, ni antes ni después del oni xuma. Hay raíces y jugos de raíces, hay cortezas precisas para esto y lo otro, varios tipos de lluvia que se bebe, y también ciertas piedras. De qué manera, en qué caso utilizarlos, cuándo y cómo segarlos y prepararlos, eso es lo que sabe el ayawashka, eso nos lo transfiere si así lo considera, si el ánima o el cuerpo lo merecen.

Para darte un ejemplo: si tú vives tan sólo tu propia vida, ya elegiste morir. Y como nada logrará sanarte, aunque por fuera parezca que has nacido y sigues viviendo, morirás, ya te has muerto. Pero si permaneces en tu sitio, sin arrebatarle a nada ni a nadie su espacio de vivir, entonces no habrá mal que se defienda. El oni xuma me aconseja, me dicta el vegetal y el pensamiento fuerte, la medicina exacta que limpiará la tierra y el aire de los cuerpos. Para eso es preciso el oni xuma: para que el enfermo no avance, no retroceda y al mismo tiempo no se detenga. Par que la sangre secreta del enfermo prosiga. Te hablo de la sangre que alimenta al sueño, sin márgenes, como antes circulaban las existencias de los ashaninka, de los campa, el tiempo de los hombres dentro del sueño, el tiempo de los hombres en el tiempo perfecto. 

Eso es todo, y es nada, ya te dije. Cuando se sabe llamar al ayawashka, es fácil todo imposible. No hay error, no hay milagro. Hay lo que merecemos conocer y lo que merecemos ignorar. Eso es lo que los urus ignoraron en su sabiduría. Todo es merecimiento. Cada dolencia, cada enfermedad, viene al mundo detrás de su remedio. Lo que pasa es que hay cuerpos que merecen ser uno con sus ánimas, limpios hasta que ni se noten sus junturas, y hay otros que merecen el desequilibrio constante, siempre huérfanos de algo, viudos, solteros de algo, metidos en si mismos com luna cueva dentro de otra cueva. Como ciegos que fueran tuertos, además de ser ciegos. Incapaces de darle nada al mundo, sin jamás aprender que las ánimas se alimentan de ofrendas, las ánimas se alimentan de ofrendarse, y que son más conforme más se entregan, y conforme más dan, poseen más. Y no da el que da de lo que tiene. Da únicamente el que da de sí mismo., el que da de su vida en la tierra de esta vida. Sí, amigo Soriano, de dar alimento es que se alimentan las ánimas. Y la ceniza se vuelve agua cuando un sediento la besa. Pero hay quienes lo ignoran ignorándose, ni lo afirman ni lo niegan, no merecen ser cuerpos tales cuerpos, ocupan un vacío en este mundo, en las infinitas existencias del mundo, y por eso les falta siempre todo, algo de aire, un menosmás de tierra, su ánima en desacuerdo, inservible, su carne en desacuerdo. El oni xuma sabe desmezclarlos. Para eso es filo de piedra plana, es herida y cuchillo y es punta de la primera flecha de la última costilla, y es aguja que cose o que desgarra. Sabe apartar los cuerpos de sus ánimas y sabe retornarlos. Sabe quien sí, quien no, es digno de esta vida, o es digno de las otras, o es digno de ninguna. Yo obedezco apenas. Sin la luz negra del oni xuma ni siquiera ignorante es lo que soy. Ni siquiera me equivoco, acierto al revés, que es distintísimo, el ayawashka me convierte en su instrumento más desdichado por lo poderoso. Si es mucho lo que desconozco, lo que no alcanzo a ver, no importa: el ayawashka sabe. Todo es merecimiento. El ayawashka ordena, o desordena, yo obedezco. Si no me ordena nada obedezco igualmente. Y si me ordena posponer la muerte, ¡entonces si, entonces transformo cualquier daño en recuerdo…!”


Extracto de 
"Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonia", de César Calvo
Editorial Peisa. Lima. 2011
   


2 de febrero de 2015

Imbolc

Con el paso de las lunas entramos en Imbolc, la primera luna de Acuario, el portador de agua (que se celebraba la ultima noche de enero). En esa época nacían los corderillos y las orejas daban su mejor leche. Era el tiempo en que ofrecíamos  nuestros tributos a la poderosa Diosa Brighid, que habia viajado a lo largo y ancho de la Tierra, portando buena fortuna y felicidad a cada uno de los habitantes de esta Tierra. Algunos de nosotros habíamos desparramado cenizas en el hogar para ver en donde Brighid habia dejado su propia marca. Y a aquellos que lograban descubrir sus huellas entre las cenizas, les acaecerían con seguridad grandes aventuras y bendiciones; e incluso aquellos que hubieran descubierto una ligera marca, incluso una suave línea entre las cenizas, también gozarían de algún grado de buena suerte. Pero quienes no lograran descubrir signo alguno en el hogar  habrían de hacer ofrendas a Brighid, para tratar de conseguir los favores, y la bondad de su corazón. 
Pues has de saber que Brighid insuflaba vida en lo que estaba muerto y traía gran consuelo y salud a nuestro pueblo. Y daba sus bendiciones a aquellas mujeres que estaban a punto de alumbrar a sus hijos. También iluminaba con el fuego de la esperanza y de la creación todos aquellos que nos brindaban sus poesías y su delicada música para nuestro deleite. Ahora en esta época de Imbolc, era el momento de que hiciéramos nuestros conjuros mágicos para conocer nuestro destino y para llegar a saber los acontecimientos futuros que habrían de acaecer a su debido tiempo. 

4 de enero de 2015

La segunda fantasía de Alan Watts

La segunda fantasía consiste en la idea de que todo ser vivo cree que es humano, tanto si se trata de una planta, como de un gusano, un virus, una bacteria, una mosca de la fruta, un hipopótamo, una jirafa o un conejo. 


Todos los seres, sea cual fuere su sistema sensorial, creen que están en el centro. Es decir, miren donde miren, tienen la sensación de que son el centro del mundo, del universo. Eso no sólo nos sucede a nosotros, sino también a la mosca de la fruta o el conejo. Alrededor de cada ser hay una serie de asociados que tienen su mismo aspecto, y, en consecuencia, esa criatura sabe que los otros seres como ella son los idóneos, al igual que nosotros sabemos, al mirar a los demás seres humanos, que son los idóneos, son de los nuestros. Una vez establecido esto, es preciso hacer distinciones, desde luego, porque uno nunca sabe realmente que es él y que está en los lugares apropiados si no puede compararse y contrastarse con otras personas que no acaban de estar en el sitio apropiado, y algunas otras que están sin duda donde no les corresponde. Por medio de esta sucesión de comparaciones, uno sabe que sus características y su posición son las correctas. Los demás animales, incluso los insectos, tienen exactamente la misma comprensión de este convenio.


—Un momento —objeta usted—. Los insectos y los peces no tiene ninguna cultura. ¿Qué quiere usted decir con eso de que los peces tienen derecho a considerarse de la misma manera que lo hacen los humanos? Permítame presentar el argumento desde el punto de vista de los peces, los cuales piensan: «Los seres humanos son un desastre. Mirad lo que hacen: no pueden existir sin amontonarse y llevar toda clase de cosas fuera de sus cuerpos; han de tener casas, auto-móviles, libros, discos, televisión, equipos de alta fidelidad y objetos, innumerables objetos, y llenan la tierra de basura». 


Considere el punto de vista de un delfín (no es un pez verdadero, sino un mamífero) sobre la raza humana. Los delfines se pasan la mayor parte del tiempo jugando; no trabajan porque el océano es su almacén de alimentos y tienen en él cuanto necesitan. Un delfín puede nadar a la velocidad de un barco, introducirse en la estela y colocar la cola en un ángulo exacto de 26°, haciendo así que la corriente le transporte. El delfín traza círculos alrededor del barco sólo por diversión, y se pasa la vida jugando en el agua. Sabemos que el cerebro del delfín es tan grande., si no más, como el nuestro, que tiene un inteligencia  increíble  y un lenguaje que no podemos descifrar. Un amigo mío, el doctor John Lilly, llegó a la conclusión de que los delfines son demasiado inteligentes para revelarnos su lenguaje, por lo que abandonó su proyecto de averiguarlo. Dijo que ya no mantendría a un ser tan civilizado en el campo de concentración de un zoológico, y que debería regresar al océano. La cuestión es que todo ser, no sólo los delfines, sino todo organismo que tenga cualquier clase de sensibilidad, se considera el centro del universo. 


Ahora bien, esta idea tiene sus problemas. Dice un poema zen que «el dondiego de día, que florece durante sólo una hora, no difiere en el fondo de un pino gigante que vive mil años». En otras palabras, una hora es una larga vida para el dondiego de día, y mil años son una larga vida para el pino. Y nuestros 90 años, o la media de vida, que las compañías de seguros establecen entre los 65 y los 70 años, parecen la duración adecuada de la vida humana. Hay personas que quieren vivir más y más, a las que impresiona la inmortalidad y quieren que, a su muerte, sometan su cuerpo a hibernación, por si en el futuro se descubre alguna técnica que permita resucitarlos. 


No estoy de acuerdo con esa idea, porque afortunadamente la naturaleza ha dispuesto el principio del olvido tanto como el de la memoria. Si siempre lo recordáramos todo, seríamos como una lámina de papel sobre la que han pintado una y otra vez hasta que no queda ningún espacio, y no podríamos distinguir entre una cosa y otra, o como un grupo de gente que grita y hace más y más ruido hasta que es imposible oír a nadie en concreto. De la misma manera, los recuerdos se convierten en gritos. La naturaleza misericordiosa se preocupa de borrar todo eso para que uno pueda comenzar de nuevo. 


No importa la forma en que uno empieza, ya sea como un ser humano, como una mosca de la fruta, un escarabajo o un pájaro, puesto que esa forma percibe de la misma manera que usted percibe ahora. Por eso todos estamos en el mismo lugar, todos tenemos por encima cosas mucho más altas que nosotros mismos, y por debajo cosas que son mucho más bajas que nosotros. Hay cosas a la izquierda y la derecha, delante y detrás. Usted es el centro, en todas partes, siempre. 


El gurú tramposo. Alan Watts