Ayahuasca

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18 de octubre de 2013

LA DESAPARICION DEL PASADO (Adyashanti)

Si te pones a examinar de verdad lo que sucede cuando no estás pensando en ti mismo, puede que veas que ya no estás pensando en ti mismo, puede que veas que ya no estás separado, que ya no eres “otro”; y en esos momentos advertirás que desaparece todo tu pasado. A algunos les puede asustar comprobar que, cuando no están pensando en su pasado, este literalmente no está.

Pero ¿acaso no resulta muy evidente? Lo que ha pasado, aunque haya sido hace un segundo, ya no está pasando ahora ni volverá a pasar nunca. Lo que pasó hace un minutos, o hace una semana, o hace un mes, terminó casi tan pronto como pasó. Pero nosotros lo grabamos en nuestra mente, claro está. Nuestras mentes son semejantes a una grabadora, en el sentido de que graban el pasado y lo vuelven a reproducir en el presente. Pero lo que está reproduciendo la mente no es el pasado real mismo, sino una representación mental del pasado. Cuando dejamos de pensar, lo único que hay es el ahora. Para que existe el ayer tienes que evocar una idea del ayer; y cuando recordamos el ayer, cuando recordamos un momento del pasado, llegamos a creernos que existe de verdad. Peor todavía: ¡nos creemos que recordamos el pasado con exactitud! Pero todos los estudios que se han realizado sobre la memoria y sobre la exactitud con que recordamos los hechos pasados nos muestran que nuestras mentes empiezan a distorsionar el pasado casi desde el primer momento.

Si queremos encontrar un camino que nos lleve más allá del sufrimiento, tendremos que estudiar este sentido del yo que, en realidad, no es más que una colección de recuerdos que se proyectan, primero, en el momento presente, y después en el futuro. Tendremos que empezar a advertir que lo que pensamos que somos, en realidad no es más que eso, un pensamiento. Es imaginación. Ni nuestros pensamientos ni nuestra imaginación nos pueden decir quiénes somos.

El fin del sufrimiento. Adyashanti.

12 de febrero de 2013

Tres modos de sufrimiento - Adyashanti


La ilusión del control

Vamos a estudiar tres modos comunes en que nuestros egos nos hacen sufrir, más allá de la observación básica de que son los pensamientos los que producen nuestro sufrimiento. El primero de estos modos es, probablemente, el más arraigado de los tres: nuestro deseo de tener el control. En cuanto nos imaginamos que somos alguien separado de todos los demás, de la vida que vemos a nuestro alrededor, la consecuencia natural será que tendremos una sensación interior de que la vida es una cosa que tenemos que controlar. Para mantenernos a salvo, seguros y separados, no sólo tenemos que controlarnos a nosotros mismos, sino a los demás y todas las circunstancias que nos rodean. Pero dado que la verdad es que no tenemos ningún control, es inevitable que nos encontremos en un aprieto. 

La realidad es que no tenemos ningún control; el ego no controla el modo en que se despliega y se presenta la realidad. ¿A qué se debe que el ego no tenga el control? Simplemente a que el ego no es más que un pensamiento que tienes en la mente. Es una imagen. Es un modo en que tu mente se refiere a sí misma, piensa en sí misma y crea, para empezar, un sentido del yo. Si todo tu yo egoico no es más que un producto de la imaginación, un resultado mecánico de la vinculación de diversos pensamientos entre sí, entonces es evidente que un pensamiento no tiene ningún control. Un pensamiento no es más que una cosa que sucede, sin más. Sucede, y después pasa. 

Ver esto es muy difícil, y a veces da miedo, sobre todo si nos creemos que nosotros somos nuestros egos. Pero la vida nos enseña constantemente, una y otra vez, que en realidad no tenemos ese control que deseamos tener o que creemos tener. Mira dentro de tu mente. No tienes un verdadero control de si te entra o te sale de la mente un pensamiento determinado. Y si ni siquiera tienes control de los pensamientos que te aparecen en la cabeza, ¿cuánto control tienes de verdad, en general? Si tuvieras verdaderamente el control, ¿no optarías, sin más, por sentirte bien todo el tiempo, por sentirte abierto, llenos de amor y feliz? Y ¿no resulta extraño que, a pesar de que la vida nos enseña constantemente que el ego no tiene el control, nosotros seguimos creyéndonos que lo tiene? ¡Nos empeñamos en que lo tiene, porque, si no lo tuviera, eso sería demasiado abrumador! Nos parece que el peor descubrimiento que puede llegar a hacer un ego es que no tiene el control; porque, si un ego no tiene el control, entonces es que no tiene esperanza. No tiene salida. No tiene manera de hacer que la vida sea como él quiere.

Sería verdaderamente terrible que nosotros fuésemos nuestros egos, que fuésemos de verdad ese yo creado en nuestra mente por los pensamientos. Pero no lo somos. Lo que somos en realidad, más bien, es lo que observa a la mente, lo que advierte a la mente y lo que es consciente de toda la actividad mental, incluso del deseo de controlar. Si empiezas a plantearte de manera auténtica todo el concepto del control, se abrirá tu mente de verdad. Y eso es lo que hace falta si queremos poner fin a nuestro sufrimiento persistente: tenemos que abrir nuestra manera de pensar. Tenemos que abrirnos en lo que estamos dispuestos a pensar y en la conclusiones a las que estamos dispuestos a llegar. Cuando estamos en nuestros egos, intentamos controlar a los demás y controlarnos a nosotros mismos. Intentamos controlar la vida. Pero ya habrás caído en la cuenta de que no puedes controlar la vida. Nosotros nos creemos que tenemos el control, pero es una ilusión. Es un engaño.

Este engaño se produce en nuestras mentes, y es, en varios sentidos, el engaño más convincente que existe, pues mientras pensemos que tenemos el control, mientras pensemos que podemos controlar las cosas, seguiremos encadenados al estado de la conciencia egoica. Superficialmente, la ilusión del control hace que nos sentamos capaces de crearnos una vida cómoda y segura, a fuerza de manipular nuestras vidas sobre la base de lo que creemos que necesitamos. A pesar de todo, la ilusión de tenerlo es asombrosa por su diseño y por su complejidad, que que, a  fin de cuentas, casi todos los seres humanos caemos en ella. Casi todos los seres humanos pensamos: “Yo controlo mi vida”, salvo en los momentos en que las cosas se ponen muy difíciles. 

Hay momentos en que casi te ves obligado a reconocer que no tienes el control. Surge una emoción dolorosa y no puedes huir de ella. No puedes hacerla desaparecer. De pronto te resulta evidente: “¡No tengo el control!”, y esto te suele provocar un pánico más profundo todavía. “¡Oh, no! ¡No tengo el control! ¡No puedo cambiar esta sensación! ¿Qué hago? ¿Cómo cambio esto?”. ¿No es paradójico que, a pesar de que vemos que no tenemos el control, sigamos aferrándonos a él? ¿No es una locura, por definición, seguir intentando hacer lo mismo de siempre, pero esperando obtener resultados distintos? Aún así, podemos pasarnos toda una vida intentado hacer uso de este sentido de un control que en realidad no tenemos.

Exigir que las cosas sean distintas

Otro modo en que nuestras mentes producen sufrimiento es por las exigencias que hacemos a la vida y a los demás. En cierto sentido, el ego es una máquina de exigir: “¡Quiero esto!”, “¡Quiero aquello!”, “¡No quiero esto!”, “¡No quiero aquello!”, “¡Tiene que ser de esta manera!”, “¡No deberías haberme hecho tal cosa!”, “¡No debería sentirme como me siento!”. Todas las exigencias, en esencia, son modos en que intentamos manipular la realidad, modos en que nos empeñamos en que la vida sea diferente de lo que es. No siempre se aprecia hasta qué punto abordamos la vida de esta manera. Pero, si lo observamos con detenimiento, podemos ver lo que extendida que está esta tendencia; en cualquier momento dado, es probable que estés haciendo exigencias inconscientes, sutiles, en el sentido de que la vida sea diferente.

Esperamos que todo en la vida nos haga felices, sin darnos cuenta de que la felicidad se encuentra, en realidad, en nuestro núcleo mismo. Es connatural a nuestro ser. No existe ninguna manera de hacerse felices. Lo único que tenemos que hacer es dejar de hacer las cosas que nos hacen infelices. Una de las cosas que nos hacen tremendamente infelices son las exigencias que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás. En las relaciones humanas, es muy corriente que exijamos a alguien que cambie para que nosotros podamos ser felices o sentirnos realizados. En este proceso, desatendemos por completo lo que podría ser más beneficioso para la otra persona o para la comunidad en general. ¿Es esta una verdadera manifestación de amor? ¿Es esto lo que queremos, en último extremo? ¿Queremos de verdad que cambien todos los que nos rodean para hacernos felices a nosotros? ¿Queremos de verdad ser tan tiranos? ¿Nos llega esto de verdad a lo más hondo del corazón, al amor que todos tenemos dentro? 

Cuando nos empeñamos en que las cosas, las personas y los hechos de nuestro alrededor cambien para que nosotros podamos ser felices, en realidad estamos negando algo que está muy dentro de nosotros. Estamos negando la verdad de quienes somos. Estamos negando la verdad de los demás. Nos estamos imaginando que la felicidad depende de los hechos y de las circunstancias de la vida, y de las personas que intervienen en ellas. Nos creemos que si todas las personas que intervienen en nuestra vida fueran así, entonces estaríamos satisfechos. 

Así pues, este deseo de exigencias surge también, como el deseo de control, de ese estado de conciencia llamado estado egoico de la conciencia, en el que nos imaginamos que nosotros mismos y todos los demás somos distintos y separados. Pero repitamos que la noción de que somos entidades separadas no es verdadera; es una invención. Todo ello está trazado en nuestra mente. Es un gran sueño que tenemos. Lo difícil de este sueño es que casi todos los que nos rodean tienen el mismo sueño. Es, en esencia, el sueño colectivo de la humanidad.

De modo que quien sueña no eres sólo tú, ni soy sólo yo; casi todos los seres humanos tienen este mismo sueño de estar separados, de ser absolutamente otros del mundo que los rodea. Lo que esto supone es que tenemos que mirar muy hondo dentro de nosotros, porque no sólo estamos mirando mas allá de nuestra propia mente engañada, de nuestro propio error; estamos mirando más allá del engaño de toda la humanidad.

Discutir con lo que es

Otra cosa que hacemos cuando nos sentimos separados es discutir con lo que es y con lo que fue. Este es el tercer modo más común que tenemos de sufrir. De hecho, si quieres garantizarte el sufrimiento, discute con lo que es. La gente me suele preguntar:”¿Qué quieres decir con “lo que es?”. “Lo que es” es este momento mismo antes de que pienses en él siquiera. Eso es lo que es. Si discutes con este momento sufrirás. No hay manera de discutir con este momento sin sufrir. Lo mismo puede decirse del pasado. Si discutes con el pasado, si decides que lo ha sido no debería haber sido, sufrirás. 

Me doy cuenta que esto puede parecer demasiado simplista y de que casi hasta parece insultante. Al fin y al cabo, la mayoría de los seres humanos se sientes justificados al creer que lo que fue en el pasado no debería haber sido. Todos hemos vivido momentos difíciles. Todos hemos pasado momentos en que se nos ha hecho daño o incluso se nos ha maltratado. Todos hemos tenido momentos en que la gente nos ha tratado de manera desconsiderada o destructiva. Es natural que recordemos estos momentos y pensemos: “¡Ese momento no debería haber pasado! ¡Fulano no debería haberse portado así!”. Este pensamiento, esta conclusión, parecen muy justificados. Como todos los que nos rodean estarían de acuerdo con ello, nosotros ni siquiera lo ponemos en duda. De hecho, lo que sucedió en el pasado no es ni bueno ni malo de por sí. Simplemente, es lo que fue. Por eso, cuando discutimos con lo que fue y decimos: “No debería haber sucedido”, sufrimos. Así de sencillo.

No quiero proponer de ninguna manera que neguemos lo que fue. No estoy diciendo que tengas que fingir que una cosa del pasado no te hizo daño, que no te confundió o que no te causó un gran dolor. Lo que digo es que, cuando discutes con ello, cuando dices que una cosa que ha sucedido no debería haber sucedido, entonces sufres. Lo que pasó es lo que pasó. Ya fuera bueno o terrible, es lo que pasó. Lo que está pasando ahora es lo que está pasando. No tenemos por qué llamarlo “bueno” ni “malo”. Puede ser doloroso o puede no ser doloroso; puede gustarnos o puede no gustarnos. Lo que está pasando en este momento, sea lo que sea, es lo que está pasando. Cuando discutes con ello, cuando dices que lo que está pasando no debería estar pasando, entonces sufres.

A veces puede parecer peligroso abstenerse de discutir con el momento presente, o con el pasado. Hasta podemos temer: “Si no discuto con lo que está pasando ahora, quizá no cambie nunca”. Porque, si tenemos abiertos los corazones y las mentes, no podemos dejar de ver que en el mundo hay una cantidad tremenda de sufrimiento, de dolor y de conflicto. En vista de ello, ante esta verdad, casi podría parecer un insulto no proclamar: “¡Esto no debería pasar!”.

Pero cuando decimos que alguna cosa no debería estar pasando, nos encerramos en un esquema mental extremadamente estrecho, con muy pocas opciones. Cuando vemos de verdad que lo es no es bueno ni malo, que simplemente es, entonces tenemos abiertas todas las opciones. Entonces podemos reaccionar ante la vida de manera sabia y amorosa. Esto no quiere decir que nos limitemos a decirnos: “Lo que es, es”, y no hagamos nada más. (...) 

Para despertarnos, debemos aprender cómo alimentan el sufrimiento en nuestras vidas las tres tendencias que hemos citado (el deseo de controlar, las exigencias y el rechazo de “lo que es”). Debemos conseguir de alguna manera desear saber lo que es verdadero, en este momento, sin intentar controlarlo ni hacerle exigencias, porque lo que nos libra del sufrimiento es la verdad. La verdad es la que nos permite salir de este estado egoico de la conciencia en el que parece que estamos tan atrapados, pasando a otro estado de la conciencia completamente distinto, mucho más abierto, libre y amplio, e infinitamente más creativo. En el ego, nuestras opciones están muy limitadas, y todas se han ensayado ya; todas las soluciones que ha propuesto el ego han fracasado. Si no tienes claro que hayan fracasado, enciende el televisor. Lee el periódico. Sigue habiendo guerras. Sigue habiendo crueldad. Siguen existiendo en todas partes seres humanos que no son abiertos, ni amorosos, ni entregados a los demás. Está claro que lo que hace falta es algo distinto. Volver a hacer siempre una misma cosa esperando que produzca resultados diferentes es, literalmente, una manifestación de locura. Y así es, en muchos modos, el mundo en que vivimos.


Adyashanti. El fin del sufrimiento. Gaia Ediciones. 

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6 de febrero de 2013

Lo que tú eres es más fundamental que lo que dices que eres


Nadie nos ha dicho que lo que somos es un punto de consciencia, o de espíritu puro. Esta no es una cosa que se enseñe. Los que nos han enseñado, más bien, es a identificarnos con nuestro nombre. Nos han enseñado a identificarnos con nuestra fecha de nacimiento. Nos han enseñado a identificarnos con el próximo pensamiento que tengamos. Nos han enseñado a identificarnos con todos los recuerdos del pasado que acopia nuestra mente. Pero eso no eran más que pensamientos. Cuando te basas en tu propia autoridad, cuando te basas en tu propia experiencia directa, te encuentras con ese misterio último que eres tú. Aunque pueda resultar inquietante al principio asomarte a tu propio no-ser, lo haces, en todo caso. ¿Por qué? Porque no quieres sufrir más. Porque estás dispuesto a dejarte afectar. Estás dispuesto a quedarte asombrado. Estás dispuesto a quedarte sorprendido. Estás dispuesto a darte cuenta de que puede que todo lo que habías pensado de ti no sea verdad en realidad. 

Cuando estés abierto a todo eso, entonces, y sólo entonces, podrás basarte en tu propia autoridad, plantarte sobre tus propios pies. Sólo entonces podrás buscarte a ti mismo de verdad, por debajo de la mente y dentro del espacio entre los pensamientos siguientes, para ver claramente que lo que somos existe antes de que pensemos en ello. Lo que tú eres existe antes de que le asignes un nombre. Lo que tú eres existe antes siquiera de que lo llames “masculino” o “femenino”. Lo que eres existe antes de que digamos “bueno” o “malo”, “valioso” o “sin valor”. Lo que tú eres es más fundamental que lo que dices que eres. Lo que eres de verdad constituye toda una sorpresa cuando lo ves por primera vez, cuando lo sientes. Puedes empezar a sentir tu propia transparencia. Empiezas a reconocer que es posible que en realidad tú no seas un “alguien”, a fin de cuentas, a pesar de que surjan los pensamientos de un “alguien”, a pesar de que en tu vida te comportas con frecuencia como si fueras alguien. Es tu manera de desenvolverte en la vida. Respondes a un nombre, vas a trabajar, tienes tu profesión, te llamas marido, o esposa, o hermana, o hermano. Todos estos son nombres que nos asignamos unos a otros. Todos ellos son etiquetas, Todos ellos están bien. Ninguno de ellos tiene nada de malo, hasta que llegas a creerte que son de verdad. En cuanto te crees que una etiqueta que te has atribuido a ti mismo es verdadera, has limitado una cosa que es literalmente ilimitada; has limitado quien eres reduciéndolo a un mero pensamiento.



El fin del sufrimiento. Adyashanti.

18 de enero de 2013

¿QUÉ SOY YO EN REALIDAD?

El Gran Espacio Interno

Lo que se abre dentro de ti cuando estás dispuesto a asumir la posibilidad de que las cosas sean distintas de lo que creías es lo que yo llamo “el gran espacio interno”. Es el lugar donde llegas a saber que no sabes. Cuando eres consciente del hecho de que verdaderamente no sabes, has llegado al verdadero punto de entrada al final del sufrimiento. Quiero decir que eres consciente de que verdaderamente no sabes nada, de que verdaderamente no entiendes el mundo, de que verdaderamente no te entiendes con los demás ni te entiendes a ti mismo. Esto resulta muy evidente en cuanto dedicamos en serio un momento a mirar a nuestro alrededor. Cuando miramos el mundo que hemos creado los seres humanos, y cuando miramos cómo nos relacionamos unos con otros, resulta muy evidente que no sabemos nada en absoluto. Esa fue una de las cosas que vi cuando era niño: que este mundo de los adultos tiene algo de locura. Todos van por ahí haciendo como que saben las cosas de verdad, haciendo como que saben lo que es cierto y lo que no, que saben lo que es correcto o quién se equivoca; pero en realidad, nadie lo sabe de verdad. Ello, sin embargo, nos da miedo porque en realidad no queremos reconocer que nadie sabe nada de verdad.

Por otro lado, vemos que existe muy poca disposición por parte de la mayoría de nosotros a dejarnos afectar de esta manera. Pero si has sufrido lo suficiente (y me imagino que has sufrido bastante), entonces puede que sí estés dispuesto a dejarte afectar. Puede que tu sufrimiento te haya creado un anhelo de este gran espacio interno. Puede que estés dispuesto a abrirte a la idea de que quizá seas algo completamente distinto de lo que te imaginabas, de que los demás pueden ser completamente distintos de lo que tú creías, de que el mundo puede ser completamente distinto de lo que te habías imaginado nunca. El punto de partida, como siempre, eres tú mismo. Este es el punto de entrada. Porque, al fin y al cabo, este gran espacio interno está dentro de nosotros. Sin embargo, tenemos una tendencia a empezar por alguna otra persona. “¡Cambia! ¡Cambia tú, y entonces yo seré feliz!”. “Si cambia el mundo, seré feliz”. “Si cambia mi entorno, o cambia mi situación de trabajo, o cambia mi pareja, entonces seré feliz!”. Pero la verdad es que tenemos que empezar por nosotros mismos; no intentando “cambiarnos” a nosotros mismos, porque, si ni siquiera sabemos quienes somos, tampoco sabremos cómo cambiarnos. Lo primero que tenemos que mirar es nuestro propio yo, quién somos de verdad. Lo primero que tenemos que mirar es nuestro propio ser, quiénes somos de verdad. Antes de intentar cambiar nada de nosotros, debemos empezar por saber quiénes somos y qué somos; porque, al descubrir qué es lo que somos, pasamos a una dimensión de la conciencia que pone fin al sufrimiento innecesario.

De modo que empezamos a mirar hacia dentro de nosotros mismos, ahora mismo, en este mismo momento, estemos donde estemos. Yo estoy aquí sentado en un taburete, y en el lugar exacto donde estoy, cuando miro dentro de lo que soy, la verdad es que no lo sé. Descubro que soy un misterio insondable. Descubro que podría asignarle un nombre, que podría asignarme nombres de todo tipo, que podría proponer muchas descripciones de lo que soy; pero que, en realidad, todas ellas no son más que pensamientos. Cuando me asomo por debajo del velo del pensamiento, lo que descubro es que soy un misterio. En cierto sentido, desaparezco. Desaparezco en forma de pensamiento. Desaparezco en forma de persona imaginada. Lo que descubro es que, si soy alguien, soy un punto de consciencia que reconoce que todo lo que pienso sobre mi mismo no es en realidad lo que soy; reconozco que el próximo pensamiento que tenga no podría llegar a describirme de verdad.

¿Qué es lo que encuentras tú cuando te asomas por debajo del velo de tus pensamientos? ¿Qué es lo que descubres de verdad cuando te abres a algo que está más allá de tu mente? ¿Qué pasa cuando te quedas en calma e inquieres, sin limitarte a saltar al pensamiento siguiente?  Pregúntate en silencio: “¿Qué soy yo en realidad?”. ¿No es ese un momento de quietud absoluta? ¿Y no eres completamente consciente de esa quietud? ¿Y no es evidente que, si no vamos a nuestras mentes, lo que somos es algo espacioso y de un misterio maravilloso, de un asombro maravilloso; que somos un punto quieto e inmóvil de consciencia y de conciencia? Dentro de esta conciencia, pueden aparecer muchos pensamientos, y de hecho aparecen. También pueden aparecer, y aparecen, muchas emociones, muchos modos en que nos podemos imaginar en nuestras mentes que sabemos. Pero en realidad todo es imaginación. ¿Cómo sabemos que todo es imaginación? Porque, cuando dejamos de imaginar, desaparece. Cuando dejamos de atribuirnos un nombre, el que creemos ser desaparece hasta que empezamos a atribuirnos un nombre de nuevo. Pero cuando nos detenemos y observamos, lo que resulta evidente es que no hay más que el acto de mirar, un espacio abierto de consciencia, y nada más; porque lo que hay a continuación no es más que el pensamiento siguiente.

pp 29-32  El fin del sufrimiento. Adyashanti. Gaia Ediciones 2012 

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