Ayahuasca

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11 de julio de 2018

RECONOCER NUESTROS DEFECTOS EN EL ESPEJO DEL DHARMA

La razón principal de que no estimemos a los demás es que estamos tan preocupados por nosotros mismos, que no nos queda espacio en la mente para pensar en ellos. Si deseamos apreciar a los demás, debemos reducir nuestra obsesión por nosotros mismos. ¿Por qué nos consideramos tan importantes? Porque estamos habituados a generar la mente de estimación propia. Desde tiempo sin principio nos hemos aferrado a un yo con existencia verdadera. Este aferramiento al yo es el origen de la estimación propia, que piensa de forma instintiva: “Soy más importante que los demás”. Para los seres ordinarios, aferrarse al yo y estimarse a uno mismo son las dos caras de una misma moneda: el auto-aferramiento se aferra a un yo con existencia inherente, mientras la estimación propia lo quiere y protege como si fuera algo muy valioso. Esto ocurre porque estamos tan familiarizados con nuestra estimación propia, que en ningún momento nos olvidamos de nuestro bienestar, ni siquiera mientras dormimos.

Puesto que nos consideramos más importantes que los demás, exageramos nuestra buenas cualidades y creamos una visión distorsionada de nosotros mismos. Cualquier circunstancia sirve para alimentar nuestro orgullo, como tener un cuerpo atractivo, posesiones, conocimientos, experiencia o una posición social elevada. Cuando tenemos una buena idea, pensamos: “¡Qué inteligente soy!” y si viajamos al extranjero nos consideramos personas interesantes. Incluso nos enorgullecemos de comportamientos de los cuales deberíamos avergonzarnos, como tener habilidad para engañar a los demás, o de cualidades imaginarias. En cambio, nos resulta muy difícil reconocer nuestros errores. Dedicamos mucho tiempo a contemplar nuestras buenas cualidades, reales o imaginarias, y nos olvidamos de nuestros defectos. En realidad, nuestra mente está llena de perturbaciones mentales, pero no las reconocemos e incluso nos engañamos a nosotros mismos negándonos a admitir que tenemos estas mentes. Es como limpiar la casa escondiendo la suciedad bajo la alfombra.

A menudo nos resulta tan doloroso aceptar nuestras faltas, que preferimos buscar excusas antes que cambiar la concepción elevada que tenemos de nosotros mismos. Una de las maneras más comunes de no reconocer nuestros defectos es echando la culpa a los demás. En lugar de responsabilizarnos de nuestras acciones y esforzarnos por mejorar nuestra conducta, discutimos con los demás e insistimos en que son ellos quienes deben cambiar. Debido a la excesiva importancia que nos concedemos a nosotros mismos, criticamos a los demás, lo que nos causa multitud de problemas. Al no aceptar nuestros defectos, los demás nos los señalan, y entonces pensamos que son injustos con nosotros. En lugar de observar nuestro comportamiento para comprobar si sus críticas son justificadas, nuestra estimación propia nos hace ponernos a la defensiva y buscar defectos en ellos.

Otra razón de que no apreciemos a los demás es que nos fijamos en sus faltas y no en sus buenas cualidades. Por desgracia, tenemos gran habilidad para descubrir los defectos de los demás y señalarlos, analizarlos e incluso se podría decir para meditar en ellos. Debido a esta actitud crítica, si discrepamos con nuestros amigos en alguna ocasión, en lugar de comprender su punto de vista, pensamos en las razones por las que están equivocados. Al fijarnos solo en sus defectos, nos enfadamos y les guardamos rencor, y en lugar de sentir aprecio por ellos, deseamos perjudicarlos y criticarlos. De esta manera, pequeños desacuerdos pueden convertirse en conflictos que se prolongan durante meses. 

No es beneficioso pensar en nuestras buenas cualidades y buscar defectos en los demás. Lo único que conseguiremos será considerarnos más importantes que ellos, aumentar nuestro orgullo y faltarles el respeto. 

Es absurdo pensar que somos más importantes que los demás y fijarnos sólo en nuestras buenas cualidades. Con ello no aumentarán nuestras virtudes ni se reducirán nuestros defectos, y tampoco conseguiremos que los demás compartan la opinión favorable que tenemos de nosotros mismos.

Si, en cambio, reconocemos las buenas cualidades de los demás, nuestro orgullo irá disminuyendo hasta que, al final, los consideraremos más importantes que nosotros. Entonces, sentiremos amor y compasión hacia ellos y realizaremos acciones virtuosas de manera natural. Si contemplamos las virtudes de los demás solo obtendremos beneficios. Por lo tanto, mientras los seres ordinarios se fijan en los defectos de los demás, los Bodhisatvas reconocen sus buenas cualidades.

Algunas personas afirman que su problema es que carecen de autoestima, y que debemos fijarnos solo en nuestras buenas cualidades para adquirir confianza en nosotros mismos. No obstante, aunque es cierto que para progresar en en el camino espiritual debemos confiar en nuestro potencial y aumentar nuestras virtudes, también hemos de reconocer nuestros defectos. Si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos que nuestra mente está llena de engaños, como el odio, el apego y la ignorancia. Estas perturbaciones no desaparecerán por sí mismas por mucho que lo deseemos. La única manera es aceptando su existencia y esforzándonos por eliminarlas. 

Una de las funciones del Dharma es actuar como un espejo en el que podemos ver reflejados nuestros defectos. Por ejemplo, cuando nos enfademos, en lugar de buscar excusas, debemos pensar: “El odio es un veneno mental. No me ayuda ni me aporta ningún beneficio, sino que solo sirve para perjudicarme”. También podemos utilizar el espejo del Dharma para distinguir entre el amor y el apego. El amor nos proporciona felicidad mientras que el apego solo nos causa más sufrimiento. 

Aunque hemos de ser conscientes de nuestros defectos, no debemos dejarnos desanimar por ellos. Es posible que nos enfademos con facilidad, pero ello no significa que el odio forme parte inherente de nosotros. Cuando reconocemos nuestras perturbaciones mentales, no debemos identificarnos con ellas pensando: “Soy un inútil y un egoísta” o “estoy siempre enfadado”, sino identificarnos con nuestro potencial puro, cultivar la sabiduría y esforzarnos por eliminar los engaños. 



Gueshe Kelsang Gyatso. Ocho pasos hacia la felicidad

2 de mayo de 2015

Fantasía y realidad: la decepción - Chogyam Trungpa

Por lo general, las religiones hablan de belleza, poesía, éxtasis y dicha. Sin embargo, según el Buda, debemos comenzar experimentando la vida tal como es. Debemos ver la verdad del sufrimiento, la realidad de la insatisfacción. No podemos pasarlas por alto y tratar de examinar solamente los aspectos sublimes y placenteros de la vida. La búsqueda de una tierra prometida, de una Isla del Tesoro, no hace más que aumentar el sufrimiento. No es posible llegar a tales islas. (…) No podemos empezar soñando, eso no sería más que una evasión pasajera, ya que no es posible evadirse de verdad. 

La meditación no es un intento por alcanzar el éxtasis, la felicidad espiritual o la tranquilidad; tampoco una lucha por mejorarse. Se trata simplemente de crear un espacio en el que podamos dejar al descubierto y desarmar nuestros juegos neuróticos y autoengaños, nuestras esperanzas y temores ocultos. Para producir ese espacio recurrimos a la simple disciplina de no hacer nada. En realidad, es muy difícil no hacer nada. La meditación es una manera de hacer que afloren en profusión las neurosis de la mente para incluirlas en la práctica. Nuestras neurosis son como abono: en vez de botarlas a la basura, las esparcimos por el jardín y así van formando parte de nuestra riqueza. 

Se trata, por lo tanto, de asumir lo que somos en vez de escondernos de nuestros problemas e irritaciones. La meditación no debe ser un recurso para olvidarnos de nuestras obligaciones laborales. Cuando practicamos la meditación, nuestras neurosis se asoman a la superficie en vez de esconderse en el fondo de la mente. La práctica nos permite encarar la vida como algo que es posible manejar. Parece que la gente tiene tendencia a creer que si solamente consiguiera alejarse de todos los ajetreos de la vida, retirándose a las montañas o a la orilla del mar, entonces sí podría dedicarse de lleno a alguna práctica contemplativa. Sin embargo, huir de los aspectos mundanales de la vida equivale a despreocuparse del sustento, del verdadero alimentos que está entre los dos trozos de pan. 

Al tomar conciencia de los detalles de manera precisa, nos vamos abriendo a la totalidad compleja de las situaciones. Como un gran río que va a dar al mar; meditar es más que sentarnos solos, en una postura determinada, y atender a procesos simples; es también abrirnos al entorno en el que ocurren esos procesos. El entorno se convierte en mensajero que nunca deja de enviarnos señales, que siempre nos está enseñando algo o ayudando a entender.

Entonces, antes de gratificarnos con técnicas exóticas, antes de jugar con energías, percepciones sensoriales y visiones llenas de símbolos religiosos, debemos poner en orden nuestra mente, y eso lo debemos hacer a un nivel fundamental. (…) El enfoque del budismo consiste esencialmente en cultivar un sentido común trascendental, en ver las cosas tal como son, sin exagerar nada ni ponernos a soñar con lo que nos gustaría ser. 

Mientras sigamos un método espiritual que nos prometa salvación, milagros y liberación, estaremos atados por la “cadena de oro de la espiritualidad”. Es posible que esa cadena nos embellezca, con sus incrustaciones de piedras preciosas y su delicada orfebrería, pero no por eso dejará de aprisionarnos. (…)

Todas las promesas que hemos escuchado no son más que seducción. Quisiéramos que las enseñanzas resolvieran todos nuestros problemas; quisiéramos recibir trucos mágicos para lidiar con nuestras depresiones, conductas agresivas y conflictos sexuales. Pero ¡qué sorpresa darnos cuenta de que no va a ser así! Es una decepción muy grande comprender que deberemos trabajar sobre nosotros mismos y nuestro sufrimiento y que no podemos depender de un redentor o del poder mágico de técnicas yóguicas. 

Debemos permitir que se produzca esa decepción, porque decepcionarse significa renunciar al ego, al logro personal. Uno quisiera presenciar su propia realización; quisiera ver a sus discípulos celebrándolo en actitud de veneración y lanzándole flores en medio de portentos mientras la tierra tiembla y los dioses y ángeles cantan. Eso no sucede nunca. Desde el punto de vista del ego, lograr la realización supone la muerte absoluta: la muerte del ego, la muerte del yo y lo mío, la muerte del observador. Es la máxima decepción, el chasco total. Andar por el camino espiritual es doloroso. Hay que quitarse una máscara tras otra, sufrir insulto tras insulto.

Esa serie de decepciones nos incita a abandonar la ambición. Nos vamos desmoronando cada vez más, hasta que al final tocamos fondo y nos relacionamos con la cordura fundamental de la tierra. Nos reducimos a lo más humilde y pequeño: un granito de arena, perfectamente simple, sin ninguna expectativa. Una vez que tocamos fondo y entramos en contacto con la tierra, ya no tienen cabida los sueños e impulsos frívolos y al fin nuestra práctica se vuelve manejable. Aprendemos a preparar una taza de té correctamente y a caminar derechos sin tropezarnos. Enfrentamos la vida de una manera mucho más sencilla y directa, y las enseñanzas que recibimos o los libros que leemos cobran un sentido práctico; nos dan confianza y nos estimulan a seguir actuando como granitos de arena, tal como somos, sin expectativas y sin sueños.


Nuestra situación se ha vuelto muy amplia, hermosa y práctica. En realidad, es como una invitación, una fuente de inspiración. Si somos un granito de arena, el resto del universo, -es decir, todo el espacio- es nuestro, que no estamos obstruyendo, invadiendo ni poseyendo nada. Lo que hay es un espacio inmensamente abierto...


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa 



21 de mayo de 2014

El ensimismamiento - Chogyam Trungpa

Fascinados por un entorno que nos resulta familiar, nos esforzamos por mantenerlo, repitiendo deseos y anhelos conocidos, para así no dar jamás cabida a ningún estado mental espacioso. La confusión no sólo nos brinda un terreno muy familiar donde ocultarnos, sino que también nos ofrece una manera de mantenernos ocupados. Acceder al estado despierto nos irrita sobremanera porque no sabemos muy bien como manipularlo y, por lo tanto, preferimos volver rápidamente a nuestra prisión en lugar de liberarnos de ella. 

Los seis reinos son el mundo de los dioses, el de los dioses celosos, el humano, el animal, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Estos reinos tienen que ver con las actitudes emocionales que mantenemos hacia nosotros mismos y nuestro entorno, actitudes que se ven teñidas y reforzadas por las explicaciones y racionalizaciones conceptuales. Cualquier ser humano puede experimentar en el transcurso de un mismo día las emociones de cada uno de los seis reinos. 

La principal ocupación en el reino de los dioses es la fijación mental, una suerte de absorción meditativa sobre el propio yo que está basada en una visión materialista de la espiritualidad. El sujeto no sólo permanece totalmente absorto en sí mismo sino que también se experimenta como algo opaco y dotado de solidez. Ese tipo de práctica exige largos preparativos y una tremenda dosis de “desarrollo personal”. Hay una tendencia exagerada a observarse a uno mismo, lo que obviamente reafirma la existencia del sujeto que medita.

En el caso de que tengamos éxito en esta práctica, los resultados serán espectaculares y contemplaremos visiones, escucharemos sonidos que nos llenarán de inspiración y accederemos a estados mentales aparentemente profundos, acompañados de un gran bienestar físico y mental. El esfuerzo que conlleva mantener constantemente la conciencia del yo puede dar lugar a todo tipo de “estados alterados de conciencia”. 

Es posible ensimismarse también a través de una técnica, como la visualización o la repetición de un mantra. Tales prácticas -basadas en la creencia de “Soy yo quien está haciendo tal cosa”, no hacen sino reforzar nuestra tendencia a cultivar la conciencia del yo.

El reino de los dioses -que se alimenta de la esperanza y el temor constantes- sólo puede ser alcanzado tras un terrible esfuerzo. El miedo al fracaso y la esperanza de conseguir algo van incrementándose cada vez más y llega un momento en el que creemos que, por fin, lo hemos conseguido, pero acto seguido tenemos la impresión de que no lo vamos a lograr. La alternancia entre ambos extremos produce una gran tensión. El éxito y el fracaso cobran proporciones gigantescas y podemos creer con igual facilidad que hemos fracasado o, por el contrario, alcanzado el goce supremo.

Por último, nos sentimos tan excitados que comenzamos a perder de vista los puntos de referencia de nuestros temores y esperanzas. Perdemos el hilo y ya no sabemos ni dónde estamos ni qué estamos haciendo. Entonces, de súbito, el dolor y el placer se unifican y nos absorbemos en un estado meditativo de ensimismamiento en nuestro propio yo. Este descubrimiento nos parece un logro supremo. Muy pronto, el placer comienza a saturar nuestro ser. No sólo dejamos atrás la esperanza y el miedo, sino que es muy posible que creamos haber llegado a un estado de realización permanente o de unión con Dios. En este instante, todo lo que vemos nos parece hermoso y pleno de amor e incluso las situaciones más grotescas de la vida nos parecen celestiales. Sin embargo, las cosas desagradables y agresivas nos resultan hermosas tan sólo porque hemos alcanzado la unión absoluta con el ego. En otras palabras, el ego ha perdido el contacto con su propia inteligencia. Es el grado máximo y definitivo de la confusión, el abismo más profundo de la ignorancia, y posee una fuerza increíble. Se trata de una bomba atómica espiritual, una forma de autodestrucción que excluye a la compasión, impide cualquier intento de comunicación y pone fin a la posibilidad de liberarnos de la esclavitud del ego. Así pues, la perspectiva propia del reino de los dioses nos lleva a caer en un ensimismamiento cada vez más profundo que, poco a poco, da lugar a más cadenas constrictivas. Cuanto más perfeccionamos nuestra práctica, más nos esclavizamos; como el gusano de seda que se enreda en su propio hilo hasta morir asfixiado. 

En realidad, hasta ahora hemos examinado tan sólo uno de los dos aspectos que puede asumir el reino de los dioses, es decir, la trasnformación perversa y autodestructiva de la espiritualidad en materialismo. Sin embargo, la versión del materialismo propia del reino de los dioses también puede aplicarse a un ámbito supuestamente más profano como es el de disfrutar del máximo placer mental y físico y conquistar las metas que nos parecen más seductoras: riqueza, salud, belleza, celebridad, virtud, etcétera. Se trata de un modo de proceder que siempre está basado en el placer, entendido éste como un intento de mantener el propio ego. Lo que caracteriza al reino de los dioses es la pérdida de todo rastro de esperanza y temor, algo que se puede alcanzar tanto en el ámbito de los placeres sensoriales como en el de los espirituales. Pero, en ambos casos, para poder llegar a la suma felicidad, debemos perder a la vez la noción de un buscador y la de un objetivo que lograr. Si nuestra ambición se traduce en metas mundanas, buscamos al principio la felicidad, pero luego empezamos también a disfrutar de la lucha por obtener esa felicidad y, a la postre, terminamos sintiéndonos a gusto meramente con la lucha. A mitad de camino hacia el estado de comodidad y placer absolutos decidimos arrojar la toalla y sacar el máximo partido de nuestra situación. Entonces, la lucha se convierte en aventura y, finalmente, en un período de vacaciones o de asueto. Proseguimos el viaje de aventura en pos de nuestro objetivo final pero, al mismo tiempo, cada paso que damos en esa dirección nos parece como unas vacaciones o una oportunidad de disfrutar.

De modo que el reino de los dioses no es especialmente doloroso en sí mismo, sino que el dolor proviene de la desilusión final. Creemos que hemos arribado a un estado de dicha permanente -espiritual o mundana- pero, de repente, se produce una sacudida y comprendemos que ese estado no va a durar para siempre. La felicidad conquistada se torna más vacilante y discontinua y, de ese modo, nos esforzamos a toda costa por mantener nuestro estado de gozo. Tenemos la impresión de que hemos sido estafados por no poder quedarnos para siempre en el mundo de los dioses. Y, cuando la situación nos abofetea, obligándonos a lidiar con circunstancias fuera de lo previsto, la desilusión resultante es terrible. Entonces, nos condenamos a nosotros mismos o condenamos a la persona que nos condujo hasta el reino de los dioses... o al evento que nos sacó de él. Nos sentimos enfadados y defraudados porque tenemos la impresión de haber sido engañados. Y, en ese momento, comenzamos a buscar un nuevo reino, otro estilo de relación con la realidad. Eso es lo que se denomina samsara, un término que significa literalmente “remolino” o "círculo continuo", y que se refiere al océano de la confusión cuyas aguas giran eternamente en una vorágine sin fin.


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa.


20 de julio de 2013

La mente y la espiritualidad

“Existe un problema fundamental con nuestra vida y con nuestro ser básico. El problema es que estamos sumergidos en una lucha continua para sobrevivir y mantener nuestra posición. Continuamente estamos intentando aferrarnos a una imagen sólida de nosotros mismos. Y luego, nos vemos en la obligación de tener que defender ese concepto fijo en particular. En consecuencia, hay lucha y confusión, hay pasión y agresión, y surgen toda clase de conflictos. Desde el punto de vista del budismo, el desarrollo de la auténtica espiritualidad consiste en ir más allá de esta fijación básica, es decir, del intenso apego que sentimos por esta entidad concreta que llamamos ego.

Tendremos que investigar qué es el ego. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Quienes somos? Debemos examinar nuestro estado mental. La espiritualidad está basada en la mente. Según el budismo, la mente es lo que diferencia a los seres conscientes de las rocas, los árboles o el agua. La mente posee conciencia discriminadora y también un sentido de dualidad que le lleva a aferrarse o a rechazar las cosas. La “mente” es capaz de proyectar y percibir objetos distintos a ella misma.

En consecuencia, cuando utilizamos el término “mente”, estamos refiriéndonos a algo muy específico. No se trata de algo vago e inquietante que se encuentra más o menos en la cabeza o en el corazón, algo que sucede y existe de la misma manera que sopla el viento o crece la hierba. Al contrario, es algo muy concreto.

La mente es la única base de trabajo que tenemos para la práctica de la meditación. Sin embargo, la mente es algo más que el proceso de afirmación de la existencia del yo gracias a la proyección dual en lo otro. La mente también abarca lo que conocemos como “emociones”. La mente no puede existir sin emociones. Las fantasías y los pensamientos discursivos no son suficientes puesto que, por sí solos, serían demasiado aburridos y, en tal caso, la trampa de la dualidad también sería excesivamente simple. En consecuencia tendemos a crear olas de emociones -pasión, agresión, ignorancia, orgullo, etc- que suben y bajan de continuo. Al principio las creamos intencionadamente, como un juego para tratar de demostrarnos que existimos pero, con el tiempo, ese juego se convierte en una lucha.

Hemos creado un mundo agridulce. Hay cosas que, si bien resultan divertidas, al mismo tiempo no lo son tanto. En ocasiones, algo que nos parece terriblemente gracioso, también conlleva un elemento de profunda tristeza. La vida posee una cualidad de juego, creada por nosotros mismos, que nos mantiene completamente atrapados. Pero, en realidad, es la estructura de la mente la que ha creado todo. Tal vez nos estemos quejando del gobierno, de la economía del país o de los tipos de interés bancario, pero todos estos factores son secundarios. El proceso original que se halla en la raíz de los problemas es la competitividad resultante de verse a uno mismo solamente como un reflejo del otro. A partir de ahí emerge automáticamente todo tipo de situaciones conflictivas que no son sino nuestra propia creación, nuestra propia obra. Y eso es, en definitiva, lo que llamamos mente”.


Chogyam Trungpa. El corazón de Buda


14 de febrero de 2013

¿Por qué hago una montaña de un grano de arena?


En primer lugar creas un problema y después buscas una solución. Fíjate en por qué creas el problema. Justo al principio, cuando empiezas a crear el problema, allí está la solución. ¡No lo crees! Pero eso no te gustará, por de repente te verás cara a cara contigo mismo. 

Puedes deshacerte de todos tus problemas ahora mismo, porque son invenciones tuyas. 

Tomas la decisión de que ya no quieres crear más problemas; nada más. Es la decisión de acabar con todas esas tonterías de crear problemas para encontrar soluciones. Todas esas tonterías son un juego al que juegas contigo mismo, el juego del escondite, en el que tú te escondes y tú te buscas. Y lo sabes. 

Puedes encontrarte ahora mismo, porque eres tú quien se esconde.

No te busques complicaciones innecesarias. Un día lo comprenderás, si observas cómo agrandas un problema, cómo le das vueltas, cómo contribuyes a que la rueda vaya más y más deprisa. De repente te verás en el punto culminante del sufrimiento y necesitas que el mundo entero te compadezca.

Si todavía no te has hartado del jueguecito, adelante, pero entonces no preguntes por qué. Lo sabes. El porque es sencillo. El ego no puede existir en el vacío; necesita algo contra lo que luchar. Te servirá incluso un fantasma de tu propia imaginación, pero tienes que luchar con alguien. El ego sólo existe en el conflicto, porque el ego no es una entidad, sino una tensión. Siempre que se produce un conflicto, surge la tensión y el ego entra en acción; cuando no hay conflicto, desaparece la tensión y también desaparece el ego. 

Y claro está, nadie quiere tensiones pequeñas, sino tensiones enormes. Com osi no tuvieras suficiente con tus propios problemas, empiezas a pensar en la humanidad, el mundo, el futuro... 

Piensas en eso como si el mundo entero dependiera de tus consejos. Piensas: “¿Qué va a pasar en Israel? ¿Qué va a pasar en África?. Aportas tus consejos y creas más problemas. 

La gente se pone muy nerviosa; no puede dormir porque hay una guerra. Se ponen muy nerviosos. Su vida es tan normal y corriente que tienen que encontrar algo fuera de lo normal en otra parte. La nación pasa por ciertas dificultades, y se identifican con la nación. La cultura pasa por dificultades, o la sociedad tiene dificultades... grandes problemas con los que identificas. Eres hindú y la cultura hindú tiene dificultades, o eres cristiano y la Iglesia pasa por dificultades. El mundo entero está en juego. Es el momento de sentirte importante con tu problema.

El ego necesita problemas. Si comprendes esto, por el hecho mismo de comprenderlo las montañas vuelven a reducirse a granos de arena, y los granos de arena desaparecen. De repente existe solo el vacío, el vacío absoluto a tu alrededor. En eso consiste la iluminación: en comprender hasta lo más profundo que no existe ningún problema. 

Y entonces, sin ningún problema que resolver, ¿qué vas a hacer? Pues empezarás a vivir inmediatamente. Te dedicarás a comer, a dormir, a amar, a charlar, a cantar, a bailar... ¿Qué más se puede hacer? Te has transformado en un dios, has empezado a vivir.   

Osho



12 de febrero de 2013

Tres modos de sufrimiento - Adyashanti


La ilusión del control

Vamos a estudiar tres modos comunes en que nuestros egos nos hacen sufrir, más allá de la observación básica de que son los pensamientos los que producen nuestro sufrimiento. El primero de estos modos es, probablemente, el más arraigado de los tres: nuestro deseo de tener el control. En cuanto nos imaginamos que somos alguien separado de todos los demás, de la vida que vemos a nuestro alrededor, la consecuencia natural será que tendremos una sensación interior de que la vida es una cosa que tenemos que controlar. Para mantenernos a salvo, seguros y separados, no sólo tenemos que controlarnos a nosotros mismos, sino a los demás y todas las circunstancias que nos rodean. Pero dado que la verdad es que no tenemos ningún control, es inevitable que nos encontremos en un aprieto. 

La realidad es que no tenemos ningún control; el ego no controla el modo en que se despliega y se presenta la realidad. ¿A qué se debe que el ego no tenga el control? Simplemente a que el ego no es más que un pensamiento que tienes en la mente. Es una imagen. Es un modo en que tu mente se refiere a sí misma, piensa en sí misma y crea, para empezar, un sentido del yo. Si todo tu yo egoico no es más que un producto de la imaginación, un resultado mecánico de la vinculación de diversos pensamientos entre sí, entonces es evidente que un pensamiento no tiene ningún control. Un pensamiento no es más que una cosa que sucede, sin más. Sucede, y después pasa. 

Ver esto es muy difícil, y a veces da miedo, sobre todo si nos creemos que nosotros somos nuestros egos. Pero la vida nos enseña constantemente, una y otra vez, que en realidad no tenemos ese control que deseamos tener o que creemos tener. Mira dentro de tu mente. No tienes un verdadero control de si te entra o te sale de la mente un pensamiento determinado. Y si ni siquiera tienes control de los pensamientos que te aparecen en la cabeza, ¿cuánto control tienes de verdad, en general? Si tuvieras verdaderamente el control, ¿no optarías, sin más, por sentirte bien todo el tiempo, por sentirte abierto, llenos de amor y feliz? Y ¿no resulta extraño que, a pesar de que la vida nos enseña constantemente que el ego no tiene el control, nosotros seguimos creyéndonos que lo tiene? ¡Nos empeñamos en que lo tiene, porque, si no lo tuviera, eso sería demasiado abrumador! Nos parece que el peor descubrimiento que puede llegar a hacer un ego es que no tiene el control; porque, si un ego no tiene el control, entonces es que no tiene esperanza. No tiene salida. No tiene manera de hacer que la vida sea como él quiere.

Sería verdaderamente terrible que nosotros fuésemos nuestros egos, que fuésemos de verdad ese yo creado en nuestra mente por los pensamientos. Pero no lo somos. Lo que somos en realidad, más bien, es lo que observa a la mente, lo que advierte a la mente y lo que es consciente de toda la actividad mental, incluso del deseo de controlar. Si empiezas a plantearte de manera auténtica todo el concepto del control, se abrirá tu mente de verdad. Y eso es lo que hace falta si queremos poner fin a nuestro sufrimiento persistente: tenemos que abrir nuestra manera de pensar. Tenemos que abrirnos en lo que estamos dispuestos a pensar y en la conclusiones a las que estamos dispuestos a llegar. Cuando estamos en nuestros egos, intentamos controlar a los demás y controlarnos a nosotros mismos. Intentamos controlar la vida. Pero ya habrás caído en la cuenta de que no puedes controlar la vida. Nosotros nos creemos que tenemos el control, pero es una ilusión. Es un engaño.

Este engaño se produce en nuestras mentes, y es, en varios sentidos, el engaño más convincente que existe, pues mientras pensemos que tenemos el control, mientras pensemos que podemos controlar las cosas, seguiremos encadenados al estado de la conciencia egoica. Superficialmente, la ilusión del control hace que nos sentamos capaces de crearnos una vida cómoda y segura, a fuerza de manipular nuestras vidas sobre la base de lo que creemos que necesitamos. A pesar de todo, la ilusión de tenerlo es asombrosa por su diseño y por su complejidad, que que, a  fin de cuentas, casi todos los seres humanos caemos en ella. Casi todos los seres humanos pensamos: “Yo controlo mi vida”, salvo en los momentos en que las cosas se ponen muy difíciles. 

Hay momentos en que casi te ves obligado a reconocer que no tienes el control. Surge una emoción dolorosa y no puedes huir de ella. No puedes hacerla desaparecer. De pronto te resulta evidente: “¡No tengo el control!”, y esto te suele provocar un pánico más profundo todavía. “¡Oh, no! ¡No tengo el control! ¡No puedo cambiar esta sensación! ¿Qué hago? ¿Cómo cambio esto?”. ¿No es paradójico que, a pesar de que vemos que no tenemos el control, sigamos aferrándonos a él? ¿No es una locura, por definición, seguir intentando hacer lo mismo de siempre, pero esperando obtener resultados distintos? Aún así, podemos pasarnos toda una vida intentado hacer uso de este sentido de un control que en realidad no tenemos.

Exigir que las cosas sean distintas

Otro modo en que nuestras mentes producen sufrimiento es por las exigencias que hacemos a la vida y a los demás. En cierto sentido, el ego es una máquina de exigir: “¡Quiero esto!”, “¡Quiero aquello!”, “¡No quiero esto!”, “¡No quiero aquello!”, “¡Tiene que ser de esta manera!”, “¡No deberías haberme hecho tal cosa!”, “¡No debería sentirme como me siento!”. Todas las exigencias, en esencia, son modos en que intentamos manipular la realidad, modos en que nos empeñamos en que la vida sea diferente de lo que es. No siempre se aprecia hasta qué punto abordamos la vida de esta manera. Pero, si lo observamos con detenimiento, podemos ver lo que extendida que está esta tendencia; en cualquier momento dado, es probable que estés haciendo exigencias inconscientes, sutiles, en el sentido de que la vida sea diferente.

Esperamos que todo en la vida nos haga felices, sin darnos cuenta de que la felicidad se encuentra, en realidad, en nuestro núcleo mismo. Es connatural a nuestro ser. No existe ninguna manera de hacerse felices. Lo único que tenemos que hacer es dejar de hacer las cosas que nos hacen infelices. Una de las cosas que nos hacen tremendamente infelices son las exigencias que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás. En las relaciones humanas, es muy corriente que exijamos a alguien que cambie para que nosotros podamos ser felices o sentirnos realizados. En este proceso, desatendemos por completo lo que podría ser más beneficioso para la otra persona o para la comunidad en general. ¿Es esta una verdadera manifestación de amor? ¿Es esto lo que queremos, en último extremo? ¿Queremos de verdad que cambien todos los que nos rodean para hacernos felices a nosotros? ¿Queremos de verdad ser tan tiranos? ¿Nos llega esto de verdad a lo más hondo del corazón, al amor que todos tenemos dentro? 

Cuando nos empeñamos en que las cosas, las personas y los hechos de nuestro alrededor cambien para que nosotros podamos ser felices, en realidad estamos negando algo que está muy dentro de nosotros. Estamos negando la verdad de quienes somos. Estamos negando la verdad de los demás. Nos estamos imaginando que la felicidad depende de los hechos y de las circunstancias de la vida, y de las personas que intervienen en ellas. Nos creemos que si todas las personas que intervienen en nuestra vida fueran así, entonces estaríamos satisfechos. 

Así pues, este deseo de exigencias surge también, como el deseo de control, de ese estado de conciencia llamado estado egoico de la conciencia, en el que nos imaginamos que nosotros mismos y todos los demás somos distintos y separados. Pero repitamos que la noción de que somos entidades separadas no es verdadera; es una invención. Todo ello está trazado en nuestra mente. Es un gran sueño que tenemos. Lo difícil de este sueño es que casi todos los que nos rodean tienen el mismo sueño. Es, en esencia, el sueño colectivo de la humanidad.

De modo que quien sueña no eres sólo tú, ni soy sólo yo; casi todos los seres humanos tienen este mismo sueño de estar separados, de ser absolutamente otros del mundo que los rodea. Lo que esto supone es que tenemos que mirar muy hondo dentro de nosotros, porque no sólo estamos mirando mas allá de nuestra propia mente engañada, de nuestro propio error; estamos mirando más allá del engaño de toda la humanidad.

Discutir con lo que es

Otra cosa que hacemos cuando nos sentimos separados es discutir con lo que es y con lo que fue. Este es el tercer modo más común que tenemos de sufrir. De hecho, si quieres garantizarte el sufrimiento, discute con lo que es. La gente me suele preguntar:”¿Qué quieres decir con “lo que es?”. “Lo que es” es este momento mismo antes de que pienses en él siquiera. Eso es lo que es. Si discutes con este momento sufrirás. No hay manera de discutir con este momento sin sufrir. Lo mismo puede decirse del pasado. Si discutes con el pasado, si decides que lo ha sido no debería haber sido, sufrirás. 

Me doy cuenta que esto puede parecer demasiado simplista y de que casi hasta parece insultante. Al fin y al cabo, la mayoría de los seres humanos se sientes justificados al creer que lo que fue en el pasado no debería haber sido. Todos hemos vivido momentos difíciles. Todos hemos pasado momentos en que se nos ha hecho daño o incluso se nos ha maltratado. Todos hemos tenido momentos en que la gente nos ha tratado de manera desconsiderada o destructiva. Es natural que recordemos estos momentos y pensemos: “¡Ese momento no debería haber pasado! ¡Fulano no debería haberse portado así!”. Este pensamiento, esta conclusión, parecen muy justificados. Como todos los que nos rodean estarían de acuerdo con ello, nosotros ni siquiera lo ponemos en duda. De hecho, lo que sucedió en el pasado no es ni bueno ni malo de por sí. Simplemente, es lo que fue. Por eso, cuando discutimos con lo que fue y decimos: “No debería haber sucedido”, sufrimos. Así de sencillo.

No quiero proponer de ninguna manera que neguemos lo que fue. No estoy diciendo que tengas que fingir que una cosa del pasado no te hizo daño, que no te confundió o que no te causó un gran dolor. Lo que digo es que, cuando discutes con ello, cuando dices que una cosa que ha sucedido no debería haber sucedido, entonces sufres. Lo que pasó es lo que pasó. Ya fuera bueno o terrible, es lo que pasó. Lo que está pasando ahora es lo que está pasando. No tenemos por qué llamarlo “bueno” ni “malo”. Puede ser doloroso o puede no ser doloroso; puede gustarnos o puede no gustarnos. Lo que está pasando en este momento, sea lo que sea, es lo que está pasando. Cuando discutes con ello, cuando dices que lo que está pasando no debería estar pasando, entonces sufres.

A veces puede parecer peligroso abstenerse de discutir con el momento presente, o con el pasado. Hasta podemos temer: “Si no discuto con lo que está pasando ahora, quizá no cambie nunca”. Porque, si tenemos abiertos los corazones y las mentes, no podemos dejar de ver que en el mundo hay una cantidad tremenda de sufrimiento, de dolor y de conflicto. En vista de ello, ante esta verdad, casi podría parecer un insulto no proclamar: “¡Esto no debería pasar!”.

Pero cuando decimos que alguna cosa no debería estar pasando, nos encerramos en un esquema mental extremadamente estrecho, con muy pocas opciones. Cuando vemos de verdad que lo es no es bueno ni malo, que simplemente es, entonces tenemos abiertas todas las opciones. Entonces podemos reaccionar ante la vida de manera sabia y amorosa. Esto no quiere decir que nos limitemos a decirnos: “Lo que es, es”, y no hagamos nada más. (...) 

Para despertarnos, debemos aprender cómo alimentan el sufrimiento en nuestras vidas las tres tendencias que hemos citado (el deseo de controlar, las exigencias y el rechazo de “lo que es”). Debemos conseguir de alguna manera desear saber lo que es verdadero, en este momento, sin intentar controlarlo ni hacerle exigencias, porque lo que nos libra del sufrimiento es la verdad. La verdad es la que nos permite salir de este estado egoico de la conciencia en el que parece que estamos tan atrapados, pasando a otro estado de la conciencia completamente distinto, mucho más abierto, libre y amplio, e infinitamente más creativo. En el ego, nuestras opciones están muy limitadas, y todas se han ensayado ya; todas las soluciones que ha propuesto el ego han fracasado. Si no tienes claro que hayan fracasado, enciende el televisor. Lee el periódico. Sigue habiendo guerras. Sigue habiendo crueldad. Siguen existiendo en todas partes seres humanos que no son abiertos, ni amorosos, ni entregados a los demás. Está claro que lo que hace falta es algo distinto. Volver a hacer siempre una misma cosa esperando que produzca resultados diferentes es, literalmente, una manifestación de locura. Y así es, en muchos modos, el mundo en que vivimos.


Adyashanti. El fin del sufrimiento. Gaia Ediciones. 

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