Ayahuasca

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1 de marzo de 2018

Cuando las enseñanzas no duales no lo son

Las afirmaciones de morar en una conciencia de unidad se oyen muchísimo en los círculos espirituales modernos; y, ¿cómo no, teniendo en cuenta que estamos profundamente arraigados en una cultura servilmente dedicada a los apaños y "subidones" rápidos, sean espirituales o de otro tipo? Cuando tratamos de convertir un momento de despertar en algo exagerado y excesivo, lo único que que hacemos es crear y reforzar más la misma identidad individual que estamos tan ansiosos por trascender.

Oír enseñanzas que nos dicen que ya somos seres plenamente realizados y no duales que, simplemente, hemos olvidado nuestra verdadera naturaleza puede tranquilizarnos o consolarnos, pero en la mayoría de casos tiende a distraernos del trabajo que verdaderamente necesitamos hacer, el cual incluye enfrentarnos y trabajar con nuestro miedo, nuestra agresividad, nuestra avaricia, nuestra vergüenza o cualquier otra cosa de nosotros mismos de la que hayamos hecho un mal uso o nos hayamos apartado. La sombra central de las enseñanzas "pseudo-no dualistas" es el dualismo no reconocido, cuya característica más común es una aversión a reconocer que necesitamos realizar un trabajo psicológico en profundidad.  Ramana Maharshi habló y actuó desde una perspectiva no dual, simplemente, porque no sabía hacer otra cosa. Pero igual de importante es que no estaba buscando inmunizarse de las cosas más crudas de la vida y que, desde luego, no se entretenía con ingeniosidades del lenguaje o la teoría. Era, de hecho, radicalmente asequible. Es viviendo de verdad -metiéndonos de lleno en las complicaciones de la vida, incluido ese naciente mundo de neurosis y evasiones conocido como "relaciones íntimas"- como aprendemos la radical integridad y totalidad que resulta tan esencial para una adecuada comprensión de nuestra naturaleza no dual.

Si bien las enseñanzas no duales señalan la inutilidad de buscar lo que, en realidad, jamás se perdió, omiten puntualizar que dicha búsqueda, generalmente, no se experimenta como inútil hasta que se ha emprendido. De este modo muchos buscadores espirituales que creen en tales enseñanzas quedan desamparados en una tierra de nadie, supuestamente "por encima" de los niveles de desarrollo que creen haber trascendido pero que sólo se han saltado "intelectualmente". Estamos aquí con apariencia de humanos, así que ¡entremos de verdad en ello! Solo cuando nos involucramos verdaderamente podemos ser totalmente conscientes de nuestra relación con Todo Cuanto Existe.

Concluyo con una profunda reverencia a los verdaderos maestros de los no dual, en cuya presencia y amor continuos mis palabras se extienden más allá de sí mismas, y en cuya sabiduría mi arrogancia se evapora, sin dejar mas que Lo Que Realmente Importa, sea cual sea la forma que adopte.



La evasión espiritual. pp 179-181. Dr. Robert Augustus Masters. Ed. Vesica Piscis.

12 de septiembre de 2017

La rabia y la evasión espiritual (parte 1)

En la cosmología de la evasión espiritual la rabia constituye una fuerte negatividad, tan alejada del amor y de una vida iluminada como se pueda estar; algo que los espiritualmente avanzados no expresan (a menos que sean gurús que lo hagan “únicamente” por el “bien” de sus devotos) o, mejor aún, ni siquiera permiten que surja. Expresar abiertamente la rabia o incluso estar enfadado, se considera espiritualmente incorrecto en más de unos cuantos círculos, sobre todo en aquellos que lo ven como un estorbo o una impureza. Según esta forma de pensar, la rabia es algo que hay que transmutar en un estado “mejor”, como la compasión. Pero, en verdad, rabia y compasión pueden coexistir: la compasión iracunda no es un oxímoron.

¡Los sentimientos reprimidos no desaparecen solo porque ahora seamos espirituales! De hecho, pueden empeorar. La rabia reprimida sigue siendo rabia y encontrará modos -aunque no tengan aspecto de enfado- de salir a la superficie, incluido el de juzgar, siempre una forma tan amable, a quienes son más abiertos a la hora de expresar su rabia. El hecho de que tales juicios puedan emitirse con una voz muy suave y agradable o de un modo razonable no los hace menos críticos o vergonzantes.

Es muy fácil poner la rabia por los suelos; al fin y al cabo, cuando estamos “poseídos” por ella ¿no somos más propensos a la violencia, la hostilidad, el rencor, el odio y la falta de amor? 

Los bando psicoespirituales pueden argumentar tanto los peligros de dejar salir la rabia como los de quedársela dentro, pero trabajar con la rabia implica mucho más de lo que puedan sugerir estas estrategias. No hay nada intrínsecamente malo en la rabia; no tiene por qué ser necesariamente un problema - un signo de negatividad o de déficit espiritual, o una forma de evitar algo “más profundo” ni un signo de pasotismo. El auténtico problema es el cómo utilizamos nuestra rabia. ¿Culpamos a nuestra rabia de nublarnos la razón, aduciendo ser víctimas de nuestras pasiones o asumimos la responsabilidad de lo que hacemos con ella? ¿Convertimos nuestra rabia en un arma y ocultamos nuestro dolor tras una fachada inflada con aires de superioridad moral, o nos mantenemos trasparentes y permeables, mostrándonos vulnerables? ¿Utilizamos nuestra rabia para ajustar cuentas, marcar puntos, dominar o dejar fuera de combate? ¿O la utilizamos para profundizar en la intimidad con nuestra pareja y superar el fingimiento y el vacío emocional? 

Es muy fácil rechazar, hablar pestes, aplastar, encarcelar o vulnerar nuestra rabia y permitirle tan pocas válvulas de escape que, como un animal que ha estado demasiado tiempo enjaulado, se comporta mal cuando es finalmente liberada y, de ese modo, confirma nuestras sospechas de que necesita el mismo trato que una bestia salvaje que amenaza nuestra casa. También es fácil glorificar la rabia; exhortar a los inhibidos a que “entren en su rabia”, reforzando así la agresividad.

Sin embargo, no es tan fácil cultivar una relación íntima con nuestra rabia: acercarnos a su calor, a sus llamas, a su intensidad, sin perder el contacto con nuestra sensatez. Y así nos perderemos su luz, ya que podemos tratar a la rabia como una aliada.

La rabia es un estado despierto y a menudo acalorado en el que se combinan la sensación de ser tratados injustamente y una contrarrestante sensación de poder , potencialmente energizante. 

Es importante darse cuenta de que la rabia no tiene por qué ser sinónimo de agresividad. La agresividad está desprovista de compasión y vulnerabilidad, pero la rabia, por muy fuerte que pueda ser su manifestación, puede funcionar al servicio de la una y de la otra. No obstante, en nuestra cultura la rabia sigue siendo sinónimo de agresividad, tanto en un contexto laico como espiritual.

La rabia es fuego moral; que sea destructiva o constructiva está en nuestras manos… y en nuestro corazón. Bajo la fogosa custodia de la rabia limpia coexisten la pasión y la compasión, como el calor y la luz. Es necesario que respetemos nuestra rabia, que dejemos de considerarla un problema, o un obstáculo espiritual, o algo que está por debajo de nosotros. 

La rabia que es compasión negada se convierte fácilmente en rabia expresada sin compasión. 



La evasión espiritual, Dr. Robert. A. Masters

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9 de septiembre de 2017

¿Que no nos lo tomemos como algo personal?

“La evasión espiritual se caracteriza a menudo por poner un insistente énfasis en no tomarse las cosas como algo personal. Al fin y al cabo, es más fácil tomárnoslas de una forma impersonal, aunque sólo sea porque estamos tan desapegados que no tenemos que implicarnos emocionalmente. Muchísimas de las cosas que pasan por ser un desapego sano distan mucho de lo sano; por el contrario, reflejan un apego a estar desapegados, a mantener la suficiente separación con lo que está ocurriendo para no tener que sentirlo realmente.

No tomarse las cosas a pecho o como algo personal puede constituir una práctica iluminadora y eminentemente práctica, valga la redundancia, que nos permite reaccionar de una forma sensata a las circunstancias difíciles, pero lleva consigo una inmensa sombra de disociación, despersonalización y desconexión. Cuando hemos hecho poco o ningún trabajo en profundidad sobre una determinada cualidad o rasgo podemos saltar prematuramente de etiquetar “mis” rasgos a “los” rasgos. Por ejemplo, puede que tengamos un miedo considerable, pero en lugar de indagar en él y establecer una relación verdaderamente estrecha con él, saltamos a un lenguaje distante (y supuestamente más espiritual) para referirnos a él como “el” miedo en lugar de “mi” miedo; de este modo, no hemos integrado ni llegado genuinamente a una visión trascendente de la realidad, sino que simplemente, hemos negado nuestro miedo. Sin embargo, una vez que llegamos a conocerlo bien, a conocerlo desde muy adentro, podemos relacionarnos con él legitimamente, no sólo como “mi” miedo, sino también como “el” miedo. Y aquí no hay ninguna disociación, sino simplemente la capacidad de ver y trabajar con el miedo. 


“No te lo tomes como algo personal” puede ser un buen consejo en muchas y distintas circunstancias, pero no debería aplicarse a todo; es necesario saber discernir. Hay situaciones que exigen que nos las tomemos como algo personal, que dejemos que nos conmuevan e impacten profundamente. Sin embargo, no hay que confundir esto con caer en una espiral de reacciones.


La evasión espiritual. Dr. Robert A. Masters

24 de febrero de 2016

El moderno mercado de la espiritualidad y la evasión espiritual

En la cultura contemporánea existe tal cantidad de especialidades espirituales mal definidas, tal exceso de egos disfrazados de espiritualidad, tal abundancia de superficialidad y engaño que se hacen pasar por auténtica espiritualidad, que se ha vuelto cada vez más difícil identificar prácticas que sean verdaderamente legítimas y transformadoras. Una sociedad como la nuestra que busca la gratificación instantánea, es especialmente susceptible a promesas de autosuperación de “rápido apaño” y esto se extiende al mundo del progreso espiritual.


Es posible que muchos de nosotros nos encontremos ansiosos por escapar del continuo dolor de nuestras heridas no resueltas y necesidades insatisfechas a través de métodos que prometen librarnos de nuestro sufrimiento lo más fácil y mágicamente posible. 

Quienes somos propensos a la credulidad espiritual tendemos a confundir el escepticismo con el cinismo. Creemos que confiar en la gente es un estado espiritual más ideal, y nuestra falta de discernimiento tiene la desafortunada consecuencia de meter en el mismo saco tanto elementos descabellados como auténticos de la espiritualidad contemporánea.

Tenemos la tendencia a confundir amor con sentimentalismo, rabia con agresividad, compasión con lástima, ser amables con ser buenos, ser inteligentes con ser listos, la aceptación con la tolerancia exagerada y la receptividad con pasividad, sin límites saludables. Sin embargo, una vez que los crédulos espirituales se dan cuenta de la locura en la están pueden irse al otro extremo y tachar de charlatanes a la gran mayoría de quienes practican y enseñan la espiritualidad saliéndose de lo corriente. 

La credulidad espiritual supone un gran negocio en nuestra economía consumista. Lo queremos todo rápido, sea lo que sea lo que incluya ese “todo”. Quienes quieren hacer negocio a nuestra costa lo saben bien y basan su publicad en ello, contando con nuestra credulidad (que normalmente se adorna como “estar abiertos” o “ser receptivos”). Sus promesas son a menudo tan escandalosas como, por ejemplo, los eslóganes tipo “tú puedes manifestar lo que quieras” de los vendedores del pensamiento positivo. El hecho de que las recibamos sin cuestionarlas, e incluso con entusiasmo, demuestra una profunda ingenuidad impregnada con un anhelo de un mañana mejor con las mínimas molestias y dolor posibles. 

Es tal la abundancia de credulidad espiritual que existe en nuestra cultura que aquellos que se sientan atraídos a sacar provecho de ella pronto tendrán seguidores o una clientela que compre incondicionalmente lo que vendan, y eso tiende a reforzar la creencia de que son personas muy especiales. Quienes se ponen a la venta en el mercado de los crédulos espirituales no son, en su mayor parte, timadores, ya que por lo general, creen en si mismos y en lo que están haciendo. Hasta puede que consideren que sus más flagrantes manipulaciones no son más que pasos necesarios para ayudar a sanar a los demás. 

Sin embargo, el antídoto no consiste en volvernos recelosos o sentir repugnancia por la espiritualidad y la metafísica, sino en desarrollar un agudo sentido del discernimiento que no restrinja nuestra capacidad de abrirnos al mundo. 

La idea de que creamos nuestra propia realidad y podemos controlar todos los aspectos de nuestra vida solo con desearlo con la suficiente fuerza se ha popularizado a través de gran parte de la espiritualidad de la Nueva Era, sobre todo a través del evangelio de la conciencia de la prosperidad y las leyes de la atracción, difundido en libros como El Secreto. Pero no deberíamos subestimar la parte sombría de estos conceptos flamantes de “puedes tenerlo todo”: han engendrado creencias como la noción de que somos completamente responsables de nuestra enfermedad o de cualquier otra cosa que nos suceda, simplemente, porque nosotros, y solo nosotros, lo hemos creado. 

Quienes se aferran a semejante sistema de creencias se dejan muy poco espacio de maniobra cuando descubren que tienen una enfermedad seria: creen que son ellos los que han hecho que se manifieste, que son responsables de la misma. Esto genera unas potentes contradicciones para la aparición de la culpabilidad. En lugar de investigar a fondo la naturaleza de nuestra enfermedad, podemos quedar aún más debilitados por la culpabilidad que sentimos por haberla creado.

La creencia de que nosotros creamos literalmente nuestra realidad conlleva a menudo una cierta grandiosidad, al atribuir sin ningún sentido crítico un poder desmesurado o imposible a nuestra capacidad para desear, querer e imaginar. Los practicantes espirituales que se hallan atrapados en esta creencia, pueden sentirse “inflados” con la idea que solo ellos crean su realidad.  

Cuando estamos atrincherados en la evasión espiritual tenemos tendencia a que las relaciones nos gusten sólo por el lado bueno: ni confrontaciones, ni rabia, ni sentimientos enrevesados, nada que nos haga “quedar mal”. Por eso, en el menú de las relaciones predominan a menudo las sonrisas y una amabilidad incesante: todo el mundo hace todo lo posible para que todo sea agradable. No sólo hay negación, sino también disociación que se hace pasar por desapego y ecuanimidad espiritualizados. Esta desconexión nos aísla de la vulnerabilidad y profundidad necesarias para que pueda haber una auténtica intimidad.

Puede ocurrir lo contrario: en lugar de emprender simplemente una huida hacia la disociación, la emprendemos hacia la fusión. En este caso, los límites personales pueden debilitarse o marginarse lo suficiente como para llegar a disolver las diferencias entre los miembros de la pareja. Dicha fusión, sean cuales sean sus trampas románticas, es una especie de homogeneización interpersonal. Así pues, nuestras relaciones pueden estar dominadas por la disociación (separación malsana) o por la fusión (conexión malsana), dos caras de la misma moneda de límites disfuncionales.  La primera se hace pasar por un “no apego” y la segunda, por una “comunión”, intimidad, “ser uno”. 

Exactamente como en las relaciones convencionales. 

(Extractos de La evasión espiritual. Dr. Robert Augustus Masters)


30 de diciembre de 2015

Utilizar la rabia con sabiduría, por Dr. Robert Masters

La rabia es fuego moral; que sea destructiva o constructiva está en nuestras manos… y en nuestro corazón. Bajo la fogosa custodia de la rabia limpia coexisten la pasión y la compasión, como el calor y la luz. Es necesario que respetemos nuestra rabia, que dejemos de considerarla un problema, o un obstáculo espiritual, o algo así que está por debajo de nosotros, para que pueda contribuir verdaderamente a nuestro bienestar.

La rabia que es compasión negada se convierte fácilmente en rabia expresada -aunque sea indirectamente- sin compasión. Pero, ¿cómo llevamos la compasión a nuestra rabia? No es tarea fácil no reprimir y tampoco dejarnos llevar por la rabia. Ante todo tenemos que acercarnos a ella conscientemente y con genuino afecto, sin aversión. No explorar la rabia, no intimar con ella, es una decisión peligrosa. No conocer nuestra rabia es mantenernos en la oscuridad, en peligro de volvernos agresivos o violentos en lugar de simplemente enfadados.

En el major de los casos, la rabia se vuelve fuego relacionan, contribuyendo a iluminar nuestro camino hacia unas relaciones cada vez más íntimas y profundas que incluyan todo cuanto somos. La fogosa intensidad que se halla en el corazón de la rabia no pide contención, ni rehabilitación espiritual, ni una mera descarga, sino una aceptación consciente que no exige aplacar la pasión, ni reducir el calor, ni silenciar la voz esencial que hay en las llamas.

Llevar la rabia a nuestro corazón no solo es un acto de amor hacia nosotros mismos sino hacia todos los seres, ya que una práctica como está evita que no dejemos que nuestra rabia se torne en agresividad, hostilidad y odio. 

Allí donde haya juicios, tanto si van dirigidos a nosotros mismos como a los demás, va a haber rabia. Esto significa que, de algún modo, deberíamos deshacernos de nuestros juicios -¡una tarea destinada al fracaso mientras tengamos mente!- sino más bien que los mantengamos en una perspectiva saludable.

No es poco habitual estar enfadados con nuestra rabia (“¡Cuándo me libraré de esta maldita rabia?”), renegar de ella (“¡No debería estar enfadado!”), negarla (“Tal vez creas que estoy enfadado, ¡pero no lo estoy!”) o simplemente desconectar de ella (“No tengo rabia”). Sin embargo, en lugar de luchar contra nuestra rabia o huir de ella, necesitamos conocerla más a fondo. Una relación íntima con nuestra rabia potencia el autoconocimiento, la integridad, la profundidad en las relaciones y la maduración espiritual, y nos ayuda a expresar una pasión viva y responsable.

Cuanto mejor conozcamos nuestra propia rabia, y más expertos seamos en expresarla, más probable es que podamos manejar con habilidad la rabia de los demás, pero si permanecemos separados de la nuestra no solo la expresaremos en forma descuidada, sino que tampoco podremos manejar muy bien la de los demás.

Es muy probable que el retraimiento tranquilo o racional o espiritual con que reaccionamos cuando alguien está enfadado con nosotros no sea una acto de auténtico afecto, sino más bien de miedo, aversión o agresividad pasiva. Es fácil hacer de la rabia contenida una virtud, pero esta contención puede ser simplemente, otra forma de rabia. Puede que, en parte, lo que nos resulte difícil de esto sea que seguimos confundiendo la rabia con agresividad, olvidando que la rabia que está libre de ésta ayuda a proteger nuestros límites.

Si rechazamos la rabia -no la agresividad, sino la rabia- de una persona que es importante para nosotros, lo que hacemos es simplemente evitarla. Esto, por lo general, fomenta la acumulación de la energía y frustración de la rabia y crea presión para encontrar otras válvulas de escape a la misma, como distracciones eróticas, trabajar más de la cuenta o las sutiles crueldades de la rabia pasiva.

Por mucho que pudiera gustarnos pensar de otro modo, la rabia no desaparece a medida que vamos avanzando en nuestra evolución y nuestro despertar; de hecho puede volverse incluso más ardiente pero quemar cada vez de una forma más limpia. 




 La evasión espiritual. 
Dr. Robert A. Masters






25 de septiembre de 2015

La "evasión espiritual" - Dr. Robert Masters

La “evasion espiritual”, un término acuñado por primera vez por el psicólogo John Welwood en 1984, consiste en el uso de prácticas y creencias espirituales para evitar enfrentarnos con nuestros sentimientos dolorosos, heridas no resueltas y necesidades de desarrollo. (…) Está tan generalizada que pasa desapercibida, salvo en los casos extremos en que resulta más evidente.

Esto es debido, en parte, a nuestra tendencia a no tener mucha tolerancia para enfrentarnos con nuestro dolor, adentrarnos en él y tratarlo; en lugar de ello, preferimos sin dudarlo “soluciones” que lo aplaquen, sin que nos importe el sufrimiento que tales “remedios” puedan catalizar. (…) La evasión espiritual viene como anillo al dedo a nuestro hábito colectivo de huir de lo que resulte doloroso, como una especie de analgésico superior sin efectos secundarios aparentemente mínimos. 

Entre los distintos aspectos de la evasión espiritual encontramos un desapego exagerado, entumecimiento y represión emocionales, un excesivo énfasis en lo positivo, fobia a la rabia, compasión ciega o demasiado tolerante, límites débiles o demasiado porosos, un desarrollo “cojo” (con una inteligencia cognitiva muy por delante de la inteligencia emocional y moral), un juicio debilitante sobre la propia negatividad o “lado oscuro”, una infravaloración de lo personal en relación con lo espiritual y falsas ilusiones de haber llegado a un nivel superior de ser.

Se ha presentado la evasión espiritual como una práctica o perspectiva espiritualmente avanzada, que va más allá de la religión, sobre todo en la espiritualidad de consumo rápido, cuyos paradigmas son fenómenos como El Secreto. Algunas de sus características vulgares son esas raciones de sabiduría recalentada tipo “No te lo tomes como algo personal”, o “Lo que te molesta de alguien, en realidad sólo es algo que te molesta de ti”, o “Todo es una simple ilusión”, se ponen a disposición de casi cualquiera para su consumo y cantinela repetitiva.

La verdadera espiritualidad no es un Nirvana, ni un “subidón”, ni un “estado alterado”. La mayoría de las veces en que nos hallamos inmersos en la evasión espiritual, nos gusta la luz pero no el calor. Pero si de veras queremos la luz, no podemos permitirnos huir del calor. Como dijo Victor Frankl, “Aquello que da luz debe soportar estar ardiendo”. Y estar con el calor del fuego no significa simplemente sentarnos a meditar sobre nuestras dificultades, sino también sumergirnos de lleno en ellas, adentrarnos hasta sus entrañas, enfrentarnos, penetrar e intimar con lo que haya allí, por mucho miedo que nos dé o por traumático, triste o crudo que nos resulte. 

La evasión espiritual está ocupada en gran medida, al menos en sus formas de la Nueva Era, por la idea de totalidad y de innata unidad del Ser -el concepto de Unidad es quizás su condepto estrella- pero en realidad genera y refuerza la fragmentación separándose de -y rechazando- todo lo que sea doloroso, angustioso y esté por sanar; en definitiva, todos los aspectos del ser humano que distan mucho de ser halagüeños.

Un signo habitualmente indicador de la evasión espiritual es una falta de enraizamiento y de experiencia corporal que tiende a mantenernos o bien “flotando en el espacio” en cuando al modo de relacionarnos con el mundo o bien atados con demasiada rigidez a un sistema espiritual que aparentemente nos proporciona la solidez que nos falta. También podemos caer en el perdón y la disociación emocional prematuros -confundiendo la rabia con la agresividad y la hostilidad- lo cual nos deja sin poder. Ese rasgo de ser exageradamente amable nos aleja de la profundidad y autenticidad emocional, y el dolor que subyace a ella la mantiene aislada de los mismos cuidados que la desenvolverían y desharían.  

La evasión espiritual nos distancia no solo de nuestro dolor y de cuestiones personales difíciles sino también de nuestra auténtica espiritualidad, dejándonos encallados en un limbo metafísico, una zona eb que todo es exageradamente dulce, agradable y superficial. 

Pero no seamos demasiado duros con la evasión espiritual, ya que todos los que nos hemos adentrado en lo espiritual hemos caído en ella, en mayor o menos grado, tras haber utilizado durante años otros medios de hacernos sentir mejor o más seguros. 

Hasta las metodologías espirituales más exquisitamente diseñadas pueden convertirse en trampas y no llevar a la libertad , sino solamente al refuerzo del “yo” que quiere ser un alguien  que haya alcanzado la libertad, el mismo que no se da cuenta que no dan ningún Oscar por el despertar. Entre las trampas más evidentes está la creencia de que deberíamos elevarnos por encima de nuestras dificultades y simplemente abrazar la Unidad, aun cuando la tendencia a dividirlo todo en positivo y negativo, superior e inferior, espiritual y no espiritual, nos domine por completo.

Descubrir y reconocer abiertamente nuestra tendencia a la evasión espiritual puede darnos vergüenza al ser “pillados”, pero se trata de una vergüenza sana que podemos trabajar fácilmente, mientras recordemos que la evasión espiritual no es solo algo que hacen los demás; es algo que todos hemos hecho. 

Tal vez donde más se vean señales de que hay una evasión espiritual sea en el minimizar, superficializar o negar rotundamente nuestro lado oscuro y lo que llamamos nuestra negatividad, así como adoptar posturas globales o impersonales respecto a asuntos que son claramente personales, como cuando hablamos del “hecho” de que todo es perfecto, y todo se desarrolla exactamente como debe, mientras estamos hablando a otra persona de un modo degradante. O como respuesta al sufrimiento de alguien podemos decir: “Todo es una ilusión, incluido tu sufrimiento” o “No es más que tu ego”. Zambulléndonos en aforismos de lo absoluto, nos distanciamos de su dolor y del nuestro.

El hecho de evitar sentir profundamente, sobre todo en lo que respecta a nuestras emociones menos agradables, y racionalizarlo espiritualmente, es sin embargo un indicador de la evasión espiritual. Suele darse especialmente en aquellas vías espirituales que tratan el ego como algo a erradicar, algo que se halla en el proceso de realización espiritual, en lugar de considerarlo como una actividad que hay que integrar con resto de nuestro ser.

Cuanto mayor es el dolor de nuestras heridas no resueltas, mayores son las probabilidades de que -si estamos dedicados a ser “espirituales” o a que nos considere personas  “espirituales”- manifestemos algún tipo de autoinflación compensatoria (aunque se revista de humildad) y caigamos en la evasión espiritual en sus formas más burdas, aquellas en las que la práctica y los logros espirituales se utilizan para evitar sentir de forma directa y sin protección la cruda realidad del sufrimiento, manteniéndonos desligados o bien apartados y “a salvo” de nuestro dolor, especialmente el que tiene su origen en las épocas más turbias de nuestro pasado. Mucha gente se queda encallada aquí, y suponen que si sus prácticas espirituales no están haciéndoles sentir mejor es porque no han profundizado en ellas lo suficiente y deben redoblar sus esfuerzos. Enfocar su atención en ello los mantiene distraídos de tener que enfrentarse y tratar con esa cuestión más grande: el dolor que se esconde en el núcleo de su ser.

Menos afortunados que estos practicantes son aquellos a quienes sí “les sale bien” lo de la evasión espiritual, quienes hallan un consuelo relativamente estable en sus prácticas espirituales. Digo menos afortunados porque dado su grado de satisfacción es menos probable que decidan trabajar directa y profundamente sus heridas y elementos sombríos.

La evasión espiritual nos mantiene atascados en un nivel superior o “más elevado” que en realidad sólo lo es en un nivel conceptual.

Cuando el trascender nuestra historia personal tiene prioridad sobre el intimar con ella, la evasión espiritual resulta inevitable. No establecer una íntima relación con nuestro pasado -no familiarizarnos profunda y exhaustivamente con nuestro condicionamiento y los factores que se hallan en el origen del mismo- hace que ese pasado siga sin digerirse ni integrarse y por lo tanto, esté muy presente, a pesar de nuestra aparente capacidad de sobreponernos a él. 

Lo que resulta engañoso de la evasión espiritual es que no siempre parece evasión espiritual. Por ejemplo, si los alumnos de un maestro espiritual preguntan a éste por las dificultades que están teniendo para integrar su práctica espiritual con las exigencias de las relaciones íntimas y él les da únicamente respuestas generales y tópicas, poniéndose elocuente acerca de lo finito e lo infinito, la naturaleza del Ser, etcétera, está cayendo en la evasión espiritual, no importa lo articulada y precisa que pueda ser su respuesta, ya que, aunque lo haga sin darse cuenta, está evitando tratar de una forma directa y relevante el dolor personal e interpersonal de sus alumnos y probablemente también con el suyo. Puede que sus alumnos saquen algo de provecho de la visión global que les está presentando, pero no están recibiendo de él nada que sea apropiadamente personal. 

Abordar la evasión espiritual significa volverse hacia los aspectos dolorosos, desfigurados, condenados al ostracismo, no deseados o bien negados, de nosotros mismos y cultivar una relación lo más íntima posible con ellos. Para hacerlo, debemos tratar inevitablemente nuestro atontamiento, dejando de quedarnos atontados con nuestro atontamiento. Si al hacerlo parece que se nos rompe el corazón es que vamos por el buen camino, aunque vayamos a gatas.

La evasión espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que verdaderamente importa.
Dr. Robert Augustus Masters.
Ediciciones  Vesica Piscis.
2011