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12 de septiembre de 2017

La rabia y la evasión espiritual (parte 1)

En la cosmología de la evasión espiritual la rabia constituye una fuerte negatividad, tan alejada del amor y de una vida iluminada como se pueda estar; algo que los espiritualmente avanzados no expresan (a menos que sean gurús que lo hagan “únicamente” por el “bien” de sus devotos) o, mejor aún, ni siquiera permiten que surja. Expresar abiertamente la rabia o incluso estar enfadado, se considera espiritualmente incorrecto en más de unos cuantos círculos, sobre todo en aquellos que lo ven como un estorbo o una impureza. Según esta forma de pensar, la rabia es algo que hay que transmutar en un estado “mejor”, como la compasión. Pero, en verdad, rabia y compasión pueden coexistir: la compasión iracunda no es un oxímoron.

¡Los sentimientos reprimidos no desaparecen solo porque ahora seamos espirituales! De hecho, pueden empeorar. La rabia reprimida sigue siendo rabia y encontrará modos -aunque no tengan aspecto de enfado- de salir a la superficie, incluido el de juzgar, siempre una forma tan amable, a quienes son más abiertos a la hora de expresar su rabia. El hecho de que tales juicios puedan emitirse con una voz muy suave y agradable o de un modo razonable no los hace menos críticos o vergonzantes.

Es muy fácil poner la rabia por los suelos; al fin y al cabo, cuando estamos “poseídos” por ella ¿no somos más propensos a la violencia, la hostilidad, el rencor, el odio y la falta de amor? 

Los bando psicoespirituales pueden argumentar tanto los peligros de dejar salir la rabia como los de quedársela dentro, pero trabajar con la rabia implica mucho más de lo que puedan sugerir estas estrategias. No hay nada intrínsecamente malo en la rabia; no tiene por qué ser necesariamente un problema - un signo de negatividad o de déficit espiritual, o una forma de evitar algo “más profundo” ni un signo de pasotismo. El auténtico problema es el cómo utilizamos nuestra rabia. ¿Culpamos a nuestra rabia de nublarnos la razón, aduciendo ser víctimas de nuestras pasiones o asumimos la responsabilidad de lo que hacemos con ella? ¿Convertimos nuestra rabia en un arma y ocultamos nuestro dolor tras una fachada inflada con aires de superioridad moral, o nos mantenemos trasparentes y permeables, mostrándonos vulnerables? ¿Utilizamos nuestra rabia para ajustar cuentas, marcar puntos, dominar o dejar fuera de combate? ¿O la utilizamos para profundizar en la intimidad con nuestra pareja y superar el fingimiento y el vacío emocional? 

Es muy fácil rechazar, hablar pestes, aplastar, encarcelar o vulnerar nuestra rabia y permitirle tan pocas válvulas de escape que, como un animal que ha estado demasiado tiempo enjaulado, se comporta mal cuando es finalmente liberada y, de ese modo, confirma nuestras sospechas de que necesita el mismo trato que una bestia salvaje que amenaza nuestra casa. También es fácil glorificar la rabia; exhortar a los inhibidos a que “entren en su rabia”, reforzando así la agresividad.

Sin embargo, no es tan fácil cultivar una relación íntima con nuestra rabia: acercarnos a su calor, a sus llamas, a su intensidad, sin perder el contacto con nuestra sensatez. Y así nos perderemos su luz, ya que podemos tratar a la rabia como una aliada.

La rabia es un estado despierto y a menudo acalorado en el que se combinan la sensación de ser tratados injustamente y una contrarrestante sensación de poder , potencialmente energizante. 

Es importante darse cuenta de que la rabia no tiene por qué ser sinónimo de agresividad. La agresividad está desprovista de compasión y vulnerabilidad, pero la rabia, por muy fuerte que pueda ser su manifestación, puede funcionar al servicio de la una y de la otra. No obstante, en nuestra cultura la rabia sigue siendo sinónimo de agresividad, tanto en un contexto laico como espiritual.

La rabia es fuego moral; que sea destructiva o constructiva está en nuestras manos… y en nuestro corazón. Bajo la fogosa custodia de la rabia limpia coexisten la pasión y la compasión, como el calor y la luz. Es necesario que respetemos nuestra rabia, que dejemos de considerarla un problema, o un obstáculo espiritual, o algo que está por debajo de nosotros. 

La rabia que es compasión negada se convierte fácilmente en rabia expresada sin compasión. 



La evasión espiritual, Dr. Robert. A. Masters

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