Ayahuasca

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19 de diciembre de 2018

El Arte de Perder - La Impermanencia

Escribió Shantideva en el siglo VIII:

Todo lo que poseo y uso
Es como la fugaz visión de un sueño.
Se desvanece en el reino de la memoria;
Y tras desvanecerse, ya no vuelvo a verlo nunca más.

(Pema Chodrom)

En nuestra mente los cambios siempre equivalen a pérdida y sufrimiento. Y, cuando se producen, procuramos anestesiarnos en la medida de lo posible. Reflexione sobre esto: la percepción de la impermanencia es, paradójicamente, la única cosa a que podemos aferramos, quizá nuestra única posesión duradera. Siempre que perdemos la perspectiva o nos dejamos llevar por la pereza, reflexionar sobre la muerte y la impermanencia nos devuelve de una sacudida a la verdad:

Lo que ha nacido morirá, lo que se ha recogido se dispersará, lo que se ha acumulado se agotará, lo que se ha construido se derrumbará y lo que ha estado en alto descenderá.

(Sogyal Rimpoche)

Aunque yo repita una y otra vez que los fenómenos surgen en el momento presente y que no son ni estables ni seguros, nadie se lo toma en serio. La gente no piensa en ello demasiado. Sea lo que sea lo que ocurra, yo me digo: “¡Oh! Esto no es permanente”, o “Esto no es seguro”. Es sumamente sencillo. Todo cuando ocurre es impermanente e inseguro. Pero al no verlo o comprenderlo, nos confundimos y angustiamos. Tomamos aquello que es impermanente por permanente. Aquello que no es seguro por seguro. Yo no ceso de decirlo, pero la gente no lo capta y vive persiguiendo una cosa tras otra constantemente.

Hemos de observar este punto con más detenimiento. Si no somos conscientes de la impermanencia, todo cuando poseemos se convertirá en motivo de sufrimiento cuando lo perdamos. En cambio, si somos conscientes de ella, podremos aprovechar las cosas sin sentirnos abrumados por ellas. Si logras hacerlo, tu mente estará en paz. 

Al practicar de esta forma nuestra mente está viendo constantemente las cosas con claridad. Los fenómenos surgen y desaparecen. Después de desaparecer, vuelven a surgir y luego desaparecen de nuevo. Si nos apegamos a lo que ocurre, sufrimos en ese mismo instante. En cambio, si no nos apegamos, el sufrimiento no llega a surgir. Vemos esta realidad en nuestra propia mente. Todo cuanto hemos de hacer es observar nuestra mente en el presente.
(Ajahn Chah)

UN ARTE

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.
Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

(Elizabeth Bishop)





14 de diciembre de 2016

Dukkha, la insatisfactoriedad

El dukkha se pega a la piel, penetra hasta la carne y acaba metiéndose en los tuétanos. Es como un insecto que se alimenta de la corteza de un árbol y va penetrando por la madera hasta llegar al mismo núcleo, hasta que al final el árbol muere.

A medida que crecemos, el dukkha se va enterrando en las profundidades de nuestro ser. Nuestros padres nos enseñan a aferrarnos y a apegarnos a las cosas, a darles mucha importancia, a creer con firmeza que existimos como un yo y que las cosas nos pertenecen. Nos lo enseñan desde que nacemos. Lo vamos oyendo una y otra vez hasta que penetra en nuestro corazón y se convierte en nuestro habitual sentimiento. Nos enseñan a adquirir cosas, a acumularlas y conservarlas, a verlas como importantes y nuestras. Eso es lo que les enseñaron a nuestros padres y lo que ellos nos enseñan a su vez a nosotros.

Cuando estamos interesados en la meditación y escuchamos las enseñanzas de un guía espiritual, no nos resultan fáciles de entender. Nos cuesta captarlas. Nos enseñan a no ver las cosas ni a actuar como siempre hemos hecho, pero sus palabras no penetran en nuestro corazón.

Permanecemos sentados escuchando las enseñanzas pero a menudo nos entran por un oído y nos salen por el otro. No las retenemos en nuestro interior ni nos afectan. (…) Nos quedamos pegados a nuestra idea del yo. Los sabios decían que mover una montaña de un lugar a otro es más fácil que cambiar la falsa idea que tenemos del yo, esta sólida sensación de que realmente existimos como una persona individual y especial.

Podemos arrasar una montaña con explosivos y llevar luego la tierra a otro lugar. Pero el fuerte apego a la falsa idea del yo ¡parece inamovible! Nuestras falsas ideas y malas tendencias siguen tan sólidas e inamovibles como siempre y no somos conscientes de ellas. (…)

No es fácil practicar, pero hagamos lo que hagamos, habremos de superar muchos problemas antes de sentirnos a gusto. En la práctica del Dharma empezamos siendo conscientes de la verdad del dukkha, la omnipresente insatisfactoriedad de la existencia. Pero en cuanto lo experimentamos, nos desanimamos. No queremos enfrentarnos a ello. Dukkha es la verdad, pero de algún modo queremos sortearla. Se parece a la costumbre que tenemos de no desear ver a gente mayor, preferimos contemplar a personas jóvenes y atractivas.

Si no queremos contemplar el dukkha, nunca llegaremos a comprenderlo, por más años que vivamos. El dukkha es la verdad. Si tenemos el valor para contemplarlo, empezaremos entonces a ver un camino para trascenderlo. Si intentamos ir a alguna parte y el camino está bloqueado, pensaremos cómo ir por otro camino. Al esforzarnos en ello día tras día, lo acabaremos logrando. Pero si nunca nos topamos con el dukkha, no reflexionaremos ni intentaremos resolver nuestros problemas, sólo los soportaremos o pasaremos de largo sin verlos. (…)

Si conocemos el dukkha, lo veremos en todo cuanto experimentamos. Algunas personas creen que no sufren demasiado. (…) ¿Qué hemos de hacer para no sufrir más? Cuando el dukkha surge, hemos de investigar para ver las causas de su aparición. Y al conocerlas, podemos practicar para eliminar esas causas. (…)

Oponerse a los propios hábitos crea un cierto sufrimiento. Pero en general nos da miedo el sufrimiento y si sabemos que algo nos hará sufrir, no queremos hacerlo. Estamos interesados sólo en lo que parece agradable y bello, y creemos que cualquier cosas que conlleve sufrimiento es negativa. Pero no es así, ya que si hay sufrimiento en tu corazón se convierte en la causa que te hace reflexionar para intentar liberarte de él. Te lleva a la contemplación. Deseas investigarlo a fondo para descubrir por qué te encuentras en esta situación, para intentar ver las causas y sus resultados.

Las personas que son felices no desarrollan la sabiduría. Están dormidas. Son como un perro que ha comido hasta la saciedad. Después no quiere hacer nada. Se pasa el día durmiendo. (…)

Los humanos estamos atrapados y encarcelados en este mundo, tenemos un montón de problemas y siempre estamos llenos de dudas, confusión y preocupaciones. Y esto no es ninguna broma. Hay algo de lo que hemos de liberarnos. Hemos de renunciar a nuestro cuerpo, a nuestro yo. (…) Pero la mayoría de la gente se asusta, no se atreve a practicarlo. Ni siquiera es capaz de seguir el consejo de "No hagas malas acciones". Por eso he buscado todos los sistemas posibles para que la gente lo capte y una cosas que suelo decir es que no importa si nos sentimos contentos o tristes, felices o infelices, o si estamos llorando o cantando: al vivir en este mundo, estamos viviendo en una jaula. No nos libramos de este estado de estar enjaulados. Si eres rico, estás viviendo en ella. Y si eres pobre, también. Si cantas y bailas, estás cantando y bailando en una jaula. Y si miras una película, la estás mirando en una jaula.

¿Qué es esta jaula? Es la jaula del nacimiento, el envejecimiento, las enfermedades y la muerte. Así es como estamos prisioneros en el mundo. “Esto es mío”. “Aquello me pertenece”. Ignoramos quienes somos realmente y lo que estamos haciendo. En realidad todo cuando estamos haciendo es acumular sufrimiento. (…) Por más felicidad y comodidades que tengamos, al haber nacido no podemos evitar envejecer, enfermar y morir un día. Éste es el dukkha, aquí y ahora.

El dolor y las enfermedades siempre están presentes. Pueden aparecer en cualquier momento. Es como si hubiésemos robado algo: nos pueden detener en cualquier momento porque hemos cometido un delito. Ésta es nuestra situación. Existimos entre cosas perjudiciales, entre peligros y problemas: el envejecimiento, las enfermedades y la muerte gobiernan nuestra vida. No podemos evitarlos ni eludirlos. Pueden atraparnos en cualquier momento, siempre hay una buena oportunidad para ello. Por eso hemos de entregar aquello que no nos pertenece y aceptar la situación. (...)

El cuerpo cuando nace no pertenece a nadie. No nos pertenece. Sólo lo utilizamos y dependemos de él. Las enfermedades, el sufrimiento y el envejecimiento se instalan en él, y nosotros simplemente convivimos a lo largo de la vida con ellos. Por lo tanto no te apegues a ninguna de estas cosas, contémplalas con claridad y tus apegos irán desapareciendo poco a poco.

¿Sabes si los deseos tienen algún límite? ¿Cuándo llegarás a sentirte satisfecho? Si piensas en ello, verás que el ciego deseo no puede satisfacerse nunca. Sigues deseando más y más cosas, aunque nos haga sufrir más y más cosas hasta el punto de casi matarnos; es imposible satisfacerlo.

El Buda lo resumió diciendo que sólo hay un cúmulo de dukkha. El dukkha nace y cesa. Eso es todo. Nos abalanzamos sobre él y lo agarramos una y otra vez, cuando surge y cuando cesa, sin llegar a comprenderlo nunca.

¿Te has fijado en el momento en que la mente nace como, por ejemplo, cuando te digustas por algo en casa? Algunas veces nace el amor, y otras, la aversión. Te sientes complacido, descontento... experimentas todas clase de estados. Esto es nacer.

Sufrimos a causa de ello. Cuando tus ojos ven algo desagradable, nace el dukkha. Cuando tus oídos oyen algo que te gusta mucho, también nace el dukkha. Sólo hay sufrimiento.

Cuando le dukkha surge, lo llamamos sufrimiento. Y cuando cesa, lo llamamos felicidad. Pero no es más que el dukkha de siempre, surgiendo y cesando. Al surgir, lo reconocemos como sufrimiento. Y al cesar, lo consideramos como felicidad. Lo vemos y lo llamamos de esta manera, pero en realidad no es así. No es más que dukkha cesando. Surge y cesa, surge y cesa, y nosotros nos abalanzamos sobre él y lo agarramos. Cuando la felicidad aparece, nos sentimos contentos. Y cuando la infelicidad aparece, nos deprimimos. Pero en realidad se trata de lo mismo surgiendo y cesando.



No reconocemos con claridad que sólo hay sufrimiento porque cuando cesa nos parece que este estado es la felicidad. Nos apegamos a ella y no queremos perderla. En realidad, ignoramos lo que está ocurriendo.

Normalmente intentamos eliminar el sufrimiento para que aparezca la felicidad. Eso es lo que deseamos. Pero aquello que deseamos no es verdadera paz sino una felicidad que conlleva sufrimiento.

Así que los humanos deseamos un montón de cosas. Si obtenemos muchas cosas, nos parece bueno, ésta es nuestra forma habitual de pensar. Se supone que hacer el bien produce buenos resultados, y si los recibimos, somos felices. Creemos que es todo cuanto necesitamos y ya no hacemos nada más. Pero, ¿acaso las buenas experiencias pueden darnos una satisfacción duradera? No, es pasajera. Por eso seguimos pasando de un estado a otro, experimentando cosas buenas y malas, intentado apegarnos día y noche a aquello que nos resulta agradable.

El Buda nos enseñó primero a abandonar las malas acciones y a practicar las buenas. Y después a abandonar tanto lo malo como lo bueno, sin apegarnos a ninguno de esos dos conceptos, porque no son más que una especie de combustible. Y cuando hay alguna clase de combustible, acaba convirtiéndose en llamas. Lo bueno es combustible. Y lo malo, también.

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.





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1 de mayo de 2015

Comprendiendo el dukkha, la insatisfactoriedad

El dukkha se pega a la piel, penetra hasta la carne y acaba metiéndose en los tuétanos. Es como un insecto que se alimenta de la corteza de un árbol y va penetrando por la madera hasta llegar al mismo núcleo, hasta que al final el árbol muere.

A medida que crecemos, el dukkha se va enterrando en las profundidades de nuestro ser. Nuestros padres nos enseñan a aferrarnos y a apegarnos a las cosas, a darles mucha importancia, a creer con firmeza que existimos como un yo y que las cosas nos pertenecen. Nos lo enseñan desde que nacemos. Lo vamos oyendo una y otra vez hasta que penetra en nuestro corazón y se convierte en nuestro habitual sentimiento. Nos enseñan a adquirir cosas, a acumularlas y conservarlas, a verlas como importantes y nuestras. (…)

Cuando estamos interesados en la meditación y escuchamos las enseñanzas de un guía espiritual, no nos resultan fáciles de entender. Nos cuesta captarlas. Nos enseñan a no ver las cosas ni a actuar como siempre hemos hecho, pero sus palabras no penetran en nuestro corazón. 

Permanecemos sentados escuchando las enseñanzas pero a menudo nos entran por un oído y nos salen por el otro. No las retenemos en nuestro interior ni nos afectan. (…) Nos quedamos pegados a nuestra idea del yo. Los sabios decían que mover una montaña de un lugar a otro es más fácil que cambiar la falsa idea que tenemos del yo, esta sólida sensación de que realmente existimos como una persona individual y especial. 

(…)

No es fácil practicar, pero hagamos lo que hagamos, habremos de superar muchos problemas antes de sentirnos a gusto. En la práctica del Dharma empezamos siendo conscientes de la verdad del dukkha, la omnipresente insatisfactoriedad de la existencia. Pero en cuanto lo experimentamos, nos desanimamos. No queremos enfrentarnos a ello. Dukkha es la verdad, pero de algún modo queremos sortearla. Se parece a la costumbre que tenemos de no desear ver a gente mayor, preferimos contemplar a personas jóvenes y atractivas. (…)

Si conocemos el dukkha, lo veremos en todo cuanto experimentamos. Algunas personas creen que no sufren demasiado. (…) ¿Qué hemos de hacer para no sufrir más? Cuando el dukkha surge, hemos de investigar para ver las causas de su aparición. Y al conocerlas, podemos practicar para eliminar esas causas. (…)

Oponerse a los propios hábitos crea un cierto sufrimiento. Pero en general nos da miedo el sufrimiento y si sabemos que algo nos hará sufrir, no queremos hacerlo. Estamos interesados sólo en lo que parece agradable y bello, y creemos que cualquier cosas que conlleve sufrimiento es negativa. Pero no es así, ya que si hay sufrimiento en tu corazón se convierte en la causa que te hace reflexionar para intentar liberarte de él. Te lleva a la contemplación. (…)

Las personas que son felices no desarrollan la sabiduría. Están dormidas. Son como un perro que ha comido hasta la saciedad. Después no quiere hacer nada. (…)

Los humanos estamos atrapados y encarcelados en este mundo, tenemos un montón de problemas y siempre estamos llenos de dudas, confusión y preocupaciones. Y esto no es ninguna broma. Hay algo de lo que hemos de liberarnos. (…)

¿Qué es esta jaula? Es la jaula del nacimiento, el envejecimiento, las enfermedades y la muerte. Así es como estamos prisioneros en el mundo. “Esto es mío”. “Aquello me pertenece”. Ignoramos quienes somos realmente y lo que estamos haciendo. En realidad todo cuando estamos haciendo es acumular sufrimiento. (…)

 ¿Sabes si los deseos tienen algún límite? ¿Cuándo llegarás a sentirte satisfecho? Sigue deseando más y más cosas… (…)

El Buda lo resumió diciendo que sólo hay un cúmulo de dukkha. El dukkha nace y cesa. Eso es todo. Nos abalanzamos sobre él y lo agarramos una y otra vez, cuando surge y cuando cesa, sin llegar a comprenderlo nunca. 

Cuando le dukkha surge, lo llamamos sufrimiento. Y cuando cesa, lo llamamos felicidad. Pero no es más que el dukkha de siempre, surgiendo y cesando. (…)

Al surgir, lo reconocemos como sufrimiento. Y al cesar, lo consideramos como felicidad. Lo vemos y lo llamamos de esta manera, pero en realidad no es así. No es más que dukkha cesando. Surge y cesa, surge y cesa, y nosotros nos abalanzamos sobre él y lo agarramos. Cuando la felicidad aparece, nos sentimos contentos. Y cuando la infelicidad aparece, nos deprimimos. Pero en realidad se trata de lo mismo surgiendo y cesando. (…)

No reconocemos con claridad que sólo hay sufrimiento porque cuando cesa nos parece que este estado es la felicidad. Nos apegamos a ella y no queremos perderla. En realidad, ignoramos lo que está ocurriendo. (…)

Normalmente intentamos eliminar el sufrimiento para que aparezca la felicidad. Eso es lo que deseamos. Pero aquello que deseamos no es verdadera paz sino una felicidad que conlleva sufrimiento. (…) 

Así que los humanos deseamos un montón de cosas. Si obtenemos muchas cosas, nos parece bueno, ésta es nuestra forma habitual de pensar. Se supone que hacer el bien produce buenos resultados, y si los recibimos, somos felices. Creemos que es todo cuanto necesitamos y ya no hacemos nada más. Pero, ¿acaso las buenas experiencias pueden darnos una satisfacción duradera? No, es pasajera. Por eso seguimos pasando de un estado a otro, experimentando cosas buenas y malas, intentado apegarnos día y noche a aquello que nos resulta agradable.


El Buda nos enseñó primero a abandonar las malas acciones y a practicar las buenas. Y después a abandonar tanto lo malo como lo bueno, sin apegarnos a ninguno de esos dos conceptos, porque no son más que una especie de combustible. Y cuando hay alguna clase de combustible, acaba convirtiéndose en llamas. Lo bueno es combustible. Y lo malo, también. 

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.

24 de noviembre de 2014

Nada es permanente, nada es seguro

Hemos de concentrarnos en el Dharma de aquí y ahora, ya que el momento presente es cuando podemos dejar de apegarnos a las cosas y resolver nuestros problemas. Debemos hacerlo en este preciso momento, ahora mismo, porque el momento presente contiene tanto la causa como el resultado. El presente es el fruto del pasado. Y también, la causa del futuro. (…)
El Buda nos enseñó a desprendernos del pasado y del futuro. Al decir desprendernos no me refiero a que hemos de olvidarnos de todo, sino a que permanezcamos en el momento presente, donde el pasado y el futuro se encuentran. La palabra desprendernos es un modo de hablar, lo que significa es que hemos de ser conscientes del presente, en el cual se encuentran las causas y los resultados. Observamos el presente y vemos cómo los fenómenos surgen y desaparecen, surgen y desaparecen sin cesar. 
Aunque yo repita una y otra vez que los fenómenos surgen en el momento presente y que no son ni estables ni seguros, nadie se lo toma en serio. La gente no piensa en ello demasiado. Sea lo que sea lo que ocurra, yo me digo: “¡Oh! Esto no es permanente”, o “Esto no es seguro”. Es sumamente sencillo. Todo cuando ocurre es impermanente e inseguro. Pero al no verlo o comprenderlo, nos confundimos y angustiamos. Tomamos aquello que es impermanente por permanente. Aquello que no es seguro por seguro. Yo no ceso de decirlo, pero la gente no lo capta y vive persiguiendo una cosa tras otra constantemente.
Si de veras has encontrado la paz, permanecerás aquí, en el lugar del que estoy hablando, en el momento presente. Sea lo que sea que surja, ya sea cualquier clase de felicidad o de sufrimiento, verás que no es segura. Esta inseguridad es en sí el Buda, porque la inseguridad es el Dharma, y el Dharma es el Buda. Pero la mayoría de la gente cree que el Buda y el Dharma se encuentran fuera de uno.
Cuando la mente empieza a comprender que no hay nada en el mundo que sea seguro, los problemas originados por el apego y los vivos deseos empiezan a disminuir y a desaparecer. Al comprenderlo, la mente deja de aferrarse a las cosas, ya no se apega a ellas, y acaba poniendo fin al apego. Y cuando el apego desaparece, uno alcanza el Dharma; no hay ningún otro estado que sea más supremo. 
Todas las dudas desaparecerán de esta manera. Se extinguirán a través de este método de practicar en el presente. No hay por qué angustiarse por el pasado, porque ya no existe. Sea lo que sea que ocurriera, ha surgido y ha desaparecido, y ahora ya no existe. También dejamos de preocuparnos por el futuro porque, sea lo que sea lo que ocurra, surgirá y desaparecerá. 
Nunca decimos “aquí y ahora”. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo el presente? Actuamos así porque seguimos estando implicados en las cosas. Seguimos disfrutando de lo mundano sin renunciar a ello. Preferimos dejar la práctica para el “futuro”. La práctica ha de hacerse en el presente, no hemos de esperar a hacerla en el futuro. 
Así es como se adquiere el conocimiento. Vivir en el bosque aporta paz: la mente se calma cuando los ojos no ven y los oídos no escuchan. La mente descansa de ver y de oír. Pero no descansa de las impurezas. Las impurezas siguen estando ahí, pero en esos momentos no aparecen. Es como el agua con sedimentos: cuando se aquieta, se vuelve clara, pero si alguien la agita, se enturbia. 
El samadhi que surge al vivir en un entorno tranquilo es así. Al experimentar este agradable y sereno estado, te sientes feliz, pero la felicidad no es duradera, porque la mente está influida por el deseo de algo que es mudable. Al cabo de un rato, cuando el estado del samadhi haya desaparecido, volverás a ser infeliz. 
Hemos de observar este punto con más detenimiento. Si no somos conscientes de la impermanencia, todo cuando poseemos se convertirá en motivo de sufrimiento cuando lo perdamos. En cambio, si somos conscientes de ella, podremos aprovechar las cosas sin sentirnos abrumados por ellas. Si logras hacerlo, tu mente estará en paz. 
Al practicar de esta forma nuestra mente está viendo constantemente las cosas con claridad. Los fenómenos surgen y desaparecen. Después de desaparecer, vuelven a surgir y luego desaparecen de nuevo. Si nos apegamos a lo que ocurre, sufrimos en ese mismo instante. En cambio, si no nos apegamos, el sufrimiento no llega a surgir. Vemos esta realidad en nuestra propia mente.
Todo cuanto hemos de hacer es observar nuestra mente en el presente. Nos desprendemos del pasado y del futuro para observar solo el presente, y vemos las tres características continuamente y en todo lo que existe. En el andar, hay impermanencia. En el permanecer de pie, hay impermanencia. En el sentarse, hay impermanencia. Esta es la verdad inherente a todo. Si estás buscando algo que sea seguro y permanente, sólo lo encontrarás en la verdad de que todo es impermanente y no de ningún otro modo. Cuando tu visión madura de esta forma, te sientes en paz. 
Aquel que sufre viviendo en soledad es un insensato, y el que sufre viviendo con otros, también lo es. Son como las cagarrutas de las gallinas: si se te pegan a la suela de los zapatos cuando estás solo, apestan. Y si se te pegan cuando estás acompañado, también apestan. Las llevas contigo allí a donde vayas.  
Si somos inteligentes, aunque vivamos rodeados de mucha gente y pensemos que no es un ambiente tranquilo, lo cual es en parte correcto, aprovecharemos la situación para adquirir sabiduría.  Pero si no entendemos las cosas correctamente, careceremos de determinación. Al principio desearemos vivir solos, hasta que nos hartemos. Después creeremos que es mejor vivir con un grupo y seguir una dieta sencilla. Pero al cabo de un tiempo cambiaremos de idea y pensaremos que es mejor consumir un montón de comida. Nuestra mente será como una veleta hasta que no vea con claridad las cosas. 
Al ver que en el mundo no hay nada seguro, comprenderemos que tanto las situaciones de escasez como las de abundancia son pasajeras y dejaremos de apegarnos a ellas. Nos fijaremos en el momento presente, dondequiera que nos encontremos. En este caso, si nos quedamos en el mismo lugar, estará bien. Y si viajamos, también. Todo nos parecerá bien, porque nos habremos concentrado en la práctica de reconocer las cosas tal como son. 
La gente dice: “Ajahn Chah sólo habla de que “no hay nada que sea seguro”. Se hartan de oírmelo decir y huyen de mí. No soportan escucharlo una vez más y se van. Supongo que se van para encontrar un lugar donde las cosas sean seguras. 

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.




26 de noviembre de 2013

La propia verdad

El Buda no elogió a los que creían en otras personas. No alabó a quienes dependían de las palabras de otros y estaban eufóricos o deprimidos por ellas. Después de comprender las enseñanzas de alguien, no hemos de apegarnos a ellas, porque son las palabras de otro. Aunque sean correctas, lo son para esa persona. Si no las interiorizamos y hacemos que sean correctas en nuestro propio corazón, nunca llegarán a serlo para nosotros y las dudas nunca cesarán de surgir. “¿Es correcto? ¿Tiene el maestro razón? ¿Está equivocado?”, pensaremos. Lo cual significa que no hemos practicado hasta el punto de comprender.

Si alguien dice que algo es correcto, no le creas. Y si dice que incorrecto, tampoco le creas. “Correcto” e “incorrecto” no son más que palabras dichas por otro. Sea cual sea la enseñanza que escuches, interiorízala y practica para comprender su verdad, en el momento presente.
La misma práctica será distinta para diferentes personas, porque cada una tiene distintos grados de sabiduría. Vamos a ver a maestros e intentamos comprender su forma de actuar. Observamos sus métodos y su conducta, pero al hacerlo sólo nos estamos fijando en las cosas exteriores. Lo que podamos ver de su práctica sólo es su aspecto exterior. Si los abordamos de esta forma, nuestras dudas seguirán existiendo. “¿Por qué este maestro practica de este modo? ¿Por qué aquel otro emplea ese método? ¿Por qué uno enseña muchas cosas miestras que el otro apenas enseña?” Todas esas preguntas pueden realmente confundirte. 


Encontrar el camino correcto no depende de estas cosas, sino de cada uno de nosotros. Podemos tomar a otros como buenos ejemplos, pero hemos de mirar con más profundidad en nuestro interior para eliminar las dudas. Así fue como el Buda enseñó a aquel anciano a contemplar el momento presente, a no dejar que la mente se distrajera con el pasado o con el futuro.
De modo que él se dedicó a observar su mente en cualquier situación. Fueran cuales fueran las condiciones en las que se encontrara, no le importaba, lo veía todo como inseguro, como impermanente. El Buda no le enseñó más que esto y él, al ponerlo en práctica, logró comprender el Dharma. 


La rueda del samsara, la ronda de la existencia, da vueltas sin cesar, pero no es necesario que gires con ella. Gira en círculos. ¿Acaso deseas intentar seguirla? Va muy rápida. Si una rueda gira a gran velocidad, puedes permanecer en el centro y dejar que gire a tu alrededor. Una lagartija quizá intente correr tras ella, pero tú puedes mantenerte en el centro y ver cómo la lagartija pasa una y otra vez frente a ti mientras gira la rueda sin haber de perseguirla.


Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.

 

26 de julio de 2011

Todo llega, todo pasa.


“El Buda nació en el bosque. Tras haber nacido en el bosque, estudio el Dharma en él. También enseñó en el bosque, empezando por el sermón sobre la puesta en movimiento de la rueda del Dharma. Y entró en el nirvana en el bosque.
La tradición del bosque es ideal para los que estamos interesados en ella porque nos permite comprender el bosque. Vivir en él no significa que nuestra mente se vuelva salvaje como la de los animales que lo habitan, sino que se eleva y se vuelve noble espiritualmente. Al residir en la ciudad, vivimos entre distracciones y constantes interferencias. En cambio, en el bosque la vida es silenciosa y tranquila. En él podemos contemplar las cosas con claridad y desarrollar la sabiduría. Por eso el silencio y la tranquilidad del bosque son nuestros más fieles amigos y ayudantes. Como esta clase de entorno fomenta la práctica del Dharma, hacemos de él nuestra morada, las montañas y las cuevas son nuestro refugio. 
Al observar los fenómenos naturales que se dan en él, surge la sabiduría en nosotros. Aprendemos de los árboles y de todo lo demás, y los comprendemos, y ello nos produce un estado de gozo. Los sonidos de la naturaleza no perturban nuestra mente. Oír a los pájaros cantar a su antojo nos produce una gran alegría. En el bosque no reaccionamos movidos por ninguna clase de aversión ni tenemos pensamientos dañinos. No hablamos con crueldad ni actuamos agresivamente con nadie ni con nada. Los sonidos del bosque son un deleite para la mente, y aunque oigamos sonidos, ésta permanece en calma”. 
(Todo llega, todo pasa. Enseñanzas sobre la cesación del sufrimientoAjahn Chah).