Ayahuasca

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19 de enero de 2017

Ino Moxo enumera las pertenencias del aire

A manera de proemio:
Ino Moxo enumera las
pertenencias del aire

-Es una historia larga, ya te dije. Si te contara todo, nada me creerías. Nunca se puede creer todo. ¿Sabes? Nuncanunca se puede escuchar todo.
-Yo estoy dispuesto a oírlo, maestro Ino Moxo, me oigo decir casi como un soborno, para eso he venido.
-¿podrías? No, creo que no podrías. Y su cabeza yendo a un costado, trayéndola de regreso a sus ojos:
-Sólo para darte un ejemplo, mira la selva. Si te pones a escuchar todo lo que suena en la selva, ¿qué escuchas…?
Y como si acabara de capturarse él mismo, como si al mismo tiempo él fuera la cerbatana y el dardo y la presa y el cazador y los leños encendidos de la cocina esperando, Ino Moxo algarabió su voz:
-No solamente el grito de los monos escuchas, no solamente el zumbido del zancudeo, de la arambasa que es la abeja más brava y más oscura, del chinchilejo que seguramente llamarás libélula, del chuspi que te infecta al picar, de la carachupaúsa que sangra sin aviso, no solamente oyes a la ronsapa siseando el aire, a la mantablanca que bebe tu cabello, a la quilluavispa de vuelos amarillos, al papási que nace de gusanos pero que no es gusano, a la wairanga que nunca toca el suelo. No solamente oyes el pájaro flautero, el jirirín que no sabe volar y tiene alas, ni el ushún ni el tabaquerillo ni el shansho ni el piurí ni el timelo grisáceo ni el tibe blancoblanco, ni el taráwi que come caracoles y es demasiado negro, ni la sharára que sabe vivir bien bajo del agua y mejor encima del viento, ni el zuizúi celestito ni el yungurúru grande cuyos huevos son color del zuizúi, ni esa garza gigante y rojiblanca que llama tuyúyu.
No solamente escuchas al urkutútu sabihondo. Ni a la quichagarza, floja de excremento. Ni al ucuashéro ni al tiwakuru que sólo come hormigas y canta en lo alto de las wimbras, ni al páwkar que sabe imitar todos los cantos de las aves con su plumaje negro y amarillo, ni a la unchala lo mismo que paloma color vino tinto, ni al paujil, acaso habrás comido, más sabroso que carne de mono makisapa, más que carne de lagarto blanco, más rico que ciruelo gigante de taperibá, ni al tatatáo que es ave de rapiña, algunos le llaman virakocha. No salamente oyes al pato mariquiña, al locrero, a la pinsha, al montete que en ciertos lugares nombran trompetero, al tuhuayú, al pipite, a la panguana que pone siempre cinco huevos y después muere, a esos loros azules que llaman marakána, ni a la wapapa carnicera, tú le has visto seguro en el río Mapuya, no solamente oyes a su primo el wankáwi avisando cada que se aproxima algún humano, ni al chiwakúllin ni al korokóro ni al ayaymáman que llora como niño abandonado, ni al camúnguy, ni esa garza del tamaño de un hombre que tiene plumas grises y se llama mansháku, tántos y tántos pájaros… No solamente oyes nubes gordas de insectos sonando desde la tarde, adentro, en las mañas del monte. No sólo suena la víbora desconfiando, el túnchi avisando una muerte, el tigre, el otorongo calladito procurándose carne tibia, ni el ronsoco baboso en los yucales ni los enormes peces cabezones en las redes tramperas.
No sólo suenan peces: el akarawasú, la gamitana, el tamborero, el paiche de tres metros y lengua de hueso que pare criaturas y no huevos, el pejetorre se hincha de aire y flota como boya, la dorada no tiene ni una espina, el chállualagarto, el kunchi, la añashúa, la anguila te mata de una sola descarga, la manitóa, el shitarí, la doncella uncida de franjas negras, el chullakaqla huérfano de escamas, el tiriri, el fasácuy al fondo de los lagos, el shirúi, el maparáte, la shiripira, el bujúrqui, la makana parece sable de tres filos, el shúyu sabe andar sobre la tierra, pez de camino, y el canero te entra por el ano y te come las tripas, el dementochállua vuela, poco vuela, más asombra el saltón, ese peje gigante sale del agua metros arriba y pesa más de cien kilos y mide hasta dos metros. Por no hablar de la paña, tú conoces, más le nombran piraña, que te come sin asco en un ratito. Y la kawára, enorme, y la palometa que sabe a casi dulce, y el bujéo, también nombrado delfín de los ríos, el bujéo cuya hembra es más deliciosa en amor que las mujeres, más rica, así dicen los pescadores que han probado, y tiene igual vagina y pechos duros y pare a sus hijitos, como humana. Cortándole a una bujéa los labios de su abajo, de su sexo, y curándolos algunos shirimpiáre fabrican pulseras infalibles en asuntos de amantes desdeñados, eso es sabido. Y suena también la gran carachama, de boca como de piedra, que vive una semana y más fuera del agua y que viene de lejos, desde antes del diluvio, antes de ese tigre que dispersó hace siglos a nuestros primeros padres ashaninka. Tántos y tántos peces…
No solamente escuchas culebras, víboras: la afaninga inocente, inofensiva entre los pastos defendiéndose apenas al azotar su cola, y el aguajemachácuy que respira en el agua y tiene piel idem que fruto de palmera, y la naka-naka pequeñita y mortal acechando en los ríos, y la mantona con sus diez metros por gusto pues no hace daño a nadie, diez metros de colores bien subidos, puro adornos ingenuos, y chushúpe venenosa que mide cinco metros y persigue a su presa mordiéndola varias veces, y la yanaboa que alcanza quince metros, y es gruesa como un hombre que primero hipnotiza y más tarde ya devora. Y la sachamáma, boa con orejas, a diferencia de la yakumama que vive solamente en el agua. Anaconda de tierra es la sachamáma, se mimetiza sin proponérselo: la hierba le crece solita sobre el cuerpo. El jergón, al revés, también se mimetiza pero a propósito: conforme crece va adquiriendo su piel un color marrón moteado, de hojarasca brillante, y sólo puedes distinguirlo por su aura, por ese resplandor que el jergón deja en el sitio por donde va a pasar, como aviso, como ánima. Tantas y tantas existencias oyes, tánta callada sabiduría escuchas cuando escuchas la selva. Y eso que ya no puedes oír el canto de los peces que alegraban las aguas del Pangoa, del Tambo, del Ucayali, animales musicales que presintieron la llegada del gran otorongo negro y huyeron días antes y se salvaron. Has de saber que ese otorongo produjo con sus zarpas gigantescas un torrente de piedras y lodo que acabó con la vida de los ríos. Sólo los peces cantaban y que en sus canciones decían y escuchaban el futuro, pudieron sobrevivir al fango de esas garras. Aunque hoy no sepan cantar más, o si es que es, quiero decir si saben cantar todavía, lo harán de seguro sin delatarse, con sonidos que nuestros oídos no acostumbran, callados cantarán, en otra jerarquía… Has de saber que todos, hasta los humanos, cuando son niñitos, oyen el futuro igualito que los peces del diluvio, así como tantos animales de ahora, tántas vidas que saben lo va a suceder y no pueden hablarnos, advertirnos. Los niños, por lo general, tienen nueve sentidos y no cinco, otros llegan a dominar once, yo he visto. Conforme crecen y sus cuerpos se van envenenando con las comidas y los padeceres, y conforme sus ánimas van siendo casa de pensamientos y de sueños manchados, los cuerpos y las ánimas del hombre pierden esos sentidos, esas fuerzas. Y por eso los brujos, los grandes shirimpiáre, para ejercer a plenitud los poderes del aire, para desarrollar al máximo su potencia de mirar, usan espíritus de niño, ánimas como familias nuevecitas ocupando las moradas de su cuerpo, los caseríos ruinosos…
No solamente escuchas animales: la awiwa, ese gusano que se puede comer como el zúri, otro gusano sabroso de colores, y ese sapo gritón que pesa más de un kilo y se llama wálo, y el bocholócho que canta y al cantar sólo sabe decir su propio nombre, bocholóchoooo, llamándose siempre a sí mismo, lejos, y la manakaracuy peleadora, invencible entre las aves, y el cupisu, pequeña tortuga de aguas que se come en sus huevos y en su carne, y la feroz wangána, cerdo salvaje que anda en poblaciones de cientos de colmillos voraces, y el tokón, ese mono de cola gigantesca y peluda, y el allpacomején, hormiga condenada a vivir sobre tierra, y la bayuca, gusano venenoso cubierto de cabellos azules, amarillos, rojos, verdes, y aquella hormiga grande y sin veneno que se alimenta de hongos y le dicen curuince, y el añuje, casi conejo de tamaño, y el isango que no podemos ver y nos pica metiéndose en la carne lo mismo que castigo, y el ayañawí, el ojo-de-los-muertos que otros llaman luciérnaga o cocuyo, y el achuni buscado porque tiene su falo hecho de hueso y con polvo de su pene condimentan brebajes para los impotentes, y ese otro jabalí de cerdas gruesas y collar como nieve que le nombran sajino, y el ronsoco, tal vez el roedor más grande de esta naturaleza, un metro de largo y cien kilos de peso, y la apashira que es un camaleón, la apashira con cuyo nombre nombran los pueblerinos al sexo de la mujer.
No solamente suenan tántos y tántos animales que has visto, que no has visto, que nadie verá jamás, bichos que aprenden a pensar y conversar lo mismo que personas… Suenan también las plantas, los vegetales: la katáwa de savia venenosa, la chambira que nos presta sus hojas para fabricar sogas, el pan-de-árbol que nominan pandisho, el makambo elevado de hojas grandes y frutos como cabezas de gente, la ñejilla espinosa que crece en los bajiales, el rugoso pashako, el machimango de olores imposibles, la chimicúa cuyas ramas se desgajan a un soplo, el wakapú mas duro de corazón que el propio palosangre, la itininga, el witino, la itahúba, el wikungu de espinas negras y ese árbol recto que se llama espintana; que cuando cae es bueno para sentarse y charlar, y la wakapurána más mejor para leña, y la chonta, cogollo de palmeras: de wasaí, de cinámi, de pijuáyu, de hunguráwi. Y el hunguráwi de cuyo fruto mana un aceite que hace crecer cabellos. Y la wayúsa trepadora en sus hojas contiene un poderoso tónico que borra las flaquezas. Y el sapote de color fruta verdesombra. Y el tawarí durísimo. Y la shiringa, la shiringa, ese caucho que sin querer nos trajo las desgracias… Y la quinilla, y el timaréo, y la shapája de aceitosos frutos, y la wiririma, y el shebón gigantesco que nos brinda sus hojas para techar viviendas, y ese marfil vegetal que nosotros llamamos tágua, y el sitúlli, aquel plátano rarísimo de grandes flores rojas, y el wingu, arbusto cuyo fruto se vuelve recipiente de bebidas y se llama tutúmo, y el pitajáy, la pona negra y dura, y el aguaje gigante, y la andiroba, y el caimito de frutos como pechos de virgen, y la waqrapona, palmera barriguda, y la anona sabrosa, y el cashú que por fuera es almendra y por dentro más dulce y más jugosa, y la apasharáma de savia para curtir cueros, y el barbasco de raíz de veneno, y el camucamu cítrico, semiacuático, y la capirona insuperable para leña y carbón, y la aripasa de fruto chato, pardo y redondito que no debe comerse, y la cumala, y la punga, y la cumacéba, y la cashirimuwéna, y el ashúri que protege los dientes de la carie, y la caritima por cuyos frutos disputan y se matan algunos peces, y la cocona hermosa, y ese tubérculo que se come crudo y se llama ashipa, y el pukaquiru de corazón rojo, durísimo, y el punqúyu coposo, apretado de hojas, a cuya sombra nada vive pues expele veneno por sus ramas, y el mucho más frondoso parinári de fruto largo y rojo que se llama súpay-ocóte, culodeldiablo. Y la lupuna en las orillas con sus alas inmóviles, blancas o coloradas, a flor de tierra, el más grande de los árboles de toda esta Amazonía. Y ese otro que llueve como tejado de invierno. Y ese otro que se infla y revienta peor que cientos de balas en la noche, en lo adentro del bosque, y el renaco creciendo más que bosque sin hojas y sin flores, y el garabatokasha que sana varios tipos de cáncer y disuelve lo torpe de las articulaciones que envejecen, y el tamshi te aleja del frío, y la coca se usa con ayawashka para adivinación, y la camalonga también se usa para diagnosticar, y la renaquilla distrae a los lisiados, y la wankawisacha cura para siempre a los alcohólicos, y el chamáiro ayuda a chacchar coca, y el tornillo-negro flotando bajo el agua, a media altura de los ríos flacos que traicionan mejor que el jugo de tohé, cuando la luna es verde y la época buena para talar el cedro sin rajar su corteza. Y la paka, la paka también suena como túnel al borde de los ríos que han desaparecido, y la zarzaparrilla sana de la sífilis, y la papaya verde elimina la sarna y la parasitosis y sus hojas cubren las carnes más duras y las vuelven animalitos tiernos. Y la wenáira de sombra venenosa como el jugo de la flor del tohé. Y el tohé que te hace ver los mundos de ahora y de mañana que forman este mundo. Y la parapára, más llamada hiporuru, esa hoja nunca pierde su forma como si estuviera hecha de jebe, porfiada: tú la cortas de su tallo, la arrugas, la doblas, y ella regresa a como era en la rama, siempre vuelve a su forma, a su tamaño, al tamaño y la forma de sus dos nacimientos, y no es por eso sino por los poderes que le vienen de lejos que la hoja de hiporúru sabe devolver a los hombres la juventud sexual. Y la quina-quina que aprendió hace siglos a lavar las heridas corrompidas. Y la liana-del-muerto, ayawashka, sagrada, La Madre De La Voz En El Oído. Con el ayawashka, con el oni xuma, si lo mereces, puedes pasar del sueño hacia la realidad, y sin salir del sueño… Tántas y tántas plantas, todas y todas suenan. La abuta, pon atención, la abuta, árbol mediano cuya raíz rojiza se hierve y tomando ese líquido en pocos días el azúcar de la sangre se borra, no existen los diabéticos. Y la mariquita, mitad enamorada y mitad flor, que sólo sabe abrirse en la purísima sombra. Y la tzangapilla, anaranjada y grande, hija única, flor más caliente que frente de afiebrado. Todas y todas suenan, lo mismo que las piedras…

Y más que nada suenan los pasos de los animales que uno ha sido antes que humano, los pasos de las piedras y los vegetales y las cosas que cada humano ha sido. Y también lo que uno ha escuchado antes, todo eso suena  en la noche de la selva. Dentro de uno mismo suena, en los recuerdos lo que uno ha escuchado a lo largo de la vida, bailes y pífanos y promesas y mentiras y miedos y confesiones y alaridos de guerra y gemidos de amor. Voces de agonizantes que uno ha sido o que uno ha escuchado solamente. Historias ciertas, historias de mañana. Porque todo lo que uno va a escuchar, todo eso suena, anticipado, en medio de la noche de la selva, en la selva que suena en medio de la noche. La memoria es más, es mucho más, ¿lo sabes? La memoria verídica conserva también lo que está por venir. Y hasta lo que nunca llegará, eso también conserva. Imagínate. Nada más imagínate. ¿Quién va a poder oírlo todo, dime tú? ¿Quién va a poder oírlo todo, de una vez, y creerlo?…

Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonia. Cesar Calvo.


17 de diciembre de 2015

Continuación y final de la historia de Kaametza y Narowe que no tiene final

Lo primero que miró Narowé al desprenderse de la nada fue a Kaametza, fue todo, el sol, mirándolo. Pero eso pasó dentro de su ánima, detrás de su primera sensación, detrás de su primer conocimiento, bajo su corazón. Porque afuera, alrededor de donde ellos se encontraban y encima, todo el mundo era sombra. Ya Pachakamaite había creado la luna y las estrellas pero no les había concedido aún el oficio de alumbrar. Todo era color de noche muerta, piel de noche cerrada. Y el tiempo, torrente sin cauce ni dirección, absoluto y eterno.

Narowé sin embargo vio a Kaametza, la pudo distinguir bien claro, nítida y ahí nomás se levantó hacia ella y ella lo recibió sabiendo todo. Lo dejó entrar, abriéndose. Así como el río Inuya penetra al río Urubamba, así entro Narowé sonando fuertemente, todas las tempestades de su cuerpo fundidas dentro de una fervorosa corriente yendo hacia atrás, mintiendo, regresandoinsistiendo. Lo mismo que el Inuya. Y Kaametza fue cielo, se hizo cielo para que el sol nacido de su cuerpo, ascendido y ardido por su cuerpo entre dos mediodías, consiguiera retornar y volver a caer hacia el crepúsculo mezclando su luz blanca con la sangre del cielo. Abrazados, mejor que obedeciéndose, Kaametza y Narowé fabricaron la vida, pegaron la existencia con goma fulgurante y sangrante, y todo limpio, todo sin fronteras, la plenitud de sus cuerpos como lenguas recorriéndose en una sola miel honda y salada.

Sobre la sangre del otorongo negro, revolcándose en un mismo vértigo despacioso, conocieron el amor. Sobre esa sangre todavía caliente, ahí fue que se amaron. Descubrieron sus cuerpos y el fuego y la tristeza de los cuerpos, y el vacío, no la primera ceniza sino esa otra que ofende después de los incendios, y el silencio, y la idea de lo inevitable, de la muerte que habita en todo lo que vive, todo lo descubrieron.

Así, al menos, me lo contó Inganíteri. Y dijo que Kaametza y Narowé llegaron juntos, juntos, al placer. Y que cuando gozaron, exactamente en el instante en que ambos gozaron, ahí fue que en el mundo se inventó la luz.

-Del primer goce del primer amor nació la luz, sobre toda la tierra se hizo la luz -me dice don Javier.

-Kaametza y Narowe hicieron la luz al hacer el amor, así fundaroon la nación ashaninka, nuestra primera humanidad, el pueblo campa.

Te será concedido conocer la verdad, la mentirosa cara de la verdad y la verdad sin tiempo. Verás las tres orillas. El resplandor y la sombra de la sangre del tiempo, del tiempo que a la vez es uno y todos...

Con voz extraña me habla don Javier, como si otra persona lo habitara de antiguo y hoy saliera sonando por su boca clausurada.

-Ahora sí ya es tiempo, puedo confiarte el resto de la historia que me contó mi compadre campa Inganíteri. Y tú, ahora sí, puedes oírla... Volvamos junto a Kaametza, en donde la dejamos. No. Mejor vámonos en busca de su esposo, el primer hombre, el que su cuerpo dio a luz por primera vez. Él requiere más que nadie de esperanza y de compañía. Y te contaré por qué. Sabrás en qué momento y por cuáles motivos se volvió inconsolable aquel que antes sólo supo ser dichoso: Narowé...

-Se hizo, pues, la luz- prosigue don Javier con voz ajena-. Del placer compartido fue que nació la luz. Y el sol, el Padre Inti, nació junto con la Luna, la Madre Killa, en una sola luz: Intikilla, y junto con las estrellas. Porque en ese primer entonces el día y la noche vivían dentro de un único uno, no había diferencia, de día era y de noche era al mismo tiempo. Y en el medio: Kaametza y Narowé, felices. Hasta que pasó lo que pasó. Narowé despertó y no encontró a Kaametza. En su despertar no la encontró. Volvió a dormirse. Pero tampoco la encontró en su sueño. Y despertó otra vez. Y otra vez se durmió. Y volvió a dormir y a despertar hasta que su vigilia fue su sueño, su más único sueño, Intikilla, y ambos eran desiertos ante los ojos de su corazón. A la sombra de aquella pomarrosa soñó que despertaba y la pomarrosa no tuvo más sombra para él: ya Kaametza no estaba. La pomarrosa sola, sin soledad siquiera, se regresó a ceniza. Igual que cuando todavía no había nacido, todo se volvió sombra, polvo de sombra fría frente al alma sin párpados de Narowé. Su propio cuerpo retorno a cuchillo de hueso de ceniza. Narowé miró el cielo. También el cielo regresó a ceniza. Miró pájaros, pajonales, ríos, piedras, y piedras y ríos y pajonales y pájaros se volvieron ceniza. Pero eso sucedía solamente en su sueño. En su vigilia era peor: el mundo proseguía sin Kaametza.

En lugar de Kaametza el mundo sólo miró una huella larga. Y Narowé se abalanzó, fue un desespero desoriéntandose entre la maraña de mentiras, de ausencia, de senderos fangosos. Cuatro siglos anduve sin poder encontrarlo. Cuando ya me creía despoblado, el esposo sin esposa surgió detrás de mí. Algo como un reproche manaba de sus ojos, entendí que era lástima. Pues yo no avanzaba, atolondrándome, en verdad no avanzaba. No iba ni en su busca ni en busca de nadie. Estaba huyendo. Huyendo de mi sombra, de mí mismo, del primer miedo, de esa inútil lluvia.

-Cuando Narowé despertó sin Kaametza, el día se separó de la noche. Y Narowé conoció la soledad. Luego de la segunda soledad conoció la cólera. Y cuando fue inaugurado por la rabia fabricó el primer arco y la primera flecha. Y de un solo flechazo derribó a la luna, a la primera luna que tuvo nuestro mundo, porque tú has de saber que la que ahora vemos es la cuarta luna que acompaña a la Tierra. La luna entonces era un tronco hueco. Narowé la derribó y comenzó a golpearla con un palo. Y la luna sonó, retumbó fuerte, lejos, bajo la furia de Narowé reclamando a Kaametza e invocando venganzas. Y pasó el tiempo en vano. Ahí fue que el tiempo se amansó y dividió. El tiempo pasó en vano y nadie respondió a Narowé. Y Narowé conoció el sabor de las lágrimas. La pena conoció. De pena, de abandono, se puso a llorar y a maldecir sin término. Cuando las dos ánimas de su rostro se secaron, ya Narowé se encontraba en el fondo de un insondable río. Así fue, y no de otra manera, que nació el Amazonas. "De los párpados huérfanos de nuestro padre brotó el río Amazonas..."

Y don Javier, por fin con voz que reconozco:

-Ahora mismo se halla Narowé, en el fondo del río, rascando las crecientes, los desbordes, perdonando a la luna, musitando. Porque la verdadera luna continúa en el fondo del río-mar, abajo. Y esa otra que vemos en el cielo no es sino su reflejo...



Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonía. Cesar Calvo. 
Editorial  Peisa.  Reedición de 2011.

(Pintura de Oleg Gurenkov)









21 de febrero de 2012

La casa del aire es la casa de la vida


El maestro Ino Moxo me enseñó a leer en el aire, a distinguir y elegir los pensamientos que crecen en el aire. Ahora sí vamos a entendernos… Y no importa, supongamos, que un mal día quemen todos los ejemplares de ese libro ya que los pensamientos, las dudas y certezas de quien lo escribió, igual que espíritus bondadosos, grandes, verdaderos, viven en el aire, nos pertenecen…
-Lo que te ha dicho don Javier es cierto, aseveró Don Hildebrando con la cabeza gacha…
-Es cierto. La casa del aire es la casa de la vida. Nada muere una vez que entra en el aire. Las ánimas de todos los tiempos, los conoceres y los sentimientos de todos los tiempos, inclusive los que germinaron antes que apareciera nuestro primer pariente, las ánimas de siempre, nobles y dañinas, altas y bajas, están mejor que sembradas en el aire. Allí pueden crecer o detenerse pero no mueren nunca. Ahora mismo están ahí, al alcance de las gentes que se preparan, que pueden, que lo merecen. Ahí está, intacto, todo lo que se ha pensado aun antes que los humanos tuvieran pensamiento. Ahí está todo lo que se ha escrito. Todos los libros están ahí, en el aire. Cierto es lo que te ha dicho Don Javier. 
Don Hildebrando cerró los ojos con fuerza, con más fuerza y se perdió en su perorar. Hablaba extrañamente como si recitara un texto de memoria o como si leyera. Llegué a pensar que el brujo repetía palabra por palabra lo que alguien le dictaba desde quien sabe dónde. Su voz no era su voz y su rostro tampoco, hablaba y fulguraba con palidez de muerto, alguien que no era él pero que sí era él al mismo tiempo ocupaba su cuerpo, lo desbordaba inconteniblemente, salía por su boca de sonámbulo, decía:
-El ashanínka, el hombre campa, existe como un transeúnte, en la superficie de la tierra nomás. La muerte dará fin a este tránsito y abrirá el nuevo camino. Pero hay diversas muertes en la vida de un ashanínka, varios estados que le permiten acceder a los mundos misteriosos, los espacios sagrados. El sueño del dormir, las visiones que regala el ayahuasca, pueden hacer que el hombre ingrese a estos mundos del allá. La misma selva en sí, las pequeñas lagunas, una pomarrosa abrazada por lianas de garabato-kasha, el sendero de piedras que cubre el fondo de las quebradas, un shiwawako muerto, una risa en el bosque, la piel de los ríos que se levanta como tapa de mosquitero, un millar de lámparas que no son lámparas en lo alto de una lupuna que no es lupuna, en la noche, y las rocas, las cuevas de la selva, los claros de los pajonales, son otras tantas puertas que llevan a esos mundos, a estos mundos que no se tocan con las manos del cuerpo material. Los virakocha, los blancos, no entienden esas puertas. A lo largo de cuatrocientos años los virakocha sólo han sabido equivocarse, nublarse en tántas cosas, equivocarnos en su pensamiento. No ven, no tienen ojos de ver, lo virakocha. No tocan la religión del ashanínka porque no saben tocas ni su memoria, ni su propia memoria pasada y futura. 
(Las tres mitades de Ino Moxo - Cesar Calvo)




18 de febrero de 2012

cierto pájaro devora pueblos enteros

¡De cuando el mar era ceniza y todo era oscuridad y no habían nacido todavía Kaametza y Narowé!, repitió... igual que si estuviera dentro de alguna piedra, enmascarado por una repentina majestuosidad:

-Allá en el Mapuya te será concedido conocer de qué modo los hijos devoraron a sus padres, cómo los virakocha (los blancos) exterminaron a los indios. ¡De qué modo perverso, con que frías maneras envenenan todavía al pueblo más antiguo de la tierra, a nuestros antepasados, vivientes y presentes!... Te será concedido conocer la razón verdadera, y no el pretexto, que trae a nuestra selva a la llamada civilización. Porque lo que es progreso para el blanco, para el indio es regreso. Para el blanco de ayer el caucho fue oro para el indio fue exterminio. Para el blanco de hoy el petróleo es la vida, para el indio es la ruina, la peste, el desarraigo. ¡Verás quienes han sido y quienes son, en realidad, los bárbaros, quienes los caníbales y quienes los cristianos!... Óyeme bien.

Lo que para nosotros representa la existencia, para ellos significa algo peor que la muerte. Y así pasa con todo lo creado, así pasa entre piedras y plantas y animales. El aire, por ejemplo, es vital para los pájaros, pero para los peces es la asfixia, el aletazo negro, el pico de la muerte.

-Te será concedido conocer la verdad, la mentirosa cara de la verdad y la verdad sin tiempo. Verás las tres orillas. El resplandor y la sombra de la sangre del tiempo, del tiempo que a la vez es uno y todos. Lo que fue cierto para el ayer no habrá de serlo para el mañana. El mismo tiempo anciano que nos trajo la muerte nos ofreció la vida venidera. Óyeme bien: el aire será de agua y el agua será de aire. Todo, absolutamente todo, es al revés.

(Las tres mitades de Ino Moxo. Cesar Calvo)