Ayahuasca

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5 de febrero de 2021

No seas nada - Ajahn Chah

“Ser algo siempre  es una carga. ¡No seas nada! ¡No seas nada en absoluto! Ser un Buda es una carga. No desees ser nada. “Soy el señor Smith”. “Soy un venerable monje”. Es visión crea sufrimiento porque crees que existes como tal. El “señor Smith” no es más que un convencionalismo. Y el “monje” también. 


Si crees que de veras existes, esta clase de idea te causará sufrimiento. Si hay un señor Smith, entonces cuando alguien le critique, el señor Smith se enojará. Es lo que ocurre cuando consideramos el yo como real. El señor Smith se implica y está dispuesto a pelearse. En cambio, si no hay ningún señor Smith, entonces no hay nadie ahí, nadie para responder al teléfono. Ring, ring… nadie se pone al teléfono. Nadie se convierte en nada. Nadie es nada, y no hay sufrimiento alguno.


Si creemos ser algo o alguien, entonces cada vez que el teléfono suene lo cogeremos y nos implicaremos en la conversación. ¿Cómo podemos liberarnos de esto? Hemos de observarlo con claridad y desarrollar sabiduría para que no haya ningún señor Smith que coja el teléfono. Reconoce que estos nombres y títulos pertenecen al nivel de lo convencional. 


Si alguien te dice que eres una buena persona, no seas eso. No pienses: “Soy una buena persona”. Si alguien te dice que eres una mala persona, no pienses: “Soy una mala persona”. No intentes ser nada. Sé consciente de lo que está teniendo lugar. Pero tampoco te apegues a este conocimiento pensando: “Soy alguien que es consciente”.


Vemos la forma física de las cosas, pero no vemos el apego. El nacimiento y el devenir consisten en esto. Vivimos convirtiéndonos en algo sin cesar. Desde que nacemos estamos dependiendo del devenir, de nuestro apego al yo. Cuando alguien nos habla de la ayoidad, nos suena demasiado raro, no podemos cambiar nuestras percepciones con tanta facilidad. 


Cuando la gente piensa “¡Esto es mío! ¡Esto es mío”, se siente feliz. Pero al perder aquello que es “mío” se echa a llorar. Es es el camino por el que se manifiesta el sufrimiento. Solo hemos de observarlo.  


Ajahn Chah - Todo llega, todo pasa. Enseñanzas sobre la cesación del sufrimiento



24 de diciembre de 2018

El samsara, la impermanencia y la muerte

Si contemplamos nuestra vida veremos claramente cuántas tareas sin importancia, a las que llamamos «responsabilidades», se acumulan para llenarla. Un maestro las compara a «hacer la limpieza de la casa en sueños». Nos decimos que queremos dedicar tiempo a las cosas importantes de la vida, pero nunca tenemos tiempo. El mero hecho de levantarnos por la mañana supone una multitud de tareas: abrir la ventana, hacer la cama, ducharse, limpiarse los dientes, dar de comer al perro o al gato, fregar los platos de la noche anterior, descubrir que te has quedado sin azúcar o café, salir a comprarlo, preparar el desayuno... Es una lista interminable. Luego hay que buscar la ropa, elegirla, plancharla, volverla a guardar. ¿Y el cabello? ¿Y el maquillaje? Desvalidos, vemos cómo se nos llenan los días de llamadas telefónicas y proyectos triviales, de responsabilidades y responsabilidades... ¿O no deberíamos llamarlas «irresponsabilidades»?

Parece que nuestra vida nos vive, que posee su propio impulso imprevisible, que se nos lleva; en último término, nos parece que no tenemos elección ni control sobre ella. Naturalmente, esto a veces nos hace sentir mal, tenemos pesadillas y despertamos sudorosos, preguntándonos: «¿Qué estoy haciendo de mi vida?». Pero nuestros temores sólo duran hasta la hora del desayuno; aparece el maletín y volvemos a estar donde empezamos.

La palabra «cuerpo» en tibetano es , que quiere decir «algo que se deja atrás», como el equipaje. Cada vez que decimos , recordamos que sólo somos viajeros refugiados temporalmente en esta vida y este cuerpo.

Me gusta mucho el siguiente consejo de Patrul Rimpoché:

Ten presente el ejemplo de una vaca vieja,
que se da por satisfecha durmiendo en un cobertizo. Tienes que comer, dormir y cagar,
eso es inevitable,
lo demás no es asunto tuyo.

A veces pienso que el mayor logro de la cultura moderna es su brillante manera de vender el samsara y sus distracciones estériles. La sociedad moderna me parece una celebración de todas las cosas que alejan de la verdad, que hacen difícil vivir para la verdad y que inducen a la gente a dudar incluso de su existencia. Y pensar que todo esto surge de una civilización que dice adorar la vida, pero en realidad la priva de todo sentido real; que habla sin cesar de «hacer feliz» a la gente, pero que de hecho obstruye su camino a la fuente de la auténtica alegría.

Este samsara moderno se alimenta de la misma ansiedad y depresión que induce en todos nosotros y que fomenta cuidadosamente con una maquinaria de consumo que necesita mantenernos deseosos para continuar funcionando. El samsara es muy organizado, versátil y refinado; nos asalta con su propaganda desde todos los ángulos y crea a nuestro alrededor un entorno de adicción casi inexpugnable. Cuanto más intentamos escapar, parece que más caemos en las trampas que con tanto ingenio nos tiende. Jikmé Lingpa, maestro tibetano del siglo XVIII, dijo: «Hipnotizados por la variedad misma de las percepciones, los seres vagan perpetuamente errantes por el círculo vicioso del samsara».

Así obsesionados por falsas esperanzas, sueños y ambiciones que prometen felicidad pero sólo conducen a la desdicha, somos como personas que se arrastran por un desierto sin fin, muertas de sed. Y todo lo que este samsara nos ofrece para beber es un vaso de agua salada que intensifica nuestra sed.

Hacer planes para el futuro
es como ir a pescar en un barranco seco;
nada sale jamás como quieres;
renuncia pues a todos tus proyectos y ambiciones. Si has de pensar en algo, que sea
en la incertidumbre de la hora de tu muerte...

Hemos de darnos una sacudida de vez en cuando y preguntarnos seriamente: «¿Y si muriera esta noche? Entonces, ¿qué?». No sabemos si mañana despertaremos, ni dónde. Si después de espirar el aire no podemos volver a inspirar, nos morimos. Así de sencillo.

Que nos tomemos la vida en serio no quiere decir que debamos pasarla toda meditando como si viviéramos en las montañas del Himalaya o en el Tíbet de los antiguos tiempos. En el mundo moderno hemos de trabajar y ganarnos la vida, pero no debemos enredarnos en una existencia «de nueve a cinco» sin prestar ninguna consideración al sentido profundo de la vida. Nuestra tarea consiste en encontrar un equilibrio, encon- trar el camino del medio, aprender a no volcarnos en preocupaciones y actividades accidentales, sino a simplificar nuestra vida cada vez más. La clave para encontrar un equilibrio feliz en la vida moderna es la sencillez.

En el budismo, este es el verdadero sentido de la palabra disciplina. Así pues, la disciplina consiste en hacer lo que es justo o apropiado; es decir, en una época excesivamente complicada, simplificar nuestra vida. Lo que hayamos hecho con nuestras vidas es lo que somos cuando morimos. Y cuenta todo, absolutamente todo.

Cuando se acercaba a la muerte, Buda dijo:

De todas las huellas de pisadas,
la del elefante es suprema;
de todas las meditaciones sobre la presencia mental,
la de la muerte es suprema.

Siempre que perdemos la perspectiva o nos dejamos llevar por la pereza, reflexionar sobre la muerte y la impermanencia nos devuelve de una sacudida a la verdad.

A veces, cuando enseño estas cosas, se me acerca alguien al terminar y me dice: «¡Todo eso es evidente! Siempre lo he sabido. Explíqueme algo nuevo». Entonces le pregunto: «¿Ha comprendido y captado realmente la verdad de la impermanencia? ¿La ha integrado hasta tal punto en todos sus pensamientos, respiraciones y movimientos, que su vida ha quedado transformada? Hágase estas dos preguntas: ¿Recuerdo en todo momento que estoy muriendo, y que todas las demás personas y cosas también mueren, de modo que trato a todos los seres en todo momento con compasión? Mi comprensión de la muerte y de la impermanencia, ¿es tan aguda y urgente que dedico hasta el último segundo a la búsqueda de la Iluminación? Si puede responder "sí" a estas dos preguntas, entonces ha comprendido de verdad la impermanencia».

El libro tibetano de la vida y de la muerte. Sogyal Rimpoche.

 




19 de diciembre de 2018

El Arte de Perder - La Impermanencia

Escribió Shantideva en el siglo VIII:

Todo lo que poseo y uso
Es como la fugaz visión de un sueño.
Se desvanece en el reino de la memoria;
Y tras desvanecerse, ya no vuelvo a verlo nunca más.

(Pema Chodrom)

En nuestra mente los cambios siempre equivalen a pérdida y sufrimiento. Y, cuando se producen, procuramos anestesiarnos en la medida de lo posible. Reflexione sobre esto: la percepción de la impermanencia es, paradójicamente, la única cosa a que podemos aferramos, quizá nuestra única posesión duradera. Siempre que perdemos la perspectiva o nos dejamos llevar por la pereza, reflexionar sobre la muerte y la impermanencia nos devuelve de una sacudida a la verdad:

Lo que ha nacido morirá, lo que se ha recogido se dispersará, lo que se ha acumulado se agotará, lo que se ha construido se derrumbará y lo que ha estado en alto descenderá.

(Sogyal Rimpoche)

Aunque yo repita una y otra vez que los fenómenos surgen en el momento presente y que no son ni estables ni seguros, nadie se lo toma en serio. La gente no piensa en ello demasiado. Sea lo que sea lo que ocurra, yo me digo: “¡Oh! Esto no es permanente”, o “Esto no es seguro”. Es sumamente sencillo. Todo cuando ocurre es impermanente e inseguro. Pero al no verlo o comprenderlo, nos confundimos y angustiamos. Tomamos aquello que es impermanente por permanente. Aquello que no es seguro por seguro. Yo no ceso de decirlo, pero la gente no lo capta y vive persiguiendo una cosa tras otra constantemente.

Hemos de observar este punto con más detenimiento. Si no somos conscientes de la impermanencia, todo cuando poseemos se convertirá en motivo de sufrimiento cuando lo perdamos. En cambio, si somos conscientes de ella, podremos aprovechar las cosas sin sentirnos abrumados por ellas. Si logras hacerlo, tu mente estará en paz. 

Al practicar de esta forma nuestra mente está viendo constantemente las cosas con claridad. Los fenómenos surgen y desaparecen. Después de desaparecer, vuelven a surgir y luego desaparecen de nuevo. Si nos apegamos a lo que ocurre, sufrimos en ese mismo instante. En cambio, si no nos apegamos, el sufrimiento no llega a surgir. Vemos esta realidad en nuestra propia mente. Todo cuanto hemos de hacer es observar nuestra mente en el presente.
(Ajahn Chah)

UN ARTE

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.
Ni aun perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

(Elizabeth Bishop)





2 de marzo de 2018

Comprender que todo cambia - Pema Chodron

Chogyam Trungpa solía hablar de la ansiedad fundamental del ser humano. Esta ansiedad o sensación de vértigo ante la impermanencia no es algo que nos afecte sólo a unos pocos; más bien se trata de un estado que lo domina todo y que compartimos todos los seres humanos. Pero en vez de vernos desalentados por la ambigüedad, la incertidumbre de la vida, ¿por qué no aceptarla y relajarnos con ella? ¿Por qué no decir: "Si, así es como es, esto es lo que significa ser humanos" y decidir que vamos a sentarnos cómodamente y disfrutar del viaje?

Por suerte Buda nos dio muchas instrucciones para hacer justo eso. Entre ellas encontramos la tradición que en el budismo tibetano se conoce como "los tres votos" o "los tres compromisos". Son tres métodos para aceptar lo caótico, lo inestable, lo dinámico, la naturaleza desafiante de nuestra situación como camino hacia el despertar. El primer compromiso, denominado el voto pratimoksha, es la base para la liberación personal. Se trata del compromiso de procurar no infligir daño con nuestras acciones, palabras o pensamientos, un compromiso para mostrar bondad unos con otros. Nos proporciona una estructura en la que aprendemos a trabajar con nuestros pensamientos y emociones y a evitar hablar o actuar empujados por la confusión. El siguiente paso para estar cómodos con ese desarraigo existencial es el compromiso de ayudar a los demás. Este voto, llamado bodhisattva,  consiste en dedicar nuestras vidas a mantener los corazones y las mentes abiertos y en alimentar nuestra compasión a fin de aliviar el sufrimiento del mundo. El tercer compromiso, samaya, estriba en la resolución de aceptar el mundo tal como es, sin prejuicios.

Es un compromiso para ver todo lo que surja ante nosotros, bueno o malo, agradable o doloroso, como una manifestación de energía de la iluminación. De esta manera nos comprometemos a ver todas las cosas como un medio a través del cual podemos aumentar nuestro despertar.

¿Pero qué siginifica la ambigüedad fundamental del ser humano en la vida cotidiana? Por encima de todo comprender que todo cambia. Como escribió Shantideva en el siglo VIII:

Todo lo que poseo y uso
Es como la fugaz visión de un sueño.
Se desvanece en el reino de la memoria;
Y tras desvanecerse, ya no vuelvo a verlo nunca más.


Extraído del libro Vivir bellamente. Pema Chödrön. Ed. Gaia. 

4 de diciembre de 2016

La verdad de la impermanencia - Sogyal Rimpoche

No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa. Si hubiese alguna manera de resguardarse de los golpes de la muerte, no soy yo aquel que no lo haría. Pero es una locura pensar que se pueda conseguir eso. Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación!

Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte. [...] No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.
(Montaigne)

La muerte es, en efecto, un enorme misterio, pero de ella se pueden decir dos cosas: es absolutamente cierto que moriremos, y es incierto cuándo y cómo moriremos. La única certeza que tenemos, pues, es esta incertidumbre sobre la hora, la cual nos sirve de excusa para postergar el afrontar la muerte directamente.

Somos como niños que se tapan los ojos jugando al escondite y se figuran que nadie puede verlos.


Quizá la razón más profunda de que temamos a la muerte es que ignoramos quiénes somos. Creemos en una identidad personal, única e independiente, pero, si nos atrevemos a examinarla, comprobamos que esta identidad depende por completo de una interminable colección de cosas que la sostienen: nuestro nombre, nuestra «biografía», nuestras parejas y familiares, el hogar, los amigos, las tarjetas de crédito... Es de este frágil y efímero sostén de lo que depende nuestra seguridad. Así que, cuando se nos quite todo eso, ¿tendremos idea de quiénes somos en realidad?

Parece que nuestra vida nos vive, que posee su propio impulso imprevisible, que se nos lleva; en último término, nos parece que no tenemos elección ni control sobre ella. Naturalmente, esto a veces nos hace sentir mal, tenemos pesadillas y despertamos sudorosos, preguntándonos: «¿Qué estoy haciendo de mi vida?». Pero nuestros temores sólo duran hasta la hora del desayuno; aparece el maletín y volvemos a estar donde empezamos.

Milarepa cantaba:

Cuando estás vigoroso y sano no piensas en la llegada de la enfermedad, pero ésta cae con fuerza repentina como la descarga de un rayo. Cuando estás absorto en cosas mundanas no piensas en la venida de la muerte; rápida llega como un relámpago que estalla sobre tu cabeza.

Que nos tomemos la vida en serio no quiere decir que debamos pasarla toda meditando como si viviéramos en las montañas del Himalaya o en el Tíbet de los antiguos tiempos. En el mundo moderno hemos de trabajar y ganarnos la vida, pero no debemos enredarnos en una existencia «de nueve a cinco» sin prestar ninguna consideración al sentido profundo de la vida. Nuestra tarea consiste en encontrar un equilibrio, encontrar el camino del medio, aprender a no volcarnos en preocupaciones y actividades accidentales, sino a simplificar nuestra vida cada vez más. La clave para encontrar un equilibrio feliz en la vida moderna es la sencillez.

Esta existencia nuestra es tan pasajera como las nubes de otoño. Observar el nacimiento y muerte de los seres Es como contemplar los movimientos de un baile. La vida entera es como un relámpago en el cielo; Se precipita a su fin como un torrente por una empinada montaña.
(Buda)

En nuestra mente los cambios siempre equivalen a pérdida y sufrimiento. Y, cuando se producen, procuramos anestesiarnos en la medida de lo posible. Reflexione sobre esto: la percepción de la impermanencia es, paradójicamente, la única cosa a que podemos aferramos, quizá nuestra única posesión duradera. Siempre que perdemos la perspectiva o nos dejamos llevar por la pereza, reflexionar sobre la muerte y la impermanencia nos devuelve de una sacudida a la verdad:

Lo que ha nacido morirá, lo que se ha recogido se dispersará, lo que se ha acumulado se agotará, lo que se ha construido se derrumbará y lo que ha estado en alto descenderá.

A veces, cuando enseño estas cosas, se me acerca alguien al terminar y me dice: «¡Todo eso es evidente! Siempre lo he sabido. Explíqueme algo nuevo». Entonces le pregunto: «¿Ha comprendido y captado realmente la verdad de la impermanencia? ¿La ha integrado hasta tal punto en todos sus pensamientos, respiraciones y movimientos, que su vida ha quedado transformada? Hágase estas dos preguntas: ¿Recuerdo en todo momento que estoy muriendo, y que todas las demás personas y cosas también mueren, de modo que trato a todos los seres en todo momento con compasión? Mi comprensión de la muerte y de la impermanencia, ¿es tan aguda y urgente que dedico hasta el último segundo a la búsqueda de la Iluminación? Si puede responder “sí” a estas dos preguntas, entonces ha comprendido de verdad la impermanencia».

Sogyal Rimpoche. 
El libro tibetano de la vida y de la muerte.



21 de marzo de 2015

La impermanencia - Sogyal Rimpoche

¿Qué es nuestra vida sino una danza de formas efímeras? ¿No está todo cambiando constantemente: las hojas de los árboles en el parque, la luz de la habitación en la que leéis esto, las estaciones, el clima, la hora del día, las personas con las que os cruzáis en la calle? ¿Y qué podemos decir respecto a nosotros? Los amigos con los que crecimos, los lugares favoritos de nuestra infancia, los puntos de vista y opiniones que tan apasionadamente defendíamos antaño: lo hemos dejado todo atrás. 

Las células de nuestro cuerpo mueren, las neuronas de nuestro cerebro se deterioran, e incluso la expresión de nuestra cara se modifica sin cesar en función de nuestro estado de ánimo. Lo que consideramos nuestra personalidad fundamental no es más que un “continuo mental”, sólo eso. Hoy nos sentimos bien porque todo va bien; mañana será lo contrario.

¿Puede haber algo más imprevisible que nuestros pensamientos y emociones? 

Sólo el instante presente, el “ahora”, nos pertenece realmente.

A veces, cuando enseño estas cosas, se me acerca alguien al terminar para decirme: “¡Todo esto me parece evidente! Siempre lo he sabido. Explíqueme algo nuevo”. Entonces le pregunto: “¿Ha comprendido y captado realmente la verdad de la impermanencia? ¿La ha integrado hasta tal punto en todos sus pensamientos, respiraciones y movimientos que su vida ha quedado transformada? Haceos estas dos preguntas: ¿Recuerdo en todo momento que estoy muriendo, al igual que todas las demás personas y cosas también mueren, de modo que trato a todos los seres, en todo momento, con compasión? ¿Mi comprensión de la muerte y de la impermanencia se ha agudizado tanto y se ha vuelto tan apremiante que consagro cada segundo de mi existencia a la búsqueda de la Iluminación? Si podéis responder afirmativamente a estas dos preguntas, entonces sí habéis comprendido realmente la impermanencia".   

El libro tibetano de la vida de y de la muerte. Sogyal Rimpoche. 


24 de noviembre de 2014

Nada es permanente, nada es seguro

Hemos de concentrarnos en el Dharma de aquí y ahora, ya que el momento presente es cuando podemos dejar de apegarnos a las cosas y resolver nuestros problemas. Debemos hacerlo en este preciso momento, ahora mismo, porque el momento presente contiene tanto la causa como el resultado. El presente es el fruto del pasado. Y también, la causa del futuro. (…)
El Buda nos enseñó a desprendernos del pasado y del futuro. Al decir desprendernos no me refiero a que hemos de olvidarnos de todo, sino a que permanezcamos en el momento presente, donde el pasado y el futuro se encuentran. La palabra desprendernos es un modo de hablar, lo que significa es que hemos de ser conscientes del presente, en el cual se encuentran las causas y los resultados. Observamos el presente y vemos cómo los fenómenos surgen y desaparecen, surgen y desaparecen sin cesar. 
Aunque yo repita una y otra vez que los fenómenos surgen en el momento presente y que no son ni estables ni seguros, nadie se lo toma en serio. La gente no piensa en ello demasiado. Sea lo que sea lo que ocurra, yo me digo: “¡Oh! Esto no es permanente”, o “Esto no es seguro”. Es sumamente sencillo. Todo cuando ocurre es impermanente e inseguro. Pero al no verlo o comprenderlo, nos confundimos y angustiamos. Tomamos aquello que es impermanente por permanente. Aquello que no es seguro por seguro. Yo no ceso de decirlo, pero la gente no lo capta y vive persiguiendo una cosa tras otra constantemente.
Si de veras has encontrado la paz, permanecerás aquí, en el lugar del que estoy hablando, en el momento presente. Sea lo que sea que surja, ya sea cualquier clase de felicidad o de sufrimiento, verás que no es segura. Esta inseguridad es en sí el Buda, porque la inseguridad es el Dharma, y el Dharma es el Buda. Pero la mayoría de la gente cree que el Buda y el Dharma se encuentran fuera de uno.
Cuando la mente empieza a comprender que no hay nada en el mundo que sea seguro, los problemas originados por el apego y los vivos deseos empiezan a disminuir y a desaparecer. Al comprenderlo, la mente deja de aferrarse a las cosas, ya no se apega a ellas, y acaba poniendo fin al apego. Y cuando el apego desaparece, uno alcanza el Dharma; no hay ningún otro estado que sea más supremo. 
Todas las dudas desaparecerán de esta manera. Se extinguirán a través de este método de practicar en el presente. No hay por qué angustiarse por el pasado, porque ya no existe. Sea lo que sea que ocurriera, ha surgido y ha desaparecido, y ahora ya no existe. También dejamos de preocuparnos por el futuro porque, sea lo que sea lo que ocurra, surgirá y desaparecerá. 
Nunca decimos “aquí y ahora”. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo el presente? Actuamos así porque seguimos estando implicados en las cosas. Seguimos disfrutando de lo mundano sin renunciar a ello. Preferimos dejar la práctica para el “futuro”. La práctica ha de hacerse en el presente, no hemos de esperar a hacerla en el futuro. 
Así es como se adquiere el conocimiento. Vivir en el bosque aporta paz: la mente se calma cuando los ojos no ven y los oídos no escuchan. La mente descansa de ver y de oír. Pero no descansa de las impurezas. Las impurezas siguen estando ahí, pero en esos momentos no aparecen. Es como el agua con sedimentos: cuando se aquieta, se vuelve clara, pero si alguien la agita, se enturbia. 
El samadhi que surge al vivir en un entorno tranquilo es así. Al experimentar este agradable y sereno estado, te sientes feliz, pero la felicidad no es duradera, porque la mente está influida por el deseo de algo que es mudable. Al cabo de un rato, cuando el estado del samadhi haya desaparecido, volverás a ser infeliz. 
Hemos de observar este punto con más detenimiento. Si no somos conscientes de la impermanencia, todo cuando poseemos se convertirá en motivo de sufrimiento cuando lo perdamos. En cambio, si somos conscientes de ella, podremos aprovechar las cosas sin sentirnos abrumados por ellas. Si logras hacerlo, tu mente estará en paz. 
Al practicar de esta forma nuestra mente está viendo constantemente las cosas con claridad. Los fenómenos surgen y desaparecen. Después de desaparecer, vuelven a surgir y luego desaparecen de nuevo. Si nos apegamos a lo que ocurre, sufrimos en ese mismo instante. En cambio, si no nos apegamos, el sufrimiento no llega a surgir. Vemos esta realidad en nuestra propia mente.
Todo cuanto hemos de hacer es observar nuestra mente en el presente. Nos desprendemos del pasado y del futuro para observar solo el presente, y vemos las tres características continuamente y en todo lo que existe. En el andar, hay impermanencia. En el permanecer de pie, hay impermanencia. En el sentarse, hay impermanencia. Esta es la verdad inherente a todo. Si estás buscando algo que sea seguro y permanente, sólo lo encontrarás en la verdad de que todo es impermanente y no de ningún otro modo. Cuando tu visión madura de esta forma, te sientes en paz. 
Aquel que sufre viviendo en soledad es un insensato, y el que sufre viviendo con otros, también lo es. Son como las cagarrutas de las gallinas: si se te pegan a la suela de los zapatos cuando estás solo, apestan. Y si se te pegan cuando estás acompañado, también apestan. Las llevas contigo allí a donde vayas.  
Si somos inteligentes, aunque vivamos rodeados de mucha gente y pensemos que no es un ambiente tranquilo, lo cual es en parte correcto, aprovecharemos la situación para adquirir sabiduría.  Pero si no entendemos las cosas correctamente, careceremos de determinación. Al principio desearemos vivir solos, hasta que nos hartemos. Después creeremos que es mejor vivir con un grupo y seguir una dieta sencilla. Pero al cabo de un tiempo cambiaremos de idea y pensaremos que es mejor consumir un montón de comida. Nuestra mente será como una veleta hasta que no vea con claridad las cosas. 
Al ver que en el mundo no hay nada seguro, comprenderemos que tanto las situaciones de escasez como las de abundancia son pasajeras y dejaremos de apegarnos a ellas. Nos fijaremos en el momento presente, dondequiera que nos encontremos. En este caso, si nos quedamos en el mismo lugar, estará bien. Y si viajamos, también. Todo nos parecerá bien, porque nos habremos concentrado en la práctica de reconocer las cosas tal como son. 
La gente dice: “Ajahn Chah sólo habla de que “no hay nada que sea seguro”. Se hartan de oírmelo decir y huyen de mí. No soportan escucharlo una vez más y se van. Supongo que se van para encontrar un lugar donde las cosas sean seguras. 

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.




22 de agosto de 2011

TODO CAMBIA

Cambia lo superficial
Cambia también lo profundo
Cambia el modo de pensar
Cambia todo en este mundo

Cambia el clima con los años
Cambia el pastor su rebaño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia el más fino brillante
De mano en mano su brillo
Cambia el nido el pajarillo
Cambia el sentir un amante

Cambia el rumbo el caminante
Aunque esto le cause daño
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Cambia, todo cambia
Cambia, todo cambia


Cambia el sol en su carrera
Cuando la noche subsiste
Cambia la planta y se viste
De verde en la primavera

Cambia el pelaje la fiera
Cambia el cabello el anciano
Y así como todo cambia
Que yo cambie no es extraño

Pero no cambia mi amor
Por mas lejos que me encuentre
Ni el recuerdo ni el dolor
De mi tierra y de mi gente

Y lo que cambió ayer
Tendrá que cambiar mañana
Así como cambio yo
En esta tierra lejana.