Ayahuasca Info

25 de diciembre de 2016

Govinda y Siddhartha

Mientras Govinda discurría agitando en su corazón los pensamientos más contradictorios, volvió a inclinarse hacia Siddhartha, impulsado por el afecto. 

-Siddharta -le dijo-, nos hemos hecho viejos. Difícilmente en esta vida volveremos a encontrarnos. Veo, querido amigo, que has encontrado la paz. Yo confieso no haberla conseguido. ¡Dime una palabra más, venerable!  ¡Dame algo para el camino, algo que pueda entender y comprender! Concédeme algo para ese camino. Frecuentemente mi marcha es difícil y sombría, Siddharta.

Siddharta no pronunció palabra; le miró con sonrisa tranquila, siempre igual. Govinda clavó su vista fijamente en su rostro, con temor, con anhelo. El sufrimiento y la eterna búsqueda se leían en su mirada, el sufrimiento del que nunca encuentra.

Siddharta le observó y sonrió.

- ¡ Inclínate hacia mí! - susurró al oído de Govinda -. ¡ Acércate a mí! ¡Así, más cerca! ¡Muy cerca! Y 
ahora, ¡besa mi frente, Govinda!page56image888

Y sucedió algo maravilloso mientras Govinda obedecía sus palabras, entre un presentimiento y el amor que le atraía: se le acercó mucho y rozó su frente con los labios. Todo ocurrió mientras sus pensamientos se ocupaban todavía de las extrañas palabras de Siddharta, mientras se esforzaba aún por quitar el tiempo en vano y con resistencia de sus pensamientos, y de imaginarse el nirvana y samsara como una misma cosa, a la vez que sentía desprecio por las palabras de su amigo y luchaba en su interior con un enorme respeto y amor. Así fue.

Ya no contemplaba el rostro de su amigo Siddharta, sino que veía otras caras, muchas, una larga hilera, un río de rostros, de centenares, de miles de facciones; todas venían y pasaban, y sin embargo, parecía que todas desfilaban a la vez, que se renovaban continuamente, y que al mismo tiempo eran Siddharta. Observó la cara de un pez, de una carpa, con la boca abierta por un inmenso dolor, de un pez moribundo, con los ojos sin vida..., vio la cara de un niño recién nacido, encarnada y llena de arrugas, a punto de echarse a llorar..., divisó el rostro de un asesino, le acechó mientras hundía un cuchillo en el cuerpo de una persona..., y al instante vislumbró a este criminal arrodillado y maniatado, y cómo el verdugo le decapitó con un golpe de espada..., distinguió los cuerpos de hombres y mujeres desnudos y en posturas de lucha, en un amor frenético..., entrevió cadáveres quietos, fríos, vacíos..., reparó en cabezas de animales, de jabalíes, de cocodrilos, de elefantes, de toros, de pájaros..., observó a los dioses, reconoció a Krishna y a Agni..., captó todas estas figuras y rostros en mil relaciones entre ellos, cada una en ayuda de la otra, amando, odiando, destruyendo y creando de nuevo. Cada figura era un querer morir, una confesión apasionada y dolorosa del carácter transitorio; pero ninguna moría, sólo cambiaban, siempre volvían a nacer con otro rostro nuevo, pero sin tiempo entre cara y cara... Y todas estas figuras descansaban, corrían, se creaban, flotaban, se reunían, y encima de todas ellas se mantenía continuamente algo débil, sin sustancia, pero a la vez existente, como un cristal fino o como hielo, como una piel transparente, una cáscara, un recipiente, un molde o una máscara de agua; y esa máscara sonreía, y se trataba del rostro sonriente de Siddharta, el que Govinda rozaba con sus labios en aquel momento. Así vio Govinda esa sonrisa de la máscara, la sonrisa de la unidad por encima de las figuras, la sonrisa de la simultaneidad sobre las mil muertes y nacimientos; esa sonrisa de Siddharta era exactamente la misma del buda, serena, fina, impenetrable, quizá bondadosa, acaso irónica, siempre inteligente y múltiple, la sonrisa de Gotama que había contemplado cien veces con profundo respeto. Govinda lo sabía: así sonríen los que han alcanzado la perfección.

Sin saber si existía el tiempo, si había pasado un segundo o cien años, desconociendo si eran realidad un Gotama, un Siddharta, si vivía el yo y el tú, alcanzado su interior por una flecha divina cuya herida es dulce, encantado y roto su corazón..., Govinda permaneció todavía un tiempo inclinado sobre el rostro bronceado de Siddharta, el que besara hacía un momento, el que fuera escenario de todas las transformaciones, de todos los orígenes, de todo lo existente. El rostro de Siddharta no había cambiado tras cerrarse en su superficie la profundidad y la multiplicidad; sonreía serena, suavemente, quizá muy bondadoso, acaso irónico, exactamente como había sonreído el majestuoso.

Govinda se inclinó profundamente: las lágrimas rodaron por sus mejillas arrugadas, sin que él siquiera lo notara; sintió como fuego su más profundo amor, su más modesta veneración en el alma. Se inclinó ante Siddharta casi hasta el suelo; Siddharta permanecía sentado, sin moverse, y su sonrisa recordaba que jamás había amado, que nunca en la vida había tenido algo que considerase valioso y sagrado. 


Siddhartha, Hermann Hesse



14 de diciembre de 2016

Dukkha, la insatisfactoriedad

El dukkha se pega a la piel, penetra hasta la carne y acaba metiéndose en los tuétanos. Es como un insecto que se alimenta de la corteza de un árbol y va penetrando por la madera hasta llegar al mismo núcleo, hasta que al final el árbol muere.

A medida que crecemos, el dukkha se va enterrando en las profundidades de nuestro ser. Nuestros padres nos enseñan a aferrarnos y a apegarnos a las cosas, a darles mucha importancia, a creer con firmeza que existimos como un yo y que las cosas nos pertenecen. Nos lo enseñan desde que nacemos. Lo vamos oyendo una y otra vez hasta que penetra en nuestro corazón y se convierte en nuestro habitual sentimiento. Nos enseñan a adquirir cosas, a acumularlas y conservarlas, a verlas como importantes y nuestras. Eso es lo que les enseñaron a nuestros padres y lo que ellos nos enseñan a su vez a nosotros.

Cuando estamos interesados en la meditación y escuchamos las enseñanzas de un guía espiritual, no nos resultan fáciles de entender. Nos cuesta captarlas. Nos enseñan a no ver las cosas ni a actuar como siempre hemos hecho, pero sus palabras no penetran en nuestro corazón.

Permanecemos sentados escuchando las enseñanzas pero a menudo nos entran por un oído y nos salen por el otro. No las retenemos en nuestro interior ni nos afectan. (…) Nos quedamos pegados a nuestra idea del yo. Los sabios decían que mover una montaña de un lugar a otro es más fácil que cambiar la falsa idea que tenemos del yo, esta sólida sensación de que realmente existimos como una persona individual y especial.

Podemos arrasar una montaña con explosivos y llevar luego la tierra a otro lugar. Pero el fuerte apego a la falsa idea del yo ¡parece inamovible! Nuestras falsas ideas y malas tendencias siguen tan sólidas e inamovibles como siempre y no somos conscientes de ellas. (…)

No es fácil practicar, pero hagamos lo que hagamos, habremos de superar muchos problemas antes de sentirnos a gusto. En la práctica del Dharma empezamos siendo conscientes de la verdad del dukkha, la omnipresente insatisfactoriedad de la existencia. Pero en cuanto lo experimentamos, nos desanimamos. No queremos enfrentarnos a ello. Dukkha es la verdad, pero de algún modo queremos sortearla. Se parece a la costumbre que tenemos de no desear ver a gente mayor, preferimos contemplar a personas jóvenes y atractivas.

Si no queremos contemplar el dukkha, nunca llegaremos a comprenderlo, por más años que vivamos. El dukkha es la verdad. Si tenemos el valor para contemplarlo, empezaremos entonces a ver un camino para trascenderlo. Si intentamos ir a alguna parte y el camino está bloqueado, pensaremos cómo ir por otro camino. Al esforzarnos en ello día tras día, lo acabaremos logrando. Pero si nunca nos topamos con el dukkha, no reflexionaremos ni intentaremos resolver nuestros problemas, sólo los soportaremos o pasaremos de largo sin verlos. (…)

Si conocemos el dukkha, lo veremos en todo cuanto experimentamos. Algunas personas creen que no sufren demasiado. (…) ¿Qué hemos de hacer para no sufrir más? Cuando el dukkha surge, hemos de investigar para ver las causas de su aparición. Y al conocerlas, podemos practicar para eliminar esas causas. (…)

Oponerse a los propios hábitos crea un cierto sufrimiento. Pero en general nos da miedo el sufrimiento y si sabemos que algo nos hará sufrir, no queremos hacerlo. Estamos interesados sólo en lo que parece agradable y bello, y creemos que cualquier cosas que conlleve sufrimiento es negativa. Pero no es así, ya que si hay sufrimiento en tu corazón se convierte en la causa que te hace reflexionar para intentar liberarte de él. Te lleva a la contemplación. Deseas investigarlo a fondo para descubrir por qué te encuentras en esta situación, para intentar ver las causas y sus resultados.

Las personas que son felices no desarrollan la sabiduría. Están dormidas. Son como un perro que ha comido hasta la saciedad. Después no quiere hacer nada. Se pasa el día durmiendo. (…)

Los humanos estamos atrapados y encarcelados en este mundo, tenemos un montón de problemas y siempre estamos llenos de dudas, confusión y preocupaciones. Y esto no es ninguna broma. Hay algo de lo que hemos de liberarnos. Hemos de renunciar a nuestro cuerpo, a nuestro yo. (…) Pero la mayoría de la gente se asusta, no se atreve a practicarlo. Ni siquiera es capaz de seguir el consejo de "No hagas malas acciones". Por eso he buscado todos los sistemas posibles para que la gente lo capte y una cosas que suelo decir es que no importa si nos sentimos contentos o tristes, felices o infelices, o si estamos llorando o cantando: al vivir en este mundo, estamos viviendo en una jaula. No nos libramos de este estado de estar enjaulados. Si eres rico, estás viviendo en ella. Y si eres pobre, también. Si cantas y bailas, estás cantando y bailando en una jaula. Y si miras una película, la estás mirando en una jaula.

¿Qué es esta jaula? Es la jaula del nacimiento, el envejecimiento, las enfermedades y la muerte. Así es como estamos prisioneros en el mundo. “Esto es mío”. “Aquello me pertenece”. Ignoramos quienes somos realmente y lo que estamos haciendo. En realidad todo cuando estamos haciendo es acumular sufrimiento. (…) Por más felicidad y comodidades que tengamos, al haber nacido no podemos evitar envejecer, enfermar y morir un día. Éste es el dukkha, aquí y ahora.

El dolor y las enfermedades siempre están presentes. Pueden aparecer en cualquier momento. Es como si hubiésemos robado algo: nos pueden detener en cualquier momento porque hemos cometido un delito. Ésta es nuestra situación. Existimos entre cosas perjudiciales, entre peligros y problemas: el envejecimiento, las enfermedades y la muerte gobiernan nuestra vida. No podemos evitarlos ni eludirlos. Pueden atraparnos en cualquier momento, siempre hay una buena oportunidad para ello. Por eso hemos de entregar aquello que no nos pertenece y aceptar la situación. (...)

El cuerpo cuando nace no pertenece a nadie. No nos pertenece. Sólo lo utilizamos y dependemos de él. Las enfermedades, el sufrimiento y el envejecimiento se instalan en él, y nosotros simplemente convivimos a lo largo de la vida con ellos. Por lo tanto no te apegues a ninguna de estas cosas, contémplalas con claridad y tus apegos irán desapareciendo poco a poco.

¿Sabes si los deseos tienen algún límite? ¿Cuándo llegarás a sentirte satisfecho? Si piensas en ello, verás que el ciego deseo no puede satisfacerse nunca. Sigues deseando más y más cosas, aunque nos haga sufrir más y más cosas hasta el punto de casi matarnos; es imposible satisfacerlo.

El Buda lo resumió diciendo que sólo hay un cúmulo de dukkha. El dukkha nace y cesa. Eso es todo. Nos abalanzamos sobre él y lo agarramos una y otra vez, cuando surge y cuando cesa, sin llegar a comprenderlo nunca.

¿Te has fijado en el momento en que la mente nace como, por ejemplo, cuando te digustas por algo en casa? Algunas veces nace el amor, y otras, la aversión. Te sientes complacido, descontento... experimentas todas clase de estados. Esto es nacer.

Sufrimos a causa de ello. Cuando tus ojos ven algo desagradable, nace el dukkha. Cuando tus oídos oyen algo que te gusta mucho, también nace el dukkha. Sólo hay sufrimiento.

Cuando le dukkha surge, lo llamamos sufrimiento. Y cuando cesa, lo llamamos felicidad. Pero no es más que el dukkha de siempre, surgiendo y cesando. Al surgir, lo reconocemos como sufrimiento. Y al cesar, lo consideramos como felicidad. Lo vemos y lo llamamos de esta manera, pero en realidad no es así. No es más que dukkha cesando. Surge y cesa, surge y cesa, y nosotros nos abalanzamos sobre él y lo agarramos. Cuando la felicidad aparece, nos sentimos contentos. Y cuando la infelicidad aparece, nos deprimimos. Pero en realidad se trata de lo mismo surgiendo y cesando.



No reconocemos con claridad que sólo hay sufrimiento porque cuando cesa nos parece que este estado es la felicidad. Nos apegamos a ella y no queremos perderla. En realidad, ignoramos lo que está ocurriendo.

Normalmente intentamos eliminar el sufrimiento para que aparezca la felicidad. Eso es lo que deseamos. Pero aquello que deseamos no es verdadera paz sino una felicidad que conlleva sufrimiento.

Así que los humanos deseamos un montón de cosas. Si obtenemos muchas cosas, nos parece bueno, ésta es nuestra forma habitual de pensar. Se supone que hacer el bien produce buenos resultados, y si los recibimos, somos felices. Creemos que es todo cuanto necesitamos y ya no hacemos nada más. Pero, ¿acaso las buenas experiencias pueden darnos una satisfacción duradera? No, es pasajera. Por eso seguimos pasando de un estado a otro, experimentando cosas buenas y malas, intentado apegarnos día y noche a aquello que nos resulta agradable.

El Buda nos enseñó primero a abandonar las malas acciones y a practicar las buenas. Y después a abandonar tanto lo malo como lo bueno, sin apegarnos a ninguno de esos dos conceptos, porque no son más que una especie de combustible. Y cuando hay alguna clase de combustible, acaba convirtiéndose en llamas. Lo bueno es combustible. Y lo malo, también.

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.





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4 de diciembre de 2016

La verdad de la impermanencia - Sogyal Rimpoche

No hay lugar en la tierra donde la muerte no pueda encontrarnos, por mucho que volvamos constantemente la cabeza en todas direcciones como si nos halláramos en una tierra extraña y sospechosa. Si hubiese alguna manera de resguardarse de los golpes de la muerte, no soy yo aquel que no lo haría. Pero es una locura pensar que se pueda conseguir eso. Los hombres vienen y van, trotan y danzan, y de la muerte ni una palabra. Todo muy bien. Sin embargo, cuando llega la muerte, a ellos, a sus esposas, sus hijos, sus amigos, y los sorprende desprevenidos, ¡qué tormentas de pasión no los abruman entonces, qué llantos, qué furor, qué desesperación!

Para empezar a privar a la muerte de su mayor ventaja sobre nosotros, adoptemos una actitud del todo opuesta a la común; privemos a la muerte de su extrañeza, frecuentémosla, acostumbrémonos a ella; no tengamos nada más presente en nuestros pensamientos que la muerte. [...] No sabemos dónde nos espera la muerte: así pues, esperémosla en todas partes. Practicar la muerte es practicar la libertad. El hombre que ha aprendido a morir ha desaprendido a ser esclavo.
(Montaigne)

La muerte es, en efecto, un enorme misterio, pero de ella se pueden decir dos cosas: es absolutamente cierto que moriremos, y es incierto cuándo y cómo moriremos. La única certeza que tenemos, pues, es esta incertidumbre sobre la hora, la cual nos sirve de excusa para postergar el afrontar la muerte directamente.

Somos como niños que se tapan los ojos jugando al escondite y se figuran que nadie puede verlos.


Quizá la razón más profunda de que temamos a la muerte es que ignoramos quiénes somos. Creemos en una identidad personal, única e independiente, pero, si nos atrevemos a examinarla, comprobamos que esta identidad depende por completo de una interminable colección de cosas que la sostienen: nuestro nombre, nuestra «biografía», nuestras parejas y familiares, el hogar, los amigos, las tarjetas de crédito... Es de este frágil y efímero sostén de lo que depende nuestra seguridad. Así que, cuando se nos quite todo eso, ¿tendremos idea de quiénes somos en realidad?

Parece que nuestra vida nos vive, que posee su propio impulso imprevisible, que se nos lleva; en último término, nos parece que no tenemos elección ni control sobre ella. Naturalmente, esto a veces nos hace sentir mal, tenemos pesadillas y despertamos sudorosos, preguntándonos: «¿Qué estoy haciendo de mi vida?». Pero nuestros temores sólo duran hasta la hora del desayuno; aparece el maletín y volvemos a estar donde empezamos.

Milarepa cantaba:

Cuando estás vigoroso y sano no piensas en la llegada de la enfermedad, pero ésta cae con fuerza repentina como la descarga de un rayo. Cuando estás absorto en cosas mundanas no piensas en la venida de la muerte; rápida llega como un relámpago que estalla sobre tu cabeza.

Que nos tomemos la vida en serio no quiere decir que debamos pasarla toda meditando como si viviéramos en las montañas del Himalaya o en el Tíbet de los antiguos tiempos. En el mundo moderno hemos de trabajar y ganarnos la vida, pero no debemos enredarnos en una existencia «de nueve a cinco» sin prestar ninguna consideración al sentido profundo de la vida. Nuestra tarea consiste en encontrar un equilibrio, encontrar el camino del medio, aprender a no volcarnos en preocupaciones y actividades accidentales, sino a simplificar nuestra vida cada vez más. La clave para encontrar un equilibrio feliz en la vida moderna es la sencillez.

Esta existencia nuestra es tan pasajera como las nubes de otoño. Observar el nacimiento y muerte de los seres Es como contemplar los movimientos de un baile. La vida entera es como un relámpago en el cielo; Se precipita a su fin como un torrente por una empinada montaña.
(Buda)

En nuestra mente los cambios siempre equivalen a pérdida y sufrimiento. Y, cuando se producen, procuramos anestesiarnos en la medida de lo posible. Reflexione sobre esto: la percepción de la impermanencia es, paradójicamente, la única cosa a que podemos aferramos, quizá nuestra única posesión duradera. Siempre que perdemos la perspectiva o nos dejamos llevar por la pereza, reflexionar sobre la muerte y la impermanencia nos devuelve de una sacudida a la verdad:

Lo que ha nacido morirá, lo que se ha recogido se dispersará, lo que se ha acumulado se agotará, lo que se ha construido se derrumbará y lo que ha estado en alto descenderá.

A veces, cuando enseño estas cosas, se me acerca alguien al terminar y me dice: «¡Todo eso es evidente! Siempre lo he sabido. Explíqueme algo nuevo». Entonces le pregunto: «¿Ha comprendido y captado realmente la verdad de la impermanencia? ¿La ha integrado hasta tal punto en todos sus pensamientos, respiraciones y movimientos, que su vida ha quedado transformada? Hágase estas dos preguntas: ¿Recuerdo en todo momento que estoy muriendo, y que todas las demás personas y cosas también mueren, de modo que trato a todos los seres en todo momento con compasión? Mi comprensión de la muerte y de la impermanencia, ¿es tan aguda y urgente que dedico hasta el último segundo a la búsqueda de la Iluminación? Si puede responder “sí” a estas dos preguntas, entonces ha comprendido de verdad la impermanencia».

Sogyal Rimpoche. 
El libro tibetano de la vida y de la muerte.



27 de mayo de 2016

La liana del muerto o el camino del no ser - Alonso del Río

La palabra ayawaska está compuesta por dos voces: aya, que quiere decir “muerto” o “espíritu”, y waska que significa soga, liana. Puede traducirse entonces como la “liana del muerto” o “la soga del espíritu”. Lo primero que hay que notar es su relación con la muerte. Mucha gente cuenta que, desde su primera toma -y otra en experiencias posteriores- sintió que literalmente “se moría”. Esto es algo bastante frecuente. De hecho, yo mismo he sentido más de una docena de veces que realmente me moría. Pero este viaje hasta la frontera de la misma muerte es solo la aproximación más cercana que podrás tener, consciente y voluntariamente, a ella. Ahora bien, en el momento del trance nadie puede convencerte de que no te estás muriendo. Parece totalmente real, y tienes que aprender a sobrellevarlo si quieres continuar este camino. No todas las experiencias tienen que ser obligatoriamente “de muerte”. Estamos hablando de una situación especial, muy intensa. Este encuentro con la muerte te deja lo bastante cerca para que después reflexiones sobre muchas cosas.

Recordemos alguna situación que nos haya acercado mucho a la muerte, como el fallecimiento de un ser muy querido. Toda la seriedad, la humildad, la sinceridad, el amor y el dolor que en esos momentos se sienten no dejan espacio para que nuestros tontos patrones mentales estén manipulándonos, por lo menos durante un tiempo. Esto nos da la clave para entender -al menos un poco- cómo y por qué cura. El ayahuasca es para mí un ritual de muerte y resurrección; te desarma y luego te vuelve a armar. Si estamos enfermos -y de hecho todos lo estamos, por lo menos de ignorancia- lo más probable es sentir dolor, y esos momentos finales hacen que busquemos con máxima sinceridad todos nuestros errores y pidamos perdón, desde un lugar muy profundo. Hay un deseo innato e inevitable de querer partir en paz. Finalmente, cuando vamos saliendo de ese estado y vemos que sólo fue un gran susto, regresamos con la mente en calma y un sentimiento de profunda paz y gratitud sin límites.

He podido ver casos de gente que antes de terminar la ceremonia ya habían vuelto a caer en sus viejos patrones mentales, mientras que a otros se les va disolviendo en varios días. Lo interesante es que enciende una pequeña luz en tu interior que te permite ver cosas que son urgentes de cambiar. El ayahuasca te puede mostrar las cosas pero es enteramente tu responsabilidad si realizas o no los cambios. (…) Ella te brinda una oportunidad y no hay garantía de nada. Es es, justamente, una de las primeras reglas que debemos aprender. Así como el ayahuasca es en sí misma un compuesto -chacruna y ayahuasca- al mezclar la energía del ayahuasca con tu propia energía se produce una nueva combinación. Por eso, siempre el efecto será distinto para cada uno. Se podrán escribir miles de libros pero ninguno te dirá más que una sola experiencia. Cada uno puede hablar de lo que es el ayahuasca para sí mismo, pero nadie puede hablar de lo que el ayahuasca es en sí misma. Lo más que nos podremos acercar con las palabras es diciendo que es demasiado. Sinchi Sinchi medicina -“demasiada medicina”, cantaban los abuelos.

Entonces, la pregunta es obvia: si es así, ¿para qué tomar esta medicina? La respuesta no se puede dar desde la generalidad. Cada uno la tendrá después de conocerla un poco, cada quién sabrá y sentirá si es bueno tomarla o no.

El camino de no ser

Recuerdo muy bien las primeras ceremonias en el año 1979. Luego de tomar las diez primeras veces, creí que lo comprendía todo. Luego de tomar un año, pensé que entendía el 90% de la cosas. Después de cinco años, creí que, en realidad sólo entendía un 10%. Hoy, después de casi 30 años, estoy convencido de que no sé nada, y recién comprendo algo. Evidentemente, después de tomar ayahuasca todo este tiempo, algo se aprende, y mi conocimiento es mayor que el de años atrás, pero comparativamente no es nada con relación a la intuición de lo infinito.

En este tiempo, todos quieren todo rápido, y este camino no es así. Un sendero sagrado es para toda la vida y te puede costar 30 años simplemente descubrir que no sabes nada. Así que cuando viene gente a pedirme que les enseñe, les pregunto si, realmente, tienen tiempo para aprender, pues muchos se imaginan que esto puede ser asimilado a manera de una técnica y, en pocos meses, estar haciendo ceremonia por todo el mundo y enriquecerse con ellas. Cuando alguien me pide que le enseñe el camino de la medicina y me dice que quiere hacer ceremonias, les digo que, desde el pedido formal hasta poder darles una bendición para hacerlas, pueden pasar muchos años. Entonces, me miran apenados como diciendo “¿por qué tanto?” y van a otro que los inicie como chamanes en tres meses.

Estamos quienes hemos seguido por años las enseñanzas de un maestro -la formación tradicional, ayunos y meses de dieta- y quienes han hecho el curso de tres meses. Sin embargo, la medicina es tan generosa que permite que, a través de estos canales no tan claros, llegue la curación a mucha gente, porque la necesidad es grande. Aún así, es lamentable por aquellos imprudentes, pues no hay papel más ingrato y precario que el del usurpador. El verdadero poder es de la medicina, no del curandero.

El ayahuasca puede ser capaz de curate de las enfermedades más extrañas y complicadas, físicas y mentales, y puede deslumbrarte con las visiones de todo su esplendor, pero el que no conoce puede creer que esa maravilla no proviene de la medicina, sino de la persona que hace la ceremonia.Y si esta no tiene la honestidad de poner las cosas en claro, se vuelve una usurpadora robando el mérito a su verdadero dueño. 

Por otro lado, la miopía de quienes no ven la importancia de pertenecer a una tradición, de sentirse agradecidos y protegidos por estar entroncados en un linaje verdadero, no es sino una expresión típica de la mente occidental, cuyo entendimiento del respeto es prácticamente nulo. Por más ayahuasca que tomen, no cambiarán si no aprenden que la lección número uno se llama respeto. Alguien entrenado en un camino sagrado no arranca una hoja sin pedir permiso, no recoge una piedra sin agradecer, no toma una vida si no es necesario y, si lo es, reza mucho por ella. No se apropia de ritos e instrumentos o canciones sagradas sin haber recibido permiso para ello. El hombre del mundo moderno ignora todas estas cosas, se mueve por la tierra tomando todo lo que quiere, todo lo que puede, sin saber pedir permiso. Todo tiene vida y, por eso, todo es sagrado, las piedras, las plantas, los animales, los humanos. 

Las dos cosas más importantes que hay que aprender en esta vida son pedir permiso y agradecer. El día que podamos recordar, en todo momento, que hasta en nuestra respiración está escondida esta gran enseñanza, habremos logrado la memoria. Sentir que pedimos permiso para existir cuando inhalamos y sentir que damos las gracias por la vida cuando exhalamos. Así de simple, así de simple.


Tawantinsuyo 5.0 Alonso del Río
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o escribir a Alonso 


Visita la web de Alonso del Río

Más información sobre el trabajo de Alonso del Río:

En este centro el objetivo de tomar plantas sagradas  es el desarrollo de la consciencia
CONSCIENCIA = RESPONSABILIDAD

“El proceso de desarrollo de la consciencia pasa necesariamente por hacernos responsables de todas nuestras relaciones”

NUESTROS PROYECTOS 

En la actualidad trabajamos desarrollando dos proyectos sin fines de lucro:

1.- La escuela  Wiñaypaq: proyecto de educación intercultural  que busca rescatar los saberes ancestrales de la cultura andina. Actualmente brindamos educación gratuita y de calidad a ochenta niños y niñas de escasos recursos.

2.- Area de Conservacion Bahuaja (Puerto Maldonado, 132 hectáreas):  

Es una iniciativa que busca conservar cien hectáreas  de bosque primario y a la vez desarrollar pilotos que sirvan para demostrar la viabilidad de proyectos que permitan elevar el nivel económico de los pobladores amazónicos ayudando a reducir la presión sobre el bosque. 

Para mas información puedes buscar en nuestra pagina 

¿CÓMO PUEDO AYUDAR?

Ambos proyectos son desarrollados gracias a las donaciones de hermanas y hermanos que resuenan apoyando esta responsabilidad.

1.- Si tienes la posibilidad de hacer una donación escríbenos a sralonso@yahoo.es

2.- Quienes estén interesados en integrarse al equipo, ofrecemos oportunidades de voluntariado en el Area de Conservacion Bahuaja. Buscamos voluntarios que puedan establecerse por lo menos dos semanas. Los interesados pueden escribir a areadeconservacion@gmail.com





   

9 de mayo de 2016

Mouros e pedras maxicas de Galicia

En las leyendas gallegas los mouros aparecen siempre vinculados a castros, rocas y penedosPor otra parte “mor” es también un prefijo latino que significa “muerte”. Nos encontramos pues con una raíz verbal presente en dos idiomas distintos y que se refiere tanto a la piedra como a los muertos.




En gallego “mouro” tienes tres acepciones. Como adjetivo significa “oscuro, negro” (del latín "maurus"). Como nombre significa “moro” (traducción al gallego del castellano) y también se aplica para referirse a los “gigantes negros constructores de megalitos y que viven bajo tierra”. En esta última acepción se aprecia claramente su derivación de la raíz “mor”en sus dos significados, ya que hace referencia a las construcciones de piedra y también a los muertos (los que viven bajo tierra). Es imposible datar todos los toponímicos gallegos en los que aparece la palabra mouro. Y seguro que en todos ellos encontrarás una mámoa, un dólmen, o un lugar de adoración.


Los “mouros” no son ni los moros ni tampoco personajes blancos y rubios, sino que son seres de gran tamaño, capaces de mover grandes piedras, cuyo color es oscuro y que viven bajo tierra. Los mouros jamás abandonan sus laberintos subterráneos, en donde ocultan enormes tesoros, pero las fadas, damas o donas (mal llamadas mouras) sí salen al exterior y entablan relación con los humanos. Son bellas mujeres que fueron encantadas y hechas prisioneras por los mouros y que aparecen al amanecer para peinar sus rubios cabellos con un peine de oro, o para hilar y tejer con hilos dorados. El oro y los rubios cabellos son símbolos de los rayos del sol, igual que ocurre en otras leyendas tradicionales indoeuropeas, y el final del cautiverio de la fada representa el amanecer, en el que el sol se libera de la prisión de la noche.

Otra opinión extraída del blog:


En un exceso de etimología ficción podríamos ver en la palabra dos raíces distintas. Una que la acercaría tanto a un prerromano mor (piedra) como al mors mortis latino (del que “morte” en gallego y “muerte” en español). Otra que la relacionaría con “ouro”, oro, todavía en lengua gallega actual.

Esos tres significados explicitan a la perfección las leyendas que rodean a esos seres mitológicos: habitan bajo las piedras erigidas como tumbas, como cementerios. Al mismo tiempo, esconden grandes tesoros de oro, debidos a la rapiña exterior y, sobre todo, a descubrimientos en virtud de haber excavado la tierra con frenesí (los mouros han construido un sistema arterial de túneles que recorre Galicia de norte a sur).
Los relatos acerca de esos fantástico habitantes de castros y túmulos son numerosísimos en Galicia. Aparecen a veces terribles, a veces codiciosos, a veces incluso bienhechores. Las mouras, por su parte, se adornan con epítetos propios de las diosas: mujeres de hermosura irresistible, en ocasiones reclamaban la ayuda del hombre para romper una maldición que las convertía en serpientes.

La moura-serpiente solía traer un clavel en la boca. Para acabar con el hechizo el hombre podía sacarle la flor o darle nueve besos. Este motivo de la sierpe es, precisamente, un nuevo cabo suelto que nos remite a una nueva simbología, también muy popular en Galicia y que conecta, de alguna manera, con un fondo histórico.

Rufo Festo Avieno había aludido a los Oestrymnios, habitantes de lo que era entonces Gallaecia. Este pueblo habría sido desalojado por una invasión de “serpientes”, por los saefes, denominación metafórica para designar la llegada de los celtas. Pero, como dijimos, el campesino gallego resumió elementos de unos y otros, dólmenes castros, serpientes y tesoros escondidos, bajo una misma rúbrica, misteriosa y enigmática, la de los mouros.

Los mouros/as se consideran en la mitología popular los constructores de dólmenes, túmulos, castros, minas romanas y por extensión todo aquel tipo de ruina cuyo origen se pierde en la memoria, como los castillos medievales o algunas casonas y palacios del siglo XVII cuyas entradas tenían forma de arcada.

Incluso en algunas leyendas se llega a decir que son antropófagos e incluso que tienen poderes mágicos. Se dice, por ejemplo, que dando una patada al suelo pueden abrir una brecha y entrar por ella al subsuelo donde se esconderían. En muchas de ellas se cuenta que aún viven actualmente escondidos bajo los túmulos y castros en grandes palacios. Estos palacios se dice que estaban llenos de tesoros por lo que hubo una época en el pasado en que se expoliaban los restos arqueológicos en busca de estos, destrozando parte de nuestro patrimonio histórico.


De la Wikipedia copiamos:

La voz latina maurus (de donde el gal. mouro) para el filólogo Isodoro Millán procede del celta mrvos afín al término indoeuropeo mr-tuos, que nos conduce al latín mortuus. De ahí que muchos autores sostengan que los mouros eran razas ya desaparecidas, muertos. Para otros su nombre está relacionado con el gallego ouro. Y es que los mouros eran criaturas que vivían en el subsuelo en guaridas y túneles bajo la tierra, donde —dependiendo de la zona— se dedicaban a la extracción del oro (de ahí el porqué de su nombre). Eran presentados como «no bautizados» y paganos (hay que recordar que Galicia estaba muy influenciada por la iglesia en esos momentos). Los mouros trabajaban en la orfebrería y en algunos casos eran oscuros de piel, como si fuesen gente ajena a la tierra gallega, mientras que las mouras tenían fama de hechiceras y eran pelirrojas ("rubio" es usado en gallego para referirse al color rojo, no al amarillo como comúnmente se piensa) de tez blanca. Son iguales a los humanos excepto en que viven bajo tierra, son ricos, tienen poderes mágicos o viven bajo algún encantamiento; se suelen aparecer a personas en solitario proponiéndoles pruebas de valor, o bien realizan negocios o intercambios con los humanos de los cuales éstos son pagados con oro, excepto si cuentan a los demás el origen de su riqueza (el negocio con el mouro) en que el oro se convierte en piedras o carbón. También poseían fama de guardianes de fabulosos tesoros, que constituyen el origen de la riqueza de varias familias.

Es habitual que en la mentalidad de los campesinos, a pesar de que los mouros eran poderosos y paganos, vivían de una forma muy similar a la del pueblo gallego campesino dado que este pueblo no conocía otra forma de vida; los mouros daban sepulturas a sus muertos y los honraban, escuchaban misas de su culto y tenían sus propios sacerdotes mouros. Además, les gustaba comer carne, beber vino y danzar por las noches, además de ser muy dados (las mouras especialmente) a intentar seducir a los campesinos. También solían hacer tratos con los aldeanos mediante los cuales el cristiano debe entregar periódicamente algo al mouro (normalmente leche, vino o algún bien de los que el mouro no disponía) y este le paga un alto precio, mas el mouro exige total discreción respecto del pacto. De no poder aguantarse el campesino sin contarlo, el mouro era implacable a la hora de cortar este trato.


En Galicia a esas mouras y mouros se les considera tradicionalmente anteriores a los romanos (Risco, V. 1927, 8). Este termino se utiliza con el mismo sentido que la palabra muerto, es decir, un ser que ya no pertenece a la comunidad de los cristianos vivos. Etimológicamente, según Millán González Pardo, tiene un origen muy significativo pues es una palabra relacionada con el céltico *mrvos, afín, aunque diferente en la forma, con el término indoeuropeo que produjo el latín mortuus (*mr-tuos).

De ella procede también directamente la voz que utilizaron los celtas luso-gallegos: maruos = muerto (Millán González-Pardo, 1990, 550). Ahora bien, el término muerto no tenía, como lo tiene para nosotros, el significado de fin absoluto de algo vivo. La muerte era un tránsito, un paso de un estado de existencia a otro, necesario para introducirse en el mundo de los antepasados en el que se seguía viviendo.

De manera que el muerto, no es tal, sino un antepasado, un ancestro que vive permanentemente en nuestro recuerdo y que interviene en nuestras decisiones y comportamiento. Y el mouro y la moura son, igualmente, los antepasados remotos, los desaparecidos hace mucho tiempo.



Antes de empezar hay que aclarar un punto importante: mouros y mouras no son lo mismo.
Aunque actualmente a nivel popular ambas criaturas no se diferencien, sí se diferenciaban en su momento y por lo tanto aquí hablaremos de ellos de forma diferenciada como corresponde, sobre todo porque cada uno cumple una función distinta. Por lo tanto no debemos confundir a las mouras con la raza mítica de los mouros, ni pensar que éstos son sus acompañantes masculinos, aunque en algunos relatos se suelen mezclar a los unos con las otras por la sencilla razón de que sus apariciones también tienen lugar en los mismos territorios: en los castros y en los túmulos.
Los mouros básicamente, pertenecerían a una raza de seres ancestrales (con manifestaciones actuales), mientras que las mouras pertenecen al llamado mundo de los elementales o espíritus de la naturaleza.
Sobre los mouros empezó a escribir Vicente Risco en Os mouros encantados en la Revista Nós (1927) y también existen referencias a ellos en trabajos llevados a cabo por catalogadores de los castros gallegos, de monumentos del pasado o de ciertos espacios de especial significación local.
¿Qué o quiénes son?
Los mouros son, según las leyendas, “los constructores de los castros, túmulos castillos, petroglifos, rocas, cuevas, etc. Son un pueblo mágico, hoy escondido bajo tierra. A nuestro parecer, son los antiguos habitantes de Galicia, transformados y encantados” (González Reigosa, 2008:171,172). Durante el transcurso del tiempo, la palabra mouro pasó a ser usada como “otro”, “extraño”, “antiguo”, para hablar de cualquier cosa o hecho del pasado que no se podía explicar por otra vía.
En muchas de las historias que podemos leer sobre ellos se les atribuyen cualidades que se contraponen a los labradores, esto era la mayoría de la población gallega hasta bien entrado el siglo XX. En ellas se les describe con una vida poderosa y regalada que es todo lo contrario a lo que era la vida en Galicia.
Miranda recoge un breve cuento de los mouros que permite hacer un bosquejo gráfico de la idea que tenía el pueblo de estos personajes:
“Debajo de los castros está enterrado un mundo oscuro y misterioso que es el lugar de residencia de los mouros. Es un complejo laberinto de cuevas, galerías, túneles y minas escavadas bajo tierra. En él guardan una gran cantidad de tesoros y riquezas. Los túneles y galerías comunican a menudo con un río, fuente o pozo en donde los moradores de los castros acuden a beber, intentando no dejarse ver, o por el agua para ellos y su ganado y para dar de beber a sus caballos. Los restos de las viviendas castreñas, de los recintos defensivos y mismo de los vestigios arqueológicos más comunes son todos obra de los mouros soterrados” (2001:14). “Hacen vida nocturna y normalmente son de color negra o terrosa, aunque algunos son rubios y blancos, luminosos. […] A pesar de su calidad de mágicos, hacen actividades propias de los humanos: cocinan, lavan, tuercen la ropa, la tienden en los monumentos, van por agua…” (Miranda et. al, 2001:17).

Una breve reseña a la Pedra dos Mouros de Paradela, en Meis:


(Este texto ha sido reelaborado a partir de diferentes versiones en internet de las que he citado al menos aquellas que tengo acceso: wikipedia, turismoenxebre.com y sobreleyendas.com www.galicia-meiga.com 
No es mi intención copiar o plagiar contenido ajeno sino compartir un poco del contenido para que los interesados puedan visitar la web original y ampliar la información).








29 de abril de 2016

El camino invisible - Alonso del Rio

No tengo duda de por qué la antigua enseñanza nos habla de dos caminos: uno de ida y otro de vuelta. Un camino visible y otro invisible, un camino hacia la diversidad y otro hacia la unidad, uno hacia la mente y otro hacia el corazón, uno hacia el conocimiento y otro hacia la sabiduría.

Este libro es el comienzo del camino de retorno. Está pensado y sentido para todos los hermanos y hermanas que han intuido el final del primer camino. ¿A dónde más vas a buscar? ¿Cuánta información más quieres tener? ¿De qué tamaño quieres dejar crecer tu ego antes de ofrendarlo? Si crees que ya está suficientemente maduro y listo para empezar el camino invisible, que es inútil seguir llenándote solo de información al infinito, que ya no hay más dónde buscar sino en tu interior, este es tu libro y está hecho para ti, porque está escrito desde el interior y, en el interior, todos somos iguales. Este es uno de los secretos de la unidad.

Si no estás listo para iniciar el viaje de regreso y crees -con todo derecho- que necesitas más tiempo para aprender más y enriquecer tu personalidad, te suplico que no sigas leyendo, pues quizás más adelante encuentres frases y verdades que pueden ofender tus creencias, y esa no es de ninguna manera mi intención. La enseñanza del camino invisible es muchas veces contraria al camino visible y si no estás realmente maduro para el gran viaje de retorno, simplemente no lo entenderás o no podrás manejar la intensidad del amor y del dolor que estas páginas esconden.

Hablar de la sagrada unidad de todo lo que existe no solo es abrirse al inconmensurable amor que es el sustento de toda la existencia, sino también a todo el dolor de todo lo que sufre. Tu capacidad de amar es la misma que tu capacidad de sufrir. Se trata de tu sensibilidad, de la intensidad con la que sientes. Si crees que es un logro volverse inmune al sufrimiento de los otros, tú mismo le pones un límite a tu capacidad de amar. Recuerda bien esto: tu capacidad de sentir el dolor es la misma que tu capacidad de sentir el amor, es exactamente la misma. El amor y el dolor son las dos alas que nos dan al final del camino de ida y sin las cuales es imposible volar sobre el camino de regreso. ¿Alguna vez has visto un ave volando con una sola ala?

El camino invisible no tiene reglas, no tiene tiempo; si lo ves, ya lo hiciste. No hay forma de prepararte para recorrerlo mejor, porque no se camina, se vuela. Aunque no hay diferencia entre la meta y tú, igual se vuela. No hay forma de aprenderlo, tienes que saberlo; y tu vuelo depende del tamaño y la potencia de tus alas, de tu amor y tu dolor.


Alonso del Río, Tawantinsuyo 5.0 .
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Página web de Alonso del Río 





7 de marzo de 2016

La Sabiduria de la Inseguridad - Alan Watts


Cuando cada momento se convierte en una expectativa, la vida queda privada de realización plena y se teme la muerte, pues parece que la expectación debe terminar. Mientras hay vida, hay esperanza..., y si uno vive de la esperanza, la muerte es realmente el fin. Mas para la mente no dividida, la muerte es otro momento, completo como todo momento, y no puede ceder su secreto a menos que se viva plenamente...

Y me tiendo en la tierra con ganas.

La muerte es el epítome de la verdad de que en cada momento nos vemos lanzados a lo desconocido. Cuando llega la muerte, ya no es posible seguir aferrándose a la seguridad, y cuando el pasado y la seguridad se abandonan, tiene lugar la renovación de la vida. La muerte es lo desconocido donde todos nosotros hemos vivido antes de nacer.

Nada es más creativo que la muerte, puesto que es todo el secreto de la vida. Significa que es preciso abandonar el pasado, que lo desconocido no puede evitarse, que el «Yo» no puede continuar y que, en última instancia, no puede haber nada fijado. Cuando un hombre sabe esto, vive por primera vez en su vida. Si retiene el aliento, lo pierde; si lo deja ir, lo encuentra. 

Und so lang du das nicht hast,Dieses: Stirb und werde!Bist du nur ein trüber Gast
Auf der dunklen Erde. 



24 de febrero de 2016

El moderno mercado de la espiritualidad y la evasión espiritual

En la cultura contemporánea existe tal cantidad de especialidades espirituales mal definidas, tal exceso de egos disfrazados de espiritualidad, tal abundancia de superficialidad y engaño que se hacen pasar por auténtica espiritualidad, que se ha vuelto cada vez más difícil identificar prácticas que sean verdaderamente legítimas y transformadoras. Una sociedad como la nuestra que busca la gratificación instantánea, es especialmente susceptible a promesas de autosuperación de “rápido apaño” y esto se extiende al mundo del progreso espiritual.


Es posible que muchos de nosotros nos encontremos ansiosos por escapar del continuo dolor de nuestras heridas no resueltas y necesidades insatisfechas a través de métodos que prometen librarnos de nuestro sufrimiento lo más fácil y mágicamente posible. 

Quienes somos propensos a la credulidad espiritual tendemos a confundir el escepticismo con el cinismo. Creemos que confiar en la gente es un estado espiritual más ideal, y nuestra falta de discernimiento tiene la desafortunada consecuencia de meter en el mismo saco tanto elementos descabellados como auténticos de la espiritualidad contemporánea.

Tenemos la tendencia a confundir amor con sentimentalismo, rabia con agresividad, compasión con lástima, ser amables con ser buenos, ser inteligentes con ser listos, la aceptación con la tolerancia exagerada y la receptividad con pasividad, sin límites saludables. Sin embargo, una vez que los crédulos espirituales se dan cuenta de la locura en la están pueden irse al otro extremo y tachar de charlatanes a la gran mayoría de quienes practican y enseñan la espiritualidad saliéndose de lo corriente. 

La credulidad espiritual supone un gran negocio en nuestra economía consumista. Lo queremos todo rápido, sea lo que sea lo que incluya ese “todo”. Quienes quieren hacer negocio a nuestra costa lo saben bien y basan su publicad en ello, contando con nuestra credulidad (que normalmente se adorna como “estar abiertos” o “ser receptivos”). Sus promesas son a menudo tan escandalosas como, por ejemplo, los eslóganes tipo “tú puedes manifestar lo que quieras” de los vendedores del pensamiento positivo. El hecho de que las recibamos sin cuestionarlas, e incluso con entusiasmo, demuestra una profunda ingenuidad impregnada con un anhelo de un mañana mejor con las mínimas molestias y dolor posibles. 

Es tal la abundancia de credulidad espiritual que existe en nuestra cultura que aquellos que se sientan atraídos a sacar provecho de ella pronto tendrán seguidores o una clientela que compre incondicionalmente lo que vendan, y eso tiende a reforzar la creencia de que son personas muy especiales. Quienes se ponen a la venta en el mercado de los crédulos espirituales no son, en su mayor parte, timadores, ya que por lo general, creen en si mismos y en lo que están haciendo. Hasta puede que consideren que sus más flagrantes manipulaciones no son más que pasos necesarios para ayudar a sanar a los demás. 

Sin embargo, el antídoto no consiste en volvernos recelosos o sentir repugnancia por la espiritualidad y la metafísica, sino en desarrollar un agudo sentido del discernimiento que no restrinja nuestra capacidad de abrirnos al mundo. 

La idea de que creamos nuestra propia realidad y podemos controlar todos los aspectos de nuestra vida solo con desearlo con la suficiente fuerza se ha popularizado a través de gran parte de la espiritualidad de la Nueva Era, sobre todo a través del evangelio de la conciencia de la prosperidad y las leyes de la atracción, difundido en libros como El Secreto. Pero no deberíamos subestimar la parte sombría de estos conceptos flamantes de “puedes tenerlo todo”: han engendrado creencias como la noción de que somos completamente responsables de nuestra enfermedad o de cualquier otra cosa que nos suceda, simplemente, porque nosotros, y solo nosotros, lo hemos creado. 

Quienes se aferran a semejante sistema de creencias se dejan muy poco espacio de maniobra cuando descubren que tienen una enfermedad seria: creen que son ellos los que han hecho que se manifieste, que son responsables de la misma. Esto genera unas potentes contradicciones para la aparición de la culpabilidad. En lugar de investigar a fondo la naturaleza de nuestra enfermedad, podemos quedar aún más debilitados por la culpabilidad que sentimos por haberla creado.

La creencia de que nosotros creamos literalmente nuestra realidad conlleva a menudo una cierta grandiosidad, al atribuir sin ningún sentido crítico un poder desmesurado o imposible a nuestra capacidad para desear, querer e imaginar. Los practicantes espirituales que se hallan atrapados en esta creencia, pueden sentirse “inflados” con la idea que solo ellos crean su realidad.  

Cuando estamos atrincherados en la evasión espiritual tenemos tendencia a que las relaciones nos gusten sólo por el lado bueno: ni confrontaciones, ni rabia, ni sentimientos enrevesados, nada que nos haga “quedar mal”. Por eso, en el menú de las relaciones predominan a menudo las sonrisas y una amabilidad incesante: todo el mundo hace todo lo posible para que todo sea agradable. No sólo hay negación, sino también disociación que se hace pasar por desapego y ecuanimidad espiritualizados. Esta desconexión nos aísla de la vulnerabilidad y profundidad necesarias para que pueda haber una auténtica intimidad.

Puede ocurrir lo contrario: en lugar de emprender simplemente una huida hacia la disociación, la emprendemos hacia la fusión. En este caso, los límites personales pueden debilitarse o marginarse lo suficiente como para llegar a disolver las diferencias entre los miembros de la pareja. Dicha fusión, sean cuales sean sus trampas románticas, es una especie de homogeneización interpersonal. Así pues, nuestras relaciones pueden estar dominadas por la disociación (separación malsana) o por la fusión (conexión malsana), dos caras de la misma moneda de límites disfuncionales.  La primera se hace pasar por un “no apego” y la segunda, por una “comunión”, intimidad, “ser uno”. 

Exactamente como en las relaciones convencionales. 

(Extractos de La evasión espiritual. Dr. Robert Augustus Masters)