Ayahuasca Info

4 de enero de 2015

La segunda fantasía de Alan Watts

La segunda fantasía consiste en la idea de que todo ser vivo cree que es humano, tanto si se trata de una planta, como de un gusano, un virus, una bacteria, una mosca de la fruta, un hipopótamo, una jirafa o un conejo. 


Todos los seres, sea cual fuere su sistema sensorial, creen que están en el centro. Es decir, miren donde miren, tienen la sensación de que son el centro del mundo, del universo. Eso no sólo nos sucede a nosotros, sino también a la mosca de la fruta o el conejo. Alrededor de cada ser hay una serie de asociados que tienen su mismo aspecto, y, en consecuencia, esa criatura sabe que los otros seres como ella son los idóneos, al igual que nosotros sabemos, al mirar a los demás seres humanos, que son los idóneos, son de los nuestros. Una vez establecido esto, es preciso hacer distinciones, desde luego, porque uno nunca sabe realmente que es él y que está en los lugares apropiados si no puede compararse y contrastarse con otras personas que no acaban de estar en el sitio apropiado, y algunas otras que están sin duda donde no les corresponde. Por medio de esta sucesión de comparaciones, uno sabe que sus características y su posición son las correctas. Los demás animales, incluso los insectos, tienen exactamente la misma comprensión de este convenio.


—Un momento —objeta usted—. Los insectos y los peces no tiene ninguna cultura. ¿Qué quiere usted decir con eso de que los peces tienen derecho a considerarse de la misma manera que lo hacen los humanos? Permítame presentar el argumento desde el punto de vista de los peces, los cuales piensan: «Los seres humanos son un desastre. Mirad lo que hacen: no pueden existir sin amontonarse y llevar toda clase de cosas fuera de sus cuerpos; han de tener casas, auto-móviles, libros, discos, televisión, equipos de alta fidelidad y objetos, innumerables objetos, y llenan la tierra de basura». 


Considere el punto de vista de un delfín (no es un pez verdadero, sino un mamífero) sobre la raza humana. Los delfines se pasan la mayor parte del tiempo jugando; no trabajan porque el océano es su almacén de alimentos y tienen en él cuanto necesitan. Un delfín puede nadar a la velocidad de un barco, introducirse en la estela y colocar la cola en un ángulo exacto de 26°, haciendo así que la corriente le transporte. El delfín traza círculos alrededor del barco sólo por diversión, y se pasa la vida jugando en el agua. Sabemos que el cerebro del delfín es tan grande., si no más, como el nuestro, que tiene un inteligencia  increíble  y un lenguaje que no podemos descifrar. Un amigo mío, el doctor John Lilly, llegó a la conclusión de que los delfines son demasiado inteligentes para revelarnos su lenguaje, por lo que abandonó su proyecto de averiguarlo. Dijo que ya no mantendría a un ser tan civilizado en el campo de concentración de un zoológico, y que debería regresar al océano. La cuestión es que todo ser, no sólo los delfines, sino todo organismo que tenga cualquier clase de sensibilidad, se considera el centro del universo. 


Ahora bien, esta idea tiene sus problemas. Dice un poema zen que «el dondiego de día, que florece durante sólo una hora, no difiere en el fondo de un pino gigante que vive mil años». En otras palabras, una hora es una larga vida para el dondiego de día, y mil años son una larga vida para el pino. Y nuestros 90 años, o la media de vida, que las compañías de seguros establecen entre los 65 y los 70 años, parecen la duración adecuada de la vida humana. Hay personas que quieren vivir más y más, a las que impresiona la inmortalidad y quieren que, a su muerte, sometan su cuerpo a hibernación, por si en el futuro se descubre alguna técnica que permita resucitarlos. 


No estoy de acuerdo con esa idea, porque afortunadamente la naturaleza ha dispuesto el principio del olvido tanto como el de la memoria. Si siempre lo recordáramos todo, seríamos como una lámina de papel sobre la que han pintado una y otra vez hasta que no queda ningún espacio, y no podríamos distinguir entre una cosa y otra, o como un grupo de gente que grita y hace más y más ruido hasta que es imposible oír a nadie en concreto. De la misma manera, los recuerdos se convierten en gritos. La naturaleza misericordiosa se preocupa de borrar todo eso para que uno pueda comenzar de nuevo. 


No importa la forma en que uno empieza, ya sea como un ser humano, como una mosca de la fruta, un escarabajo o un pájaro, puesto que esa forma percibe de la misma manera que usted percibe ahora. Por eso todos estamos en el mismo lugar, todos tenemos por encima cosas mucho más altas que nosotros mismos, y por debajo cosas que son mucho más bajas que nosotros. Hay cosas a la izquierda y la derecha, delante y detrás. Usted es el centro, en todas partes, siempre. 


El gurú tramposo. Alan Watts



3 de enero de 2015

La tercera fantasía de Alan Watts

Me parece que nadie ha formulado en serio las preguntas: «¿Cómo empezaron las estrellas?» «¿Por qué?» «¿Cómo surgen del espacio esos enormes centros radioactivos?» 

Voy a resolver este problema utilizando la analogía del huevo y la gallina, diciendo: «La gallina es una manera que tiene el huevo de convertirse en otros huevos». Supongamos ahora que un planeta es una manera que tiene la estrella de convertirse en otra estrella. Cuando las estrellas estallan, envían al espacio una gran cantidad de sustancia viscosa, parte de la cual se solidifica formando unas bolas que entran en órbita y giran alrededor de la estrella. 

Y tal vez una vez entre mil, una de esas bolas evoluciona como el planeta Tierra, y lentamente surge en él lo que algunos llamarían una enfermedad, la bacteria de la vida inteligente. Con esos seres a los que llamamos vivos, llega la noción de que deben seguir adelante. Tienen en su cabeza la idea fija de que deben seguir haciendo lo que hacen, sea lo que fuere, y hacerlo cada vez mejor. Se dividen en especies diferentes, y estas especies compiten entre sí a fin de, por así decirlo, flexionar sus músculos y mejorar lo que son. Siguen haciendo esto hasta que una especie llega a establecerse sin discusión en el planeta determinado, tal como nosotros, los seres humanos, de la especie Homo sapiens, nos hemos establecido en la Tierra como la especie superior, sea cual fuere el significado de ese adjetivo. 

Luego, cuando tenemos un poco de ocio y no hemos de dedicarnos continuamente a buscar alimentos que llevarnos a la boca, empezamos a formular preguntas. Miramos a nuestro alrededor, a los demás y a todas las cosas, y nos preguntamos: «¿Qué es esto? ¿Qué pasa aquí?» Algunas personas responden: «Es estúpido hacer semejantes preguntas. ¿Por qué no sigues haciendo tu trabajo? Vete a cazar, a ocuparte del campo, a tus negocios». Pero persistimos: «No, existen cosas superiores». Y así creamos una clase especial de gentes a los que en la India llaman brahmanes y, entre nosotros, se conocen como filósofos, científicos, teólogos y pensadores. Y como se ocupan de reflexionar en los motivos por los que estamos aquí, se les exime de las faenas agrícolas, de cazar, de trabajar en las minas o de fregar los suelos, y acuden a unos sitios muy especiales llamados universidades, donde pueden sentarse y pensar en lo que sucede a su alrededor. Hacen lo que se llama filosofía, lo cual significa que tratan de decir lo que significa. ¿Qué significa la palabra ser, la palabra existir? ¿Qué significamos cuando decimos que estamos aqui? Y descubren que no pueden llevar la cuestión demasiado lejos, porque la palabra pierde todo significado y se convierte en una especie de ruido. 

—Ahora llegamos realmente a lo esencial dicen— y lo que hemos de hacer en vez de dedicarnos todo el tiempo a pensar, teorizar y hablar de lo que sucede, es investigarlo experimentalmente. De algún modo tenemos que examinar eso que llamamos realidad, el mundo material, y averiguar qué es. 

Empiezan, pues, a cortarla. Diseccionan flores, abren las semillas y miran su interior. Ahí encuentran algo y entonces necesitan una lupa para examinarlo y dividirlo en piezas cada vez más pequeñas, razonando que finalmente deben llegar a una partidla llamada átomo. La palabra griega átomos significa «algo que no se puede cortar», que ya no es posible dividir más, lo absolutamente irreductible... Eso se creía antaño, pero luego los científicos descubrieron que es posible dividir el átomo y descubrieron el electrón, el positrón, el mesón y un etcétera de partículas que se extiende indefinidamente. 

Finalmente decidieron que cada átomo de materia contiene una energía inmensa, y que esa energía podría liberarse. El problema con los intelectuales es de considerar que todo lo que puede hacerse debe llevarse a cabo. Y, siguiendo el curso necesario del desarrollo de la naturaleza, descubrieron cómo hacer volar la Tierra en fragmentos y convertirla en una estrella. 

Puede que ése sea el origen de las estrellas. Tienen planetas como las gallinas ponen huevos, y éstos se rompen y se convierten en gallinas. Los planetas estallan gracias al concurso de la vida inteligente y se convierten en estrellas que arrojan al espacio otras bolas de barro, algunas de las cuales tienen una posibilidad razonable de hacer surgir nueva vida inteligente, una posibilidad tan razonable como la que tiene cualquier espermatozoide cuando penetra en la matriz femenina de convertirse en un bebé: una entre un millón. 

Es posible que esta fantasía le parezca bastante desagradable. Quizá tenga la sensación de que las cosas van mal, en la dirección equivocada. Si la cumbre de la vida, esta tierna sustancia biológica con todos sus tubos, filamentos y nervios que son tan sensibles, si todo esto acaba consumiéndose en el fuego, en una definitiva llamarada incandescente, ¿no será una verdadera lástima? ¿Es así realmente cómo todo termina? 

Muchas personas dicen que quieren ver la luz, quieren ser iluminados, disolverse en la luz de Dios. Luego, cuando han logrado dar cumplimiento a ese deseo (una vez más) el proceso continua, la Tierra/estrella estalla y lanza esas bolas de barro, vuelven a crearse los planetas y de nuevo es usted un bebé, un niño, las flores tiene brillantes colores, las estrellas son maravillosas, el aroma de la tierra, el sonido de la lluvia. todo vuelve a ser delicioso una vez más. Y una vez más ve usted al otro, al hombre, a la mujer que ama como si eso nunca hubiera sucedido antes, todo empieza de nuevo. 

A medida que la vida sigue su curso, se hace cada vez más intensa, los problemas devienen más y más problemáticos y usted descubre que está luchando con algo que no puede controlar. Es preciso que lo controle, pero le resulta absolutamente imposible. Como todos los problemas del mundo en la actualidad, todo lo que ocurre en la escena está por entero descontrolado. Sabemos que vamos hacia nuestra condenación porque una vez más vamos hacia el nacimiento de una estrella, que es el objeto más creativo que existe.


El gurú tramposo, Alan Watts.




2 de enero de 2015

No existen los pensamientos iluminados - Adyashanti

Buda mismo dijo que todos los dharmas están vacíos. Los dharmas son las enseñanzas, las verdades mismas que él enseñaba. Una de las verdades que decía es que todos los dharmas, todas esas verdades que contaba a sus discípulos, estaban vacías. 


La verdad de quién eres está mucho más allá de incluso los mayores dharmas, los mayores sutras, las mayores ideas que jamás se puedan decir, escribir o leer. 


Internamente esto se experimenta como destrucción. Suelo decir a la gente que no se equivoque: la iluminación es un proceso destructivo. 


No tiene nada que ver con ser mejor, ni con ser más o menos feliz. La iluminación es el desmoronamiento de la no-verdad. Es mirar más allá de la fachada del fingimiento, la completa erradicación de todo lo que imaginábamos que era verdad, desde nosotros mismos hasta el mundo. En este proceso descubrimos que incluso los mayores inventos de las grandes mentes de la historia humana no son sino sueños de niños. Empezamos a ver que todas las grandes filosofías y todos los grandes filósofos son parte del sueño. 


El despertar en el plano mental es como abrir la cortina, como Dorothy en El Mago de Oz. Ella espera ver al Gran Oz, pero cuando se abre la cortina, el Gran Oz es un hombrecito que pulsa palancas. Ver la naturaleza de la mente es parecido. Es algo radical. No esperábamos ver que todo lo que considerábamos verdadero en realidad forma parte del estado onírico y mantiene dicho estado. 


No existen los pensamientos iluminados. Ver esto puede ser un gran shock para nuestro sistema. De hecho, la mayoría de nosotros nos protegemos de esta verdad. Decimos que queremos la verdad, pero ¿la queremos realmente? Decimos que deseamos ver la realidad, pero cuando aparece, es muy diferente de lo que habíamos pensado. No encaja en nuestro contexto ni en nuestras imágenes. Es algo que está absolutamente más allá de ellos. Y no sólo eso, sino que en realidad destruye nuestra capacidad de ver el mundo como lo veíamos antes. Convierte nuestro mundo en escombros. 


Cuando todo está dicho y hecho, no nos queda nada. Tenemos las manos totalmente vacías, no tenemos nada a lo que agarrarnos. Como dijo Jesús: «Los pájaros tienen sus nidos en los árboles y los zorros sus madrigueras en la tierra, pero el hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza». No hay concepto, no hay estructura de pensamiento en la que puedas descansar. 


Cuando despertamos en el plano de la mente, empezamos a pensar: «Dios mío, mi manera de ver el mundo era totalmente imaginaria; literalmente estaba hecha de sueños. No tenía la menor base en la realidad. La forma de verme a mí mismo también era completamente imaginaria». No importa que te veas como iluminado o no, como bueno o malo, digno o indigno. La no división mental hace que todas estas estructuras del ego sean barridas completamente. Casi me resulta imposible expresar con coherencia lo completa que es esta destrucción del mundo mental. Es ver que no existe algo como un pensamiento verdadero y entenderlo en el plano más profundo, para ver que todos los modelos que creamos, incluso los espirituales y las enseñanzas, están literalmente hechos de sueños. 


Adyashanti. El final de tu mundo.