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10 de julio de 2020

Visión de las panguanas - Cesar Calvo

-Este es el templo del Arcoíris- dijo desde arriba de la roca, en mis visiones, una cara que recuerdo aunque tampoco he visto nunca.

-Sí, las hembras que no pueden salen pudiendo de aquí. Y los críos que ellas tiempo después conciben, los goces que conciben, son conocidos como Hijos del Arcoíris...

Vi que desde lo alto de la hondonada aparecía un viejo muy viejito apoyándose en una vara de bambú coloreado que agujeaba la tierra, bajaba lentamente con una pareja de perdices, de esas que llaman panguanas. Y ya cerca de mí, no me miraba, veía a través mío las cortinas de agua. "¡Visiones, empiecen!", gritó. Al conjuro de su voz rugosa vi cómo la panguana hembra entró a la roca, pasó bajo las aguas que llovían de la tierra hacia el cielo, se perdió en la penumbra húmeda y musgosa de la cueva de nieve. "¡Qoylluriti!", gritó el viejo. (...) La panguana hembra salió de la roca y puso cinco huevos en el lugar que yo ocupaba, en el sitio de mi cuerpo invisible, sobre la tierra que la tierra no sabía que yo estaba pisando, sin verme. Y la panguana macho voló desde los brazos del viejo y se sentó encima de los huevos. Y vi entonces que yo era la panguana empollando. 

-El macho es quien empolla - sentenció el anciano.
Y vi que yo le decía:
-¿Por qué no puede verme usted, maestro?
-El macho es quién empolla - volvió a decir a solas, sin oírme ni verme.
Y yo, el sitio que era yo, tercamente y en llanto:
-¿Por qué no puede verme, si yo me he vuelto invisible únicamente para que usted me vea...?
Y él, recogiendo las panguanas y los huevos, empezando a subir por la hondonada:
-Será porque has perdido tus poderes, te los habrán quitado...
-¡Usted puede icararme, magnetizarme, protegerme, reclamé. ¡Usted puede sacarme el daño!
-Todo es merecimiento - me escuché decir desde el brujo que se alejaba jadeando, apoyado en su bastón de plata talabarteada que preñaba la tierra.


(Extracto de Las tres mitades de Ino Moxo. César Calvo. Cap. 8 pp. 66-67). Editorial Peisa. Edición de 2015. ISBN: 978-612-305-067-2


27 de junio de 2020

Las perturbaciones mentales - Gueshe Kelsang Gyatso

Todos los seres buscan la felicidad y desean evitar el sufrimiento, pero muy pocos saben identificar las verdaderas causas de estos estados mentales. Esperamos encontrar la felicidad en los objetos externos y pensamos que si tuviéramos la casa y el coche apropiados, un trabajo bien remunerado y buenos amigos, seríamos felices. Dedicamos la mayor parte de nuestro tiempo a cambiar el mundo externo para satisfacer nuestros deseos. Aunque intentamos rodearnos de amigos y posesiones que nos animen y nos hagan sentirnos cómodos y seguros, seguimos sin disfrutar de felicidad duradera. Incluso cuando logramos nuestros objetivos, deseamos algo más. Aunque hayamos encontrado una casa perfecta, al cabo de unos meses la cocina nos parece pequeña, necesitamos otro dormitorio o un jardín más grande y empezamos a pensar de nuevo en mudarnos. Es posible que nos enamoremos de una persona y queramos compartir nuestra vida con ella. Al principio nos parecerá maravillosa, pero pronto empezaremos a advertir sus defectos, nuestro amor disminuirá y buscaremos otro compañero que llene nuestro vacío.

A lo largo de la historia, los seres humanos nos hemos esforzado por mejorar nuestras condiciones externas, pero aun así no somos más felices que nuestros antepasados. Es cierto que se ha producido un gran progreso material en numerosos países, que la tecnología es cada vez más sofisticada y que el conocimiento del mundo físico ha aumentado considerablemente. Hemos descubierto multitud de fenómenos y podemos realizar actividades que antes eran inimaginables. Parece que el mundo está mejorando, pero si lo analizamos con detenimiento, nos daremos cuenta de que ahora tenemos más problemas que nunca. Hemos inventado armas de destrucción masiva y contaminado el medio ambiente, y nuevas enfermedades aparecen sin cesar. Incluso los placeres más básicos, como comer o tomar el sol, se están convirtiendo en un peligro.

Como resultado de buscar la felicidad fuera de nosotros, destruimos el planeta, nuestra vida se vuelve cada vez más complicada y estamos siempre insatisfechos. Por lo tanto, ha llegado el momento de buscar la felicidad en otro lugar. Debido a que la felicidad es un estado mental, debemos buscarla en nuestra mente, no en los objetos externos. Si mantenemos una mente pacífica y tranquila, seremos felices en todo momento. De lo contrario, con una mente insatisfecha, por mucho que alteremos las circunstancias externas, cambiando de casa o de compañero, jamás encontraremos la verdadera felicidad. 

Debemos esforzarnos por transformar nuestra mente. El primer paso para ello es reconocer los estados mentales que producen felicidad y los que causan sufrimiento. En budismo, los estados mentales que producen felicidad se llaman mentes virtuosas, y los que perturban nuestra paz y causan sufrimiento, perturbaciones mentales o engaños. Existen numerosos engaños, como el apego, el odio, los celos, el orgullo, la avaricia y la ignorancia. Son enemigos internos porque nos roban la felicidad y su función es perjudicarnos.

Las perturbaciones mentales son percepciones distorsionadas de nosotros mismos, de los demás y del mundo que nos rodea, y el modo en que perciben los fenómenos no se corresponde con la realidad. Todos los engaños actúan del mismo modo, proyectando una versión distorsionada de la realidad y haciéndonos reaccionar como si esta proyección fuera cierta. Podría decirse que sufrimos alucinaciones. Puesto que nuestra mente está bajo la influencia de perturbaciones mentales sutiles en todo momento, no es de extrañar que nos sintamos frustrados tan a menudo. Es como si persiguiéramos un espejismo que nos decepciona constantemente al no proporcionarnos la satisfacción que esperamos.

(Introducción, pp. 3-5) Ocho pasos hacia la felicidad. Gueshe Kelsang Gyatso.

(GK Gyatso es un erudito kadampa y maestro de meditación nacido en Tibet y residente en UK .Autor de numerosas obras , unifica la antigua sabiduría budista con el modo de vida contemporáneo). 

5 de septiembre de 2019

En ausencia de lo sagrado

Indígenas americanos, aborígenes del desierto australiano, nativos de las islas del Pacífico, indígenas de las selvas ecuatoriales, inuits del Canadá ártico... en realidad todavía no conozco a ningún grupo de nativos que no llame Madre al planeta. Y todos lo interpretan literalmente. Plantas, animales, la vida entera tal como la conocemos se nutre de su pecho. Hemos germinado en su seno, somos parte de ella, nacemos de ella y volvemos a ella para convertirnos en nueva vida. Muchos autores afirman que las sociedades occidentales temen, detestan, destruyen y también reverencian a los indígenas precisamente porque expresan aquellos aspectos psicológicos personales y culturales que tenemos que reprimir para actuar en el mundo como lo hacemos. ¿Cómo podría existir hoy la Civilización Occidental tal como es si un gran número de sus ciudadanos creyera que los minerales, los árboles y la tierra misma están vivos? ¿Y no sólo que están vivos, sino que son nuestros iguales? Nuestra sociedad desaparecería si de pronto creyera que es sacrílego extraer los minerales de la tierra o comprar o vender terrenos...

Millones de indígenas de todo el mundo, ya vivan en los desiertos, en la selva, en las regiones boreales o en Estados Unidos, comparten la idea de que se oponen a un solo enemigo de múltiples brazos: una sociedad cuyas teorías fundamentales, cuyo pensamiento y cuyo sistema de organización política y económica le permiten saquear tranquilamente el planeta y expulsar a los indígenas de sus territorios ancestrales.

Jerry Mander. En ausencia de lo sagrado.


27 de mayo de 2019

Muy bien, muy bien...

En una aldea de pescadores, una muchacha soltera tuvo un hijo y, tras ser vapuleada, al fin reveló quién era el padre de la criatura: el maestro Zen, que se hallaba meditando todo el día en el templo situado en las afueras de la aldea.

Los padres de la muchacha y un numeroso grupo de vecinos se dirigieron al templo, interrumpieron bruscamente la meditación del Maestro, censuraron su hipocresía y le dijeron que, puesto que él era el padre de la criatura, tenía que hacer frente a su mantenimiento y educación. El Maestro respondió únicamente: "Muy bien, muy bien...".

Cuando se marcharon, regogió del suelo al niño y llegó a un acuerdo económico con una mujer de la aldea para que se ocupara de la criatura, la vistiera y la alimentara.

La reputación del Maestro quedó por los suelos. Ya no se le acercaba nadie a recibir instrucción.

Al cabo de un año de producirse esta situación, la muchacha que había tenido el niño ya no pudo aguantar más y acabó confesando que había mentido. El padre de la criatura era un joven que vivía en la casa de al lado.

Los padres de la muchacha y todos los habitantes de la aldea quedaron avergonzados. Entonces acudieron al Maestro, a pedirle perdón y solicitar que les devolviera el niño. Así lo hizo el Maestro. Y  todo lo que dijo fue: "Muy bien, muy bien..."


El canto del pájaro. A. De Mello.