Ayahuasca Info

30 de diciembre de 2013

ASANGA Y EL BUDA MAITREYA

Uno de los santos budistas más famosos de India fue Asanga, eremita del siglo IV que se marchó a la montaña para hacer un retiro en solitario, concentrando su práctica meditativa en el Buda Maitreya, con la ferviente esperanza de ser bendcido con una visión de este Buda y recibir enseñanzas de él.

    Asanga meditó durante seis años con suma austeridad pero no tuvo ni siquiera un sueño auspicioso. Desalentado, llegó a creer que nunca vería cumplida su aspiración de conocer al Buda Maitreya, de modo que interrumpió el retiro y abandonó su ermita. No llevaba mucho tiempo andando por el camino cuando vio a un hombre que pulía una enorme barra de hierro con un retazo de seda. Asanga se acercó y le preguntó qué hacía.


    -Necesito una aguja -respondió el hombre-, y me estoy haciendo una con esta barra de hierro.
    Asanga lo miró atónito; aunque el hombre acabará cumpliendo su cometido al cabo de cien años, reflexionó, ¿qué sentido tendría? De modo que se dijo: . Giró en redondo y regresó a la ermita.

    Pasaron tres años más, durante los cuales siguió sin recibir ninguna señal del Buda Maitreya. , pensó. Así que volvió a marcharse, y pronto llegó a una curva del camino en la que había un enorme peñasco, tan alto que parecía tocar el cielo. Al pie de la roca había un hombre que la frotaba afanosamente con una pluma empapada en agua. Asanga le preguntó qué hacía.


    -Esta roca es tan grande que impide que dé el sol en mi casa, así que he decidido librarme de ella.
    Asanga se sintió asombrado por la energía incansable de aquel hombre, y avergonzado por su propia falta de dedicación. Así que regresó a su retiro.

    Transcurrieron otros tres años sin que tuviera ni un buen sueño. Al fin decidió de una vez por todas que su empresa era desesperada y abandonó el retiro definitivamente. Fueron pasando las horas y, entrada ya la tarde, se encontró con un perro tendido en la cuneta. Sólo tenía las patas delanteras , y la mitad trasera del cuerpo estaba descomponiéndose y cubierta de gusanos. Pese a su lamentable estado, el animal no cesaba de ladrar a los transeúntes y hacía patéticos intentos de morderlos, arrastrándose por el suelo con las patas buenas.


    Asanga quedó abrumado por un vivo e insoportable sentimiento de compasión, y se cortó un pedazo de carne de su propio cuerpo para dar de comer al perro. Después se agachó para quitarle los gusanos que le consumían el cuerpo, pero de pronto se le ocurrió que podía hacerles daño si los cogía con sus dedos, y se dio cuenta de que la única manera de quitarlos era con la lengua. Se arrodilló y, tras mirar la repulsiva masa culebreante, cerró los ojos. Se acercó más, sacó la lengua... y cuando se dio cuenta estaba tocando el suelo con la lengua. Abrió los ojos y miró hacia arriba. El perro había desaparecido; en su lugar estaba el Buda Maitreya, envuelto en un aura de luz trémula.


    -Por fin -dijo Asanga- ¿Por qué no te has aparecido antes?
    -No es verdad que no me haya aparecido antes -le dijo Maitreya dulcemente-. He estado siempre contigo, pero tu karma negativo y tus oscurecimientos te impedían verme. Tus doce años de práctica los disolvieron levemente, y por eso al menos has podido ver al perro. Luego, gracias a tu auténtica y sincera compasión, todos esos oscurecimientos han quedado completamente eliminados y ahora puedes verme ante ti con tus propios ojos. Si no crees que haya ocurrido así, cárgame al hombro y comprueba si alguien más puede verme.

    Asanga se cargó a Maitreya al hombro derecho y se dirigió al mercado, donde empezó a preguntar a todos: <¿Qué llevo en el hombro derecho?> La mayoría de los interpelados respondía que nada y seguía su camino. Sólo una anciana que había purificado ligeramente su karma respondió:
    -Llevas el cadáver putrefacto de un perro viejo, nada más.

    Asanga comprendió por fin el poder ilimitado de la compasión que había purificado y transformado su karma, convirtiéndolo así en un recipiente digno de recibir la visión y la instrucción de Maitreya. A continuación el Buda Maitreya, nombre que significa , condujo a Asanga a un reino celestial donde le dio muchas enseñanzas sublimes que se cuentan entre las más importantes de todo el budismo.



3 de diciembre de 2013

El Nacimiento de mi tristeza / Cuando nació mi alegría (Gibran Jalil Gibran)

EL NACIMIENTO DE MI TRISTEZA

Cuando nació mi Tristeza, la atendí con mil cuidados, y la mimé con amorosa ternura.
Así creció mi Tristeza, fuerte, hermosa y llena de múltiples y maravillosas gracias.
Los dos nos amábamos, mi Tristeza y yo amábamos al mundo que nos rodeaba. Mi querida tristeza era, de noble y bondadoso corazón, y el mío también lo era, cuando estaba lleno de tristeza.
Cuando platicabamos, mi tristeza y yo, los días nos resultaban alados y nuestras noches se engalanaban de sueños, porque mi tristeza era elocuente, y yo a mi vez era de lengua elocuente con ella.
Cuando cantábamos juntos, mi Tristeza y yo, los vecinos se sentaban a la ventana para escucharnos; ya que nuestros cantos eran tan profundos como el mar, y nuestras melodías se llenaban de lejanos y extraños recuerdos.
Cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba amablemente, y murmuraban con mucha delicadeza y dulzura
Tampoco faltó quien nos envidiara, pues mi tristeza era muy noble, y yo sentía mucho orgullo de mi Tristeza.
Pero un día murió mi Tristeza, y como cualquier ser viviente me quedé solo, muy solo con mis reflexiones.
Ahora, cuando hablo, las palabras suenan pesadas en mis oídos. cuando canto, ya no escuchan mis vecinos en sus ventanas mis cantos. Cuando camino solo por la calle, nadie me mira ya.
Sólo en mis sueños escucho voces que me dicen compadecidamente: "Mirad; allí yace el hombre al que se le murió la tristeza".

CUANDO NACIÓ MI ALEGRÍA

Cuando nació mi alegría, la alcé en mis brazos amorosos y dije: "¡Venid, vecinos! ¡Venid a ver! Hoy me subí con ella a la azotea de mi casa y grite: Ha nacido mi Alegría; vengan a contemplarla, vean este sonriente ser que se alegra bajo el sol".
Y ningún vecino acudió a ver mi Alegría, y me sorprendió mucho. Así todos los días, durante siente noches pproclamé el nacimiento de mi Alegría desde la azotea de mi casa, y nadie quiso escucharme, y nos encontramos solos, mi Alegría y yo, sin nadie que nos visitara.
Después, mi Alegría palideció y se enfermó de hastío, por que yo sólo gozaba de su belleza, y sólo mis labios besaban sus labios. Y mi Alegría murió, de soledad y aislamiento.
Ahora sólo recuerdo mi muerta Alegría al recordar a mi Tristeza también muerta.
Pero el recuerdo es sólo una hoja de Otoño que suavemente susurra un instante fugaz en el viento, y luego no vuelve a escucharse más.


Gibran, Khalil

26 de noviembre de 2013

La propia verdad

El Buda no elogió a los que creían en otras personas. No alabó a quienes dependían de las palabras de otros y estaban eufóricos o deprimidos por ellas. Después de comprender las enseñanzas de alguien, no hemos de apegarnos a ellas, porque son las palabras de otro. Aunque sean correctas, lo son para esa persona. Si no las interiorizamos y hacemos que sean correctas en nuestro propio corazón, nunca llegarán a serlo para nosotros y las dudas nunca cesarán de surgir. “¿Es correcto? ¿Tiene el maestro razón? ¿Está equivocado?”, pensaremos. Lo cual significa que no hemos practicado hasta el punto de comprender.

Si alguien dice que algo es correcto, no le creas. Y si dice que incorrecto, tampoco le creas. “Correcto” e “incorrecto” no son más que palabras dichas por otro. Sea cual sea la enseñanza que escuches, interiorízala y practica para comprender su verdad, en el momento presente.
La misma práctica será distinta para diferentes personas, porque cada una tiene distintos grados de sabiduría. Vamos a ver a maestros e intentamos comprender su forma de actuar. Observamos sus métodos y su conducta, pero al hacerlo sólo nos estamos fijando en las cosas exteriores. Lo que podamos ver de su práctica sólo es su aspecto exterior. Si los abordamos de esta forma, nuestras dudas seguirán existiendo. “¿Por qué este maestro practica de este modo? ¿Por qué aquel otro emplea ese método? ¿Por qué uno enseña muchas cosas miestras que el otro apenas enseña?” Todas esas preguntas pueden realmente confundirte. 


Encontrar el camino correcto no depende de estas cosas, sino de cada uno de nosotros. Podemos tomar a otros como buenos ejemplos, pero hemos de mirar con más profundidad en nuestro interior para eliminar las dudas. Así fue como el Buda enseñó a aquel anciano a contemplar el momento presente, a no dejar que la mente se distrajera con el pasado o con el futuro.
De modo que él se dedicó a observar su mente en cualquier situación. Fueran cuales fueran las condiciones en las que se encontrara, no le importaba, lo veía todo como inseguro, como impermanente. El Buda no le enseñó más que esto y él, al ponerlo en práctica, logró comprender el Dharma. 


La rueda del samsara, la ronda de la existencia, da vueltas sin cesar, pero no es necesario que gires con ella. Gira en círculos. ¿Acaso deseas intentar seguirla? Va muy rápida. Si una rueda gira a gran velocidad, puedes permanecer en el centro y dejar que gire a tu alrededor. Una lagartija quizá intente correr tras ella, pero tú puedes mantenerte en el centro y ver cómo la lagartija pasa una y otra vez frente a ti mientras gira la rueda sin haber de perseguirla.


Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.

 

15 de noviembre de 2013

Manjushri

Cuentan que había una vez, en las faldas de las más altas cumbres del mundo, un hermoso valle que era la envidia de los dioses. Para que nadie comparase su belleza con la divinidad lo hicieron inundar con un gran lago. Pero cuando vivió el Bodhisatva Manjunshri pegó un tajo con su espada fabulosa abriendo una brecha de desagüe, y una vez vaciado el lago inmenso fundó en el paradisíaco la ciudad de Katmandú, la que contiene todas las bellezas, promoviendo la construcción de una estupa con la mirada de Buda hacia los cuatro puntos cardinales.
A Manjushri suele evocársele sentado en la posición de loto, con una espada flamígera en una mano y unos libros en la otra. Esa espada simboliza la sabiduría que permite tajar los impedimentos del engañoso mundo que nos muestran los sentidos.
Manjushri fue un discípulo de Buda que, habiendo alcanzado el estado de iluminación, postpuso su entrada en el Nirvana para ayudar a los demás y para promover el conocimiento entre aquellos que desearan progresar en esa vía espiritual.



(Información proveniente de
http://www.viajarcon.es/historiaarte/3-katmandu-nepal.html?showall=1

22 de octubre de 2013

Cera

Cuando te veo a ti y cómo eres,
Cierro los ojos a los demás.
Para tu sello de Salomón todo mi cuerpo
Se convierte en cera. Espero a ser luz.
Dejo de opinar sobre cualquier materia.
Me convierto en la flauta de caña para tu aliento.

Estabas dentro de mi mano
Pero yo seguía intentando coger algo.
Yo estaba dentro de tu mano, pero seguía poniendo preguntas
De las que hacen los que saben muy poco.

Debo de haber sido increíblemente ingenuo o estado borracho o loco
Como para colarme en mi propia casa y robar dinero,
Como para saltar la valla y robar mis propias verduras.
Pero se acabo. Me he librado de ese puño ignorante
Que pellizcaba y retorcía a mi yo secreto.

Me atraviesan el universo y la luz de las estrellas.
Soy la luna creciente que adorna
La puerta de entrada a la feria.

(Rumi)


18 de octubre de 2013

LA DESAPARICION DEL PASADO (Adyashanti)

Si te pones a examinar de verdad lo que sucede cuando no estás pensando en ti mismo, puede que veas que ya no estás pensando en ti mismo, puede que veas que ya no estás separado, que ya no eres “otro”; y en esos momentos advertirás que desaparece todo tu pasado. A algunos les puede asustar comprobar que, cuando no están pensando en su pasado, este literalmente no está.

Pero ¿acaso no resulta muy evidente? Lo que ha pasado, aunque haya sido hace un segundo, ya no está pasando ahora ni volverá a pasar nunca. Lo que pasó hace un minutos, o hace una semana, o hace un mes, terminó casi tan pronto como pasó. Pero nosotros lo grabamos en nuestra mente, claro está. Nuestras mentes son semejantes a una grabadora, en el sentido de que graban el pasado y lo vuelven a reproducir en el presente. Pero lo que está reproduciendo la mente no es el pasado real mismo, sino una representación mental del pasado. Cuando dejamos de pensar, lo único que hay es el ahora. Para que existe el ayer tienes que evocar una idea del ayer; y cuando recordamos el ayer, cuando recordamos un momento del pasado, llegamos a creernos que existe de verdad. Peor todavía: ¡nos creemos que recordamos el pasado con exactitud! Pero todos los estudios que se han realizado sobre la memoria y sobre la exactitud con que recordamos los hechos pasados nos muestran que nuestras mentes empiezan a distorsionar el pasado casi desde el primer momento.

Si queremos encontrar un camino que nos lleve más allá del sufrimiento, tendremos que estudiar este sentido del yo que, en realidad, no es más que una colección de recuerdos que se proyectan, primero, en el momento presente, y después en el futuro. Tendremos que empezar a advertir que lo que pensamos que somos, en realidad no es más que eso, un pensamiento. Es imaginación. Ni nuestros pensamientos ni nuestra imaginación nos pueden decir quiénes somos.

El fin del sufrimiento. Adyashanti.

14 de octubre de 2013

LO QUE BUDA ENCONTRO

El príncipe Siddhartha se sentó en un trozo de hierba kusha bajo un árbol ficus religiosa, investigando y meditando sobre la naturaleza humana. Sin ayuda de herramienta científica alguna llegó a darse cuenta, tras un largo tiempo en estado contemplativo, que toda forma, incluyendo carne y huesos, todas nuestras emociones y percepciones, están juntas, es decir, que todas son producto de una o más cosas juntas, acercándose. Cuando cualquier par de componentes o más se juntan, emerge un nuevo fenómeno: los clavos y la madera se convierten en mesa, el agua y las hojas devienen té, el miedo, la devoción, y el salvador o la salvadora se convierten en Dios. El producto final no tiene una existencia independiente de sus partes. Creer que realmente existe la independencia es la gran decepción. Mientras tanto, las partes han sufrido una transformación. Sólo por encontrarse, sus caracteres han cambiado y, juntos, se convierten en otra cosa: son componentes “compuestos”.

Se dio cuenta de que esto es aplicable no sólo a la experiencia humana, sino también a toda la materia, al mundo entero, al universo, porque todo es interdependiente, todo está sujeto a cambio. No existe un solo componente de la creación en un estado autónomo, permanente, puro. Ni tan siquiera el libro que estás sosteniendo, o los átomos, o incluso los dioses. Sólo que algo exista al alcance de nuestra mente, incluso en nuestra imaginación, como un hombre de cuatro brazos, hasta él depende de la existencia de algo más. Así fue como Siddhartha descubrió que la impermanencia no significa muerte, como solemos pensar, significa cambio. Cualquier cosa que cambia en relación con otra cosa: incluso el cambio más sutil está sujeto a las leyes de la impermanencia.

Con estas certezas Siddhartha encontró al menos una vía para comprender y profundizar en el sufrimiento de la mortalidad. Aceptó que el cambio es inevitable y que la muerte es simplemente una parte del ciclo. Además, se dio cuenta de que no existía un poder omnipotente que pudiese dar marcha atrás a este camino hacia la muerte. No había pues esperanza que pudiese atraparle de nuevo. Si no existe una esperanza ciega, no puede haber decepción. Si uno sabe que todo es impermanente, uno no se aferra, si no te aferras, no piensas en términos de tener o carecer, y por tanto, vives plenamente.

El despertar de la ilusión de permanencia de Siddhartha nos da un motivo para referirnos a él como el Buda, el que está Despierto. Ahora, 2500 años después, vemos que lo que él descubrió y enseñó es un tesoro impagable que ha inspirado a millones de personas. Por otro lado, si Siddhartha estuviese aquí, hoy, estaría más que desilusionado,  pues, para la mayor parte de la humanidad, sus descubrimientos no existen. Eso no quiere decir que la ciencia haya logrado refutar lo que él descubrió, no: nadie ha podido convertirse en inmortal. Todos debemos morir en algún momento, como lo hacen 250000 personas, según se estima, cada día. Personas cercanas han muerto, y morirán. Sin embargo, todavía nos alarmamos y entristecemos cuando algún allegado muere, y seguimos buscando la fuente de la juventud o la fórmula secreta para una larga vida. Viajes al supermercado Bio, biberones de DMDAE y Retinol, clases de yoga-power, ginseng Koreano, cirugía estética, inyecciones de colágeno y cremas hidratantes….todo evidencia clara de que compartimos en secreto el deseo de inmortalidad del Emperador Qin.

El príncipe Siddhartha ya no necesitaba ni deseaba el elixir de la inmortalidad. Tomando conciencia de que todo está junto, que la deconstrucción es el infinito, y de que ninguna parte de sus componentes en toda la creación existe como un estado independiente, permanente y puro, se liberó. Todo lo que se junta (que ahora entendemos como todo), junto con su impermanencia, está unido, atado, en uno, como el agua y un cubo de hielo. Cuando añadimos cubitos de hielo a una bebida, obtenemos ambos. De igual modo, cuando Siddhartha observaba a un paseante, hasta al que parecía más sano, lo veía al mismo tiempo viviendo y desintegrándose. Pueden pensar que quizás no suena divertido vivir así, sin embargo puede ser una buena experiencia ver ambos lados. Podría satisfacerle sobremanera. No es como la montaña rusa de la esperanza y decepción, que sube y baja sin fin. Cuando ves las cosas así, empiezan a disolverse a tu alrededor. Se transforma tu percepción de los fenómenos, por ponerlo de alguna manera se ven más claros. Resulta tan fácil ver cómo la gente cae en la trampa de la montaña rusa que naturalmente sientes compasión. Una de las razones por las que tienes tanta compasión es porque la impermanencia es tan obvia, que resulta que ni la ven.

(Versión de María Eulalia Valls Martínez del fragmento de What makes you not a buddhist , de Dzongsar Jamyang Khyentse)


12 de octubre de 2013

WHAT ABOUT LOVE?

One might think that not all emotions are suffering -what about love, joy, creative inspiration, devotion, ecstasy, peace, union, fulfillment, relief? We believe that emotion is necessary for poetry, songs and art. Our definition of “suffering” isn´t fixed, and it is limited. Siddartha´s definition of “suffering” is much more vast and yet much more specific and clear.

Some kinds of suffering, such as aggression, jealousy and headaches, have an obvious negative quality, while others are more subtly painful. For Siddhartha, anything that has a quality of uncertainty and unpredictability is suffering. For instance, love may be pleasant and fulfilling, but it doesn´t spring independently out of the blue. It depends on someone or something, and therefore is unpredictable. At the very least, one is dependent on the object of love and, in a sense, always on a leash. And the additional hidden conditions are uncountable. For this reason it is also futile to blame our parents for our unhappy childhood or to blame ourselves for our parent´s disharmony, because we are not aware of the many hidden dependent conditions involved in these situations.

Broadly speaking, as long as one is in control, one is happy, and as long as someone else holds the leash, one is unhappy. Therefore the definition of “happiness” is when one has full control, freedom, rights, leisure, no obstacles, no leash. That means the freedom to choose and the freedom not to choose, the freedom to be active or to be leisurely.

There are certain things we can do to bend conditions to our advantage, such as taking vitamins to become strong or drinking a cup of coffee to wake up. But we can´t hold the world still so that it won´t stir up another tsunami. We cant prevent a pigeon from hitting the windshield of our car. A big part of our life revolves around trying to make other people cheerful, primarily so that we can feel comfortable. But we can´t keep another person´s emotions upbeat at all times. We can try, and maybe we´ll even succeed sometimes, but such manipulation requires a great amount of maintenance. It´s not enough to say “I love you” just once in the beginning of a relationship. You have to do the right thing -send flowers, pay attention- until the end. If you fail even once, everything you have built can fall apart. And sometimes, even if you give undivided attention, the object of your attention may misinterpret, not know how to accept, or not be receptive at all.

We might think that we aren´t really suffering, and even if we are, it isn´t so terrible. Many people think, I am OK, I am breathing, I am having breakfast, everything is going as well as can be expected, I am not suffering. But what do they mean? Do they mean this 100 percent? Have they stopped preparing for things to get better? Have they dropped all their insecurities? If such an attitude comes from genuine contentment and appreciation for what they already have, this kind of appreciation is what Siddhartha recommended. But rarely do we ever witness such content; there is always this constant nagging feeling that there is more to life, and this discontent leads to suffering.

Siddhartha´s solution was to develop awareness of the emotions. If you can be aware f emotions as they arise, even a little bit, you restrict their activity; they become like teenagers with a chaperone.

When you begin to notice the damage that emotions can do, awareness develops. When you have awareness, -for example, if you know that you are in the edge of a cliff- you understands the danger before you. You can still go ahead and do as you were doing; walking on a cliff with awareness is not so frightening anymore, in fact is thrilling. The real source of fear is not knowing. Awareness doesn´t prevent you from living, it makes living that much fuller. If you are enjoying a cup of tea and you understand the bitter and the sweet of temporary things, you will really enjoy the cup of tea.

What makes you not a buddhist. Dzongsar Jamyang Khientse.

9 de octubre de 2013

WHAT BUDDHA FOUND

Whithout a single scientific tool, Prince Siddhartha sat on a patch of kusha grass beneath a ficus religiosa tree investigating human nature. After a long time of contemplation, he came to the realization that all form, including our flesh and bones, and all our emotions and all our perceptions, are asembled -they are all the product of two or more things coming together. When any two components or more come together, a new phenomenon emerges -nails and wood become a table; water and leaves become tea; fear, devotion, and a savior become God. This end product doesn´t have an existence independent of its parts. Believing it truly exists independently is the greatest deception. Meanwhile the parts have undergone a change. Just by meeting, their character has changed and, together, they have become something else -they are “compounded”.

He realized that this applies not only to the human experience but to all matter, the entire world, the universe -because everything is interdependent, everything is subject to change. Not one component in all creation exists in an autonomous, permanent, pure state. Not the book you are holding, not atoms, not even the gods. So long as something exists within reach of our mind, even in our imagination, such as a man with four arms, then it depends on the existence of something else. Thus Siddhartha discovered that impermanence does not mean death, as we usually think, it means change. Anything that changes in relation to another thing: even the slightest shift, is subject to the laws of impermanence.

Through these realizations, Siddhartha found a way around the suffering of mortality after all. He accepted that change is inevitable and that death is just a part of this cycle. Furthermore, he realized that there was no almighty power who could reverse the path to death; therefore there was also no hope to trap him. If there is no blind hope, there is also no dissapointment. If one knows that everything is impermanent, one does not grasp, and if one does not grasp, one will not think in terms of having or lacking, and therefore one lives fully.

Siddhartha´s awakening from the illusion of permanence gives us a reason to refer to him as the Buddha, the Awakened One. Now, 2500 years later, we see that what he discovered and taught is a priceless treasure that has inspired millions. On the other hand, if Siddhartha were here today, he would be more than a little dissapointed, because, for the most part, his discoveries lies fallow. That is not to say that modern technology is so great that his findings have been refuted: No one has become immortal. Everyone must die at some point; an estimated 250000 human beings do so every day. People close to us  have died and will die. Yet we are still shocked and saddened when a loved one passes away, and we continue to search the fountain of youth or a secret formula for long life. Trips to the health food store, our bottles of DMDAE and retinol, power yoga classes, Korean ginseng, plastic surgery, collagen injections and moisturizing lotion -these are clear evidence that we secretly share Emperor Qin´s desire for immortality.

Prince Siddhartha no longer needed or wanted the elixir of immortality. By realizing that all things are assembled, that deconstruction is infinity, and that not one of the components  in all creation exists in an autonomous, permanent, pure state, he was liberated. Anything that is put together (which we now understand to be everything) and its impermanent nature are bound together as one, just like water and an ice cube. When we put an ice cube in our drink, we get both. Just so, when Siddhartha looked at someone walking around, even the healthiest person, he saw this person as both simultaneously living and disintegrating. You might think this doesn´t sound like a fun way to live, but it can be an amazing ride to see both sides. There might be great satisfaction. It is no like a roller coaster of hope and dissapointment going up and down. Seeing things in this way, they begin to dissolve all around us. Your perception of phenomena transforms, and in a way becomes clearer. It is so easy to see how people get caught up in the roller coaster, and you naturally have compassion for them. One of the reasons you have compassion is that impermanence is so obvious, yet they just don´t see it.


What makes you not a buddhist. Dzongsar Jamyang Khyentse  
 
 
 

15 de agosto de 2013

PARA QUE HE VIVIDO. Bertrand Russel

Tres pasiones, simples, pero abrumadoramente intensas, han gobernado mi vida: el ansia de amor, la búsqueda del conocimiento y una insoportable piedad por el sufrimiento de la humanidad. Estas tres pasiones, como grandes vendavales, me han llevado de acá para allá, por una ruta cambiante, sobre un profundo océano de angustia, hasta el borde mismo de la desesperación.

He buscado el amor, primero, porque conduce al éxtasis, un éxtasis tan grande, que a menudo hubiera sacrificado el resto de mi existencia por unas horas de este gozo. Lo he buscado, en segundo lugar, porque alivia la soledad, esa terrible soledad en que una conciencia trémula se asoma al borde del mundo para otear el frío e insondable abismo sin vida. Lo he buscado, finalmente, porque en la unión del amor he visto, en una miniatura mística, la visión anticipada del cielo que han imaginado santos y poetas. Esto era lo que buscaba, y, aunque pudiera parecer demasiado bueno para esta vida humana, esto es lo que -al fin- he hallado.

Con igual pasión he buscado el conocimiento. He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué brillan las estrellas. Y he tratado de aprehender el poder pitagórico en virtud del cual el número domina al flujo.. Algo de esto he logrado, aunque no mucho.

El amor y el conocimiento, en la medida en que ambos eran posibles, me transportaban hacia el cielo. Pero siempre la piedad me hacía volver a la tierra. Resuena en mi corazón el eco de gritos de dolor. Niños hambrientos, víctimas torturadas por opresores, ancianos desvalidos, carga odiosa para sus hijos, y todo un mundo de soledad, pobreza y dolor convierten en una burla lo que debería ser la existencia humana. Deseo ardientemente aliviar el mal, pero no puedo, y yo también sufro.

Ésta ha sido mi vida. La he hallado digna de vivirse, y con gusto volvería a vivirla si se me ofreciese la oportunidad.

 Autobiografía. (Prólogo). Bertrand Russel. Ed. Edhasa. 


14 de agosto de 2013

La Gran Corriente - Alan Watts

Parecemos moscas que han caído en un recipiente con miel. Como la vida es dulce, no queremos abandonarla, pero cuanto más participamos en ella, tanto más atrapados, limitados y frustrados nos sentimos. La amamos y la odiamos al mismo tiempo. Nos enamoramos de otros seres y de las posesiones sólo para que nos torture la inquietud que nos producen. El conflicto no es sólo entre nosotros y el universo circundante, sino entre nosotros mismos, pues la naturaleza intratable está tanto en nuestro alrededor como dentro de nosotros. La «vida» exasperante que es a la vez digna de afecto y perecedera, agradable y dolorosa, una bendición y una maldición, es también la vida de nuestros cuerpos. 

Es como si estuviéramos divididos en dos partes. Por un lado esta el «Yo» consciente, a la vez intrigado y desconcertado, la criatura capturada en la trampa. Por otro lado está el «yo», que es una parte de la naturaleza, la carne caprichosa con todas sus limitaciones concurrentes de belleza y frustración. El «Yo» se cree un individuo razonable y critica siempre al «yo» por su perversidad, por tener pasiones que le crean problemas al «Yo», por estar sujeto tan fácilmente a enfermedades dolorosas e irritantes, por tener órganos que se desgastan y apetitos que nunca se pueden satisfacer, diseñados de tal modo que si uno trata de saciarlos plenamente, con una especie de «golpe» definitivo, se enferma. 

Quizá lo más exasperante del «yo», de la naturaleza y el universo, es que nunca se quedan «quietos». Es como una mujer bella a la que nunca cogerán, y cuyo encanto radica en su misma naturaleza huidiza, pues el carácter perecedero y mudable del mundo forma parte de su vivacidad y su encanto. Por este motivo los poetas suelen alcanzar altas cotas de lirismo cuando hablan del cambio, de la «transitoriedad de la vida humana». La belleza de esa poesía radica en algo más que en una nota de nostalgia que produce un nudo en la garganta: 


Ya han terminado nuestras francachelas. Estos actores nuestros,
Como te predije, eran todos ellos espíritus, y,
Se han fundido en el aire, en la atmósfera tenue:
Y, como el tejido infundado de esta visión,
Las torres nimbadas de nubes, los magníficos palacios, Los templos solemnes, el gran globo en sí,
Sí, todo cuanto hereda, se disolverá,
Y, como este insustancial espectáculo desvanecido,
No dejará detrás un solo vestigio.

¿No es, entonces, una extraña incongruencia y una paradoja antinatural que el «Yo» se resista al cambio en «yo» y en el universo circundante? Pues el cambio no es simplemente una fuerza de destrucción. Toda forma es realmente una pauta de movimiento, y todo ser vivo es como el río, el cual, si no fluyen, nunca podría desembocar. La vida y la muerte no son dos fuerzas opuestas, sino simplemente dos maneras de contemplar la misma fuerza, pues el movimiento del cambio es tanto el constructor como el destructor. El cuerpo humano vive porque es un complejo de movimientos, de circulación, respiración y digestión. Resistirse al cambio, tratar de aferrarse a la vida, es, pues, como retener el aliento: si persistes, te matas.


Al pensar en nosotros mismos como divididos en «Yo» y «yo», olvidamos fácilmente que la conciencia también vive porque se mueve. Es tanto una parte y un producto de la corriente de cambio como el cuerpo y todo el mundo natural. Si lo consideras cuidadosamente, verás que la conciencia —eso que llamamos «Yo» — es en realidad una corriente de experiencias, sensaciones, pensamientos y sentimientos en constante movimiento, pero debido a que estas experiencias incluyen los recuerdos, tenemos la impresión de que «Yo» es algo sólido e inmóvil, como una tablilla en la que la vida inscribe su crónica. 

No obstante, la «tablilla» se mueve con los dedos que escriben, como el río fluye junto con las ondas del agua, de modo que la memoria es como una crónica escrita en el agua, no una crónica con caracteres grabados, sino con olas a las que otras olas, llamadas sensaciones y hechos, ponen en movimiento. La diferencia entre el «Yo» y «yo» es en gran medida una ilusión de la memoria. En realidad, el «Yo» es de la misma naturaleza que «yo». Forma parte de todo nuestro ser, de la misma manera que la cabeza forma parte del cuerpo. Pero si no se comprende esto, el «Yo» y «yo», la cabeza y el cuerpo, se sentirán en desacuerdo. El «Yo», al no comprender que también forma parte de la corriente de cambio, intentará encontrar sentido al mundo y la experiencia, tratando de fijarlos. 


Tendremos entonces una guerra entre la conciencia y la naturaleza, entre el deseo de permanencia y el hecho del flujo. Esta guerra debe ser totalmente fútil y frustrante —un círculo vicioso— porque es un conflicto entre dos partes de la misma cosa. Debe conducir al pensamiento y la acción en unos círculos cada vez más rápidos que no van a ninguna parte, pues cuando dejamos de ver que nuestra vida es cambio, nos enfrentamos a nosotros mismos y nos volvemos como Ouroboros, la serpiente desorientada, que trata de morderse su propia cola. Ouroboros es el símbolo perenne de todos los círculos viciosos, de todo intento de dividir nuestro ser y hacer que una parte conquiste a la otra.

Por mucho que luchemos, la «fijación» nunca dará sentido al cambio. La única manera de hacer que el cambio tenga sentido consiste en sumergirse en él, moverse con él, participar en el baile. 

Alan Watts. La sabiduria de la inseguridad. Ed. Kairos. 



12 de agosto de 2013

The only price - Adyashanti


Life without a reason, a purpose, a position... the mind is frightened of this because then "my life" is over with, and life lives itself and moves from itself in a totally different dimension. This way of living is just life moving. That's all.
As soon as the mind pulls out an agenda and decides what needs to change, that's unreality. Life doesn't need to decide who's right and who's wrong. Life doesn't need to know the "right" way to go because it's going there anyway. Then you start to get a hint of why the mind, in a deep sense of liberation, tends to get very quiet. It doesn't have its job anymore. It has its usefulness, but it doesn't have its full-time occupation of sustaining an intricately fabricated house of cards. 

This stillness of awareness is all there is. It's all one. This awareness and life are one thing, one movement, one happening, in this moment -- unfolding without reason, without goal, without direction. The ultimate state is ever present and always now. The only thing that makes it difficult to find that state and remain in that state is people wanting to retain their position in space and time. "I want to know where I'm going. I want to know if I've arrived. I want to know who to love and hate. I want to know. I don't really want to be; I want to know. Isn't enlightenment the ultimate state of knowing?" No. It's the ultimate state of being. The price is knowing. 

This is the beautiful thing about the truth: ever-present, always here, totally free, given freely. It's already there. That which is ever-presently awake is free, free for the "being." But the only way that there's total and final absolute homecoming is when the humanness presents itself with the same unconditionality. Every time a human being touches into that unconditionality, it's such peace and fulfillment. 

In your humanity, there's the natural expression of joy and love and compassion and caring and total unattachment. Those qualities instantly transmute into humanness when you touch into emptiness. Emptiness becomes love. That's the human experience of emptiness, that source, that ever-present awakeness. For the humanness to lay itself down -- your mind, your body, your hopes, your dreams, everything -- to lay itself down in the same unconditional manner in which awareness is ever present, only then is there the direct experience of unity, that you and the highest truth are really one thing. It expresses itself through your humanity, through openness, through love. The divine becomes human and the human becomes divine -- not in any "high and mighty" sense, but just in the sense of reality. That's the way it is. 

The only price is all of our positions. The only price is that you stop paying a price. 


28 de julio de 2013

¿Cuál es el elemento central en la vida común del hombre? - Osho

¿Cuál es el elemento central en la vida común del hombre? ¿Dios? No. ¿El alma? no ¿La verdad? No. ¿Qué hay en el núcleo del hombre? ¿Qué es lo que más estimula al hombre común, desde su "psicología profunda", un hombre promedio, que nunca medita, nunca busca el alma, nunca realiza un peregrinaje? ¿La devoción?...No. ¿La oración?...No. ¿La liberación?.. No. ¿El nirvana?...No, en absoluto. Si intentamos descubrir el impulso más fuerte del hombre común, si buscamos la fuente de la fuerza vital en el hombre, no encontraremos ni a la devoción ni a Dios: ni la oración ni la sed por conocer. Encontraremos allí algo diferente, algo que está siendo olvidado, que no es enfrentado conscientemente, que nunca es evaluado. ¿Qué es ese algo? ¿Qué encontrarás si diseccionas, analizas el fundamento del hombre, ese "algo" que resplandece en el interior del hombre?

Dejando de lado al hombre y concentrándonos en el reino animal o en el reino vegetal, ¿qué encontraríamos en el núcleo de todo? Observando las actividades de una planta, ¿Qué encontramos allí? ¿Adónde conduce su crecimiento? Toda su energía se dirige a producir una nueva semilla. Todo su ser está ocupado en producir una nueva semilla. ¿Qué está haciendo un pájaro? ¿Qué está haciendo un animal? Si observamos profundamente las actividades de la Naturaleza entera, encontraremos un solo proceso ocurriendo en forma entusiasta, y Este es, una "creación continua" - el proceso de procrear, de crear nuevamente diferentes formas de ser. Las flores tienen polen, semillas; los frutos tienen semillas. ¿Cuál es el propósito de la semilla? La semilla crecerá y se volverá una planta, una flor, fruto, semilla y así sucesivamente, y el ciclo se repetirá.... . El proceso de procreación en el "mundo vivo" es eterno. La vida es una fuerza que está ocupada continuamente en regenerarse a sí misma. La vida es creatividad, es un proceso de auto-creación.

Lo mismo es válido en el caso del hombre. A esta pasión, a este proceso, lo hemos bautizado con el nombre de "sexo". También se le llama lujuria. De allí han surgido otros nombres. Se ha transformado en un insulto. Y el acto mismo de desacreditarlo ha contaminado el ambiente.
Y entonces, ¿Qué es esta lujuria, pasión? ¿Cuál es el poder del sexo?

Desde tiempos inmemoriales, las olas del mar vienen, una tras otra, y se estrellan contra la playa. Las olas vienen, se rompen y regresan. Nuevamente vienen, empujan, luchan, se dispersan y regresan. La vida tiene una necesidad interna de progresar, de ir hacia adelante. Estas olas del mar, estas olas de la vida, tienen en sí una inquietud: existe un esfuerzo continuo por lograr algo. ¿Cuál es este propósito? Es un deseo inmenso por lograr una mejor posición. Es una pasión por lograr alturas más elevadas. Detrás de esta energía interminable, la vida lucha por alcanzar una vida grandiosa, una vida mejor.
No hace mucho, sólo unos pocos miles de años, que el hombre apareció en la tierra. Antes de eso, sólo había animales en ella. No hace tanto tiempo que los animales comenzaron a existir. Antes de eso, hubo un tiempo en el cual no había animales, sólo plantas. Y tampoco las plantas han estado en este planeta desde hace mucho. Antes que ellas aparecieran, solo había rocas, montañas, ríos y océanos.

¿Y con qué motivo se hallaba inquieto este mundo de rocas, montañas, ríos y océanos? Estaba luchando por producir plantas. Poco a poco, las plantas aparecieron en la existencia. La fuerza vital se manifestó en una nueva forma. La tierra se cubrió de vegetación. Siguió produciendo vida, procreó. Surgieron las flores, las frutas. Pero las plantas se sentían intranquilas. No se hallaban satisfechas consigo mismas. El impulso interno las llevaba a algo más elevado. Estaban ansiosas de producir al animal... y al ave. Entonces comenzaron a existir los animales y las aves. Ellos ocuparon este planeta por muchísimo tiempo, pero no había ningún hombre a la vista. El hombre estuvo siempre allí, inherente en los animales, esforzándose por romper la barrera para nacer... Y entonces, en su momento, el hombre apareció.

Y ahora, ¿en qué situación se encuentra el hombre? El hombre está esforzándose incesantemente para crear nueva vida. A esta tendencia la hemos llamado sexo; la llamamos "la pasión de la lujuria." ¿Cuál es la dimensión, el significado de esta "lujuria?” Este impulso básico se dirige a crear, a producir nueva vida. No desea terminar consigo misma... Pero, ¿Para qué? ¿Es acaso cierto que desde adentro el hombre está intentando crear un hombre mejor? ¿Una forma de vida más elevada que él mismo? ¿Es acaso cierto que la fuerza de la Vida se halla a la expectativa de un ser que es mucho mejor que el hombre mismo? Sabios, desde Nietzche hasta Aurobindo, de Patanjali a Bertrand Russell, han alimentado un sueño en lo más profundo de sus corazones, un sueño en el cual aparece un hombre superior a sí mismo. ¡Un superhombre! ¿Cómo puede surgir un hombre mejor que el Hombre?

Sin embargo, desde hace miles de años hemos condenado deliberadamente a este impulso de procrear. En vez de aceptarle, le hemos maltratado. Le hemos desacreditado hasta hacerle caer al punto más bajo. Le hemos ocultado y hemos simulado que no está allí, como si no hubiera espacio para Él en la vida, en la disposición de las cosas. Siendo que la verdad del asunto es que no existe nada tan vital como este impulso, al que debiera adjudicársele el lugar que legítimamente le corresponde. Con ocultarle y pisotearle, el hombre no se ha liberado. Al contrario: el hombre se halla ahora en una situación más enredada y peor que antes. La represión ha producido el resultado opuesto.

Alguien está aprendiendo a andar en bicicleta. El camino es grande y ancho. Hay una pequeña roca a un costado del camino. El hombre teme estrellarse contra la roca. Existe una posibilidad en cien de que choque contra esa piedra. Aun un ciego tiene las probabilidades totalmente a su favor en cuanto a pasar sano y salvo. Sin embargo, debido al temor a la roca, cl hombre se concentra solamente en ella. La roca cobra demasiada importancia en su conciencia. El camino se desvanece de su visión. Se halla hipnotizado, y es atraído por esa roca; y finalmente se estrella contra ella. Un novato choca contra aquello, una roca o un poste de energía eléctrico, de lo cual intenta, por todos los medios, salvarse. Y sin embargo, el camino era grande y amplio, ¿cómo se las arregló este hombre para accidentarse?
Según el psicólogo Kouye, una mente promedio se halla gobernada por la "Ley del Efecto Contrario". Nos estrellamos contra aquello que deseamos evitar1 pues el objeto del miedo se transforma en el centro de la conciencia: una precaución. Del mismo modo, el hombre ha estado intentando, durante los últimos cinco mil años, salvarse del sexo, y la consecuencia de ello es que se enfrenta con el sexo, en todas sus formas, en todos los rincones de su vida. La ley del efecto contrario ha capturado el alma del hombre.

¿No te has dado cuenta de que la mente es atraída, es hipnotizada por aquello que intenta eludir? La gente que enseñó al hombre a estar en contra del sexo es totalmente responsable del hecho de que la mente humana está llena de sexo. La sexualidad exacerbada del hombre se debe a enseñanzas pervertidas. Hoy en día, nos sentimos temerosos de hablar acerca del sexo. ¿Por qué sentimos un "temor moral" frente a este tema? Eso se debe a la suposición de que el hombre se volverá más sexual si habla de sexo. Esta idea es totalmente errónea; después de todo, existe una amplia diferencia entre "sexo" y "sexualidad". Nuestra sociedad sólo se verá liberada del fantasma del sexo si desarrollamos el valor necesario para hablar acerca del sexo en forma racional y sana. Sólo podremos trascender el sexo si lo comprendemos en todos sus aspectos.

No podrás liberarte si cierras los ojos frente a un problema. Aquel que cree que el enemigo desaparecerá si cierra los ojos, está loco. En el desierto, el avestruz piensa de la misma manera. Entierra su cabeza en la arena y cree que, puesto que no puede ver al enemigo, el enemigo no está allí. Este tipo de lógica es perdonable en el caso de un avestruz, pero en el caso del hombre, resulta imperdonable. El hombre no se ha comportado mejor que un avestruz en el caso del sexo. Cree que el sexo se desvanecerá si lo ignora, si cierra sus ojos. Si milagros como esos ocurrieran, la vida sería fácil, serìa muy fácil vivir en el mundo. Sin embargo, desgraciadamente, nada desaparece con sólo cerrar los postigos. Al contrario: esta es una prueba de que le tememos, de que su atracción es más poderosa de lo que podemos resistir. Cerramos nuestros ojos porque nos damos cuenta que no podemos reprimirlo. Cerrar los ojos es señal de debilidad, y la humanidad entera es la culpable.
El hombre no sólo ha cerrado abiertamente los ojos frente al sexo, sino que además, con ello se ha involucrado en una cantidad de conflictos internos. Las devastadoras consecuencias de esto son demasiado bien conocidas como para enunciarlas. El noventa y ocho por ciento de los enfermos mentales, los neuróticos, lo están debido a la represión del sexo. La causa del noventa y nueve por ciento de las histerias y enfermedades similares que sufre la mujer, son desórdenes sexuales. La causa principal del miedo, la duda y la ansiedad, la tensión del hombre contemporáneo, es la presión de la pasión, la lujuria. El hombre le ha dado la espalda a una marejada intrínsecamente poderosa. Sin intentar comprenderla, nuestros ojos están cerrados debido al miedo, y las consecuencias de esto han sido demoledoras.

Para comprender esto, el hombre debiera revisar su literatura, el espejo de su mente. Si un hombre de la Luna o Marte viniera aquí y revisara nuestra literatura, leyera nuestros libros y poesía, viera nuestras pinturas... se sorprendería. Se preguntaría por qué todas nuestras artes y literatura giran sólo en torno al sexo. ¿Por qué todas las poesías, novelas, revistas e historias del hombre se hallan saturadas de sexo? ¿Por qué hay una fotografía de una mujer semi desnuda en todas las revistas? ¿Cómo es que todas las películas hechas por el hombre están hiladas en torno a la lujuria y la pasión? Estaría perplejo. ¡Este visitante extraterrestre se preguntaría por qué el hombre sólo piensa en sexo!. Se vería doblemente confundido si se encuentra con un hombre y habla con él, pues éste se esforzará mucho por darle la impresión de que no tiene nada que ver con la existencia del sexo.

Y viceversa: el hombre hablará acerca de Dios, el paraíso, la liberación, etc. No dirá una palabra acerca del sexo, aun cuando todo su ser se halla infectado de ideas respecto al sexo. El extraterrestre quedaría estupefacto al darse cuenta de que el hombre inventa innumerables artificios para satisfacer ese deseo del cual no articula una palabra.

La religión orientada hacia la muerte ha llenado de sexo la mente del hombre.
También hemos pervertido al hombre desde otro ángulo. ¡Y eso en nombre de elevados ideales! Le mostramos el pináculo dorado del celibato, brahmacharya, pero no se entrega ninguna indicación para colocar el pie en el primer peldaño, para comprender la base. En primer lugar, debiéramos aceptar y comprender al sexo, el impulso fundamental, y sólo entonces podríamos esforzamos por trascenderlo, por sublimarlo, que es el modo para alcanzar la etapa del celibato. Sin comprender esta fuerza de vida fundamental en todas sus formas y facetas, todos los esfuerzos por restringirla o suprimirla tornarán al hombre en un loco enfermo e incoherente. No nos concentramos en esta enfermedad principal y hablamos de los altos ideales del celibato. El hombre nunca ha estado tan enfermo, tan neurótico, tan infeliz, tan desgraciado. El hombre está pervertido. Está envenenado desde sus mismas raíces.

 Osho. El libro del sexo.






27 de julio de 2013

El camino del amor

El camino del amor no es
una discusión sutil.

La puerta que a él lleva
es la devastación.

Las aves, con su libertad, trazan
inmensos círculos celestes.
¿Cómo aprenden a hacerlo?

Caen y, al caer,
se les dan alas.

Rumi


25 de julio de 2013

El Tao

Hay algo sin forma y perfecto
que existía antes que el universo naciera.
Es sereno. Vacío.
Solitario. Inmutable.
Infinito. Eternamente presente.
Es la madre del universo.
A falta de un nombre mejor
lo llamo Tao.

Fluye a través de todo,
dentro y fuera de todo,
y al origen de todo retorna.

El Tao es grande.
El universo es grande.
La tierra es grande.
El hombre es grande.
Estos son los cuatro grandes poderes.

El hombre sigue a la tierra.
La tierra sigue al universo.
El universo sigue al Tao.
El Tao se sigue a sí mismo.
Tao Te Ching. Lao Tzu

20 de julio de 2013

La mente y la espiritualidad

“Existe un problema fundamental con nuestra vida y con nuestro ser básico. El problema es que estamos sumergidos en una lucha continua para sobrevivir y mantener nuestra posición. Continuamente estamos intentando aferrarnos a una imagen sólida de nosotros mismos. Y luego, nos vemos en la obligación de tener que defender ese concepto fijo en particular. En consecuencia, hay lucha y confusión, hay pasión y agresión, y surgen toda clase de conflictos. Desde el punto de vista del budismo, el desarrollo de la auténtica espiritualidad consiste en ir más allá de esta fijación básica, es decir, del intenso apego que sentimos por esta entidad concreta que llamamos ego.

Tendremos que investigar qué es el ego. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Quienes somos? Debemos examinar nuestro estado mental. La espiritualidad está basada en la mente. Según el budismo, la mente es lo que diferencia a los seres conscientes de las rocas, los árboles o el agua. La mente posee conciencia discriminadora y también un sentido de dualidad que le lleva a aferrarse o a rechazar las cosas. La “mente” es capaz de proyectar y percibir objetos distintos a ella misma.

En consecuencia, cuando utilizamos el término “mente”, estamos refiriéndonos a algo muy específico. No se trata de algo vago e inquietante que se encuentra más o menos en la cabeza o en el corazón, algo que sucede y existe de la misma manera que sopla el viento o crece la hierba. Al contrario, es algo muy concreto.

La mente es la única base de trabajo que tenemos para la práctica de la meditación. Sin embargo, la mente es algo más que el proceso de afirmación de la existencia del yo gracias a la proyección dual en lo otro. La mente también abarca lo que conocemos como “emociones”. La mente no puede existir sin emociones. Las fantasías y los pensamientos discursivos no son suficientes puesto que, por sí solos, serían demasiado aburridos y, en tal caso, la trampa de la dualidad también sería excesivamente simple. En consecuencia tendemos a crear olas de emociones -pasión, agresión, ignorancia, orgullo, etc- que suben y bajan de continuo. Al principio las creamos intencionadamente, como un juego para tratar de demostrarnos que existimos pero, con el tiempo, ese juego se convierte en una lucha.

Hemos creado un mundo agridulce. Hay cosas que, si bien resultan divertidas, al mismo tiempo no lo son tanto. En ocasiones, algo que nos parece terriblemente gracioso, también conlleva un elemento de profunda tristeza. La vida posee una cualidad de juego, creada por nosotros mismos, que nos mantiene completamente atrapados. Pero, en realidad, es la estructura de la mente la que ha creado todo. Tal vez nos estemos quejando del gobierno, de la economía del país o de los tipos de interés bancario, pero todos estos factores son secundarios. El proceso original que se halla en la raíz de los problemas es la competitividad resultante de verse a uno mismo solamente como un reflejo del otro. A partir de ahí emerge automáticamente todo tipo de situaciones conflictivas que no son sino nuestra propia creación, nuestra propia obra. Y eso es, en definitiva, lo que llamamos mente”.


Chogyam Trungpa. El corazón de Buda


19 de julio de 2013

La espiritualidad es estar dispuesto a caer de bruces - Adyashanti

TS: Has mencionado que todos los caminos espirituales acaban por llevarnos a un estado de rendición completa. Pero, ¿qué sucede si las partes de nosotros que no quieren rendirse están escondidas, muy adentro en la psique? Conscientemente, podríamos rendirlo todo, pero alguna parte de nosotros, en nuestro inconsciente, aún podría aferrarse. ¿Cómo conseguimos que esos lugares ocultos salgan a la superficie? Puedo imaginar que escucho tus enseñanzas sobre la rendición y pienso: de acuerdo, básicamente entiendo. Ya sé lo que significa estar de rodillas. Ya sé lo que significa tirarme al suelo. Pero ¿qué ocurre con las partes de mí que no quieren rendirse? No son evidentes para mí.

ADYA: Es posible que no puedas hacer nada al respecto. Esto es lo que la gente evita más, ¿correcto? Dame algo; dame una enseñanza; dame algo de esperanza. Por supuesto, dentro de nosotros hay maneras totalmente inconscientes de aferrarnos, pautas de apego a las que no tenemos acceso. Tal vez no tengas acceso a ellas, punto. Fin de la historia. Eso es todo. Tendrás acceso a ello en el momento exacto en que debas tenerlo. Es posible que esto no nos guste. Es posible que a la gente no le guste oír esto, pero miremos nuestras vidas, no las filosofías o enseñanzas, lo que hemos elegido contarnos, ¿correcto?

Al menos en mi vida puedo mirar y ver que ha habido momentos en los que aún no tenía ciertas capacidades. Simplemente no estaban ahí. No tengo ni idea de qué podría haber hecho para sacarlas a la luz. En ciertos momentos, ni siquiera habría podido escuchar a alguien que me dijera cómo desarrollarlas.

Mi maestro me repitió ciertas cosas cientos de veces a lo largo de los años. Y sólo después de diez años llegué a pensar: “Oh... Ahora lo entiendo. Ahora ha calado en mí”. ¿Cómo iba a forzarlos diez años antes? ¿Podría haberlo forzado? No parece que pudiese haberlo hecho.

Es posible que esta no sea la enseñanza energetizante que buscabas, pero todo tiene su momento, todo tiene su lugar. El ego no controla lo que sucede. La vida controla lo que sucede. Insistir en que algo puede darnos el poder de manera inmediata para sumergirnos en nosotros mismos y ver todo lo que necesitamos ver para despertar es trabajar en sentido contrario a las experiencias de la gente.

Todo ocurre en su momento. Tú no lo controlas. Pero esto no es algo que queramos oír, ¿o sí? No es lo que nuestra mente desea. En general, queremos oír cosas que fortalezcan nuestra sensación de control. Y rechazamos radicalmente cualquier cosa que no fortalece nuestra sensación de control. Se lo digo a la gente constantemente. Cuando empiezas a aceptar lo que ves como verdadero -no lo que yo digo, sino tu experiencia- todo empieza a cambiar.

A veces las experiencias que apartamos de nosotros contienen las comprensiones más transformadoras y que más necesitamos. ¿Quién sospecharía que el hecho de ver que no hay nada, absolutamente nada que uno pueda hacer va a ser transformador? No se nos enseña a pensar así. Se nos enseña a evitar este conocimiento a toda costa. Incluso si forma parte de nuestra experiencia, año tras año, década tras década -incluso si continúas experimentando lo mismo una y otra vez- tienes el impulso de evitarlo, de no dejarlo entrar, de alejarlo. ¿Ves lo que digo?

Todos somos adictos. Verdaderamente todos somos adictos y lo que queremos es “estar colocados” y sentirnos libres. Es la misma dinámica. El alcohólico que trata de superar su adicción se da cuenta de que “no puedo hacer nada”. Mientras la persona continúe diciéndose: “Puedo hacer esto. Yo controlo. Puedo encontrar la manera de superar esto”, no va a ocurrir ninguna transformación. Tocar fondo no es más que salir de la negación. No puedo hacer nada y mira dónde estoy. Necesitamos tener un espejo delante de nosotros para poder ver lo que vemos.

Para mí, la espiritualidad es estar dispuesto a caer de bruces. Por eso, a mis discípulos les digo constantemente: “Mi camino era el camino del fracaso”. Todo lo que intenté fracasó. Eso no significa que el intento no tuviera un papel importante. El esfuerzo tuvo su papel. La lucha tuvo su papel.

Pero tuvo un papel porque me llevó al final. Bailé ese baile hasta que se acabó. Sin embargo, fracasé. Fracasé en el intento de meditar bien, de hallar la verdad. Todo aquello que usé para tener éxito espiritualmente fracasó. Pero en el momento del fracaso es cuando todo se abre.


(Entrevista a Adyashanti. pp 185-186. El final de tu mundo. Ed. Sirio).



12 de julio de 2013

Cuando nació mi tristeza


Cuando nació mi Tristeza la crié con cariño y la cuidé con amorosa
ternura.

Y mi tristeza creció como todas las cosas vivientes: fuerte y bella y llena de delicias sorprendentes.

Y nos amábamos el uno al otro, mi Tristeza y yo, y amábamos al mundo que nos rodeaba, porque la Tristeza tenía un corazón bondadoso y el mío era bondadoso con la Tristeza.

Y conversábamos, mi Tristeza y yo, nuestros días eran alados y nuestras noches estaban enmarcadas de ensueños, porque la Tristeza tenía una lengua elocuente, y la mía era elocuente con la Tristeza.

Y cuando cantábamos juntos, mi Tristeza y yo, nuestros vecinos se sentaban en las ventanas para escuchar, porque nuestras canciones eran tan profundas como el mar, y nuestras melodías estaban llenas de extrañas remembranzas.
Y cuando caminábamos juntos, mi Tristeza y yo, la gente nos miraba con ojos tiernos y murmuraba palabras de inexpresable dulzura. Y había quienes nos miraban con envidia, porque la Tristeza era una cosa noble y yo estaba orgulloso con la Tristeza.

Pero murió mi Tristeza, como todas las cosas vivientes, y ya solo, me entregué al estudio y la meditación.

Y ahora, cuando hablo, mis palabras resuenan pesadas en mis oídos. Y cuando canto, mis vecinos no vienen a escuchar mis canciones.

Y cuando camino por las calles, nadie me mira.


Sólo en mi sueño oigo voces que dicen con pena: Mirad, ahí está el hombre cuya tristeza ha muerto.

(Tagore, R.) 


El Alquimista (intro 2)


Nuestra Señora, con el Niño Jesús en brazos, decidió bajar a la Tierra y visitar un monasterio. Orgullosos, todos los sacerdotes formaron una larga fila, y uno a uno se acercaban a la Virgen para rendirle homenaje. Uno declamó bellos poemas, otro mostró las iluminaciones que había realizado para la Biblia, un tercero recitó los nombres de todos los santos. Y así sucesivamente, monje tras monje, fueron venerando a Nuestra Señora y al Niño Jesús. 

En el último lugar de la fila había un monje, el más humilde del monasterio, que nunca había aprendido los sabios textos de la época. Sus padres eran personas humildes, que trabajaban en un viejo circo de los alrededores, y todo lo que le habían enseñado era lanzar bolas al aire haciendo algunos malabarismos.

Cuando llegó su turno, los otros monjes quisieron poner fin a los homenajes, pues el antiguo malabarista no tendría nada importante que decir o hacer y podía desacreditar la imagen del convento. Pero en el fondo de su corazón, también él sentía una inmensa necesidad de dar algo de sí a Jesús y la Virgen.

Avergonzado, sintiendo sobre sí la mirada reprobatoria de sus hermanos, sacó algunas naranjas de su bolsa y comenzó a tirarlas al aire haciendo malabarismos, que era lo único que sabía hacer.

Fue en ese instante cuando el Niño Jesús sonrió y comenzó a aplaudir en el regazo de Nuestra Señora. Y fue hacia él a quien la Virgen extendió los brazos para dejarle que sostuviera un poco al Niño.

(El alquimista. Paulo Coelho)


11 de julio de 2013

Extraido de El Alquimista...

"Yendo ellos por el camino entraron en cierto pueblo. Y una mujer, llamada Marta, los hospedó en su casa.

Tenía ella una hermana, llamada María, que se sentó a los pies del Señor y permaneció allí escuchando sus enseñanzas.
Marta se agitaba de un lado a otro, ocupada en muchas tareas. Entonces se aproximó a Jesús y le dijo:
-¡Señor! ¿No te importa que yo esté sirviendo sola? ¡Ordena a mi hermana que venga a ayudarme!
Respondióle el Señor:
-¡Marta, Marta! Andas inquieta y te preocupas con muchas cosas.
María, en cambio, escogió la mejor parte, y ésta no le será arrebatada".

Lucas, 10, 38-42 

(Fragmento de El Alquimista, Paulo Coelho).


Actualizacion de fechas actividades:


25-27 Julio 2013 retiro
1-4 Agosto 2013 retiro
5 Agosto Ceremonia Slovakia
14-19 Agosto 2013 retiro
31 Agosto Ceremonia Portugal
1-9 Septiembre Dieta en Puerto Maldonado

más información escribir a info@nixipae.com

14 de mayo de 2013

NO ESTÁS DEPRIMIDO, ESTÁS DISTRAIDO Facundo Cabral

No estás deprimido, estás distraído, distraído de la vida que te puebla.
Distraído de la vida que te rodea: Delfines, bosques, mares, montañas, ríos.
No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano cuando en el mundo hay 5,600 millones.

Además, no es tan malo vivir solo. Yo la paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer, y gracias a la soledad me conozco; algo fundamental para vivir.

No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene 70 años, olvidando que Moisés dirigía el éxodo a los 80 y Rubistein interpretaba como nadie a Chopin a los 90. Sólo citar dos casos conocidos.

No estás deprimido, estás distraído, por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado. No hiciste ni un sólo pelo de tu cabeza por lo tanto no puedes ser dueño de nada.

Además la vida no te quita cosas, te libera de cosas. Te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud. De la cuna a la tumba es una escuela, por eso lo que llamas problemas son lecciones. No perdiste a nadie, el que murió simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón. ¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte: hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Michelangelo, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja por que nos hace desconfiados.

Haz sólo lo que amas y serás feliz, y el que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser será, y llegará naturalmente. No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor. Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible. Y sin esfuerzo porque te mueve la fuerza natural de la vida, la que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija; la que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban 3 ó 4 meses de vida. Dios te puso un ser humano a cargo, y eres tú mismo. A ti debes hacerte libre y feliz, después podrás compartir la vida verdadera con los demás. Recuerda a Jesús: "Amarás al prójimo como a ti mismo".

Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios; y decide ahora mismo ser feliz porque la felicidad es una adquisición.

Además, la felicidad no es un derecho sino un deber porque si no eres feliz, estás amargando a todo el barrio. Un sólo hombre que no tuvo ni talento ni valor para vivir, mando matar seis millones de hermanos judíos. Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo. Tenemos para gozar la nieve del invierno y las flores de la primavera, el chocolate de la Perusa, la baguette francesa, los tacos mexicanos, el vino chileno, los mares y los ríos, el fútbol de los brasileros, Las Mil y Una Noches, la Divina Comedia, el Quijote, el Pedro Páramo, los boleros de Manzanero y las poesías de Whitman, Mäiller, Mozart, Chopin, Beethoven, Caraballo, Rembrandt, Velásquez, Picasso y Tamayo, entre tantas maravillas.

Y si tienes cáncer o SIDA, pueden pasar dos cosas y las dos son buenas; si te gana, te libera del cuerpo que es tan molesto: tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas ... y si le ganas, serás más humilde, más agradecido, por lo tanto, fácilmente feliz. Libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad, y la vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente como debe ser.

No estás deprimido, estás desocupado. Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además el servicio es una felicidad segura, como gozar a la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medidas.

Ama hasta convertirte en lo amado, más aún hasta convertirte en el mismísimo amor. Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que le destruyan hay millones de caricias, que alimentan la vida.

Pocas cosas tan bellas he recibido como estas palabras, que me parecen salidas no sólo de una alma buena, pero sobre todo muy humana. Ojalá y lo disfrutes tanto como yo y ojalá y todos los practiquemos. ¡A vivir se ha dicho! Y ¡Menos quejas! ¿No crees?.

www.facundocabral.org

8 de mayo de 2013

Reconocer nuestros defectos en el espejo del Dharma

La razón principal de que no estimemos a los demás es que estamos tan preocupados por nosotros mismos, que no nos queda espacio en la mente para pensar en ellos. Si deseamos apreciar a los demás, debemos reducir nuestra obsesión por nosotros mismos. ¿Por qué nos consideramos tan importantes? Porque estamos habituados a generar la mente de estimación propia. Desde tiempo sin principio nos hemos aferrado a un yo con existencia verdadera. Este aferramiento al yo es el origen de la estimación propia, que piensa de forma instintiva: “Soy más importante que los demás”. Para los seres ordinarios, aferrarse al yo y estimarse a uno mismo son las dos caras de una misma moneda: el autoaferramiento se aferra a un yo con existencia inherente, mientras la estimación propia lo quiere y protege como si fuera algo muy valioso. Esto ocurre porque estamos tan familiarizados con nuestra estimación propia, que en ningún momento nos olvidamos de nuestro bienestar, ni siquiera mientras dormimos.

Puesto que nos consideramos más importantes que los demás, exageramos nuestra buenas cualidades y creamos una visión distorsionada de nosotros mismos. Cualquier circunstancia sirve para alimentar nuestro orgullo, como tener un cuerpo atractivo, posesiones, conocimientos, experiencia o una posición social elevada. Cuando tenemos una buena idea, pensamos: “¡Qué inteligente soy!” y si viajamos al extranjero no consideramos personas interesantes. Incluso nos enorgullecemos de comportamientos de los cuales deberíamos avergonzarnos, como tener habilidad para engañar a los demás, o de cualidades imaginarias. En cambio, nos resulta muy difícil reconocer nuestros errores. Dedicamos mucho tiempo a contemplar nuestras buenas cualidades, reales o imaginarias, y nos olvidamos de nuestros defectos. En realidad, nuestra mente está llena de perturbaciones mentales, pero no las reconocemos e incluso nos engañamos a nosotros mismos negándonos a admitir que tenemos estas mentes. Es como limpiar la casa escondiendo la suciedad bajo la alfombra.

A menudo nos resulta tan doloroso aceptar nuestras faltas, que preferimos buscar excusas antes que cambiar la concepción elevada que tenemos de nosotros mismos. Una de las maneras más comunes de no reconocer nuestros defectos es echando la culpa a los demás. En lugar de responsabilizarnos de nuestras acciones y esforzarnos por mejorar nuestra conducta, discutimos con los demás e insistimos en que son ellos quienes deben cambiar. Debido a la excesiva importancia que nos concedemos a nosotros mismos, criticamos a los demás, lo que nos causa multitud de problemas. Al no aceptar nuestros defectos, los demás nos los señalan, y entonces pensamos que son injustos con nosotros. En lugar de observar nuestro comportamiento para comprobar si sus críticas son justificadas, nuestra estimación propia nos hace ponernos a la defensiva y buscar defectos en ellos.

Otra razón de que no apreciemos a los demás es que nos fijamos en sus faltas y nos en sus buenas cualidades. Por desgracia, tenemos gran habilidad para descubrir los defectos de los demás y señalarlos, analizarlos e incluso se podría decir para meditar en ellos. Debido a esta actitud crítica, si discrepamos con nuestros amigos en alguna ocasión, en lugar de comprender su punto de vista, pensamos en las razones por las que están equivocados. Al fijarnos solo en sus defectos, nos enfadamos y les guardamos rencor, y en lugar de sentir aprecio por ellos, deseamos perjudicarlos y criticarlos. De esta manera, pequeños desacuerdos pueden convertirse en conflictos que se prolongan durante meses.

No es beneficioso pensar en nuestras buenas cualidades y buscar defectos en los demás. Lo único que conseguiremos será considerarnos más importantes que ellos, aumentar nuestro orgullo y faltarles el respeto.

Es absurdo pensar que somos más importantes que los demás y fijarnos sólo en nuestras buenas cualidades. Con ello no aumentarán nuestras virtudes ni se reducirán nuestros defectos, y tampoco conseguiremos que los demás compartan la opinión favorable que tenemos de nosotros mismos.

Si, en cambio, reconocemos las buenas cualidades de los demás, nuestro orgullo irá disminuyendo hasta que, al final, los consideraremos más importantes que nosotros. Entonces, sentiremos amor y compasión hacia ellos y realizaremos acciones virtuosas de manera natural. Si contemplamos las virtudes de los demás solo obtendremos beneficios. Por lo tanto, mientras los seres ordinarios se fijan en los defectos de los demás, los Bodhisatvas reconocen sus buenas cualidades.

Algunas personas afirman que su problema es que carecen de autoestima, y que debemos fijarnos solo en nuestras buenas cualidades para adquirir confianza en nosotros mismos. No obstante, aunque es cierto que para progresar en en el camino espiritual debemos confiar en nuestro potencial y aumentar nuestras virtudes, también hemos de reconocer nuestros defectos. Si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos que nuestra mente está llena de engaños, como el odio, el apego y la ignorancia. Estas perturbaciones no desaparecerán por sí mismas por mucho que lo deseemos. La única manera es aceptando su existencia y esforzándonos por eliminarlas.

Una de las funciones del Dharma es actuar como un espejo en el que podemos ver reflejados nuestros defectos. Por ejemplo, cuando nos enfademos, en lugar de buscar excusas, debemos pensar: “El odio es un veneno mental. No me ayuda ni me aporta ningún beneficio, sino que solo sirve para perjudicarme”. También podemos utilizar el espejo del Dharma para distinguir entre el amor y el apego. El amor nos proporciona felicidad mientras que el apego solo nos causa más sufrimiento.

Aunque hemos de ser conscientes de nuestros defectos, no debemos dejarnos desanimar por ellos. Es posible que nos enfademos con facilidad, pero ello no significa que el odio forme parte inherente de nosotros. Cuando reconocemos nuestras perturbaciones mentales, no debemos identificarnos con ellas pensando: “Soy un inútil y un egoísta” o “estoy siempre enfadado”, sino identificarnos con nuestro potencial puro, cultivar la sabiduría y esforzarnos por eliminar los engaños.

Gueshe Kelsang Gyatso. Ocho pasos hacia la felicidad.
Editorial Tharpa.
 
 

2 de marzo de 2013

El primer hombre no fue hombre. El primer hombre fue mujer.



-El primer hombre no fue hombre, fue mujer -me dice don Javier enmarañándose en risadas hondas.
-No fue hombre, fue mujer -me está diciendo ahora- así me lo contó un mi compadre campa, un curaca que fue muy famoso y se llamó Inganíteri. Inganíteri, que en idioma ashaninkas significa “está lloviendo”. Hace más de diez años que Inganíteri ya no llueve más, decidió morir, se devolvió a la tierraPoco antes alcanzó a informarme de qué modo nacimos los humanos. No fue como tú piensas, ya verás. 

Mi compadre Inganíteri me dijo que hace miles de lunas, cuando la misma luna no era más que un pedazo de tronco difunto, en ese entonces todo era ceniza. Dios no había nacido todavía siquiera, la tierra toditita era ceniza. Y la luz y las estrellas y el aire, fíjate: el aire mismo, y los bosques, las cataratas, las rocas, los ríos, los pajonales, la lluvia, los lagos pequeños y los que no tienen término, y la salud y el tiempo y los animales que se arrastran y los animales que vuelan o caminan, y los pedregales, las playas, todo lo que ahora existe a su manera, según su condición, lo que podemos ver, lo que no vemos, todo era nada. Y la nada también era ceniza. Mar no había: los océanos también eran sitios vacíos, de ceniza. Así se hallaba el mundo cuando en eso cayó un relámpago sobre un árbol de pomarrosa. Y la pomarrosa era ceniza, todavía no era pomarrosa. Y me contó Inganíteri que en ese instante, de aquel árbol, de aquella pomarrosa quemada y partida por el relámpago, ahí mismito brotó un lindo animal. El tronco de la pomarrosa se abrió en dos, como flor, y de su adentro salió el primer viviente verdadero, un animal que no tenía plumas, que no tenía escamas, que no tenía recuerdos. Y el primer shirimpiáre, el primer jefe brujo que ya vivía en esa época aunque todavía carecía de cuerpo, de todo carecía, disuelto en el aire, el primer shirimpiáre se sorprendió muchísimo y se dijo: “no es pájaro, no es pez, no es animal-animal, no sé lo que será pero sin duda se trata de la mejor obra de Pachakamáite”. Tú sabrás que Pachakamáite es el Padre Dios de los campa. Pachakamáite es Páwa, esposo de Mamántziki, hijo del sol más alto, el sol del mediodía. El primer shirimpiáre, entonces, se quedó largo rato pensando y al fin sentenció: “Tiene que ser humano”. Así dispuso reflexionando fuerte el shirimpiáre número uno y decidió llamar Kaametza a ese animal. Kaametza, que significa en idioma campa “la muy hermosa”. Así fue que comenzamos, con Kaametza, una hembra. 

Ni bien brotó de la pomarrosa, ella empezó a buscar. Creía que caminaba, y era cierto, caminaba la selva, atravesando bosques de ceniza, fríos, pero en verdad no caminaba: buscaba, y no sabía qué, sin poder precisarlo por ahora. Así estuvo Kaametza años de años caminandobuscando, cuando una tarde...
-Te he dicho una tarde recalcándolo, con la misma intención con que me lo dijo a mí Inganíteri, sólo por precisar, para que puedas ver mejor lo que estoy recordando, porque entonces no había tarde alguna, tampoco madrugada ni noche ni mediodía. Pasaba el tiempo, si, pero era diferente del que hoy conocemos. También el tiempo era ceniza y carecía de límites, como un río de tres orillas. Fue mucho después que se amansó y dividió. Entonces no existía este tiempo que se fatiga y se echa a descansar igual que gente. No era como ahora, así: troceado. Has de saber que antes, cuando Pachakamáite no había dispuesto que Kaametza naciera, el tiempo no servía para encuadrar el ciclo de lo viviente. No era su profesión marcar el paso de lo que vive a lo que muere y de lo que muere a lo que vuelve a vivir distintamente, eternamente. No. El primer oficio del tiempo fue fabricar felicidad; impedir los daños en la vida, en ésta y en las otras, más allá. Si algo o alguien era ocupado por el mal y lo contagiaba, el tiempo hacía que ese algo o alguien dejara de crecer. No lo mataba, no, porque en la condición del aquel tiempo no cabía la muerte. Lo detenía, lo cual era peor. Y a la vez aceleraba la grandeza de lo grande, desarrollaba a los espíritus de Arriba. A un espíritu joven le daba la experiencia de mil años. No olvides que tenía tres orillas, podía ir y venir al mismo tiempo, y a la vez estaba quieto, fijo, y los paisajes se desplazaban a sus costados, eran ellos quienes regresaban y avanzaban hacia el mar. 
-Un tarde, entonces, ante un arroyo que también era de ceniza, Kaametza fue a mirarse, o a beber, o a lavarse. Se agachó hasta las quietas aguas del río que pasaba entre esas tres orillas, y de lo alto del bosque surgió una pantera de espanto, un otorongo negro, bramando. Ella se quedó inmóvil al comienzo, sin siquiera asustarse. ¿Acaso conocía? ¿Acaso tenía conocimiento de lo que era el susto, de lo que era un otorongo enfurecido? Todo era tarde y víspera en el alma de Kaametza, una gran tarde oscura e inocente sobre su entendimiento. Garras, no distinguía, no imaginaba. No había palabras en su mente, ni nombre de ninguna cosa. Pero gracias a ese conocer desconocido, sin conciencia, que hasta hoy poseemos, Kaametza comprendió lo que debía y eludió al otorongo. Y el otorongo volvió a saltar sobre ella, con las uñas afuera, preparadas, como astillas de piedra calcinada. Y Kaametza volvió a esquivarlo. Una y otra vez el otorongo negro quiso atraparla: sólo clavó sus uñas en despecho. Y Kaametza descubrió dentro de sí un temor gigante, comprendió lo cerquita de la muerte. Y sin pensarlo ni proponerse nada, arrancó un hueso de su cuerpo. De aquí en delante, junto a su cintura, mira, así se extrajo una costilla, igual que obedeciendo, sin dolerse, y no le salió sangre, no le quedó señal alguna en la piel, ninguna herida abierta. Y empuñando su hueso, así, como puñal recién afilado, le sajó la garganta al otorongo. Aquí, bien me acuerdo, mi compadre Inganíteri que estaba contándome esta historia, cerró los ojos y se quedó silencio, inmóvil, escuchando no sé, algo que venía de lo hondo del monte, desde los riachuelos que sonaban próximos juntándose a las aguas del Unine. La cara del curaca campa se ancianó, pura tensión, aumentada de arrugas a ambos lados de los pómulos anchos. Al ratito tembló: parecía que su alma regresaba de lejos, de muy lejos, y el cuello le creció llenándose de venas por estallar...
“Y dijo que Kaametza cayó de rodillas luego de matar al otorongo, agradeciendo se postró en la arena de ceniza, al borde de ese río, en la tercera orilla, y contempló el cuchillo que la había salvado, con las manos lo levantó hacia su boca, lo acercó despacito, despacito, diciéndole qué cosas, casi como besándolo tal vez...
... lo levantó tal vez para besarlo, tal vez para decirle cosas suaves, y el cuchillo sacado de su cuerpo no guardaba ni sangre de Kaametza ni sangre del otorongo que la había arañado, y Kaametza le dio las gracias con su aliento, con el cariño de su boca, jadeando, y el hueso se encendió, tembló como aquellos relámpagos que no suenan, que sólo saben alumbrar, ¿has visto?, cuando llueve y no es época de lluvias se ven rayos así, y ella lo soltó como si le chamuscara las manos y el hueso se puso a dar vueltas rehuyendose y creciendo, igual que un ahogado buscando aire, ocupando una forma que ya estaba en el aire, que lo esperaba desde siempre como un destino en el aire, y que fue pareciéndose cada vez más a Kaametza, apagándose a pocos y volviendo a brillar convirtiéndose en la sombra de un árbol de incendio, en una pomarrosa de sombra, en una piedra de árbol animado, en alguna huella vieja sobre una roca grande, imitando los ojos y los brazo y el pelo de Kaametza como si el cuerpo de Kaametza hubiera tenido siempre un molde allí en el aire esperándolo y después retrocediendo y avanzando de nuevo y brillandoasfixiandosebuscando, buscando diferencias en el aire, diferenciándose de lo idéntico de Kaametza y al final aquietándose y victorioextenuándose sobre la playa de ceniza, en lo oscuro, igualito y distinto a Kaametza
Así fue que apareció el varón, así aparecimos. Y el primer shirimpiáre que ya por entonces vivía sin vivir, sin cuerpo, apenas, el shirimpiáre número uno que estaba de testigo observándolo todo desde el aire, se alegró mucho y decidió que el hombre viva, decidió que era bueno que el hombre acompañara a la mujer y que juntos se procuraran descendencia, y le obsequió asimismo dándole un nombre. Para que pudiese seguir existiendo le puso nombre, pronunciándolo fuertemente desde el aire... Narowé,

Cesar Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo
pp. 133-144
(las flores de la pomarrosa)

(el otorongo negro)