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17 de diciembre de 2017
La transitoriedad - Alan Watts
7 de marzo de 2016
La Sabiduria de la Inseguridad - Alan Watts
24 de febrero de 2016
El moderno mercado de la espiritualidad y la evasión espiritual
4 de enero de 2015
La segunda fantasía de Alan Watts
La segunda fantasía consiste en la idea de que todo ser vivo cree que es humano, tanto si se trata de una planta, como de un gusano, un virus, una bacteria, una mosca de la fruta, un hipopótamo, una jirafa o un conejo.
Todos los seres, sea cual fuere su sistema sensorial, creen que están en el centro. Es decir, miren donde miren, tienen la sensación de que son el centro del mundo, del universo. Eso no sólo nos sucede a nosotros, sino también a la mosca de la fruta o el conejo. Alrededor de cada ser hay una serie de asociados que tienen su mismo aspecto, y, en consecuencia, esa criatura sabe que los otros seres como ella son los idóneos, al igual que nosotros sabemos, al mirar a los demás seres humanos, que son los idóneos, son de los nuestros. Una vez establecido esto, es preciso hacer distinciones, desde luego, porque uno nunca sabe realmente que es él y que está en los lugares apropiados si no puede compararse y contrastarse con otras personas que no acaban de estar en el sitio apropiado, y algunas otras que están sin duda donde no les corresponde. Por medio de esta sucesión de comparaciones, uno sabe que sus características y su posición son las correctas. Los demás animales, incluso los insectos, tienen exactamente la misma comprensión de este convenio.
—Un momento —objeta usted—. Los insectos y los peces no tiene ninguna cultura. ¿Qué quiere usted decir con eso de que los peces tienen derecho a considerarse de la misma manera que lo hacen los humanos? Permítame presentar el argumento desde el punto de vista de los peces, los cuales piensan: «Los seres humanos son un desastre. Mirad lo que hacen: no pueden existir sin amontonarse y llevar toda clase de cosas fuera de sus cuerpos; han de tener casas, auto-móviles, libros, discos, televisión, equipos de alta fidelidad y objetos, innumerables objetos, y llenan la tierra de basura».
Considere el punto de vista de un delfín (no es un pez verdadero, sino un mamífero) sobre la raza humana. Los delfines se pasan la mayor parte del tiempo jugando; no trabajan porque el océano es su almacén de alimentos y tienen en él cuanto necesitan. Un delfín puede nadar a la velocidad de un barco, introducirse en la estela y colocar la cola en un ángulo exacto de 26°, haciendo así que la corriente le transporte. El delfín traza círculos alrededor del barco sólo por diversión, y se pasa la vida jugando en el agua. Sabemos que el cerebro del delfín es tan grande., si no más, como el nuestro, que tiene un inteligencia increíble y un lenguaje que no podemos descifrar. Un amigo mío, el doctor John Lilly, llegó a la conclusión de que los delfines son demasiado inteligentes para revelarnos su lenguaje, por lo que abandonó su proyecto de averiguarlo. Dijo que ya no mantendría a un ser tan civilizado en el campo de concentración de un zoológico, y que debería regresar al océano. La cuestión es que todo ser, no sólo los delfines, sino todo organismo que tenga cualquier clase de sensibilidad, se considera el centro del universo.
Ahora bien, esta idea tiene sus problemas. Dice un poema zen que «el dondiego de día, que florece durante sólo una hora, no difiere en el fondo de un pino gigante que vive mil años». En otras palabras, una hora es una larga vida para el dondiego de día, y mil años son una larga vida para el pino. Y nuestros 90 años, o la media de vida, que las compañías de seguros establecen entre los 65 y los 70 años, parecen la duración adecuada de la vida humana. Hay personas que quieren vivir más y más, a las que impresiona la inmortalidad y quieren que, a su muerte, sometan su cuerpo a hibernación, por si en el futuro se descubre alguna técnica que permita resucitarlos.
No estoy de acuerdo con esa idea, porque afortunadamente la naturaleza ha dispuesto el principio del olvido tanto como el de la memoria. Si siempre lo recordáramos todo, seríamos como una lámina de papel sobre la que han pintado una y otra vez hasta que no queda ningún espacio, y no podríamos distinguir entre una cosa y otra, o como un grupo de gente que grita y hace más y más ruido hasta que es imposible oír a nadie en concreto. De la misma manera, los recuerdos se convierten en gritos. La naturaleza misericordiosa se preocupa de borrar todo eso para que uno pueda comenzar de nuevo.
No importa la forma en que uno empieza, ya sea como un ser humano, como una mosca de la fruta, un escarabajo o un pájaro, puesto que esa forma percibe de la misma manera que usted percibe ahora. Por eso todos estamos en el mismo lugar, todos tenemos por encima cosas mucho más altas que nosotros mismos, y por debajo cosas que son mucho más bajas que nosotros. Hay cosas a la izquierda y la derecha, delante y detrás. Usted es el centro, en todas partes, siempre.
El gurú tramposo. Alan Watts
3 de enero de 2015
La tercera fantasía de Alan Watts
14 de agosto de 2013
La Gran Corriente - Alan Watts
Es como si estuviéramos divididos en dos partes. Por un lado esta el «Yo» consciente, a la vez intrigado y desconcertado, la criatura capturada en la trampa. Por otro lado está el «yo», que es una parte de la naturaleza, la carne caprichosa con todas sus limitaciones concurrentes de belleza y frustración. El «Yo» se cree un individuo razonable y critica siempre al «yo» por su perversidad, por tener pasiones que le crean problemas al «Yo», por estar sujeto tan fácilmente a enfermedades dolorosas e irritantes, por tener órganos que se desgastan y apetitos que nunca se pueden satisfacer, diseñados de tal modo que si uno trata de saciarlos plenamente, con una especie de «golpe» definitivo, se enferma.
Quizá lo más exasperante del «yo», de la naturaleza y el universo, es que nunca se quedan «quietos». Es como una mujer bella a la que nunca cogerán, y cuyo encanto radica en su misma naturaleza huidiza, pues el carácter perecedero y mudable del mundo forma parte de su vivacidad y su encanto. Por este motivo los poetas suelen alcanzar altas cotas de lirismo cuando hablan del cambio, de la «transitoriedad de la vida humana». La belleza de esa poesía radica en algo más que en una nota de nostalgia que produce un nudo en la garganta:
Como te predije, eran todos ellos espíritus, y,
Se han fundido en el aire, en la atmósfera tenue:
Y, como el tejido infundado de esta visión,
Las torres nimbadas de nubes, los magníficos palacios, Los templos solemnes, el gran globo en sí,
Sí, todo cuanto hereda, se disolverá,
Y, como este insustancial espectáculo desvanecido,
No dejará detrás un solo vestigio.
¿No es, entonces, una extraña incongruencia y una paradoja antinatural que el «Yo» se resista al cambio en «yo» y en el universo circundante? Pues el cambio no es simplemente una fuerza de destrucción. Toda forma es realmente una pauta de movimiento, y todo ser vivo es como el río, el cual, si no fluyen, nunca podría desembocar. La vida y la muerte no son dos fuerzas opuestas, sino simplemente dos maneras de contemplar la misma fuerza, pues el movimiento del cambio es tanto el constructor como el destructor. El cuerpo humano vive porque es un complejo de movimientos, de circulación, respiración y digestión. Resistirse al cambio, tratar de aferrarse a la vida, es, pues, como retener el aliento: si persistes, te matas.
No obstante, la «tablilla» se mueve con los dedos que escriben, como el río fluye junto con las ondas del agua, de modo que la memoria es como una crónica escrita en el agua, no una crónica con caracteres grabados, sino con olas a las que otras olas, llamadas sensaciones y hechos, ponen en movimiento. La diferencia entre el «Yo» y «yo» es en gran medida una ilusión de la memoria. En realidad, el «Yo» es de la misma naturaleza que «yo». Forma parte de todo nuestro ser, de la misma manera que la cabeza forma parte del cuerpo. Pero si no se comprende esto, el «Yo» y «yo», la cabeza y el cuerpo, se sentirán en desacuerdo. El «Yo», al no comprender que también forma parte de la corriente de cambio, intentará encontrar sentido al mundo y la experiencia, tratando de fijarlos.
Tendremos entonces una guerra entre la conciencia y la naturaleza, entre el deseo de permanencia y el hecho del flujo. Esta guerra debe ser totalmente fútil y frustrante —un círculo vicioso— porque es un conflicto entre dos partes de la misma cosa. Debe conducir al pensamiento y la acción en unos círculos cada vez más rápidos que no van a ninguna parte, pues cuando dejamos de ver que nuestra vida es cambio, nos enfrentamos a nosotros mismos y nos volvemos como Ouroboros, la serpiente desorientada, que trata de morderse su propia cola. Ouroboros es el símbolo perenne de todos los círculos viciosos, de todo intento de dividir nuestro ser y hacer que una parte conquiste a la otra.
Por mucho que luchemos, la «fijación» nunca dará sentido al cambio. La única manera de hacer que el cambio tenga sentido consiste en sumergirse en él, moverse con él, participar en el baile.
24 de diciembre de 2012
La sabiduria de la inseguridad - Alan Watts
Desde el principio debe ser evidente que existe una contradicción en el deseo de tener una seguridad perfecta en un universo cuya misma naturaleza es lo momentáneo y la fluidez, pero la contradicción va un poco más allá del mero conflicto entre el deseo de seguridad y el hecho del cambio. Si quiero estar seguro, es decir, protegido del flujo de la vida, tengo que estar separado de la vida. No obstante, esta misma sensación de estar separado es lo que me hace sentir inseguro. Estar seguro significa aislar y fortalecer el «Yo», pero es precisamente la sensación de ser un «Yo» aislado lo que hace que me sienta solo y amedrentado. En otras palabras, cuanta más seguridad puedo obtener, más quiero todavía.
Buscamos esta seguridad fortificándonos y encerrándonos de innumerables maneras. Queremos la protección de ser «exclusivos» y «especiales», tratamos de pertenecer a la iglesia más segura, la mejor nación, la clase más alta, el grupo apropiado y la gente «bien». Estas defensas llevan a divisiones entre nosotros, y así, a más inseguridad que exige más defensas. Desde luego, todo esto se hace en la creencia sincera de que tratamos de hacer las cosas adecuadas y vivir del mejor modo posible; pero también esto es una contradicción.
Sólo puedo pensar seriamente en tratar de vivir de acuerdo con un ideal, para mejorarme, si estoy dividido en dos. Tiene que haber un «Yo» bueno que va a mejorar al «yo» malo. El «Yo», que tiene las mejores intenciones, tratará de enderezar al «yo» díscolo, y el forcejeo entre los dos recalcará en gran manera la diferencia entre ellos. En consecuencia, el «Yo» se sentirá más separado que nunca, y se limitará a aumentar los sentimientos de soledad y desconexión causantes de que el «yo» se comporte tan mal.
Uno quiere ser feliz y olvidarse de sí mismo, pero cuanto más lo intenta, tanto más recuerda al yo que quiere olvidar; quiere huir del dolor, pero cuanto más se debate para librarse de las sensaciones dolorosas, más se inflaman éstas; tiene miedo y quiere ser valiente, pero el esfuerzo para ser valiente es el temor que trata de huir de sí mismo; quiere la paz de espíritu, pero el intento de apaciguarlo es como tratar de sosegar las olas con una plancha para ropa.
En eso radica el meollo del asunto. Enfrentarse a la seguridad no significa comprenderla. Para comprender la inseguridad no hay que enfrentarse a ella, sino incorporarla a uno mismo. Es como el relato persa del sabio que llegó a las puertas del cielo y llamó. Al otro lado, la voz de Dios le preguntó: «Quién está ahí?», y el sabio respondió: «Soy yo». La voz replicó: «En esta Casa no hay sitio para ti y para mí». El sabio se marchó y pasó muchos años meditando profundamente en esta respuesta. Volvió al cielo por segunda vez, la voz le hizo la misma pregunta y de nuevo el sabio respondió: «Soy yo.» La puerta siguió cerrada. Al cabo de unos años volvió por tercera vez y, cuando llamó a la puerta, la voz le preguntó una vez más: «Quién está ahí?» Y el sabio gritó: «¡Eres tú mismo!». La puerta se abrió.
La comprensión tiene lugar a través de la conciencia. ¿Podemos entonces abordar nuestra experiencia, nuestras sensaciones, sentimientos y pensamientos, con toda sencillez, como si nunca los hubiéramos conocido hasta ahora, y, sin prejuicios, observar lo que sucede? Quizá se pregunte usted: «¿Qué experiencias, sensaciones y sentimientos debemos observar?» Y yo responderé: «¿Cuáles puede usted observar?» La respuesta es que debe observar aquellos que tiene ahora.
Sin duda esto es bastante evidente, pero con frecuencia las cosas muy evidentes se pasan por alto. Si un sentimiento no está presente, no somos conscientes de él. No hay más experiencia que la presente. Lo que sabemos, aquello de lo que tenemos realmente conciencia, es sólo lo que está sucediendo en este momento, y nada más.




