Ayahuasca

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21 de agosto de 2014

EL AMIGO ESPIRITUAL - Chogyam Trungpa Rimpoche

“Así pues, la transmisión de las enseñanzas exige que el discípulo entregue algo a cambio de ellas. Es necesario algún tipo de ofrenda o de entrega psicológica. Es por eso que la entrega, la apertura y la renuncia a toda expectativa son indispensables para poder hablar de una auténtica relación entre maestro y discípulo. Es necesario que nos entreguemos, nos abramos y mostremos al guru todo lo que somos, en lugar de tratar de presentarnos como discípulos dignos de consideración. No importa cuanto estemos dispuestos a pagar, como tampoco importan la corrección de nuestros modales ni nuestra inteligencia o facilidad de palabra ante el maestro. No vamos a afrontar una entrevista laboral o a discutir con un vendedor la compra de un automóvil.

La espiritualidad exige mucho más. No se trata de solicitar un trabajo ni de vestirse bien para impresionar a un posible jefe. Esas estratagemas carecen de utilidad cuando nos entrevistamos con un maestro ya que él puede ver a través nuestro y le divierte mucho, por ejemplo, vernos vestidos especialmente para la ocasión. Es esta situación las muestras de halago no sólo son inútiles sino también contraproducentes. Así pues, tenemos que asumir el sincero compromiso de abrirnos al maestro y estar dispuestos a renunciar a todas nuestras ideas preconcebidas. 

En Occidente se ha abusado de la palabra “maestro”. En realidad, sería mucho mejor hablar de “amigo espiritual”, puesto que las enseñanzas subrayan el encuentro entre dos mentes y la comunicación recíproca, más que la relación entre un ser altamente evolucionado y otro miserable y confundido. Cuando se establece una relación de servidumbre con el guru como la que existe entre el señor y su siervo, el que ocupa una posición superior aparece ante el otro como si estuviera flotando sobre su asiento, levitando y mirándolo desde lo alto. La voz del maestro es penetrante y llena el espacio. Cada sonido que emite, incluso su tos o cualquier pequeño movimiento, nos parece un gesto de sabiduría. Pero todo esto no es sino una fantasía. El maestro debe ser, principalmente, un amigo espiritual que sepa mostrar y transmitir sus propias cualidades, como Marpa hizo con Milarepa y Naropa con Marpa. No exageraba la importancia de la espiritualidad pero tampoco desatendía a su familia ni su relación física con la tierra. 

Tampoco sirve de nada escoger a alguien como maestro sólo porque es famoso, un personaje célebre que ha publicado muchos libros o ha convertido a cientos o a miles de personas. Por el contrario, el principio directriz que debe guiarnos en la búsqueda es si somos capaces de comunicarnos con esa persona sin reservas y de un modo directo. Tenemos que averiguar también hasta qué punto no estamos engañándonos a nosotros mismos. ¿Nos conoce verdaderamente el amigo espiritual? Y lo que es más importante, ¿es capaz de desenmascararnos completamente y de comunicarse directamente con nosotros? 

Si queremos cultivar la amistad de un amigo espiritual tenemos que hacerlo con inocencia, abiertamente, para que la comunicación tenga lugar entre iguales. No podemos tratar de granjearnos las simpatías del maestro. 

Para que un maestro nos acepte como amigos tenemos que abrirnos a él sin reserva alguna. Y, para poder abrirnos, tendremos que someternos probablemente a ciertas pruebas, ya sea a manos del amigo espiritual o de las situaciones de la vida en general. Todas esas pruebas nos abocan, a la postre, a algún tipo de desengaño. Llega un momento en el que dudamos incluso de los sentimientos del amigo espiritual pensando que no siente nada hacia nosotros. Este pensamiento nos obliga a afrontar nuestra propia hipocresía. La hipocresía, las pretensiones y los simulacros del ego presentan una gran resistencia, pues el ego está protegido por una gruesa coraza. Nuestra armadura es tan gruesa que el amigo espiritual no puede sentir la textura de la piel o la forma del cuerpo que hay debajo. Ni siquiera puede distinguir nuestro rostro. Hay muchas historias antiguas sobre la relación entre maestro y discípulo que relatan el modo en que éste último debía emprender largos viajes y sobrellevar grandes penurias hasta que su fascinación e impulso inicial se debilitaba. Éste es precisamente el propósito de este tipo de pruebas . El impulso inicial que nos lleva a querer encontrar algo es en sí mismo un obstáculo. Cuando este impulso desaparece, nuestra desnudez fundamental comienza a manifestarse y puede tener lugar el auténtico encuentro entre dos mentes.  

Según se afirma, la primera etapa del encuentro con el amigo espiritual es como una visita al supermercado. Nos sentimos emocionados e imaginamos toda la variedad de artículos que podemos adquirir, es decir, la riqueza del amigo espiritual y las llamativas cualidades de su personalidad. La segunda etapa de nuestra relación con el maestro se parece a una citación judicial, como si fuésemos delincuentes. No podemos cumplir sus exigencias y comenzamos a sentirnos cohibidos porque somos conscientes de que sabe tanto de nosotros como nosotros mismos, lo que resulta sumamente incómodo.En la tercera etapa, el encuentro con el amigo espiritual se parece a la visión de una vaca pastando felizmente por el prado. Nos conformamos con admirar su mansedumbre y el paisaje y seguimos nuestro camino. Por último, en la cuarta etapa de la relación, la experiencia es comparable a cruzarnos con una roca en el camino, es decir, pasamos por su lado y ni siquiera la advertimos. 

Al principio tiene lugar una suerte de noviazgo o aventura amorosa con el maestro donde intentamos probar si seremos capaces de conquistarle. Hay una gran tendencia a querer estar siempre cerca del maestro espiritual porque nos sentimos deseosos de aprender y albergamos una profunda admiración por él. Sin embargo, la situación también resulta aterradora y desconcertante en cierto sentido, puesto que de algún modo no colma nuestras expectativas y nos asalta el temor de no poder ser completa y cabalmente sinceros con el maestro. Se establece entonces una relación ambivalente de amor y de odio, un proceso donde coexisten el deseo de entregarse y el de escapar. En otras palabras, empezamos a jugar nuestro juego, el juego de querer mostrarnos abiertos o de anhelar una aventura amorosa con el maestro y, a la vez, de querer escapar de él. Si nos acercamos demasiado al amigo espiritual, entonces, nos sentimos abrumados por su presencia.

Pero a la larga, la relación comienza a establecerse y enraizarse. El discípulo se da cuenta de que esta ambigüedad de querer estar cerca y a la vez escapar es simplemente uno de los muchos juegos del ego y una mera alucinación que no tiene nada que ver con la situación real. El guru o amigo espiritual está siempre ardiendo como el fuego. Podemos jugar o no, sólo de nosotros depende. 

A partir de este momento, la relación con el amigo espiritual comienza a tornarse sumamente creativa. Aceptamos igualmente el hecho de sentirnos abrumados y de sentirnos alejados. Una vez que nada nos inquieta ni desconcierta, logramos reconciliarnos con el maestro y su manera de ser. 

En la próxima etapa, después de aprender todo lo que es el maestro, nos rendimos completamente, nos sentimos tan insignificantes como una mota de polvo y perdemos nuestra propia inspiración personal. Comenzamos a sentir que el único mundo que existe es el del amigo espiritual, el del maestro. Es como si estuviéramos viendo una película fascinante. La película es lo único que existe. Es como una luna de miel. Nos sentimos unos seres minúsculos e inútiles que reciben todo su sustento del ser fundamental, grandioso y fascinante del maestro. Durante esta fase predomina el fenómenos del “culto a la personalidad”. Si morimos, morimos por él, y si vivimos, lo hacemos gracias a él. En cualquier caso somos insignificantes.   

Sin embargo, esta relación amorosa con el amigo espiritual no puede durar para siempre. tarde o temprano, mengua la intensidad del amor y tenemos que afrontar nuestra situación vital y nuestra propia naturaleza psicológica. Es como el final de una luna de miel para una pareja de recién casados. Comenzamos a comprender porque esa persona es un maestro, más allá de los límites de su personalidad e individualidad. Es así como emerge en el panorama  el principio de la “universalidad del maestro”. Siempre que hay dificultades, escuchamos las palabras del guru, aunque él no esté presente. Empezamos a independizarnos de la figura amorosa del guru, porque todas las situaciones se convierten en una expresión de las enseñanzas

Además de ser una persona externa, el amigo espiritual pasa entonces a formar parte de nosotros mismos. En ese sentido, el maestro desempeña un papel muy importante en el proceso de penetración y descubrimiento de nuestra propia hipocresía. Cuando el maestro interno comienza a activarse, no podemos eludir del imperativo de abrirnos a las situaciones. La inteligencia básica nos persigue a todas partes. No hay manera de escapar de nuestra propia sombra. Somos nosotros mismos quienes nos observamos. Es nuestra propia sombra la que nos vigila.

Podemos ver al guru como un espectro que nos persigue y se burla de nosotros por nuestra falta de sinceridad. Puede afirmarse que hay un cierto componente diabólico en el acto de descubrir lo que somos. Pero, al mismo tiempo, hay una cualidad creativa en el amigo espiritual que también forma parte de nuestro ser, puesto que la inteligencia básica está presente en todas las situaciones de la vida. Es tan sagaz y penetrante que, arribados a cierto punto, aunque queramos suprimirla ya no es posible. En ocasiones, muestra una expresión severa mientras que, otras veces, hace gala de una sonrisa inspiradora. 

Por eso, es recomendable que, si no estamos absolutamente convencidos de ello, no iniciemos el sendero espiritual pues, una vez emprendamos el camino, habremos tomado una decisión irrevocable de la que no hay manera de escapar”. 




Más allá del materialismo espiritual. Chogyam Trungpa. Compilada por Carolyn Rose Gimian. Traducción de Fernando Mora Zahonero. Ediciones La Llave. 


21 de mayo de 2014

El ensimismamiento - Chogyam Trungpa

Fascinados por un entorno que nos resulta familiar, nos esforzamos por mantenerlo, repitiendo deseos y anhelos conocidos, para así no dar jamás cabida a ningún estado mental espacioso. La confusión no sólo nos brinda un terreno muy familiar donde ocultarnos, sino que también nos ofrece una manera de mantenernos ocupados. Acceder al estado despierto nos irrita sobremanera porque no sabemos muy bien como manipularlo y, por lo tanto, preferimos volver rápidamente a nuestra prisión en lugar de liberarnos de ella. 

Los seis reinos son el mundo de los dioses, el de los dioses celosos, el humano, el animal, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Estos reinos tienen que ver con las actitudes emocionales que mantenemos hacia nosotros mismos y nuestro entorno, actitudes que se ven teñidas y reforzadas por las explicaciones y racionalizaciones conceptuales. Cualquier ser humano puede experimentar en el transcurso de un mismo día las emociones de cada uno de los seis reinos. 

La principal ocupación en el reino de los dioses es la fijación mental, una suerte de absorción meditativa sobre el propio yo que está basada en una visión materialista de la espiritualidad. El sujeto no sólo permanece totalmente absorto en sí mismo sino que también se experimenta como algo opaco y dotado de solidez. Ese tipo de práctica exige largos preparativos y una tremenda dosis de “desarrollo personal”. Hay una tendencia exagerada a observarse a uno mismo, lo que obviamente reafirma la existencia del sujeto que medita.

En el caso de que tengamos éxito en esta práctica, los resultados serán espectaculares y contemplaremos visiones, escucharemos sonidos que nos llenarán de inspiración y accederemos a estados mentales aparentemente profundos, acompañados de un gran bienestar físico y mental. El esfuerzo que conlleva mantener constantemente la conciencia del yo puede dar lugar a todo tipo de “estados alterados de conciencia”. 

Es posible ensimismarse también a través de una técnica, como la visualización o la repetición de un mantra. Tales prácticas -basadas en la creencia de “Soy yo quien está haciendo tal cosa”, no hacen sino reforzar nuestra tendencia a cultivar la conciencia del yo.

El reino de los dioses -que se alimenta de la esperanza y el temor constantes- sólo puede ser alcanzado tras un terrible esfuerzo. El miedo al fracaso y la esperanza de conseguir algo van incrementándose cada vez más y llega un momento en el que creemos que, por fin, lo hemos conseguido, pero acto seguido tenemos la impresión de que no lo vamos a lograr. La alternancia entre ambos extremos produce una gran tensión. El éxito y el fracaso cobran proporciones gigantescas y podemos creer con igual facilidad que hemos fracasado o, por el contrario, alcanzado el goce supremo.

Por último, nos sentimos tan excitados que comenzamos a perder de vista los puntos de referencia de nuestros temores y esperanzas. Perdemos el hilo y ya no sabemos ni dónde estamos ni qué estamos haciendo. Entonces, de súbito, el dolor y el placer se unifican y nos absorbemos en un estado meditativo de ensimismamiento en nuestro propio yo. Este descubrimiento nos parece un logro supremo. Muy pronto, el placer comienza a saturar nuestro ser. No sólo dejamos atrás la esperanza y el miedo, sino que es muy posible que creamos haber llegado a un estado de realización permanente o de unión con Dios. En este instante, todo lo que vemos nos parece hermoso y pleno de amor e incluso las situaciones más grotescas de la vida nos parecen celestiales. Sin embargo, las cosas desagradables y agresivas nos resultan hermosas tan sólo porque hemos alcanzado la unión absoluta con el ego. En otras palabras, el ego ha perdido el contacto con su propia inteligencia. Es el grado máximo y definitivo de la confusión, el abismo más profundo de la ignorancia, y posee una fuerza increíble. Se trata de una bomba atómica espiritual, una forma de autodestrucción que excluye a la compasión, impide cualquier intento de comunicación y pone fin a la posibilidad de liberarnos de la esclavitud del ego. Así pues, la perspectiva propia del reino de los dioses nos lleva a caer en un ensimismamiento cada vez más profundo que, poco a poco, da lugar a más cadenas constrictivas. Cuanto más perfeccionamos nuestra práctica, más nos esclavizamos; como el gusano de seda que se enreda en su propio hilo hasta morir asfixiado. 

En realidad, hasta ahora hemos examinado tan sólo uno de los dos aspectos que puede asumir el reino de los dioses, es decir, la trasnformación perversa y autodestructiva de la espiritualidad en materialismo. Sin embargo, la versión del materialismo propia del reino de los dioses también puede aplicarse a un ámbito supuestamente más profano como es el de disfrutar del máximo placer mental y físico y conquistar las metas que nos parecen más seductoras: riqueza, salud, belleza, celebridad, virtud, etcétera. Se trata de un modo de proceder que siempre está basado en el placer, entendido éste como un intento de mantener el propio ego. Lo que caracteriza al reino de los dioses es la pérdida de todo rastro de esperanza y temor, algo que se puede alcanzar tanto en el ámbito de los placeres sensoriales como en el de los espirituales. Pero, en ambos casos, para poder llegar a la suma felicidad, debemos perder a la vez la noción de un buscador y la de un objetivo que lograr. Si nuestra ambición se traduce en metas mundanas, buscamos al principio la felicidad, pero luego empezamos también a disfrutar de la lucha por obtener esa felicidad y, a la postre, terminamos sintiéndonos a gusto meramente con la lucha. A mitad de camino hacia el estado de comodidad y placer absolutos decidimos arrojar la toalla y sacar el máximo partido de nuestra situación. Entonces, la lucha se convierte en aventura y, finalmente, en un período de vacaciones o de asueto. Proseguimos el viaje de aventura en pos de nuestro objetivo final pero, al mismo tiempo, cada paso que damos en esa dirección nos parece como unas vacaciones o una oportunidad de disfrutar.

De modo que el reino de los dioses no es especialmente doloroso en sí mismo, sino que el dolor proviene de la desilusión final. Creemos que hemos arribado a un estado de dicha permanente -espiritual o mundana- pero, de repente, se produce una sacudida y comprendemos que ese estado no va a durar para siempre. La felicidad conquistada se torna más vacilante y discontinua y, de ese modo, nos esforzamos a toda costa por mantener nuestro estado de gozo. Tenemos la impresión de que hemos sido estafados por no poder quedarnos para siempre en el mundo de los dioses. Y, cuando la situación nos abofetea, obligándonos a lidiar con circunstancias fuera de lo previsto, la desilusión resultante es terrible. Entonces, nos condenamos a nosotros mismos o condenamos a la persona que nos condujo hasta el reino de los dioses... o al evento que nos sacó de él. Nos sentimos enfadados y defraudados porque tenemos la impresión de haber sido engañados. Y, en ese momento, comenzamos a buscar un nuevo reino, otro estilo de relación con la realidad. Eso es lo que se denomina samsara, un término que significa literalmente “remolino” o "círculo continuo", y que se refiere al océano de la confusión cuyas aguas giran eternamente en una vorágine sin fin.


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa.