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21 de mayo de 2014

El ensimismamiento - Chogyam Trungpa

Fascinados por un entorno que nos resulta familiar, nos esforzamos por mantenerlo, repitiendo deseos y anhelos conocidos, para así no dar jamás cabida a ningún estado mental espacioso. La confusión no sólo nos brinda un terreno muy familiar donde ocultarnos, sino que también nos ofrece una manera de mantenernos ocupados. Acceder al estado despierto nos irrita sobremanera porque no sabemos muy bien como manipularlo y, por lo tanto, preferimos volver rápidamente a nuestra prisión en lugar de liberarnos de ella. 

Los seis reinos son el mundo de los dioses, el de los dioses celosos, el humano, el animal, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Estos reinos tienen que ver con las actitudes emocionales que mantenemos hacia nosotros mismos y nuestro entorno, actitudes que se ven teñidas y reforzadas por las explicaciones y racionalizaciones conceptuales. Cualquier ser humano puede experimentar en el transcurso de un mismo día las emociones de cada uno de los seis reinos. 

La principal ocupación en el reino de los dioses es la fijación mental, una suerte de absorción meditativa sobre el propio yo que está basada en una visión materialista de la espiritualidad. El sujeto no sólo permanece totalmente absorto en sí mismo sino que también se experimenta como algo opaco y dotado de solidez. Ese tipo de práctica exige largos preparativos y una tremenda dosis de “desarrollo personal”. Hay una tendencia exagerada a observarse a uno mismo, lo que obviamente reafirma la existencia del sujeto que medita.

En el caso de que tengamos éxito en esta práctica, los resultados serán espectaculares y contemplaremos visiones, escucharemos sonidos que nos llenarán de inspiración y accederemos a estados mentales aparentemente profundos, acompañados de un gran bienestar físico y mental. El esfuerzo que conlleva mantener constantemente la conciencia del yo puede dar lugar a todo tipo de “estados alterados de conciencia”. 

Es posible ensimismarse también a través de una técnica, como la visualización o la repetición de un mantra. Tales prácticas -basadas en la creencia de “Soy yo quien está haciendo tal cosa”, no hacen sino reforzar nuestra tendencia a cultivar la conciencia del yo.

El reino de los dioses -que se alimenta de la esperanza y el temor constantes- sólo puede ser alcanzado tras un terrible esfuerzo. El miedo al fracaso y la esperanza de conseguir algo van incrementándose cada vez más y llega un momento en el que creemos que, por fin, lo hemos conseguido, pero acto seguido tenemos la impresión de que no lo vamos a lograr. La alternancia entre ambos extremos produce una gran tensión. El éxito y el fracaso cobran proporciones gigantescas y podemos creer con igual facilidad que hemos fracasado o, por el contrario, alcanzado el goce supremo.

Por último, nos sentimos tan excitados que comenzamos a perder de vista los puntos de referencia de nuestros temores y esperanzas. Perdemos el hilo y ya no sabemos ni dónde estamos ni qué estamos haciendo. Entonces, de súbito, el dolor y el placer se unifican y nos absorbemos en un estado meditativo de ensimismamiento en nuestro propio yo. Este descubrimiento nos parece un logro supremo. Muy pronto, el placer comienza a saturar nuestro ser. No sólo dejamos atrás la esperanza y el miedo, sino que es muy posible que creamos haber llegado a un estado de realización permanente o de unión con Dios. En este instante, todo lo que vemos nos parece hermoso y pleno de amor e incluso las situaciones más grotescas de la vida nos parecen celestiales. Sin embargo, las cosas desagradables y agresivas nos resultan hermosas tan sólo porque hemos alcanzado la unión absoluta con el ego. En otras palabras, el ego ha perdido el contacto con su propia inteligencia. Es el grado máximo y definitivo de la confusión, el abismo más profundo de la ignorancia, y posee una fuerza increíble. Se trata de una bomba atómica espiritual, una forma de autodestrucción que excluye a la compasión, impide cualquier intento de comunicación y pone fin a la posibilidad de liberarnos de la esclavitud del ego. Así pues, la perspectiva propia del reino de los dioses nos lleva a caer en un ensimismamiento cada vez más profundo que, poco a poco, da lugar a más cadenas constrictivas. Cuanto más perfeccionamos nuestra práctica, más nos esclavizamos; como el gusano de seda que se enreda en su propio hilo hasta morir asfixiado. 

En realidad, hasta ahora hemos examinado tan sólo uno de los dos aspectos que puede asumir el reino de los dioses, es decir, la trasnformación perversa y autodestructiva de la espiritualidad en materialismo. Sin embargo, la versión del materialismo propia del reino de los dioses también puede aplicarse a un ámbito supuestamente más profano como es el de disfrutar del máximo placer mental y físico y conquistar las metas que nos parecen más seductoras: riqueza, salud, belleza, celebridad, virtud, etcétera. Se trata de un modo de proceder que siempre está basado en el placer, entendido éste como un intento de mantener el propio ego. Lo que caracteriza al reino de los dioses es la pérdida de todo rastro de esperanza y temor, algo que se puede alcanzar tanto en el ámbito de los placeres sensoriales como en el de los espirituales. Pero, en ambos casos, para poder llegar a la suma felicidad, debemos perder a la vez la noción de un buscador y la de un objetivo que lograr. Si nuestra ambición se traduce en metas mundanas, buscamos al principio la felicidad, pero luego empezamos también a disfrutar de la lucha por obtener esa felicidad y, a la postre, terminamos sintiéndonos a gusto meramente con la lucha. A mitad de camino hacia el estado de comodidad y placer absolutos decidimos arrojar la toalla y sacar el máximo partido de nuestra situación. Entonces, la lucha se convierte en aventura y, finalmente, en un período de vacaciones o de asueto. Proseguimos el viaje de aventura en pos de nuestro objetivo final pero, al mismo tiempo, cada paso que damos en esa dirección nos parece como unas vacaciones o una oportunidad de disfrutar.

De modo que el reino de los dioses no es especialmente doloroso en sí mismo, sino que el dolor proviene de la desilusión final. Creemos que hemos arribado a un estado de dicha permanente -espiritual o mundana- pero, de repente, se produce una sacudida y comprendemos que ese estado no va a durar para siempre. La felicidad conquistada se torna más vacilante y discontinua y, de ese modo, nos esforzamos a toda costa por mantener nuestro estado de gozo. Tenemos la impresión de que hemos sido estafados por no poder quedarnos para siempre en el mundo de los dioses. Y, cuando la situación nos abofetea, obligándonos a lidiar con circunstancias fuera de lo previsto, la desilusión resultante es terrible. Entonces, nos condenamos a nosotros mismos o condenamos a la persona que nos condujo hasta el reino de los dioses... o al evento que nos sacó de él. Nos sentimos enfadados y defraudados porque tenemos la impresión de haber sido engañados. Y, en ese momento, comenzamos a buscar un nuevo reino, otro estilo de relación con la realidad. Eso es lo que se denomina samsara, un término que significa literalmente “remolino” o "círculo continuo", y que se refiere al océano de la confusión cuyas aguas giran eternamente en una vorágine sin fin.


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa.