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25 de septiembre de 2015

La "evasión espiritual" - Dr. Robert Masters

La “evasion espiritual”, un término acuñado por primera vez por el psicólogo John Welwood en 1984, consiste en el uso de prácticas y creencias espirituales para evitar enfrentarnos con nuestros sentimientos dolorosos, heridas no resueltas y necesidades de desarrollo. (…) Está tan generalizada que pasa desapercibida, salvo en los casos extremos en que resulta más evidente.

Esto es debido, en parte, a nuestra tendencia a no tener mucha tolerancia para enfrentarnos con nuestro dolor, adentrarnos en él y tratarlo; en lugar de ello, preferimos sin dudarlo “soluciones” que lo aplaquen, sin que nos importe el sufrimiento que tales “remedios” puedan catalizar. (…) La evasión espiritual viene como anillo al dedo a nuestro hábito colectivo de huir de lo que resulte doloroso, como una especie de analgésico superior sin efectos secundarios aparentemente mínimos. 

Entre los distintos aspectos de la evasión espiritual encontramos un desapego exagerado, entumecimiento y represión emocionales, un excesivo énfasis en lo positivo, fobia a la rabia, compasión ciega o demasiado tolerante, límites débiles o demasiado porosos, un desarrollo “cojo” (con una inteligencia cognitiva muy por delante de la inteligencia emocional y moral), un juicio debilitante sobre la propia negatividad o “lado oscuro”, una infravaloración de lo personal en relación con lo espiritual y falsas ilusiones de haber llegado a un nivel superior de ser.

Se ha presentado la evasión espiritual como una práctica o perspectiva espiritualmente avanzada, que va más allá de la religión, sobre todo en la espiritualidad de consumo rápido, cuyos paradigmas son fenómenos como El Secreto. Algunas de sus características vulgares son esas raciones de sabiduría recalentada tipo “No te lo tomes como algo personal”, o “Lo que te molesta de alguien, en realidad sólo es algo que te molesta de ti”, o “Todo es una simple ilusión”, se ponen a disposición de casi cualquiera para su consumo y cantinela repetitiva.

La verdadera espiritualidad no es un Nirvana, ni un “subidón”, ni un “estado alterado”. La mayoría de las veces en que nos hallamos inmersos en la evasión espiritual, nos gusta la luz pero no el calor. Pero si de veras queremos la luz, no podemos permitirnos huir del calor. Como dijo Victor Frankl, “Aquello que da luz debe soportar estar ardiendo”. Y estar con el calor del fuego no significa simplemente sentarnos a meditar sobre nuestras dificultades, sino también sumergirnos de lleno en ellas, adentrarnos hasta sus entrañas, enfrentarnos, penetrar e intimar con lo que haya allí, por mucho miedo que nos dé o por traumático, triste o crudo que nos resulte. 

La evasión espiritual está ocupada en gran medida, al menos en sus formas de la Nueva Era, por la idea de totalidad y de innata unidad del Ser -el concepto de Unidad es quizás su condepto estrella- pero en realidad genera y refuerza la fragmentación separándose de -y rechazando- todo lo que sea doloroso, angustioso y esté por sanar; en definitiva, todos los aspectos del ser humano que distan mucho de ser halagüeños.

Un signo habitualmente indicador de la evasión espiritual es una falta de enraizamiento y de experiencia corporal que tiende a mantenernos o bien “flotando en el espacio” en cuando al modo de relacionarnos con el mundo o bien atados con demasiada rigidez a un sistema espiritual que aparentemente nos proporciona la solidez que nos falta. También podemos caer en el perdón y la disociación emocional prematuros -confundiendo la rabia con la agresividad y la hostilidad- lo cual nos deja sin poder. Ese rasgo de ser exageradamente amable nos aleja de la profundidad y autenticidad emocional, y el dolor que subyace a ella la mantiene aislada de los mismos cuidados que la desenvolverían y desharían.  

La evasión espiritual nos distancia no solo de nuestro dolor y de cuestiones personales difíciles sino también de nuestra auténtica espiritualidad, dejándonos encallados en un limbo metafísico, una zona eb que todo es exageradamente dulce, agradable y superficial. 

Pero no seamos demasiado duros con la evasión espiritual, ya que todos los que nos hemos adentrado en lo espiritual hemos caído en ella, en mayor o menos grado, tras haber utilizado durante años otros medios de hacernos sentir mejor o más seguros. 

Hasta las metodologías espirituales más exquisitamente diseñadas pueden convertirse en trampas y no llevar a la libertad , sino solamente al refuerzo del “yo” que quiere ser un alguien  que haya alcanzado la libertad, el mismo que no se da cuenta que no dan ningún Oscar por el despertar. Entre las trampas más evidentes está la creencia de que deberíamos elevarnos por encima de nuestras dificultades y simplemente abrazar la Unidad, aun cuando la tendencia a dividirlo todo en positivo y negativo, superior e inferior, espiritual y no espiritual, nos domine por completo.

Descubrir y reconocer abiertamente nuestra tendencia a la evasión espiritual puede darnos vergüenza al ser “pillados”, pero se trata de una vergüenza sana que podemos trabajar fácilmente, mientras recordemos que la evasión espiritual no es solo algo que hacen los demás; es algo que todos hemos hecho. 

Tal vez donde más se vean señales de que hay una evasión espiritual sea en el minimizar, superficializar o negar rotundamente nuestro lado oscuro y lo que llamamos nuestra negatividad, así como adoptar posturas globales o impersonales respecto a asuntos que son claramente personales, como cuando hablamos del “hecho” de que todo es perfecto, y todo se desarrolla exactamente como debe, mientras estamos hablando a otra persona de un modo degradante. O como respuesta al sufrimiento de alguien podemos decir: “Todo es una ilusión, incluido tu sufrimiento” o “No es más que tu ego”. Zambulléndonos en aforismos de lo absoluto, nos distanciamos de su dolor y del nuestro.

El hecho de evitar sentir profundamente, sobre todo en lo que respecta a nuestras emociones menos agradables, y racionalizarlo espiritualmente, es sin embargo un indicador de la evasión espiritual. Suele darse especialmente en aquellas vías espirituales que tratan el ego como algo a erradicar, algo que se halla en el proceso de realización espiritual, en lugar de considerarlo como una actividad que hay que integrar con resto de nuestro ser.

Cuanto mayor es el dolor de nuestras heridas no resueltas, mayores son las probabilidades de que -si estamos dedicados a ser “espirituales” o a que nos considere personas  “espirituales”- manifestemos algún tipo de autoinflación compensatoria (aunque se revista de humildad) y caigamos en la evasión espiritual en sus formas más burdas, aquellas en las que la práctica y los logros espirituales se utilizan para evitar sentir de forma directa y sin protección la cruda realidad del sufrimiento, manteniéndonos desligados o bien apartados y “a salvo” de nuestro dolor, especialmente el que tiene su origen en las épocas más turbias de nuestro pasado. Mucha gente se queda encallada aquí, y suponen que si sus prácticas espirituales no están haciéndoles sentir mejor es porque no han profundizado en ellas lo suficiente y deben redoblar sus esfuerzos. Enfocar su atención en ello los mantiene distraídos de tener que enfrentarse y tratar con esa cuestión más grande: el dolor que se esconde en el núcleo de su ser.

Menos afortunados que estos practicantes son aquellos a quienes sí “les sale bien” lo de la evasión espiritual, quienes hallan un consuelo relativamente estable en sus prácticas espirituales. Digo menos afortunados porque dado su grado de satisfacción es menos probable que decidan trabajar directa y profundamente sus heridas y elementos sombríos.

La evasión espiritual nos mantiene atascados en un nivel superior o “más elevado” que en realidad sólo lo es en un nivel conceptual.

Cuando el trascender nuestra historia personal tiene prioridad sobre el intimar con ella, la evasión espiritual resulta inevitable. No establecer una íntima relación con nuestro pasado -no familiarizarnos profunda y exhaustivamente con nuestro condicionamiento y los factores que se hallan en el origen del mismo- hace que ese pasado siga sin digerirse ni integrarse y por lo tanto, esté muy presente, a pesar de nuestra aparente capacidad de sobreponernos a él. 

Lo que resulta engañoso de la evasión espiritual es que no siempre parece evasión espiritual. Por ejemplo, si los alumnos de un maestro espiritual preguntan a éste por las dificultades que están teniendo para integrar su práctica espiritual con las exigencias de las relaciones íntimas y él les da únicamente respuestas generales y tópicas, poniéndose elocuente acerca de lo finito e lo infinito, la naturaleza del Ser, etcétera, está cayendo en la evasión espiritual, no importa lo articulada y precisa que pueda ser su respuesta, ya que, aunque lo haga sin darse cuenta, está evitando tratar de una forma directa y relevante el dolor personal e interpersonal de sus alumnos y probablemente también con el suyo. Puede que sus alumnos saquen algo de provecho de la visión global que les está presentando, pero no están recibiendo de él nada que sea apropiadamente personal. 

Abordar la evasión espiritual significa volverse hacia los aspectos dolorosos, desfigurados, condenados al ostracismo, no deseados o bien negados, de nosotros mismos y cultivar una relación lo más íntima posible con ellos. Para hacerlo, debemos tratar inevitablemente nuestro atontamiento, dejando de quedarnos atontados con nuestro atontamiento. Si al hacerlo parece que se nos rompe el corazón es que vamos por el buen camino, aunque vayamos a gatas.

La evasión espiritual: cuando la espiritualidad nos desconecta de lo que verdaderamente importa.
Dr. Robert Augustus Masters.
Ediciciones  Vesica Piscis.
2011