Ayahuasca

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3 de septiembre de 2018

El compromiso de no hacer daño - Pema Chodron

En su versión más simple, el camino de la liberación empieza evitando hacernos daño a nosotros mismos o a los demás.  Cuando hablas o actúas se produce una reacción en cadena y las emociones de otras personas se ven implicadas en la situación. Cada vez que actúas agresivamente o por necesidad imperiosa, celos, envidia u orgullo, es como tirar una piedra a un estanque y ver cómo se expanden las ondas: todos los que hay a tu alrededor se ven afectados.

Evitar hablar o actuar ralentiza nuestro ritmo y nos permite ver nuestras respuestas habituales de una forma clarísima. Hasta que no vemos nuestras reacciones habituales no podemos saber con precisión qué provoca que nos veamos atrapados y qué nos ayudará a liberarnos.

Si partes de la visión de que eres bueno en tu esencia en vez de la que dice que tu esencia tiene algún defecto, al hablar o actuar, al evitar algunas cosas, empezarás a tener una comprensión creciente de que no eres una mala persona que necesita mejorar, sino que realmente eres una buena persona con hábitos que te están causando mucho sufrimiento pero que son susceptibles de cambiar.

Todos llevamos con nosotros toneladas de viejas costumbres, pero, por suerte para nosotros, hay posibilidad de eliminarlas. Conseguir evitarlas es algo muy poderoso porque nos da la oportunidad de reconocer cuándo nos vemos atrapados.

Cada vez que no nos abstenemos de reaccionar o actuamos sin reflexionar, estamos reforzando las viejas costumbres. Estamos manteniendo en funcionamiento todo el mecanismo del sufrimiento. Pero cuando nos abstenemos de reaccionar nos estamos permitiendo sentir la incertidumbre subyacente, esa energía tensa e inquieta, sin intentar escapar de ella. Las vías de escape están ahí, pero nosotros no las estamos utilizando. No estamos intentando erradicar los pensamientos, nos estamos entrenando para no vernos enredados en ellos. "No creas todo lo que piensas" es la idea básica en este caso.

Empezamos a ver cómo nos protegemos contra el dolor con una armadura y cómo esa armadura también nos aleja del dolor de otras personas (y también de su parte bella).  Nuestra armadura no está hecha más que de hábitos y miedos y sentimos que podemos dejar que todo eso se suelte.

La ciencia está demostrando que cada vez que nos abstenemos de reaccionar mecánicamente sin reprimirnos se establecen nuevas conexiones neuronales en el cerebro. Al no lanzarnos a las antiguas vías de escape nos estamos predisponiendo a nuevas formas de vernos a nosotros mismos, a una nueva forma de relacionarnos con el mundo misteriosamente impredecible en que vivimos.

Este compromiso es muy simple: hablamos o actuamos con el fin de escapar o no. Es muy importante empezar con este enfoque tan directo: no hablar o actuar para evadirnos. Punto.

SOBRE HABLAR DE FORMA  CONSIDERADA

Consciente de sufrimiento que provoca hablar desconsideradamente, yo hago el voto de cultivar la forma de hablar más correcta. Sabiendo que las palabras pueden provocar felicidad o sufrimiento, haré todo lo que pueda para no mentir ni cotillear ni criticar, para no utilizar  palabras duras o vanas y para no decir cosas que provoquen la división o el odio. Aspiro a decir siempre la verdad.

En su obra, La práctica del bodisatva, Shantideva enumera todas las formas que se le ocurren de expresar cómo es estar a punto de hablar o de actuar de forma neurótica. Y en todos los casos nos recomienda no hacerlo. Cuando surgen pensamientos de deseo o apetencias, o queremos hablar o actuar agresivamente. El consejo de Shantideva es:

Cuando la mente está llena de farsas
Y de orgullo y altiva arrogancia,
Cuando queremos mostrar al mundo los defectos ocultos de otros,
Sacar a la luz las antiguas disensiones o actuar con falsedad,
Cuando lo que queremos son halagos hacia nosotros,
Críticas para difamar a otros,
O utilizar un lenguaje duro para provocar una trifulca,
Es cuando debemos mostrarnos como un tronco de madera.

Tal vez tú quieras caerle bien a todo el mundo. O quedar por encima de otra persona. O simplemente te apetece cotillear. O estás impaciente. O estás deseando provocar una pelea. Tal vez te veas tentado a lanzarte a "un discurso altivo e insolente" o al cinismo, el sarcasmo y la condescendencia. Si reconoces lo que ocurre y evitas hacerlo, eso abrirá un espacio en tu mente. Aferrándote a tu forma de ver las cosas y a tus opiniones, pensando que siempre tienes razón y poniéndote por encima de los demás sólo conseguirás estar perpetuamente atrapado. Seguirás haciendo que la gente se sienta furiosa o inferior y te mantendrás luchando en batallas innecesarias. ¿Y cuál es el remedio? Examínate, dice Shantideva. Mira exactamente lo que estás haciendo. "Fíjate en tus pensamientos dañinos y en cada lucha inútil y aplica los remedios necesarios para mantener la mente tranquila".



(Extraído de Vivir bellamente... en la incertidumbre y el cambio. Pema Chödrön.)






 

2 de marzo de 2018

Comprender que todo cambia - Pema Chodron

Chogyam Trungpa solía hablar de la ansiedad fundamental del ser humano. Esta ansiedad o sensación de vértigo ante la impermanencia no es algo que nos afecte sólo a unos pocos; más bien se trata de un estado que lo domina todo y que compartimos todos los seres humanos. Pero en vez de vernos desalentados por la ambigüedad, la incertidumbre de la vida, ¿por qué no aceptarla y relajarnos con ella? ¿Por qué no decir: "Si, así es como es, esto es lo que significa ser humanos" y decidir que vamos a sentarnos cómodamente y disfrutar del viaje?

Por suerte Buda nos dio muchas instrucciones para hacer justo eso. Entre ellas encontramos la tradición que en el budismo tibetano se conoce como "los tres votos" o "los tres compromisos". Son tres métodos para aceptar lo caótico, lo inestable, lo dinámico, la naturaleza desafiante de nuestra situación como camino hacia el despertar. El primer compromiso, denominado el voto pratimoksha, es la base para la liberación personal. Se trata del compromiso de procurar no infligir daño con nuestras acciones, palabras o pensamientos, un compromiso para mostrar bondad unos con otros. Nos proporciona una estructura en la que aprendemos a trabajar con nuestros pensamientos y emociones y a evitar hablar o actuar empujados por la confusión. El siguiente paso para estar cómodos con ese desarraigo existencial es el compromiso de ayudar a los demás. Este voto, llamado bodhisattva,  consiste en dedicar nuestras vidas a mantener los corazones y las mentes abiertos y en alimentar nuestra compasión a fin de aliviar el sufrimiento del mundo. El tercer compromiso, samaya, estriba en la resolución de aceptar el mundo tal como es, sin prejuicios.

Es un compromiso para ver todo lo que surja ante nosotros, bueno o malo, agradable o doloroso, como una manifestación de energía de la iluminación. De esta manera nos comprometemos a ver todas las cosas como un medio a través del cual podemos aumentar nuestro despertar.

¿Pero qué siginifica la ambigüedad fundamental del ser humano en la vida cotidiana? Por encima de todo comprender que todo cambia. Como escribió Shantideva en el siglo VIII:

Todo lo que poseo y uso
Es como la fugaz visión de un sueño.
Se desvanece en el reino de la memoria;
Y tras desvanecerse, ya no vuelvo a verlo nunca más.


Extraído del libro Vivir bellamente. Pema Chödrön. Ed. Gaia. 

2 de mayo de 2015

Fantasía y realidad: la decepción - Chogyam Trungpa

Por lo general, las religiones hablan de belleza, poesía, éxtasis y dicha. Sin embargo, según el Buda, debemos comenzar experimentando la vida tal como es. Debemos ver la verdad del sufrimiento, la realidad de la insatisfacción. No podemos pasarlas por alto y tratar de examinar solamente los aspectos sublimes y placenteros de la vida. La búsqueda de una tierra prometida, de una Isla del Tesoro, no hace más que aumentar el sufrimiento. No es posible llegar a tales islas. (…) No podemos empezar soñando, eso no sería más que una evasión pasajera, ya que no es posible evadirse de verdad. 

La meditación no es un intento por alcanzar el éxtasis, la felicidad espiritual o la tranquilidad; tampoco una lucha por mejorarse. Se trata simplemente de crear un espacio en el que podamos dejar al descubierto y desarmar nuestros juegos neuróticos y autoengaños, nuestras esperanzas y temores ocultos. Para producir ese espacio recurrimos a la simple disciplina de no hacer nada. En realidad, es muy difícil no hacer nada. La meditación es una manera de hacer que afloren en profusión las neurosis de la mente para incluirlas en la práctica. Nuestras neurosis son como abono: en vez de botarlas a la basura, las esparcimos por el jardín y así van formando parte de nuestra riqueza. 

Se trata, por lo tanto, de asumir lo que somos en vez de escondernos de nuestros problemas e irritaciones. La meditación no debe ser un recurso para olvidarnos de nuestras obligaciones laborales. Cuando practicamos la meditación, nuestras neurosis se asoman a la superficie en vez de esconderse en el fondo de la mente. La práctica nos permite encarar la vida como algo que es posible manejar. Parece que la gente tiene tendencia a creer que si solamente consiguiera alejarse de todos los ajetreos de la vida, retirándose a las montañas o a la orilla del mar, entonces sí podría dedicarse de lleno a alguna práctica contemplativa. Sin embargo, huir de los aspectos mundanales de la vida equivale a despreocuparse del sustento, del verdadero alimentos que está entre los dos trozos de pan. 

Al tomar conciencia de los detalles de manera precisa, nos vamos abriendo a la totalidad compleja de las situaciones. Como un gran río que va a dar al mar; meditar es más que sentarnos solos, en una postura determinada, y atender a procesos simples; es también abrirnos al entorno en el que ocurren esos procesos. El entorno se convierte en mensajero que nunca deja de enviarnos señales, que siempre nos está enseñando algo o ayudando a entender.

Entonces, antes de gratificarnos con técnicas exóticas, antes de jugar con energías, percepciones sensoriales y visiones llenas de símbolos religiosos, debemos poner en orden nuestra mente, y eso lo debemos hacer a un nivel fundamental. (…) El enfoque del budismo consiste esencialmente en cultivar un sentido común trascendental, en ver las cosas tal como son, sin exagerar nada ni ponernos a soñar con lo que nos gustaría ser. 

Mientras sigamos un método espiritual que nos prometa salvación, milagros y liberación, estaremos atados por la “cadena de oro de la espiritualidad”. Es posible que esa cadena nos embellezca, con sus incrustaciones de piedras preciosas y su delicada orfebrería, pero no por eso dejará de aprisionarnos. (…)

Todas las promesas que hemos escuchado no son más que seducción. Quisiéramos que las enseñanzas resolvieran todos nuestros problemas; quisiéramos recibir trucos mágicos para lidiar con nuestras depresiones, conductas agresivas y conflictos sexuales. Pero ¡qué sorpresa darnos cuenta de que no va a ser así! Es una decepción muy grande comprender que deberemos trabajar sobre nosotros mismos y nuestro sufrimiento y que no podemos depender de un redentor o del poder mágico de técnicas yóguicas. 

Debemos permitir que se produzca esa decepción, porque decepcionarse significa renunciar al ego, al logro personal. Uno quisiera presenciar su propia realización; quisiera ver a sus discípulos celebrándolo en actitud de veneración y lanzándole flores en medio de portentos mientras la tierra tiembla y los dioses y ángeles cantan. Eso no sucede nunca. Desde el punto de vista del ego, lograr la realización supone la muerte absoluta: la muerte del ego, la muerte del yo y lo mío, la muerte del observador. Es la máxima decepción, el chasco total. Andar por el camino espiritual es doloroso. Hay que quitarse una máscara tras otra, sufrir insulto tras insulto.

Esa serie de decepciones nos incita a abandonar la ambición. Nos vamos desmoronando cada vez más, hasta que al final tocamos fondo y nos relacionamos con la cordura fundamental de la tierra. Nos reducimos a lo más humilde y pequeño: un granito de arena, perfectamente simple, sin ninguna expectativa. Una vez que tocamos fondo y entramos en contacto con la tierra, ya no tienen cabida los sueños e impulsos frívolos y al fin nuestra práctica se vuelve manejable. Aprendemos a preparar una taza de té correctamente y a caminar derechos sin tropezarnos. Enfrentamos la vida de una manera mucho más sencilla y directa, y las enseñanzas que recibimos o los libros que leemos cobran un sentido práctico; nos dan confianza y nos estimulan a seguir actuando como granitos de arena, tal como somos, sin expectativas y sin sueños.


Nuestra situación se ha vuelto muy amplia, hermosa y práctica. En realidad, es como una invitación, una fuente de inspiración. Si somos un granito de arena, el resto del universo, -es decir, todo el espacio- es nuestro, que no estamos obstruyendo, invadiendo ni poseyendo nada. Lo que hay es un espacio inmensamente abierto...


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa 



21 de diciembre de 2014

El aburrimiento - Chogyam Trungpa

El aburrimiento presenta varias facetas. Por un lado, tiene el sentido de que no ocurre nada y de que, en consecuencia, esperamos que suceda algo. Pero también es posible llegar a apreciar el aburrimiento y disfrutar de él. Sin embargo, para trascender la actitud frívola de querer sustituír el aburrimiento por otra cosa, debemos cultivar primeramente cierta disciplina. El trabajo sobre la respiración. El mero hecho de prestar atención a la respiración es algo muy monótono y poco espectacular. No nos abre el tercer ojo ni los chakras ni nada por el estilo, sino que nos convierte en algo similar a la estatua de un buda abandonado en medio del desierto. No ocurre nada, absolutamente nada.

Es extraño pero cuando nos damos cuenta de que no está pasando nada, también empezamos a ver que está sucediendo algo muy digno donde la frivolidad y la prisa no tienen cabida. 

Sabemos que el Buda se sometió a muchas prácticas hinduistas de meditación. Se chamuscó la piel con fuego. Abordó la energía del tantra mediante meditaciones de todas clases. Se presionó los ojos y vio una luz neurológica y se apretó los oídos y escuchó un zumbido también neurológico, aunque supuestamente yóguico. Hizo todo tipo de experimentos y, a la postre, se dio cuenta de que todos esos fenómenos no eran sino trucos que no tenían nada que ver con el verdadero samadhi o meditación. Es posible que el Buda fuese un cero a la izquierda como estudiante de yoga o que le faltara imaginación en ese terreno. Sea como fuere, emulamos su nulidad.

A medida que fue madurando su actitud hacia la práctica, el Buda se dio cuenta de que tales artificios no son más que imposturas neuróticas. Así que decidió atender únicamente a lo simple y lo real y estudiar la relación existente entre su mente y su cuerpo, pero también a relación que mantenía con la estera de hierba que le servía de asiento y con el árbol Bodhi bajo el que se cobijaba. Examinó su relación con todas las cosas de manera muy simple y directa. Aunque eso no tenía nada de particular ni le procuró emociones fuertes ni hizo que su mente se iluminase súbitamente, en cambio, sí que resultó profundamente tranquilizador. En el momento en el el Buda alcanzó la realización, alguien le preguntó: 

-¿Cuáles son tus credenciales? ¿Cómo podemos saber que realmente has alcanzado la realización?
-Esta tierra sólida puede dar fe de ello. Esta tierra sólida, esta misma tierra, es mi testigo -respondió el Buda tocando el suelo con su mano.





21 de agosto de 2014

EL AMIGO ESPIRITUAL - Chogyam Trungpa Rimpoche

“Así pues, la transmisión de las enseñanzas exige que el discípulo entregue algo a cambio de ellas. Es necesario algún tipo de ofrenda o de entrega psicológica. Es por eso que la entrega, la apertura y la renuncia a toda expectativa son indispensables para poder hablar de una auténtica relación entre maestro y discípulo. Es necesario que nos entreguemos, nos abramos y mostremos al guru todo lo que somos, en lugar de tratar de presentarnos como discípulos dignos de consideración. No importa cuanto estemos dispuestos a pagar, como tampoco importan la corrección de nuestros modales ni nuestra inteligencia o facilidad de palabra ante el maestro. No vamos a afrontar una entrevista laboral o a discutir con un vendedor la compra de un automóvil.

La espiritualidad exige mucho más. No se trata de solicitar un trabajo ni de vestirse bien para impresionar a un posible jefe. Esas estratagemas carecen de utilidad cuando nos entrevistamos con un maestro ya que él puede ver a través nuestro y le divierte mucho, por ejemplo, vernos vestidos especialmente para la ocasión. Es esta situación las muestras de halago no sólo son inútiles sino también contraproducentes. Así pues, tenemos que asumir el sincero compromiso de abrirnos al maestro y estar dispuestos a renunciar a todas nuestras ideas preconcebidas. 

En Occidente se ha abusado de la palabra “maestro”. En realidad, sería mucho mejor hablar de “amigo espiritual”, puesto que las enseñanzas subrayan el encuentro entre dos mentes y la comunicación recíproca, más que la relación entre un ser altamente evolucionado y otro miserable y confundido. Cuando se establece una relación de servidumbre con el guru como la que existe entre el señor y su siervo, el que ocupa una posición superior aparece ante el otro como si estuviera flotando sobre su asiento, levitando y mirándolo desde lo alto. La voz del maestro es penetrante y llena el espacio. Cada sonido que emite, incluso su tos o cualquier pequeño movimiento, nos parece un gesto de sabiduría. Pero todo esto no es sino una fantasía. El maestro debe ser, principalmente, un amigo espiritual que sepa mostrar y transmitir sus propias cualidades, como Marpa hizo con Milarepa y Naropa con Marpa. No exageraba la importancia de la espiritualidad pero tampoco desatendía a su familia ni su relación física con la tierra. 

Tampoco sirve de nada escoger a alguien como maestro sólo porque es famoso, un personaje célebre que ha publicado muchos libros o ha convertido a cientos o a miles de personas. Por el contrario, el principio directriz que debe guiarnos en la búsqueda es si somos capaces de comunicarnos con esa persona sin reservas y de un modo directo. Tenemos que averiguar también hasta qué punto no estamos engañándonos a nosotros mismos. ¿Nos conoce verdaderamente el amigo espiritual? Y lo que es más importante, ¿es capaz de desenmascararnos completamente y de comunicarse directamente con nosotros? 

Si queremos cultivar la amistad de un amigo espiritual tenemos que hacerlo con inocencia, abiertamente, para que la comunicación tenga lugar entre iguales. No podemos tratar de granjearnos las simpatías del maestro. 

Para que un maestro nos acepte como amigos tenemos que abrirnos a él sin reserva alguna. Y, para poder abrirnos, tendremos que someternos probablemente a ciertas pruebas, ya sea a manos del amigo espiritual o de las situaciones de la vida en general. Todas esas pruebas nos abocan, a la postre, a algún tipo de desengaño. Llega un momento en el que dudamos incluso de los sentimientos del amigo espiritual pensando que no siente nada hacia nosotros. Este pensamiento nos obliga a afrontar nuestra propia hipocresía. La hipocresía, las pretensiones y los simulacros del ego presentan una gran resistencia, pues el ego está protegido por una gruesa coraza. Nuestra armadura es tan gruesa que el amigo espiritual no puede sentir la textura de la piel o la forma del cuerpo que hay debajo. Ni siquiera puede distinguir nuestro rostro. Hay muchas historias antiguas sobre la relación entre maestro y discípulo que relatan el modo en que éste último debía emprender largos viajes y sobrellevar grandes penurias hasta que su fascinación e impulso inicial se debilitaba. Éste es precisamente el propósito de este tipo de pruebas . El impulso inicial que nos lleva a querer encontrar algo es en sí mismo un obstáculo. Cuando este impulso desaparece, nuestra desnudez fundamental comienza a manifestarse y puede tener lugar el auténtico encuentro entre dos mentes.  

Según se afirma, la primera etapa del encuentro con el amigo espiritual es como una visita al supermercado. Nos sentimos emocionados e imaginamos toda la variedad de artículos que podemos adquirir, es decir, la riqueza del amigo espiritual y las llamativas cualidades de su personalidad. La segunda etapa de nuestra relación con el maestro se parece a una citación judicial, como si fuésemos delincuentes. No podemos cumplir sus exigencias y comenzamos a sentirnos cohibidos porque somos conscientes de que sabe tanto de nosotros como nosotros mismos, lo que resulta sumamente incómodo.En la tercera etapa, el encuentro con el amigo espiritual se parece a la visión de una vaca pastando felizmente por el prado. Nos conformamos con admirar su mansedumbre y el paisaje y seguimos nuestro camino. Por último, en la cuarta etapa de la relación, la experiencia es comparable a cruzarnos con una roca en el camino, es decir, pasamos por su lado y ni siquiera la advertimos. 

Al principio tiene lugar una suerte de noviazgo o aventura amorosa con el maestro donde intentamos probar si seremos capaces de conquistarle. Hay una gran tendencia a querer estar siempre cerca del maestro espiritual porque nos sentimos deseosos de aprender y albergamos una profunda admiración por él. Sin embargo, la situación también resulta aterradora y desconcertante en cierto sentido, puesto que de algún modo no colma nuestras expectativas y nos asalta el temor de no poder ser completa y cabalmente sinceros con el maestro. Se establece entonces una relación ambivalente de amor y de odio, un proceso donde coexisten el deseo de entregarse y el de escapar. En otras palabras, empezamos a jugar nuestro juego, el juego de querer mostrarnos abiertos o de anhelar una aventura amorosa con el maestro y, a la vez, de querer escapar de él. Si nos acercamos demasiado al amigo espiritual, entonces, nos sentimos abrumados por su presencia.

Pero a la larga, la relación comienza a establecerse y enraizarse. El discípulo se da cuenta de que esta ambigüedad de querer estar cerca y a la vez escapar es simplemente uno de los muchos juegos del ego y una mera alucinación que no tiene nada que ver con la situación real. El guru o amigo espiritual está siempre ardiendo como el fuego. Podemos jugar o no, sólo de nosotros depende. 

A partir de este momento, la relación con el amigo espiritual comienza a tornarse sumamente creativa. Aceptamos igualmente el hecho de sentirnos abrumados y de sentirnos alejados. Una vez que nada nos inquieta ni desconcierta, logramos reconciliarnos con el maestro y su manera de ser. 

En la próxima etapa, después de aprender todo lo que es el maestro, nos rendimos completamente, nos sentimos tan insignificantes como una mota de polvo y perdemos nuestra propia inspiración personal. Comenzamos a sentir que el único mundo que existe es el del amigo espiritual, el del maestro. Es como si estuviéramos viendo una película fascinante. La película es lo único que existe. Es como una luna de miel. Nos sentimos unos seres minúsculos e inútiles que reciben todo su sustento del ser fundamental, grandioso y fascinante del maestro. Durante esta fase predomina el fenómenos del “culto a la personalidad”. Si morimos, morimos por él, y si vivimos, lo hacemos gracias a él. En cualquier caso somos insignificantes.   

Sin embargo, esta relación amorosa con el amigo espiritual no puede durar para siempre. tarde o temprano, mengua la intensidad del amor y tenemos que afrontar nuestra situación vital y nuestra propia naturaleza psicológica. Es como el final de una luna de miel para una pareja de recién casados. Comenzamos a comprender porque esa persona es un maestro, más allá de los límites de su personalidad e individualidad. Es así como emerge en el panorama  el principio de la “universalidad del maestro”. Siempre que hay dificultades, escuchamos las palabras del guru, aunque él no esté presente. Empezamos a independizarnos de la figura amorosa del guru, porque todas las situaciones se convierten en una expresión de las enseñanzas

Además de ser una persona externa, el amigo espiritual pasa entonces a formar parte de nosotros mismos. En ese sentido, el maestro desempeña un papel muy importante en el proceso de penetración y descubrimiento de nuestra propia hipocresía. Cuando el maestro interno comienza a activarse, no podemos eludir del imperativo de abrirnos a las situaciones. La inteligencia básica nos persigue a todas partes. No hay manera de escapar de nuestra propia sombra. Somos nosotros mismos quienes nos observamos. Es nuestra propia sombra la que nos vigila.

Podemos ver al guru como un espectro que nos persigue y se burla de nosotros por nuestra falta de sinceridad. Puede afirmarse que hay un cierto componente diabólico en el acto de descubrir lo que somos. Pero, al mismo tiempo, hay una cualidad creativa en el amigo espiritual que también forma parte de nuestro ser, puesto que la inteligencia básica está presente en todas las situaciones de la vida. Es tan sagaz y penetrante que, arribados a cierto punto, aunque queramos suprimirla ya no es posible. En ocasiones, muestra una expresión severa mientras que, otras veces, hace gala de una sonrisa inspiradora. 

Por eso, es recomendable que, si no estamos absolutamente convencidos de ello, no iniciemos el sendero espiritual pues, una vez emprendamos el camino, habremos tomado una decisión irrevocable de la que no hay manera de escapar”. 




Más allá del materialismo espiritual. Chogyam Trungpa. Compilada por Carolyn Rose Gimian. Traducción de Fernando Mora Zahonero. Ediciones La Llave. 


21 de mayo de 2014

El ensimismamiento - Chogyam Trungpa

Fascinados por un entorno que nos resulta familiar, nos esforzamos por mantenerlo, repitiendo deseos y anhelos conocidos, para así no dar jamás cabida a ningún estado mental espacioso. La confusión no sólo nos brinda un terreno muy familiar donde ocultarnos, sino que también nos ofrece una manera de mantenernos ocupados. Acceder al estado despierto nos irrita sobremanera porque no sabemos muy bien como manipularlo y, por lo tanto, preferimos volver rápidamente a nuestra prisión en lugar de liberarnos de ella. 

Los seis reinos son el mundo de los dioses, el de los dioses celosos, el humano, el animal, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Estos reinos tienen que ver con las actitudes emocionales que mantenemos hacia nosotros mismos y nuestro entorno, actitudes que se ven teñidas y reforzadas por las explicaciones y racionalizaciones conceptuales. Cualquier ser humano puede experimentar en el transcurso de un mismo día las emociones de cada uno de los seis reinos. 

La principal ocupación en el reino de los dioses es la fijación mental, una suerte de absorción meditativa sobre el propio yo que está basada en una visión materialista de la espiritualidad. El sujeto no sólo permanece totalmente absorto en sí mismo sino que también se experimenta como algo opaco y dotado de solidez. Ese tipo de práctica exige largos preparativos y una tremenda dosis de “desarrollo personal”. Hay una tendencia exagerada a observarse a uno mismo, lo que obviamente reafirma la existencia del sujeto que medita.

En el caso de que tengamos éxito en esta práctica, los resultados serán espectaculares y contemplaremos visiones, escucharemos sonidos que nos llenarán de inspiración y accederemos a estados mentales aparentemente profundos, acompañados de un gran bienestar físico y mental. El esfuerzo que conlleva mantener constantemente la conciencia del yo puede dar lugar a todo tipo de “estados alterados de conciencia”. 

Es posible ensimismarse también a través de una técnica, como la visualización o la repetición de un mantra. Tales prácticas -basadas en la creencia de “Soy yo quien está haciendo tal cosa”, no hacen sino reforzar nuestra tendencia a cultivar la conciencia del yo.

El reino de los dioses -que se alimenta de la esperanza y el temor constantes- sólo puede ser alcanzado tras un terrible esfuerzo. El miedo al fracaso y la esperanza de conseguir algo van incrementándose cada vez más y llega un momento en el que creemos que, por fin, lo hemos conseguido, pero acto seguido tenemos la impresión de que no lo vamos a lograr. La alternancia entre ambos extremos produce una gran tensión. El éxito y el fracaso cobran proporciones gigantescas y podemos creer con igual facilidad que hemos fracasado o, por el contrario, alcanzado el goce supremo.

Por último, nos sentimos tan excitados que comenzamos a perder de vista los puntos de referencia de nuestros temores y esperanzas. Perdemos el hilo y ya no sabemos ni dónde estamos ni qué estamos haciendo. Entonces, de súbito, el dolor y el placer se unifican y nos absorbemos en un estado meditativo de ensimismamiento en nuestro propio yo. Este descubrimiento nos parece un logro supremo. Muy pronto, el placer comienza a saturar nuestro ser. No sólo dejamos atrás la esperanza y el miedo, sino que es muy posible que creamos haber llegado a un estado de realización permanente o de unión con Dios. En este instante, todo lo que vemos nos parece hermoso y pleno de amor e incluso las situaciones más grotescas de la vida nos parecen celestiales. Sin embargo, las cosas desagradables y agresivas nos resultan hermosas tan sólo porque hemos alcanzado la unión absoluta con el ego. En otras palabras, el ego ha perdido el contacto con su propia inteligencia. Es el grado máximo y definitivo de la confusión, el abismo más profundo de la ignorancia, y posee una fuerza increíble. Se trata de una bomba atómica espiritual, una forma de autodestrucción que excluye a la compasión, impide cualquier intento de comunicación y pone fin a la posibilidad de liberarnos de la esclavitud del ego. Así pues, la perspectiva propia del reino de los dioses nos lleva a caer en un ensimismamiento cada vez más profundo que, poco a poco, da lugar a más cadenas constrictivas. Cuanto más perfeccionamos nuestra práctica, más nos esclavizamos; como el gusano de seda que se enreda en su propio hilo hasta morir asfixiado. 

En realidad, hasta ahora hemos examinado tan sólo uno de los dos aspectos que puede asumir el reino de los dioses, es decir, la trasnformación perversa y autodestructiva de la espiritualidad en materialismo. Sin embargo, la versión del materialismo propia del reino de los dioses también puede aplicarse a un ámbito supuestamente más profano como es el de disfrutar del máximo placer mental y físico y conquistar las metas que nos parecen más seductoras: riqueza, salud, belleza, celebridad, virtud, etcétera. Se trata de un modo de proceder que siempre está basado en el placer, entendido éste como un intento de mantener el propio ego. Lo que caracteriza al reino de los dioses es la pérdida de todo rastro de esperanza y temor, algo que se puede alcanzar tanto en el ámbito de los placeres sensoriales como en el de los espirituales. Pero, en ambos casos, para poder llegar a la suma felicidad, debemos perder a la vez la noción de un buscador y la de un objetivo que lograr. Si nuestra ambición se traduce en metas mundanas, buscamos al principio la felicidad, pero luego empezamos también a disfrutar de la lucha por obtener esa felicidad y, a la postre, terminamos sintiéndonos a gusto meramente con la lucha. A mitad de camino hacia el estado de comodidad y placer absolutos decidimos arrojar la toalla y sacar el máximo partido de nuestra situación. Entonces, la lucha se convierte en aventura y, finalmente, en un período de vacaciones o de asueto. Proseguimos el viaje de aventura en pos de nuestro objetivo final pero, al mismo tiempo, cada paso que damos en esa dirección nos parece como unas vacaciones o una oportunidad de disfrutar.

De modo que el reino de los dioses no es especialmente doloroso en sí mismo, sino que el dolor proviene de la desilusión final. Creemos que hemos arribado a un estado de dicha permanente -espiritual o mundana- pero, de repente, se produce una sacudida y comprendemos que ese estado no va a durar para siempre. La felicidad conquistada se torna más vacilante y discontinua y, de ese modo, nos esforzamos a toda costa por mantener nuestro estado de gozo. Tenemos la impresión de que hemos sido estafados por no poder quedarnos para siempre en el mundo de los dioses. Y, cuando la situación nos abofetea, obligándonos a lidiar con circunstancias fuera de lo previsto, la desilusión resultante es terrible. Entonces, nos condenamos a nosotros mismos o condenamos a la persona que nos condujo hasta el reino de los dioses... o al evento que nos sacó de él. Nos sentimos enfadados y defraudados porque tenemos la impresión de haber sido engañados. Y, en ese momento, comenzamos a buscar un nuevo reino, otro estilo de relación con la realidad. Eso es lo que se denomina samsara, un término que significa literalmente “remolino” o "círculo continuo", y que se refiere al océano de la confusión cuyas aguas giran eternamente en una vorágine sin fin.


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa.


20 de julio de 2013

La mente y la espiritualidad

“Existe un problema fundamental con nuestra vida y con nuestro ser básico. El problema es que estamos sumergidos en una lucha continua para sobrevivir y mantener nuestra posición. Continuamente estamos intentando aferrarnos a una imagen sólida de nosotros mismos. Y luego, nos vemos en la obligación de tener que defender ese concepto fijo en particular. En consecuencia, hay lucha y confusión, hay pasión y agresión, y surgen toda clase de conflictos. Desde el punto de vista del budismo, el desarrollo de la auténtica espiritualidad consiste en ir más allá de esta fijación básica, es decir, del intenso apego que sentimos por esta entidad concreta que llamamos ego.

Tendremos que investigar qué es el ego. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Quienes somos? Debemos examinar nuestro estado mental. La espiritualidad está basada en la mente. Según el budismo, la mente es lo que diferencia a los seres conscientes de las rocas, los árboles o el agua. La mente posee conciencia discriminadora y también un sentido de dualidad que le lleva a aferrarse o a rechazar las cosas. La “mente” es capaz de proyectar y percibir objetos distintos a ella misma.

En consecuencia, cuando utilizamos el término “mente”, estamos refiriéndonos a algo muy específico. No se trata de algo vago e inquietante que se encuentra más o menos en la cabeza o en el corazón, algo que sucede y existe de la misma manera que sopla el viento o crece la hierba. Al contrario, es algo muy concreto.

La mente es la única base de trabajo que tenemos para la práctica de la meditación. Sin embargo, la mente es algo más que el proceso de afirmación de la existencia del yo gracias a la proyección dual en lo otro. La mente también abarca lo que conocemos como “emociones”. La mente no puede existir sin emociones. Las fantasías y los pensamientos discursivos no son suficientes puesto que, por sí solos, serían demasiado aburridos y, en tal caso, la trampa de la dualidad también sería excesivamente simple. En consecuencia tendemos a crear olas de emociones -pasión, agresión, ignorancia, orgullo, etc- que suben y bajan de continuo. Al principio las creamos intencionadamente, como un juego para tratar de demostrarnos que existimos pero, con el tiempo, ese juego se convierte en una lucha.

Hemos creado un mundo agridulce. Hay cosas que, si bien resultan divertidas, al mismo tiempo no lo son tanto. En ocasiones, algo que nos parece terriblemente gracioso, también conlleva un elemento de profunda tristeza. La vida posee una cualidad de juego, creada por nosotros mismos, que nos mantiene completamente atrapados. Pero, en realidad, es la estructura de la mente la que ha creado todo. Tal vez nos estemos quejando del gobierno, de la economía del país o de los tipos de interés bancario, pero todos estos factores son secundarios. El proceso original que se halla en la raíz de los problemas es la competitividad resultante de verse a uno mismo solamente como un reflejo del otro. A partir de ahí emerge automáticamente todo tipo de situaciones conflictivas que no son sino nuestra propia creación, nuestra propia obra. Y eso es, en definitiva, lo que llamamos mente”.


Chogyam Trungpa. El corazón de Buda