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20 de julio de 2013

La mente y la espiritualidad

“Existe un problema fundamental con nuestra vida y con nuestro ser básico. El problema es que estamos sumergidos en una lucha continua para sobrevivir y mantener nuestra posición. Continuamente estamos intentando aferrarnos a una imagen sólida de nosotros mismos. Y luego, nos vemos en la obligación de tener que defender ese concepto fijo en particular. En consecuencia, hay lucha y confusión, hay pasión y agresión, y surgen toda clase de conflictos. Desde el punto de vista del budismo, el desarrollo de la auténtica espiritualidad consiste en ir más allá de esta fijación básica, es decir, del intenso apego que sentimos por esta entidad concreta que llamamos ego.

Tendremos que investigar qué es el ego. ¿A qué nos estamos refiriendo? ¿Quienes somos? Debemos examinar nuestro estado mental. La espiritualidad está basada en la mente. Según el budismo, la mente es lo que diferencia a los seres conscientes de las rocas, los árboles o el agua. La mente posee conciencia discriminadora y también un sentido de dualidad que le lleva a aferrarse o a rechazar las cosas. La “mente” es capaz de proyectar y percibir objetos distintos a ella misma.

En consecuencia, cuando utilizamos el término “mente”, estamos refiriéndonos a algo muy específico. No se trata de algo vago e inquietante que se encuentra más o menos en la cabeza o en el corazón, algo que sucede y existe de la misma manera que sopla el viento o crece la hierba. Al contrario, es algo muy concreto.

La mente es la única base de trabajo que tenemos para la práctica de la meditación. Sin embargo, la mente es algo más que el proceso de afirmación de la existencia del yo gracias a la proyección dual en lo otro. La mente también abarca lo que conocemos como “emociones”. La mente no puede existir sin emociones. Las fantasías y los pensamientos discursivos no son suficientes puesto que, por sí solos, serían demasiado aburridos y, en tal caso, la trampa de la dualidad también sería excesivamente simple. En consecuencia tendemos a crear olas de emociones -pasión, agresión, ignorancia, orgullo, etc- que suben y bajan de continuo. Al principio las creamos intencionadamente, como un juego para tratar de demostrarnos que existimos pero, con el tiempo, ese juego se convierte en una lucha.

Hemos creado un mundo agridulce. Hay cosas que, si bien resultan divertidas, al mismo tiempo no lo son tanto. En ocasiones, algo que nos parece terriblemente gracioso, también conlleva un elemento de profunda tristeza. La vida posee una cualidad de juego, creada por nosotros mismos, que nos mantiene completamente atrapados. Pero, en realidad, es la estructura de la mente la que ha creado todo. Tal vez nos estemos quejando del gobierno, de la economía del país o de los tipos de interés bancario, pero todos estos factores son secundarios. El proceso original que se halla en la raíz de los problemas es la competitividad resultante de verse a uno mismo solamente como un reflejo del otro. A partir de ahí emerge automáticamente todo tipo de situaciones conflictivas que no son sino nuestra propia creación, nuestra propia obra. Y eso es, en definitiva, lo que llamamos mente”.


Chogyam Trungpa. El corazón de Buda