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14 de diciembre de 2016

Dukkha, la insatisfactoriedad

El dukkha se pega a la piel, penetra hasta la carne y acaba metiéndose en los tuétanos. Es como un insecto que se alimenta de la corteza de un árbol y va penetrando por la madera hasta llegar al mismo núcleo, hasta que al final el árbol muere.

A medida que crecemos, el dukkha se va enterrando en las profundidades de nuestro ser. Nuestros padres nos enseñan a aferrarnos y a apegarnos a las cosas, a darles mucha importancia, a creer con firmeza que existimos como un yo y que las cosas nos pertenecen. Nos lo enseñan desde que nacemos. Lo vamos oyendo una y otra vez hasta que penetra en nuestro corazón y se convierte en nuestro habitual sentimiento. Nos enseñan a adquirir cosas, a acumularlas y conservarlas, a verlas como importantes y nuestras. Eso es lo que les enseñaron a nuestros padres y lo que ellos nos enseñan a su vez a nosotros.

Cuando estamos interesados en la meditación y escuchamos las enseñanzas de un guía espiritual, no nos resultan fáciles de entender. Nos cuesta captarlas. Nos enseñan a no ver las cosas ni a actuar como siempre hemos hecho, pero sus palabras no penetran en nuestro corazón.

Permanecemos sentados escuchando las enseñanzas pero a menudo nos entran por un oído y nos salen por el otro. No las retenemos en nuestro interior ni nos afectan. (…) Nos quedamos pegados a nuestra idea del yo. Los sabios decían que mover una montaña de un lugar a otro es más fácil que cambiar la falsa idea que tenemos del yo, esta sólida sensación de que realmente existimos como una persona individual y especial.

Podemos arrasar una montaña con explosivos y llevar luego la tierra a otro lugar. Pero el fuerte apego a la falsa idea del yo ¡parece inamovible! Nuestras falsas ideas y malas tendencias siguen tan sólidas e inamovibles como siempre y no somos conscientes de ellas. (…)

No es fácil practicar, pero hagamos lo que hagamos, habremos de superar muchos problemas antes de sentirnos a gusto. En la práctica del Dharma empezamos siendo conscientes de la verdad del dukkha, la omnipresente insatisfactoriedad de la existencia. Pero en cuanto lo experimentamos, nos desanimamos. No queremos enfrentarnos a ello. Dukkha es la verdad, pero de algún modo queremos sortearla. Se parece a la costumbre que tenemos de no desear ver a gente mayor, preferimos contemplar a personas jóvenes y atractivas.

Si no queremos contemplar el dukkha, nunca llegaremos a comprenderlo, por más años que vivamos. El dukkha es la verdad. Si tenemos el valor para contemplarlo, empezaremos entonces a ver un camino para trascenderlo. Si intentamos ir a alguna parte y el camino está bloqueado, pensaremos cómo ir por otro camino. Al esforzarnos en ello día tras día, lo acabaremos logrando. Pero si nunca nos topamos con el dukkha, no reflexionaremos ni intentaremos resolver nuestros problemas, sólo los soportaremos o pasaremos de largo sin verlos. (…)

Si conocemos el dukkha, lo veremos en todo cuanto experimentamos. Algunas personas creen que no sufren demasiado. (…) ¿Qué hemos de hacer para no sufrir más? Cuando el dukkha surge, hemos de investigar para ver las causas de su aparición. Y al conocerlas, podemos practicar para eliminar esas causas. (…)

Oponerse a los propios hábitos crea un cierto sufrimiento. Pero en general nos da miedo el sufrimiento y si sabemos que algo nos hará sufrir, no queremos hacerlo. Estamos interesados sólo en lo que parece agradable y bello, y creemos que cualquier cosas que conlleve sufrimiento es negativa. Pero no es así, ya que si hay sufrimiento en tu corazón se convierte en la causa que te hace reflexionar para intentar liberarte de él. Te lleva a la contemplación. Deseas investigarlo a fondo para descubrir por qué te encuentras en esta situación, para intentar ver las causas y sus resultados.

Las personas que son felices no desarrollan la sabiduría. Están dormidas. Son como un perro que ha comido hasta la saciedad. Después no quiere hacer nada. Se pasa el día durmiendo. (…)

Los humanos estamos atrapados y encarcelados en este mundo, tenemos un montón de problemas y siempre estamos llenos de dudas, confusión y preocupaciones. Y esto no es ninguna broma. Hay algo de lo que hemos de liberarnos. Hemos de renunciar a nuestro cuerpo, a nuestro yo. (…) Pero la mayoría de la gente se asusta, no se atreve a practicarlo. Ni siquiera es capaz de seguir el consejo de "No hagas malas acciones". Por eso he buscado todos los sistemas posibles para que la gente lo capte y una cosas que suelo decir es que no importa si nos sentimos contentos o tristes, felices o infelices, o si estamos llorando o cantando: al vivir en este mundo, estamos viviendo en una jaula. No nos libramos de este estado de estar enjaulados. Si eres rico, estás viviendo en ella. Y si eres pobre, también. Si cantas y bailas, estás cantando y bailando en una jaula. Y si miras una película, la estás mirando en una jaula.

¿Qué es esta jaula? Es la jaula del nacimiento, el envejecimiento, las enfermedades y la muerte. Así es como estamos prisioneros en el mundo. “Esto es mío”. “Aquello me pertenece”. Ignoramos quienes somos realmente y lo que estamos haciendo. En realidad todo cuando estamos haciendo es acumular sufrimiento. (…) Por más felicidad y comodidades que tengamos, al haber nacido no podemos evitar envejecer, enfermar y morir un día. Éste es el dukkha, aquí y ahora.

El dolor y las enfermedades siempre están presentes. Pueden aparecer en cualquier momento. Es como si hubiésemos robado algo: nos pueden detener en cualquier momento porque hemos cometido un delito. Ésta es nuestra situación. Existimos entre cosas perjudiciales, entre peligros y problemas: el envejecimiento, las enfermedades y la muerte gobiernan nuestra vida. No podemos evitarlos ni eludirlos. Pueden atraparnos en cualquier momento, siempre hay una buena oportunidad para ello. Por eso hemos de entregar aquello que no nos pertenece y aceptar la situación. (...)

El cuerpo cuando nace no pertenece a nadie. No nos pertenece. Sólo lo utilizamos y dependemos de él. Las enfermedades, el sufrimiento y el envejecimiento se instalan en él, y nosotros simplemente convivimos a lo largo de la vida con ellos. Por lo tanto no te apegues a ninguna de estas cosas, contémplalas con claridad y tus apegos irán desapareciendo poco a poco.

¿Sabes si los deseos tienen algún límite? ¿Cuándo llegarás a sentirte satisfecho? Si piensas en ello, verás que el ciego deseo no puede satisfacerse nunca. Sigues deseando más y más cosas, aunque nos haga sufrir más y más cosas hasta el punto de casi matarnos; es imposible satisfacerlo.

El Buda lo resumió diciendo que sólo hay un cúmulo de dukkha. El dukkha nace y cesa. Eso es todo. Nos abalanzamos sobre él y lo agarramos una y otra vez, cuando surge y cuando cesa, sin llegar a comprenderlo nunca.

¿Te has fijado en el momento en que la mente nace como, por ejemplo, cuando te digustas por algo en casa? Algunas veces nace el amor, y otras, la aversión. Te sientes complacido, descontento... experimentas todas clase de estados. Esto es nacer.

Sufrimos a causa de ello. Cuando tus ojos ven algo desagradable, nace el dukkha. Cuando tus oídos oyen algo que te gusta mucho, también nace el dukkha. Sólo hay sufrimiento.

Cuando le dukkha surge, lo llamamos sufrimiento. Y cuando cesa, lo llamamos felicidad. Pero no es más que el dukkha de siempre, surgiendo y cesando. Al surgir, lo reconocemos como sufrimiento. Y al cesar, lo consideramos como felicidad. Lo vemos y lo llamamos de esta manera, pero en realidad no es así. No es más que dukkha cesando. Surge y cesa, surge y cesa, y nosotros nos abalanzamos sobre él y lo agarramos. Cuando la felicidad aparece, nos sentimos contentos. Y cuando la infelicidad aparece, nos deprimimos. Pero en realidad se trata de lo mismo surgiendo y cesando.



No reconocemos con claridad que sólo hay sufrimiento porque cuando cesa nos parece que este estado es la felicidad. Nos apegamos a ella y no queremos perderla. En realidad, ignoramos lo que está ocurriendo.

Normalmente intentamos eliminar el sufrimiento para que aparezca la felicidad. Eso es lo que deseamos. Pero aquello que deseamos no es verdadera paz sino una felicidad que conlleva sufrimiento.

Así que los humanos deseamos un montón de cosas. Si obtenemos muchas cosas, nos parece bueno, ésta es nuestra forma habitual de pensar. Se supone que hacer el bien produce buenos resultados, y si los recibimos, somos felices. Creemos que es todo cuanto necesitamos y ya no hacemos nada más. Pero, ¿acaso las buenas experiencias pueden darnos una satisfacción duradera? No, es pasajera. Por eso seguimos pasando de un estado a otro, experimentando cosas buenas y malas, intentado apegarnos día y noche a aquello que nos resulta agradable.

El Buda nos enseñó primero a abandonar las malas acciones y a practicar las buenas. Y después a abandonar tanto lo malo como lo bueno, sin apegarnos a ninguno de esos dos conceptos, porque no son más que una especie de combustible. Y cuando hay alguna clase de combustible, acaba convirtiéndose en llamas. Lo bueno es combustible. Y lo malo, también.

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.





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