Ayahuasca

5 de enero de 2014

Chamanismo, psicopatología e iniciaciones chamánicas (Mircea Eliade)

Desde que principió el siglo, los etnólogos adoptaron la costumbre de emplear indistintamente los términos chamán, hombre-médico (medicine-man), hechicero o mago, para designar a determinados individuos dotados de prestigios mágico-religiosos y reconocidos en toda sociedad "primitiva".
Estimamos que merece la pena limitar el uso de los vocablos "chamán" y "chamanismo", justamente para evitar los equívocos y poder ver con más claridad en la propia historia de la "magia" y de la "hechicería". Porque, desde luego, el chamán es, él también, un mago y un hombre-médico: se cree que puede curar, como todos los médicos, y efectuar milagros fakíricos, como todos los magos, sean primitivos o modernos. Pero es, además, psicopompo, y puede ser también sacerdote, místico y poeta. El vocablo nos a través del ruso, del tungús shaman. Una primera definición de tan complejo fenómeno y quizá la menos aventurada, sería ésta: Chamanismo es la técnica del éxtasis.


Por no anticipar demasiado el contenido de los capítulos siguientes, contentémonos con decir que los chamanes son seres que se singularizan en el seno de sus respectivas sociedades por determinados rasgos que, en las sociedades de la Europa moderna, representan los signos de una "vocación" o, al menos, de una "crisis religiosa". Los separa del resto de la comunidad la intensidad de su propia experiencia religiosa. Esto equivale a decir que sería más razonable situar al chamanismo entre las místicas que en lo que habitualmente se llama una "religión".


El chamán es el gran especialista del alma humana; sólo él la "ve", porque conoce su "forma" y su destino. Y donde no interviene la suerte inmediata del alma, donde no se trata de enfermedad (perdida del alma) o de muerte, o de mala suerte, o de un gran sacrificio que entraña una experiencia extática cualquiera (viaje místico al Cielo o a los Infiernos), el chamán no es indispensable. Una gran parte de la vida religiosa se desenvuelve sin él.


En muchos pueblos primitivos se admite la posibilidad de obtener los poderes mágico-religiosos, ya espontáneamente (enfermedad, sueño, tropiezo fortuito con una fuente de "poder", etc.), ya voluntariamente (busca). Puede observarse que la obtención no hereditaria de los poderes mágico-religiosos ofrece un número casi ilimitado de formas y variantes.

Según el padre Housse, (...) los que se quieren dedicar al chamanismo "son siempre individuos enfermizos o sensitivos de corazón débil, estómago delicadísimo y propensos a padecer desvanecimientos. Suponen que para ellos es irresistible el llamamiento de la divinidad y que una muerte prematura castigaría inevitablemente su infidelidad o su resistencia". A veces, como entre los Jívaros, el futuro chamán es solamente un ser reservado y taciturno, o, como entre los Selk'nam y los Yámana de la Tierra del Fuego, seres predispuestos a la meditación y al ascetismo. Paul Radin evidencia la estructura epileptoide o histeroide de la mayoría de los hombres- médico que cita en apoyo de su tesis acerca del origen psicopatológico de los hechizeros y los sacerdotes. 


Métraux ha visto mejor el fondo del problema al escribir, a propósito de los chamanes suramericanos, que los individuos neuróticos o religiosos por temperamento "se sienten atraídos hacia un género de vida que les procura una unión íntima con el mundo sobrenatural y que les permite emplear libremente su fuerza nerviosa. Los inquietos, los inestables, o simplemente los meditativos hallan en el chamanismo una atmósfera propicia".


No tiene nada de sorprendente que determinadas enfermedades aparezcan casi siempre en relación con la vocación de los hombres-médico. El hombre religioso, como el enfermo. se siente proyectado sobre un nivel vital que le revela los datos fundamentales de la existencia humana, esto es, la soledad, la inseguridad y la hostilidad del mundo que le rodea. Pero el mago primitivo, el hombre-médico o el chamán no es sólo un enfermo; es, ante todas las cosas, un enfermo que ha conseguido curar, y que se ha curado a sí mismo. Muchas veces, cuando la vocación del chamán o del hombre-médico se manifiesta a través de una enfermedad o de un ataque epiléptico, la iniciación del candidato equivale a una curación. 


El famoso chamán yakuto Tüsput (esto es, "Caído del Cielo") cayó enfermo a los veinte años, rompió a cantar y notó una gran mejoría. Cuando Sieroszewski lo encontró, tenía setenta años y daba pruebas de una incansable energía. "Si fuera preciso, podría tocar el tambor, danzar y saltar durante toda una noche". Era, además un hombre que había viajado; incluso había trabajado en las minas de oro de Siberia. Pero sentía la necesidad de dedicarse al chamanismo: enfermaba si dejaba de practicarlo durante mucho tiempo.


Un chamán golde le contaba a Sternberg: "Los viejos dicen que hace algunas generaciones había tres grandes chamanes en mi familia. No se sabe que haya habido chamanes entre mis antepagados más próximos. Mis padres gozaban de una salud perfecta. Tengo cuarenta años; estoy casado y no tengo hijos. Estuve muy bien hasta los veinte años; más tarde, caí enfermo, me dolía el cuerpo y padecía unos espantosos dolores de cabeza. Unos chamanes intentaron curarme y no lo consiguieron. Mejoré cuando empecé yo mismo a dedicarme al chamanismo, Me convertí en chamán hace diez años, pero al principio ejercitaba mis facultades sólo en mí mismo; sólo hace tres años que me dedico a curar al prójimo. La profesión de chamán es sumamente fatigosa”.


Sternberg señala también que la elección del chamán se manifiesta por una enfermedad bastante grave que coincide generalmente con la madurez sexual. Pero el futuro chamán acaba por curarse con la ayuda de esos espíritus que serán después sus espíritus protectores y auxiliares. Algunas veces estos son antepasados que desean trasmitirle los espíritus que quedan disponibles. Se trata siempre de una curación, de un dominio, de un equilibrio realizados por el ejercicio mismo del chamanismo. Por ejemplo, no se debe al hecho de padecer ataques de epilepsia el que un chamán esquimal o indonesio posea su fuerza y su prestigio sino al hecho de que puede dominar su propia epilepsia.


Según los Yakutes, el chamán perfecto "debe ser serio, tener tacto, saber convencer a los que le rodean; sobre todo, no debe parecer nunca presumido, orgulloso, violento. Debe sentirse en él una fuerza interior que no ofenda, pero que tenga conciencia de su poder".


Entre los Buriatos los chamanes son los principales custodios de la rica literatura heroica oral. El vocabulario poético de un chaman yakuto abarca 12000 palabras, mientras que su lenguaje usual –el único que comprende el resto de la comunidad– no pasa de las 4000. 


Todos estos ejemplos explican, de una o de otra manera, la singularización del hombre-médico en el seno de la sociedad. Bien sea escogido por los dioses o los espíritus para ser su portavoz, bien esté predispuesto para semejante función a consecuencia de algunas taras físicas, o bien sea portador de una herencia que equivale a una vocación mágico-religiosa, de cualquier modo el hombre-médico se separa del mundo de los profanos justamente porque se halla en relación más directa con lo sagrado y manipula más eficazmente con sus manifestaciones. Debilidad, enfermedad nerviosa, vocación espontánea o por herencia son otros tantos signos de una "elección". A veces estos signos son físicos (debilidad connatural o adquirida), en otras ocasiones se trata de un accidente, incluso de los más comunes (por ejemplo, caer de un árbol, ser mordido por una serpiente, etc.); pero, habitualmente, como veremos con todo detalle en el capitulo siguiente, la elección se anuncia por medio de un accidente insólito; rayo, aparición. sueño, etc.


Las enfermedades, los sueños y los éxtasis más o menos patológicos, son, como hemos visto, otros tantos medios de acceso a la condición de chamán. En ocasiones estas singulares experiencias no significan otra cosa que una "elección" venida de lo alto y no hacen más que preparar al candidato para nuevas revelaciones. Pero, casi siempre, las enfermedades, los sueños y los éxtasis constituyen por sí mismos una iniciación; esto es, consiguen transformar al hombre profano de antes de la "elección" en un técnico de lo sagrado. Desde luego, esta experiencia de orden extático está siempre y en todas partes seguida por una instrucción teórica y práctica que procuran los viejos maestros. (...)
El candidato se trueca en un hombre meditativo, busca la soledad, duerme mucho, parece ausente, tiene sueños proféticos y, a veces, ataques. Todos estos síntomas no son más que el preludio de la nueva vida que espera, sin saberlo, al candidato. Pero se dan también "enfermedades", ataques, sueños y alucinaciones que deciden en poco tiempo la carrera de un chamán.


El mismo esquema iniciático se halla también en otros pueblos siberianos. El chamán tungús Iván Colko asegura que un futuro chamán debe estar enfermo, tener el cuerpo descuartizado y que los malos espíritus (saargi) hayan bebido su sangre. Estos malos espíritus –que son, en realidad, las almas de los chamanes muertos– echan mi cabeza en una caldera, donde la forjan con otras piezas metálicas que después serán parte de su vestidura ritual. Otro chamán tungús cuenta que él estuvo enfermo un año. Durante ese tiempo cantaba para aliviar su dolencia. Entonces, sus antepasados-chamanes se llegaron a él y lo iniciaron: lo acribillaron con flechas hasta que perdió el conocimiento y rodó por tierra; le cortaron la carne, le arrancaron los huesos y los contaron: si le hubiera faltado alguno, no hubiera podido ser chamán. Durante esta operación –que duró todo el verano– estuvo sin comer ni beber (Ksenofontov).


La experiencia estática del despedazamiento del cuerpo seguido de una renovación de los órganos es también conocida por los esquimales. Hablan de un animal (oso, caballo de mar, morsa, etc.) que hiere al candidato, lo despedaza o lo devora; después crece una carne nueva alrededor de sus huesos (Lehtisalo). A veces el animal que lo tortura es, con el tiempo, el espíritu auxiliar del futuro chamán.
Todos estos rituales y todas estas pruebas persiguen el mismo fin: que se olvide la vida pasada. Por eso en muchos lugares el candidato, cuando vuelve a la aldea después de la iniciación, hace como que ha perdido la memoria, y tienen que enseñarle a andar, a comer y a vestirse. Por lo común los neófitos aprenden una lengua nueva y llevan un nuevo nombre (desde Australia hasta Brasil). El resto de la comunidad cree que los candidatos, durante su permanencia en la maleza, están como muertos y enterrados, o que fueron devorados por un monstruo o por un dios, y cuando vuelven a la aldea se les considera como aparecidos.


No es hombre-médico el que simplemente lo desea: es indispensable la vocación, y ésta manifiéstase especialmente por una capacidad singular para la experiencia extática. Cuando el candidato no se atiene a las instrucciones recibidas en sus sueños o a sus esquemas tradicionales, esta condenado al fracaso (Park). En algunos casos el espíritu del chamán muerto aparece en el primer sueño de su heredero; pero en los sueños subsiguientes se le muestran espíritus superiores, que le otorgan el "poder". Si el heredero no acepta este poder, cae enfermo; recuérdese que hemos hallado la misma situación en todas partes.


"Por lo común, la persona acepta de mala gana el ser chamán, y no se decide a aceptar los poderes y a seguir las prescripciones del espíritu hasta que los demás chamanes le aseguran que, de no hacerlo, sobrevendrá su muerte" (Park). Es exactamente el caso de los chamanes siberianos y central-asiáticos y también de otros. Esta resistencia a la elección divina se explica, como ya se ha dicho, por la actitud ambivalente del hombre respecto a lo sagrado.


Mircea Eliade: El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis.





30 de diciembre de 2013

ASANGA Y EL BUDA MAITREYA

Uno de los santos budistas más famosos de India fue Asanga, eremita del siglo IV que se marchó a la montaña para hacer un retiro en solitario, concentrando su práctica meditativa en el Buda Maitreya, con la ferviente esperanza de ser bendcido con una visión de este Buda y recibir enseñanzas de él.

    Asanga meditó durante seis años con suma austeridad pero no tuvo ni siquiera un sueño auspicioso. Desalentado, llegó a creer que nunca vería cumplida su aspiración de conocer al Buda Maitreya, de modo que interrumpió el retiro y abandonó su ermita. No llevaba mucho tiempo andando por el camino cuando vio a un hombre que pulía una enorme barra de hierro con un retazo de seda. Asanga se acercó y le preguntó qué hacía.


    -Necesito una aguja -respondió el hombre-, y me estoy haciendo una con esta barra de hierro.
    Asanga lo miró atónito; aunque el hombre acabará cumpliendo su cometido al cabo de cien años, reflexionó, ¿qué sentido tendría? De modo que se dijo: . Giró en redondo y regresó a la ermita.

    Pasaron tres años más, durante los cuales siguió sin recibir ninguna señal del Buda Maitreya. , pensó. Así que volvió a marcharse, y pronto llegó a una curva del camino en la que había un enorme peñasco, tan alto que parecía tocar el cielo. Al pie de la roca había un hombre que la frotaba afanosamente con una pluma empapada en agua. Asanga le preguntó qué hacía.


    -Esta roca es tan grande que impide que dé el sol en mi casa, así que he decidido librarme de ella.
    Asanga se sintió asombrado por la energía incansable de aquel hombre, y avergonzado por su propia falta de dedicación. Así que regresó a su retiro.

    Transcurrieron otros tres años sin que tuviera ni un buen sueño. Al fin decidió de una vez por todas que su empresa era desesperada y abandonó el retiro definitivamente. Fueron pasando las horas y, entrada ya la tarde, se encontró con un perro tendido en la cuneta. Sólo tenía las patas delanteras , y la mitad trasera del cuerpo estaba descomponiéndose y cubierta de gusanos. Pese a su lamentable estado, el animal no cesaba de ladrar a los transeúntes y hacía patéticos intentos de morderlos, arrastrándose por el suelo con las patas buenas.


    Asanga quedó abrumado por un vivo e insoportable sentimiento de compasión, y se cortó un pedazo de carne de su propio cuerpo para dar de comer al perro. Después se agachó para quitarle los gusanos que le consumían el cuerpo, pero de pronto se le ocurrió que podía hacerles daño si los cogía con sus dedos, y se dio cuenta de que la única manera de quitarlos era con la lengua. Se arrodilló y, tras mirar la repulsiva masa culebreante, cerró los ojos. Se acercó más, sacó la lengua... y cuando se dio cuenta estaba tocando el suelo con la lengua. Abrió los ojos y miró hacia arriba. El perro había desaparecido; en su lugar estaba el Buda Maitreya, envuelto en un aura de luz trémula.


    -Por fin -dijo Asanga- ¿Por qué no te has aparecido antes?
    -No es verdad que no me haya aparecido antes -le dijo Maitreya dulcemente-. He estado siempre contigo, pero tu karma negativo y tus oscurecimientos te impedían verme. Tus doce años de práctica los disolvieron levemente, y por eso al menos has podido ver al perro. Luego, gracias a tu auténtica y sincera compasión, todos esos oscurecimientos han quedado completamente eliminados y ahora puedes verme ante ti con tus propios ojos. Si no crees que haya ocurrido así, cárgame al hombro y comprueba si alguien más puede verme.

    Asanga se cargó a Maitreya al hombro derecho y se dirigió al mercado, donde empezó a preguntar a todos: <¿Qué llevo en el hombro derecho?> La mayoría de los interpelados respondía que nada y seguía su camino. Sólo una anciana que había purificado ligeramente su karma respondió:
    -Llevas el cadáver putrefacto de un perro viejo, nada más.

    Asanga comprendió por fin el poder ilimitado de la compasión que había purificado y transformado su karma, convirtiéndolo así en un recipiente digno de recibir la visión y la instrucción de Maitreya. A continuación el Buda Maitreya, nombre que significa , condujo a Asanga a un reino celestial donde le dio muchas enseñanzas sublimes que se cuentan entre las más importantes de todo el budismo.



3 de diciembre de 2013

El Nacimiento de mi tristeza / Cuando nació mi alegría (Gibran Jalil Gibran)

EL NACIMIENTO DE MI TRISTEZA

Cuando nació mi Tristeza, la atendí con mil cuidados, y la mimé con amorosa ternura.
Así creció mi Tristeza, fuerte, hermosa y llena de múltiples y maravillosas gracias.
Los dos nos amábamos, mi Tristeza y yo amábamos al mundo que nos rodeaba. Mi querida tristeza era, de noble y bondadoso corazón, y el mío también lo era, cuando estaba lleno de tristeza.
Cuando platicabamos, mi tristeza y yo, los días nos resultaban alados y nuestras noches se engalanaban de sueños, porque mi tristeza era elocuente, y yo a mi vez era de lengua elocuente con ella.
Cuando cantábamos juntos, mi Tristeza y yo, los vecinos se sentaban a la ventana para escucharnos; ya que nuestros cantos eran tan profundos como el mar, y nuestras melodías se llenaban de lejanos y extraños recuerdos.
Cuando caminábamos juntos, mi tristeza y yo, la gente nos miraba amablemente, y murmuraban con mucha delicadeza y dulzura
Tampoco faltó quien nos envidiara, pues mi tristeza era muy noble, y yo sentía mucho orgullo de mi Tristeza.
Pero un día murió mi Tristeza, y como cualquier ser viviente me quedé solo, muy solo con mis reflexiones.
Ahora, cuando hablo, las palabras suenan pesadas en mis oídos. cuando canto, ya no escuchan mis vecinos en sus ventanas mis cantos. Cuando camino solo por la calle, nadie me mira ya.
Sólo en mis sueños escucho voces que me dicen compadecidamente: "Mirad; allí yace el hombre al que se le murió la tristeza".

CUANDO NACIÓ MI ALEGRÍA

Cuando nació mi alegría, la alcé en mis brazos amorosos y dije: "¡Venid, vecinos! ¡Venid a ver! Hoy me subí con ella a la azotea de mi casa y grite: Ha nacido mi Alegría; vengan a contemplarla, vean este sonriente ser que se alegra bajo el sol".
Y ningún vecino acudió a ver mi Alegría, y me sorprendió mucho. Así todos los días, durante siente noches pproclamé el nacimiento de mi Alegría desde la azotea de mi casa, y nadie quiso escucharme, y nos encontramos solos, mi Alegría y yo, sin nadie que nos visitara.
Después, mi Alegría palideció y se enfermó de hastío, por que yo sólo gozaba de su belleza, y sólo mis labios besaban sus labios. Y mi Alegría murió, de soledad y aislamiento.
Ahora sólo recuerdo mi muerta Alegría al recordar a mi Tristeza también muerta.
Pero el recuerdo es sólo una hoja de Otoño que suavemente susurra un instante fugaz en el viento, y luego no vuelve a escucharse más.


Gibran, Khalil

26 de noviembre de 2013

La propia verdad

El Buda no elogió a los que creían en otras personas. No alabó a quienes dependían de las palabras de otros y estaban eufóricos o deprimidos por ellas. Después de comprender las enseñanzas de alguien, no hemos de apegarnos a ellas, porque son las palabras de otro. Aunque sean correctas, lo son para esa persona. Si no las interiorizamos y hacemos que sean correctas en nuestro propio corazón, nunca llegarán a serlo para nosotros y las dudas nunca cesarán de surgir. “¿Es correcto? ¿Tiene el maestro razón? ¿Está equivocado?”, pensaremos. Lo cual significa que no hemos practicado hasta el punto de comprender.

Si alguien dice que algo es correcto, no le creas. Y si dice que incorrecto, tampoco le creas. “Correcto” e “incorrecto” no son más que palabras dichas por otro. Sea cual sea la enseñanza que escuches, interiorízala y practica para comprender su verdad, en el momento presente.
La misma práctica será distinta para diferentes personas, porque cada una tiene distintos grados de sabiduría. Vamos a ver a maestros e intentamos comprender su forma de actuar. Observamos sus métodos y su conducta, pero al hacerlo sólo nos estamos fijando en las cosas exteriores. Lo que podamos ver de su práctica sólo es su aspecto exterior. Si los abordamos de esta forma, nuestras dudas seguirán existiendo. “¿Por qué este maestro practica de este modo? ¿Por qué aquel otro emplea ese método? ¿Por qué uno enseña muchas cosas miestras que el otro apenas enseña?” Todas esas preguntas pueden realmente confundirte. 


Encontrar el camino correcto no depende de estas cosas, sino de cada uno de nosotros. Podemos tomar a otros como buenos ejemplos, pero hemos de mirar con más profundidad en nuestro interior para eliminar las dudas. Así fue como el Buda enseñó a aquel anciano a contemplar el momento presente, a no dejar que la mente se distrajera con el pasado o con el futuro.
De modo que él se dedicó a observar su mente en cualquier situación. Fueran cuales fueran las condiciones en las que se encontrara, no le importaba, lo veía todo como inseguro, como impermanente. El Buda no le enseñó más que esto y él, al ponerlo en práctica, logró comprender el Dharma. 


La rueda del samsara, la ronda de la existencia, da vueltas sin cesar, pero no es necesario que gires con ella. Gira en círculos. ¿Acaso deseas intentar seguirla? Va muy rápida. Si una rueda gira a gran velocidad, puedes permanecer en el centro y dejar que gire a tu alrededor. Una lagartija quizá intente correr tras ella, pero tú puedes mantenerte en el centro y ver cómo la lagartija pasa una y otra vez frente a ti mientras gira la rueda sin haber de perseguirla.


Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.

 

15 de noviembre de 2013

Manjushri

Cuentan que había una vez, en las faldas de las más altas cumbres del mundo, un hermoso valle que era la envidia de los dioses. Para que nadie comparase su belleza con la divinidad lo hicieron inundar con un gran lago. Pero cuando vivió el Bodhisatva Manjunshri pegó un tajo con su espada fabulosa abriendo una brecha de desagüe, y una vez vaciado el lago inmenso fundó en el paradisíaco la ciudad de Katmandú, la que contiene todas las bellezas, promoviendo la construcción de una estupa con la mirada de Buda hacia los cuatro puntos cardinales.
A Manjushri suele evocársele sentado en la posición de loto, con una espada flamígera en una mano y unos libros en la otra. Esa espada simboliza la sabiduría que permite tajar los impedimentos del engañoso mundo que nos muestran los sentidos.
Manjushri fue un discípulo de Buda que, habiendo alcanzado el estado de iluminación, postpuso su entrada en el Nirvana para ayudar a los demás y para promover el conocimiento entre aquellos que desearan progresar en esa vía espiritual.



(Información proveniente de
http://www.viajarcon.es/historiaarte/3-katmandu-nepal.html?showall=1

22 de octubre de 2013

Cera

Cuando te veo a ti y cómo eres,
Cierro los ojos a los demás.
Para tu sello de Salomón todo mi cuerpo
Se convierte en cera. Espero a ser luz.
Dejo de opinar sobre cualquier materia.
Me convierto en la flauta de caña para tu aliento.

Estabas dentro de mi mano
Pero yo seguía intentando coger algo.
Yo estaba dentro de tu mano, pero seguía poniendo preguntas
De las que hacen los que saben muy poco.

Debo de haber sido increíblemente ingenuo o estado borracho o loco
Como para colarme en mi propia casa y robar dinero,
Como para saltar la valla y robar mis propias verduras.
Pero se acabo. Me he librado de ese puño ignorante
Que pellizcaba y retorcía a mi yo secreto.

Me atraviesan el universo y la luz de las estrellas.
Soy la luna creciente que adorna
La puerta de entrada a la feria.

(Rumi)


18 de octubre de 2013

LA DESAPARICION DEL PASADO (Adyashanti)

Si te pones a examinar de verdad lo que sucede cuando no estás pensando en ti mismo, puede que veas que ya no estás pensando en ti mismo, puede que veas que ya no estás separado, que ya no eres “otro”; y en esos momentos advertirás que desaparece todo tu pasado. A algunos les puede asustar comprobar que, cuando no están pensando en su pasado, este literalmente no está.

Pero ¿acaso no resulta muy evidente? Lo que ha pasado, aunque haya sido hace un segundo, ya no está pasando ahora ni volverá a pasar nunca. Lo que pasó hace un minutos, o hace una semana, o hace un mes, terminó casi tan pronto como pasó. Pero nosotros lo grabamos en nuestra mente, claro está. Nuestras mentes son semejantes a una grabadora, en el sentido de que graban el pasado y lo vuelven a reproducir en el presente. Pero lo que está reproduciendo la mente no es el pasado real mismo, sino una representación mental del pasado. Cuando dejamos de pensar, lo único que hay es el ahora. Para que existe el ayer tienes que evocar una idea del ayer; y cuando recordamos el ayer, cuando recordamos un momento del pasado, llegamos a creernos que existe de verdad. Peor todavía: ¡nos creemos que recordamos el pasado con exactitud! Pero todos los estudios que se han realizado sobre la memoria y sobre la exactitud con que recordamos los hechos pasados nos muestran que nuestras mentes empiezan a distorsionar el pasado casi desde el primer momento.

Si queremos encontrar un camino que nos lleve más allá del sufrimiento, tendremos que estudiar este sentido del yo que, en realidad, no es más que una colección de recuerdos que se proyectan, primero, en el momento presente, y después en el futuro. Tendremos que empezar a advertir que lo que pensamos que somos, en realidad no es más que eso, un pensamiento. Es imaginación. Ni nuestros pensamientos ni nuestra imaginación nos pueden decir quiénes somos.

El fin del sufrimiento. Adyashanti.

14 de octubre de 2013

LO QUE BUDA ENCONTRO

El príncipe Siddhartha se sentó en un trozo de hierba kusha bajo un árbol ficus religiosa, investigando y meditando sobre la naturaleza humana. Sin ayuda de herramienta científica alguna llegó a darse cuenta, tras un largo tiempo en estado contemplativo, que toda forma, incluyendo carne y huesos, todas nuestras emociones y percepciones, están juntas, es decir, que todas son producto de una o más cosas juntas, acercándose. Cuando cualquier par de componentes o más se juntan, emerge un nuevo fenómeno: los clavos y la madera se convierten en mesa, el agua y las hojas devienen té, el miedo, la devoción, y el salvador o la salvadora se convierten en Dios. El producto final no tiene una existencia independiente de sus partes. Creer que realmente existe la independencia es la gran decepción. Mientras tanto, las partes han sufrido una transformación. Sólo por encontrarse, sus caracteres han cambiado y, juntos, se convierten en otra cosa: son componentes “compuestos”.

Se dio cuenta de que esto es aplicable no sólo a la experiencia humana, sino también a toda la materia, al mundo entero, al universo, porque todo es interdependiente, todo está sujeto a cambio. No existe un solo componente de la creación en un estado autónomo, permanente, puro. Ni tan siquiera el libro que estás sosteniendo, o los átomos, o incluso los dioses. Sólo que algo exista al alcance de nuestra mente, incluso en nuestra imaginación, como un hombre de cuatro brazos, hasta él depende de la existencia de algo más. Así fue como Siddhartha descubrió que la impermanencia no significa muerte, como solemos pensar, significa cambio. Cualquier cosa que cambia en relación con otra cosa: incluso el cambio más sutil está sujeto a las leyes de la impermanencia.

Con estas certezas Siddhartha encontró al menos una vía para comprender y profundizar en el sufrimiento de la mortalidad. Aceptó que el cambio es inevitable y que la muerte es simplemente una parte del ciclo. Además, se dio cuenta de que no existía un poder omnipotente que pudiese dar marcha atrás a este camino hacia la muerte. No había pues esperanza que pudiese atraparle de nuevo. Si no existe una esperanza ciega, no puede haber decepción. Si uno sabe que todo es impermanente, uno no se aferra, si no te aferras, no piensas en términos de tener o carecer, y por tanto, vives plenamente.

El despertar de la ilusión de permanencia de Siddhartha nos da un motivo para referirnos a él como el Buda, el que está Despierto. Ahora, 2500 años después, vemos que lo que él descubrió y enseñó es un tesoro impagable que ha inspirado a millones de personas. Por otro lado, si Siddhartha estuviese aquí, hoy, estaría más que desilusionado,  pues, para la mayor parte de la humanidad, sus descubrimientos no existen. Eso no quiere decir que la ciencia haya logrado refutar lo que él descubrió, no: nadie ha podido convertirse en inmortal. Todos debemos morir en algún momento, como lo hacen 250000 personas, según se estima, cada día. Personas cercanas han muerto, y morirán. Sin embargo, todavía nos alarmamos y entristecemos cuando algún allegado muere, y seguimos buscando la fuente de la juventud o la fórmula secreta para una larga vida. Viajes al supermercado Bio, biberones de DMDAE y Retinol, clases de yoga-power, ginseng Koreano, cirugía estética, inyecciones de colágeno y cremas hidratantes….todo evidencia clara de que compartimos en secreto el deseo de inmortalidad del Emperador Qin.

El príncipe Siddhartha ya no necesitaba ni deseaba el elixir de la inmortalidad. Tomando conciencia de que todo está junto, que la deconstrucción es el infinito, y de que ninguna parte de sus componentes en toda la creación existe como un estado independiente, permanente y puro, se liberó. Todo lo que se junta (que ahora entendemos como todo), junto con su impermanencia, está unido, atado, en uno, como el agua y un cubo de hielo. Cuando añadimos cubitos de hielo a una bebida, obtenemos ambos. De igual modo, cuando Siddhartha observaba a un paseante, hasta al que parecía más sano, lo veía al mismo tiempo viviendo y desintegrándose. Pueden pensar que quizás no suena divertido vivir así, sin embargo puede ser una buena experiencia ver ambos lados. Podría satisfacerle sobremanera. No es como la montaña rusa de la esperanza y decepción, que sube y baja sin fin. Cuando ves las cosas así, empiezan a disolverse a tu alrededor. Se transforma tu percepción de los fenómenos, por ponerlo de alguna manera se ven más claros. Resulta tan fácil ver cómo la gente cae en la trampa de la montaña rusa que naturalmente sientes compasión. Una de las razones por las que tienes tanta compasión es porque la impermanencia es tan obvia, que resulta que ni la ven.

(Versión de María Eulalia Valls Martínez del fragmento de What makes you not a buddhist , de Dzongsar Jamyang Khyentse)