Ayahuasca

14 de mayo de 2013

NO ESTÁS DEPRIMIDO, ESTÁS DISTRAIDO Facundo Cabral

No estás deprimido, estás distraído, distraído de la vida que te puebla.
Distraído de la vida que te rodea: Delfines, bosques, mares, montañas, ríos.
No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano cuando en el mundo hay 5,600 millones.

Además, no es tan malo vivir solo. Yo la paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer, y gracias a la soledad me conozco; algo fundamental para vivir.

No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene 70 años, olvidando que Moisés dirigía el éxodo a los 80 y Rubistein interpretaba como nadie a Chopin a los 90. Sólo citar dos casos conocidos.

No estás deprimido, estás distraído, por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado. No hiciste ni un sólo pelo de tu cabeza por lo tanto no puedes ser dueño de nada.

Además la vida no te quita cosas, te libera de cosas. Te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud. De la cuna a la tumba es una escuela, por eso lo que llamas problemas son lecciones. No perdiste a nadie, el que murió simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón. ¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte: hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Michelangelo, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja por que nos hace desconfiados.

Haz sólo lo que amas y serás feliz, y el que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser será, y llegará naturalmente. No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor. Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible. Y sin esfuerzo porque te mueve la fuerza natural de la vida, la que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija; la que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban 3 ó 4 meses de vida. Dios te puso un ser humano a cargo, y eres tú mismo. A ti debes hacerte libre y feliz, después podrás compartir la vida verdadera con los demás. Recuerda a Jesús: "Amarás al prójimo como a ti mismo".

Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios; y decide ahora mismo ser feliz porque la felicidad es una adquisición.

Además, la felicidad no es un derecho sino un deber porque si no eres feliz, estás amargando a todo el barrio. Un sólo hombre que no tuvo ni talento ni valor para vivir, mando matar seis millones de hermanos judíos. Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo. Tenemos para gozar la nieve del invierno y las flores de la primavera, el chocolate de la Perusa, la baguette francesa, los tacos mexicanos, el vino chileno, los mares y los ríos, el fútbol de los brasileros, Las Mil y Una Noches, la Divina Comedia, el Quijote, el Pedro Páramo, los boleros de Manzanero y las poesías de Whitman, Mäiller, Mozart, Chopin, Beethoven, Caraballo, Rembrandt, Velásquez, Picasso y Tamayo, entre tantas maravillas.

Y si tienes cáncer o SIDA, pueden pasar dos cosas y las dos son buenas; si te gana, te libera del cuerpo que es tan molesto: tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas ... y si le ganas, serás más humilde, más agradecido, por lo tanto, fácilmente feliz. Libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad, y la vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente como debe ser.

No estás deprimido, estás desocupado. Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además el servicio es una felicidad segura, como gozar a la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medidas.

Ama hasta convertirte en lo amado, más aún hasta convertirte en el mismísimo amor. Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba que le destruyan hay millones de caricias, que alimentan la vida.

Pocas cosas tan bellas he recibido como estas palabras, que me parecen salidas no sólo de una alma buena, pero sobre todo muy humana. Ojalá y lo disfrutes tanto como yo y ojalá y todos los practiquemos. ¡A vivir se ha dicho! Y ¡Menos quejas! ¿No crees?.

www.facundocabral.org

8 de mayo de 2013

Reconocer nuestros defectos en el espejo del Dharma

La razón principal de que no estimemos a los demás es que estamos tan preocupados por nosotros mismos, que no nos queda espacio en la mente para pensar en ellos. Si deseamos apreciar a los demás, debemos reducir nuestra obsesión por nosotros mismos. ¿Por qué nos consideramos tan importantes? Porque estamos habituados a generar la mente de estimación propia. Desde tiempo sin principio nos hemos aferrado a un yo con existencia verdadera. Este aferramiento al yo es el origen de la estimación propia, que piensa de forma instintiva: “Soy más importante que los demás”. Para los seres ordinarios, aferrarse al yo y estimarse a uno mismo son las dos caras de una misma moneda: el autoaferramiento se aferra a un yo con existencia inherente, mientras la estimación propia lo quiere y protege como si fuera algo muy valioso. Esto ocurre porque estamos tan familiarizados con nuestra estimación propia, que en ningún momento nos olvidamos de nuestro bienestar, ni siquiera mientras dormimos.

Puesto que nos consideramos más importantes que los demás, exageramos nuestra buenas cualidades y creamos una visión distorsionada de nosotros mismos. Cualquier circunstancia sirve para alimentar nuestro orgullo, como tener un cuerpo atractivo, posesiones, conocimientos, experiencia o una posición social elevada. Cuando tenemos una buena idea, pensamos: “¡Qué inteligente soy!” y si viajamos al extranjero no consideramos personas interesantes. Incluso nos enorgullecemos de comportamientos de los cuales deberíamos avergonzarnos, como tener habilidad para engañar a los demás, o de cualidades imaginarias. En cambio, nos resulta muy difícil reconocer nuestros errores. Dedicamos mucho tiempo a contemplar nuestras buenas cualidades, reales o imaginarias, y nos olvidamos de nuestros defectos. En realidad, nuestra mente está llena de perturbaciones mentales, pero no las reconocemos e incluso nos engañamos a nosotros mismos negándonos a admitir que tenemos estas mentes. Es como limpiar la casa escondiendo la suciedad bajo la alfombra.

A menudo nos resulta tan doloroso aceptar nuestras faltas, que preferimos buscar excusas antes que cambiar la concepción elevada que tenemos de nosotros mismos. Una de las maneras más comunes de no reconocer nuestros defectos es echando la culpa a los demás. En lugar de responsabilizarnos de nuestras acciones y esforzarnos por mejorar nuestra conducta, discutimos con los demás e insistimos en que son ellos quienes deben cambiar. Debido a la excesiva importancia que nos concedemos a nosotros mismos, criticamos a los demás, lo que nos causa multitud de problemas. Al no aceptar nuestros defectos, los demás nos los señalan, y entonces pensamos que son injustos con nosotros. En lugar de observar nuestro comportamiento para comprobar si sus críticas son justificadas, nuestra estimación propia nos hace ponernos a la defensiva y buscar defectos en ellos.

Otra razón de que no apreciemos a los demás es que nos fijamos en sus faltas y nos en sus buenas cualidades. Por desgracia, tenemos gran habilidad para descubrir los defectos de los demás y señalarlos, analizarlos e incluso se podría decir para meditar en ellos. Debido a esta actitud crítica, si discrepamos con nuestros amigos en alguna ocasión, en lugar de comprender su punto de vista, pensamos en las razones por las que están equivocados. Al fijarnos solo en sus defectos, nos enfadamos y les guardamos rencor, y en lugar de sentir aprecio por ellos, deseamos perjudicarlos y criticarlos. De esta manera, pequeños desacuerdos pueden convertirse en conflictos que se prolongan durante meses.

No es beneficioso pensar en nuestras buenas cualidades y buscar defectos en los demás. Lo único que conseguiremos será considerarnos más importantes que ellos, aumentar nuestro orgullo y faltarles el respeto.

Es absurdo pensar que somos más importantes que los demás y fijarnos sólo en nuestras buenas cualidades. Con ello no aumentarán nuestras virtudes ni se reducirán nuestros defectos, y tampoco conseguiremos que los demás compartan la opinión favorable que tenemos de nosotros mismos.

Si, en cambio, reconocemos las buenas cualidades de los demás, nuestro orgullo irá disminuyendo hasta que, al final, los consideraremos más importantes que nosotros. Entonces, sentiremos amor y compasión hacia ellos y realizaremos acciones virtuosas de manera natural. Si contemplamos las virtudes de los demás solo obtendremos beneficios. Por lo tanto, mientras los seres ordinarios se fijan en los defectos de los demás, los Bodhisatvas reconocen sus buenas cualidades.

Algunas personas afirman que su problema es que carecen de autoestima, y que debemos fijarnos solo en nuestras buenas cualidades para adquirir confianza en nosotros mismos. No obstante, aunque es cierto que para progresar en en el camino espiritual debemos confiar en nuestro potencial y aumentar nuestras virtudes, también hemos de reconocer nuestros defectos. Si somos sinceros con nosotros mismos, reconoceremos que nuestra mente está llena de engaños, como el odio, el apego y la ignorancia. Estas perturbaciones no desaparecerán por sí mismas por mucho que lo deseemos. La única manera es aceptando su existencia y esforzándonos por eliminarlas.

Una de las funciones del Dharma es actuar como un espejo en el que podemos ver reflejados nuestros defectos. Por ejemplo, cuando nos enfademos, en lugar de buscar excusas, debemos pensar: “El odio es un veneno mental. No me ayuda ni me aporta ningún beneficio, sino que solo sirve para perjudicarme”. También podemos utilizar el espejo del Dharma para distinguir entre el amor y el apego. El amor nos proporciona felicidad mientras que el apego solo nos causa más sufrimiento.

Aunque hemos de ser conscientes de nuestros defectos, no debemos dejarnos desanimar por ellos. Es posible que nos enfademos con facilidad, pero ello no significa que el odio forme parte inherente de nosotros. Cuando reconocemos nuestras perturbaciones mentales, no debemos identificarnos con ellas pensando: “Soy un inútil y un egoísta” o “estoy siempre enfadado”, sino identificarnos con nuestro potencial puro, cultivar la sabiduría y esforzarnos por eliminar los engaños.

Gueshe Kelsang Gyatso. Ocho pasos hacia la felicidad.
Editorial Tharpa.
 
 

2 de marzo de 2013

El primer hombre no fue hombre. El primer hombre fue mujer.



-El primer hombre no fue hombre, fue mujer -me dice don Javier enmarañándose en risadas hondas.
-No fue hombre, fue mujer -me está diciendo ahora- así me lo contó un mi compadre campa, un curaca que fue muy famoso y se llamó Inganíteri. Inganíteri, que en idioma ashaninkas significa “está lloviendo”. Hace más de diez años que Inganíteri ya no llueve más, decidió morir, se devolvió a la tierra. Poco antes alcanzó a informarme de qué modo nacimos los humanos. No fue como tú piensas, ya verás. 

Mi compadre Inganíteri me dijo que hace miles de lunas, cuando la misma luna no era más que un pedazo de tronco difunto, en ese entonces todo era ceniza. Dios no había nacido todavía siquiera, la tierra toditita era ceniza. Y la luz y las estrellas y el aire, fíjate: el aire mismo, y los bosques, las cataratas, las rocas, los ríos, los pajonales, la lluvia, los lagos pequeños y los que no tienen término, y la salud y el tiempo y los animales que se arrastran y los animales que vuelan o caminan, y los pedregales, las playas, todo lo que ahora existe a su manera, según su condición, lo que podemos ver, lo que no vemos, todo era nada. Y la nada también era ceniza. Mar no había: los océanos también eran sitios vacíos, de ceniza. Así se hallaba el mundo cuando en eso cayó un relámpago sobre un árbol de pomarrosa. Y la pomarrosa era ceniza, todavía no era pomarrosa. Y me contó Inganíteri que en ese instante, de aquel árbol, de aquella pomarrosa quemada y partida por el relámpago, ahí mismito brotó un lindo animal. El tronco de la pomarrosa se abrió en dos, como flor, y de su adentro salió el primer viviente verdadero, un animal que no tenía plumas, que no tenía escamas, que no tenía recuerdos. Y el primer shirimpiáre, el primer jefe brujo que ya vivía en esa época aunque todavía carecía de cuerpo, de todo carecía, disuelto en el aire, el primer shirimpiáre se sorprendió muchísimo y se dijo: “no es pájaro, no es pez, no es animal-animal, no sé lo que será pero sin duda se trata de la mejor obra de Pachakamáite”. Tú sabrás que Pachakamáite es el Padre Dios de los campa. Pachakamáite es Páwa, esposo de Mamántziki, hijo del sol más alto, el sol del mediodía. El primer shirimpiáre, entonces, se quedó largo rato pensando y al fin sentenció: “Tiene que ser humano”. Así dispuso reflexionando fuerte el shirimpiáre número uno y decidió llamar Kaametza a ese animal. Kaametza, que significa en idioma campa “la muy hermosa”. Así fue que comenzamos, con Kaametza, una hembra. 

Ni bien brotó de la pomarrosa, ella empezó a buscar. Creía que caminaba, y era cierto, caminaba la selva, atravesando bosques de ceniza, fríos, pero en verdad no caminaba: buscaba, y no sabía qué, sin poder precisarlo por ahora. Así estuvo Kaametza años de años caminandobuscando, cuando una tarde...
-Te he dicho una tarde recalcándolo, con la misma intención con que me lo dijo a mí Inganíteri, sólo por precisar, para que puedas ver mejor lo que estoy recordando, porque entonces no había tarde alguna, tampoco madrugada ni noche ni mediodía. Pasaba el tiempo, si, pero era diferente del que hoy conocemos. También el tiempo era ceniza y carecía de límites, como un río de tres orillas. Fue mucho después que se amansó y dividió. Entonces no existía este tiempo que se fatiga y se echa a descansar igual que gente. No era como ahora, así: troceado. Has de saber que antes, cuando Pachakamáite no había dispuesto que Kaametza naciera, el tiempo no servía para encuadrar el ciclo de lo viviente. No era su profesión marcar el paso de lo que vive a lo que muere y de lo que muere a lo que vuelve a vivir distintamente, eternamente. No. El primer oficio del tiempo fue fabricar felicidad; impedir los daños en la vida, en ésta y en las otras, más allá. Si algo o alguien era ocupado por el mal y lo contagiaba, el tiempo hacía que ese algo o alguien dejara de crecer. No lo mataba, no, porque en la condición del aquel tiempo no cabía la muerte. Lo detenía, lo cual era peor. Y a la vez aceleraba la grandeza de lo grande, desarrollaba a los espíritus de Arriba. A un espíritu joven le daba la experiencia de mil años. No olvides que tenía tres orillas, podía ir y venir al mismo tiempo, y a la vez estaba quieto, fijo, y los paisajes se desplazaban a sus costados, eran ellos quienes regresaban y avanzaban hacia el mar. 
-Un tarde, entonces, ante un arroyo que también era de ceniza, Kaametza fue a mirarse, o a beber, o a lavarse. Se agachó hasta las quietas aguas del río que pasaba entre esas tres orillas, y de lo alto del bosque surgió una pantera de espanto, un otorongo negro, bramando. Ella se quedó inmóvil al comienzo, sin siquiera asustarse. ¿Acaso conocía? ¿Acaso tenía conocimiento de lo que era el susto, de lo que era un otorongo enfurecido? Todo era tarde y víspera en el alma de Kaametza, una gran tarde oscura e inocente sobre su entendimiento. Garras, no distinguía, no imaginaba. No había palabras en su mente, ni nombre de ninguna cosa. Pero gracias a ese conocer desconocido, sin conciencia, que hasta hoy poseemos, Kaametza comprendió lo que debía y eludió al otorongo. Y el otorongo volvió a saltar sobre ella, con las uñas afuera, preparadas, como astillas de piedra calcinada. Y Kaametza volvió a esquivarlo. Una y otra vez el otorongo negro quiso atraparla: sólo clavó sus uñas en despecho. Y Kaametza descubrió dentro de sí un temor gigante, comprendió lo cerquita de la muerte. Y sin pensarlo ni proponerse nada, arrancó un hueso de su cuerpo. De aquí en delante, junto a su cintura, mira, así se extrajo una costilla, igual que obedeciendo, sin dolerse, y no le salió sangre, no le quedó señal alguna en la piel, ninguna herida abierta. Y empuñando su hueso, así, como puñal recién afilado, le sajó la garganta al otorongo. Aquí, bien me acuerdo, mi compadre Inganíteri que estaba contándome esta historia, cerró los ojos y se quedó silencio, inmóvil, escuchando no sé, algo que venía de lo hondo del monte, desde los riachuelos que sonaban próximos juntándose a las aguas del Unine. La cara del curaca campa se ancianó, pura tensión, aumentada de arrugas a ambos lados de los pómulos anchos. Al ratito tembló: parecía que su alma regresaba de lejos, de muy lejos, y el cuello le creció llenándose de venas por estallar...
“Y dijo que Kaametza cayó de rodillas luego de matar al otorongo, agradeciendo se postró en la arena de ceniza, al borde de ese río, en la tercera orilla, y contempló el cuchillo que la había salvado, con las manos lo levantó hacia su boca, lo acercó despacito, despacito, diciéndole qué cosas, casi como besándolo tal vez...
... lo levantó tal vez para besarlo, tal vez para decirle cosas suaves, y el cuchillo sacado de su cuerpo no guardaba ni sangre de Kaametza ni sangre del otorongo que la había arañado, y Kaametza le dio las gracias con su aliento, con el cariño de su boca, jadeando, y el hueso se encendió, tembló como aquellos relámpagos que no suenan, que sólo saben alumbrar, ¿has visto?, cuando llueve y no es época de lluvias se ven rayos así, y ella lo soltó como si le chamuscara las manos y el hueso se puso a dar vueltas rehuyendose y creciendo, igual que un ahogado buscando aire, ocupando una forma que ya estaba en el aire, que lo esperaba desde siempre como un destino en el aire, y que fue pareciéndose cada vez más a Kaametza, apagándose a pocos y volviendo a brillar convirtiéndose en la sombra de un árbol de incendio, en una pomarrosa de sombra, en una piedra de árbol animado, en alguna huella vieja sobre una roca grande, imitando los ojos y los brazo y el pelo de Kaametza como si el cuerpo de Kaametza hubiera tenido siempre un molde allí en el aire esperándolo y después retrocediendo y avanzando de nuevo y brillandoasfixiandosebuscando, buscando diferencias en el aire, diferenciándose de lo idéntico de Kaametza y al final aquietándose y victorioextenuándose sobre la playa de ceniza, en lo oscuro, igualito y distinto a Kaametza. 
Así fue que apareció el varón, así aparecimos. Y el primer shirimpiáre que ya por entonces vivía sin vivir, sin cuerpo, apenas, el shirimpiáre número uno que estaba de testigo observándolo todo desde el aire, se alegró mucho y decidió que el hombre viva, decidió que era bueno que el hombre acompañara a la mujer y que juntos se procuraran descendencia, y le obsequió asimismo dándole un nombre. Para que pudiese seguir existiendo le puso nombre, pronunciándolo fuertemente desde el aire... Narowé,

Cesar Calvo, Las tres mitades de Ino Moxo. 
pp. 133-144
(las flores de la pomarrosa)

(el otorongo negro)

22 de febrero de 2013

Guiado por la luna - Shamanismo y uso ritual de la ayahuasca en el Santo Daime

Para el mestizo amazónico, la selva y las aguas de los ríos son los dominios de una gran variedad de seres espirituales malignos, los añangos. Existen también espíritus protectores de determinadas especies animales, vegetales o de accidentes geográficos o ríos. Son generalmente concebidos como espíritus femeninos, llamados "madres", debiendo ser agradados de diversas formas por cazadores, pescadores u otros que por alguna razón ingresan en sus dominios. Ellos ocupan un lugar en la religiosidad mestiza, pero aunque puedan ser propiciados en algunas ocasiones, no se realiza para ellos ningún culto. Estos son reservados para los santos concebidos como proveedores de los medios para lograr el bienestar, las buenas cosechas, la buena salud, etc.

En el caso de las "plantas profesoras", son sus madres las verdaderas dueñas del conocimiento que es pasado a aquellos que saben usarlas. Una de las principales substancias vegetales dotadas de madre es la ayahuasca. Por lo tanto, al tener visiones en las que una "señora", la "Reina de la Floresta", llegaba para entregarle sus enseñanzas, Maestro Irineu se mantenía estrictamente dentro de la tradición de los shamanes ayahuasqueros. Pero como mestizo, fuertemente influido por las tradiciones occidentales y cristianas, él la percibió no como una entidad indígena, sino como el gran arquetipo católico de la maternidad, Nuestra Señora de la Concepción, que tiene múltiples cultos en toda la región. De esa forma, la tradición de origen indígena y pagana puede ser incorporada al culto de los santos, volviéndose también más legítima y socialmente aceptable.


Tal vez la principal consecuencia de ese proceso haya sido la incorporación de los valores básicos de la ética cristiana, alejando la antigua ambivalencia moral que dificultaba la dis- tinción entre vegetalistas benignos y malignos. Así, una doctrina enseñada por la Virgen María no daba lugar al uso de virotes y otros métodos mágicos de agresión usados por los vegetalistas. Tal vez en concordancia con ese proceso de cristianización, el trabajo shamánico daimista haya perdido muchas de sus características de lucha contra determinados espíritus o hechiceros enemigos. Adoptó, en lugar de eso, ideales más difusos y generalizantes de "lucha por el Bien", alivio al sufrimiento, etc. En ese caso, la protección del shamán pasaba a depender más de su calidad moral y de su obediencia a los preceptos de la buena conducta que de armaduras defensivas como las arkanas de los vegetalistas. 


(Extraido de  Guiado por la luna, de Edward Mcrae). 



  

14 de febrero de 2013

¿Por qué hago una montaña de un grano de arena?


En primer lugar creas un problema y después buscas una solución. Fíjate en por qué creas el problema. Justo al principio, cuando empiezas a crear el problema, allí está la solución. ¡No lo crees! Pero eso no te gustará, por de repente te verás cara a cara contigo mismo. 

Puedes deshacerte de todos tus problemas ahora mismo, porque son invenciones tuyas. 

Tomas la decisión de que ya no quieres crear más problemas; nada más. Es la decisión de acabar con todas esas tonterías de crear problemas para encontrar soluciones. Todas esas tonterías son un juego al que juegas contigo mismo, el juego del escondite, en el que tú te escondes y tú te buscas. Y lo sabes. 

Puedes encontrarte ahora mismo, porque eres tú quien se esconde.

No te busques complicaciones innecesarias. Un día lo comprenderás, si observas cómo agrandas un problema, cómo le das vueltas, cómo contribuyes a que la rueda vaya más y más deprisa. De repente te verás en el punto culminante del sufrimiento y necesitas que el mundo entero te compadezca.

Si todavía no te has hartado del jueguecito, adelante, pero entonces no preguntes por qué. Lo sabes. El porque es sencillo. El ego no puede existir en el vacío; necesita algo contra lo que luchar. Te servirá incluso un fantasma de tu propia imaginación, pero tienes que luchar con alguien. El ego sólo existe en el conflicto, porque el ego no es una entidad, sino una tensión. Siempre que se produce un conflicto, surge la tensión y el ego entra en acción; cuando no hay conflicto, desaparece la tensión y también desaparece el ego. 

Y claro está, nadie quiere tensiones pequeñas, sino tensiones enormes. Com osi no tuvieras suficiente con tus propios problemas, empiezas a pensar en la humanidad, el mundo, el futuro... 

Piensas en eso como si el mundo entero dependiera de tus consejos. Piensas: “¿Qué va a pasar en Israel? ¿Qué va a pasar en África?. Aportas tus consejos y creas más problemas. 

La gente se pone muy nerviosa; no puede dormir porque hay una guerra. Se ponen muy nerviosos. Su vida es tan normal y corriente que tienen que encontrar algo fuera de lo normal en otra parte. La nación pasa por ciertas dificultades, y se identifican con la nación. La cultura pasa por dificultades, o la sociedad tiene dificultades... grandes problemas con los que identificas. Eres hindú y la cultura hindú tiene dificultades, o eres cristiano y la Iglesia pasa por dificultades. El mundo entero está en juego. Es el momento de sentirte importante con tu problema.

El ego necesita problemas. Si comprendes esto, por el hecho mismo de comprenderlo las montañas vuelven a reducirse a granos de arena, y los granos de arena desaparecen. De repente existe solo el vacío, el vacío absoluto a tu alrededor. En eso consiste la iluminación: en comprender hasta lo más profundo que no existe ningún problema. 

Y entonces, sin ningún problema que resolver, ¿qué vas a hacer? Pues empezarás a vivir inmediatamente. Te dedicarás a comer, a dormir, a amar, a charlar, a cantar, a bailar... ¿Qué más se puede hacer? Te has transformado en un dios, has empezado a vivir.   

Osho



12 de febrero de 2013

Tres modos de sufrimiento - Adyashanti


La ilusión del control

Vamos a estudiar tres modos comunes en que nuestros egos nos hacen sufrir, más allá de la observación básica de que son los pensamientos los que producen nuestro sufrimiento. El primero de estos modos es, probablemente, el más arraigado de los tres: nuestro deseo de tener el control. En cuanto nos imaginamos que somos alguien separado de todos los demás, de la vida que vemos a nuestro alrededor, la consecuencia natural será que tendremos una sensación interior de que la vida es una cosa que tenemos que controlar. Para mantenernos a salvo, seguros y separados, no sólo tenemos que controlarnos a nosotros mismos, sino a los demás y todas las circunstancias que nos rodean. Pero dado que la verdad es que no tenemos ningún control, es inevitable que nos encontremos en un aprieto. 

La realidad es que no tenemos ningún control; el ego no controla el modo en que se despliega y se presenta la realidad. ¿A qué se debe que el ego no tenga el control? Simplemente a que el ego no es más que un pensamiento que tienes en la mente. Es una imagen. Es un modo en que tu mente se refiere a sí misma, piensa en sí misma y crea, para empezar, un sentido del yo. Si todo tu yo egoico no es más que un producto de la imaginación, un resultado mecánico de la vinculación de diversos pensamientos entre sí, entonces es evidente que un pensamiento no tiene ningún control. Un pensamiento no es más que una cosa que sucede, sin más. Sucede, y después pasa. 

Ver esto es muy difícil, y a veces da miedo, sobre todo si nos creemos que nosotros somos nuestros egos. Pero la vida nos enseña constantemente, una y otra vez, que en realidad no tenemos ese control que deseamos tener o que creemos tener. Mira dentro de tu mente. No tienes un verdadero control de si te entra o te sale de la mente un pensamiento determinado. Y si ni siquiera tienes control de los pensamientos que te aparecen en la cabeza, ¿cuánto control tienes de verdad, en general? Si tuvieras verdaderamente el control, ¿no optarías, sin más, por sentirte bien todo el tiempo, por sentirte abierto, llenos de amor y feliz? Y ¿no resulta extraño que, a pesar de que la vida nos enseña constantemente que el ego no tiene el control, nosotros seguimos creyéndonos que lo tiene? ¡Nos empeñamos en que lo tiene, porque, si no lo tuviera, eso sería demasiado abrumador! Nos parece que el peor descubrimiento que puede llegar a hacer un ego es que no tiene el control; porque, si un ego no tiene el control, entonces es que no tiene esperanza. No tiene salida. No tiene manera de hacer que la vida sea como él quiere.

Sería verdaderamente terrible que nosotros fuésemos nuestros egos, que fuésemos de verdad ese yo creado en nuestra mente por los pensamientos. Pero no lo somos. Lo que somos en realidad, más bien, es lo que observa a la mente, lo que advierte a la mente y lo que es consciente de toda la actividad mental, incluso del deseo de controlar. Si empiezas a plantearte de manera auténtica todo el concepto del control, se abrirá tu mente de verdad. Y eso es lo que hace falta si queremos poner fin a nuestro sufrimiento persistente: tenemos que abrir nuestra manera de pensar. Tenemos que abrirnos en lo que estamos dispuestos a pensar y en la conclusiones a las que estamos dispuestos a llegar. Cuando estamos en nuestros egos, intentamos controlar a los demás y controlarnos a nosotros mismos. Intentamos controlar la vida. Pero ya habrás caído en la cuenta de que no puedes controlar la vida. Nosotros nos creemos que tenemos el control, pero es una ilusión. Es un engaño.

Este engaño se produce en nuestras mentes, y es, en varios sentidos, el engaño más convincente que existe, pues mientras pensemos que tenemos el control, mientras pensemos que podemos controlar las cosas, seguiremos encadenados al estado de la conciencia egoica. Superficialmente, la ilusión del control hace que nos sentamos capaces de crearnos una vida cómoda y segura, a fuerza de manipular nuestras vidas sobre la base de lo que creemos que necesitamos. A pesar de todo, la ilusión de tenerlo es asombrosa por su diseño y por su complejidad, que que, a  fin de cuentas, casi todos los seres humanos caemos en ella. Casi todos los seres humanos pensamos: “Yo controlo mi vida”, salvo en los momentos en que las cosas se ponen muy difíciles. 

Hay momentos en que casi te ves obligado a reconocer que no tienes el control. Surge una emoción dolorosa y no puedes huir de ella. No puedes hacerla desaparecer. De pronto te resulta evidente: “¡No tengo el control!”, y esto te suele provocar un pánico más profundo todavía. “¡Oh, no! ¡No tengo el control! ¡No puedo cambiar esta sensación! ¿Qué hago? ¿Cómo cambio esto?”. ¿No es paradójico que, a pesar de que vemos que no tenemos el control, sigamos aferrándonos a él? ¿No es una locura, por definición, seguir intentando hacer lo mismo de siempre, pero esperando obtener resultados distintos? Aún así, podemos pasarnos toda una vida intentado hacer uso de este sentido de un control que en realidad no tenemos.

Exigir que las cosas sean distintas

Otro modo en que nuestras mentes producen sufrimiento es por las exigencias que hacemos a la vida y a los demás. En cierto sentido, el ego es una máquina de exigir: “¡Quiero esto!”, “¡Quiero aquello!”, “¡No quiero esto!”, “¡No quiero aquello!”, “¡Tiene que ser de esta manera!”, “¡No deberías haberme hecho tal cosa!”, “¡No debería sentirme como me siento!”. Todas las exigencias, en esencia, son modos en que intentamos manipular la realidad, modos en que nos empeñamos en que la vida sea diferente de lo que es. No siempre se aprecia hasta qué punto abordamos la vida de esta manera. Pero, si lo observamos con detenimiento, podemos ver lo que extendida que está esta tendencia; en cualquier momento dado, es probable que estés haciendo exigencias inconscientes, sutiles, en el sentido de que la vida sea diferente.

Esperamos que todo en la vida nos haga felices, sin darnos cuenta de que la felicidad se encuentra, en realidad, en nuestro núcleo mismo. Es connatural a nuestro ser. No existe ninguna manera de hacerse felices. Lo único que tenemos que hacer es dejar de hacer las cosas que nos hacen infelices. Una de las cosas que nos hacen tremendamente infelices son las exigencias que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás. En las relaciones humanas, es muy corriente que exijamos a alguien que cambie para que nosotros podamos ser felices o sentirnos realizados. En este proceso, desatendemos por completo lo que podría ser más beneficioso para la otra persona o para la comunidad en general. ¿Es esta una verdadera manifestación de amor? ¿Es esto lo que queremos, en último extremo? ¿Queremos de verdad que cambien todos los que nos rodean para hacernos felices a nosotros? ¿Queremos de verdad ser tan tiranos? ¿Nos llega esto de verdad a lo más hondo del corazón, al amor que todos tenemos dentro? 

Cuando nos empeñamos en que las cosas, las personas y los hechos de nuestro alrededor cambien para que nosotros podamos ser felices, en realidad estamos negando algo que está muy dentro de nosotros. Estamos negando la verdad de quienes somos. Estamos negando la verdad de los demás. Nos estamos imaginando que la felicidad depende de los hechos y de las circunstancias de la vida, y de las personas que intervienen en ellas. Nos creemos que si todas las personas que intervienen en nuestra vida fueran así, entonces estaríamos satisfechos. 

Así pues, este deseo de exigencias surge también, como el deseo de control, de ese estado de conciencia llamado estado egoico de la conciencia, en el que nos imaginamos que nosotros mismos y todos los demás somos distintos y separados. Pero repitamos que la noción de que somos entidades separadas no es verdadera; es una invención. Todo ello está trazado en nuestra mente. Es un gran sueño que tenemos. Lo difícil de este sueño es que casi todos los que nos rodean tienen el mismo sueño. Es, en esencia, el sueño colectivo de la humanidad.

De modo que quien sueña no eres sólo tú, ni soy sólo yo; casi todos los seres humanos tienen este mismo sueño de estar separados, de ser absolutamente otros del mundo que los rodea. Lo que esto supone es que tenemos que mirar muy hondo dentro de nosotros, porque no sólo estamos mirando mas allá de nuestra propia mente engañada, de nuestro propio error; estamos mirando más allá del engaño de toda la humanidad.

Discutir con lo que es

Otra cosa que hacemos cuando nos sentimos separados es discutir con lo que es y con lo que fue. Este es el tercer modo más común que tenemos de sufrir. De hecho, si quieres garantizarte el sufrimiento, discute con lo que es. La gente me suele preguntar:”¿Qué quieres decir con “lo que es?”. “Lo que es” es este momento mismo antes de que pienses en él siquiera. Eso es lo que es. Si discutes con este momento sufrirás. No hay manera de discutir con este momento sin sufrir. Lo mismo puede decirse del pasado. Si discutes con el pasado, si decides que lo ha sido no debería haber sido, sufrirás. 

Me doy cuenta que esto puede parecer demasiado simplista y de que casi hasta parece insultante. Al fin y al cabo, la mayoría de los seres humanos se sientes justificados al creer que lo que fue en el pasado no debería haber sido. Todos hemos vivido momentos difíciles. Todos hemos pasado momentos en que se nos ha hecho daño o incluso se nos ha maltratado. Todos hemos tenido momentos en que la gente nos ha tratado de manera desconsiderada o destructiva. Es natural que recordemos estos momentos y pensemos: “¡Ese momento no debería haber pasado! ¡Fulano no debería haberse portado así!”. Este pensamiento, esta conclusión, parecen muy justificados. Como todos los que nos rodean estarían de acuerdo con ello, nosotros ni siquiera lo ponemos en duda. De hecho, lo que sucedió en el pasado no es ni bueno ni malo de por sí. Simplemente, es lo que fue. Por eso, cuando discutimos con lo que fue y decimos: “No debería haber sucedido”, sufrimos. Así de sencillo.

No quiero proponer de ninguna manera que neguemos lo que fue. No estoy diciendo que tengas que fingir que una cosa del pasado no te hizo daño, que no te confundió o que no te causó un gran dolor. Lo que digo es que, cuando discutes con ello, cuando dices que una cosa que ha sucedido no debería haber sucedido, entonces sufres. Lo que pasó es lo que pasó. Ya fuera bueno o terrible, es lo que pasó. Lo que está pasando ahora es lo que está pasando. No tenemos por qué llamarlo “bueno” ni “malo”. Puede ser doloroso o puede no ser doloroso; puede gustarnos o puede no gustarnos. Lo que está pasando en este momento, sea lo que sea, es lo que está pasando. Cuando discutes con ello, cuando dices que lo que está pasando no debería estar pasando, entonces sufres.

A veces puede parecer peligroso abstenerse de discutir con el momento presente, o con el pasado. Hasta podemos temer: “Si no discuto con lo que está pasando ahora, quizá no cambie nunca”. Porque, si tenemos abiertos los corazones y las mentes, no podemos dejar de ver que en el mundo hay una cantidad tremenda de sufrimiento, de dolor y de conflicto. En vista de ello, ante esta verdad, casi podría parecer un insulto no proclamar: “¡Esto no debería pasar!”.

Pero cuando decimos que alguna cosa no debería estar pasando, nos encerramos en un esquema mental extremadamente estrecho, con muy pocas opciones. Cuando vemos de verdad que lo es no es bueno ni malo, que simplemente es, entonces tenemos abiertas todas las opciones. Entonces podemos reaccionar ante la vida de manera sabia y amorosa. Esto no quiere decir que nos limitemos a decirnos: “Lo que es, es”, y no hagamos nada más. (...) 

Para despertarnos, debemos aprender cómo alimentan el sufrimiento en nuestras vidas las tres tendencias que hemos citado (el deseo de controlar, las exigencias y el rechazo de “lo que es”). Debemos conseguir de alguna manera desear saber lo que es verdadero, en este momento, sin intentar controlarlo ni hacerle exigencias, porque lo que nos libra del sufrimiento es la verdad. La verdad es la que nos permite salir de este estado egoico de la conciencia en el que parece que estamos tan atrapados, pasando a otro estado de la conciencia completamente distinto, mucho más abierto, libre y amplio, e infinitamente más creativo. En el ego, nuestras opciones están muy limitadas, y todas se han ensayado ya; todas las soluciones que ha propuesto el ego han fracasado. Si no tienes claro que hayan fracasado, enciende el televisor. Lee el periódico. Sigue habiendo guerras. Sigue habiendo crueldad. Siguen existiendo en todas partes seres humanos que no son abiertos, ni amorosos, ni entregados a los demás. Está claro que lo que hace falta es algo distinto. Volver a hacer siempre una misma cosa esperando que produzca resultados diferentes es, literalmente, una manifestación de locura. Y así es, en muchos modos, el mundo en que vivimos.


Adyashanti. El fin del sufrimiento. Gaia Ediciones. 

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6 de febrero de 2013

Rumi


They try to say what you are, spiritual or sexual?
They wonder about Solomon and all his wives.
In the body of the world, they say, there is a soul and you are that.
But we have ways within each other that will never be said by anyone.

Come to the orchard in spring.
There is light and wine and sweethearts in the pomegranate flowers.
If you do not come, these do not matter. 
If you do come, these do not matter.

(Rumi)


Lo que tú eres es más fundamental que lo que dices que eres


Nadie nos ha dicho que lo que somos es un punto de consciencia, o de espíritu puro. Esta no es una cosa que se enseñe. Los que nos han enseñado, más bien, es a identificarnos con nuestro nombre. Nos han enseñado a identificarnos con nuestra fecha de nacimiento. Nos han enseñado a identificarnos con el próximo pensamiento que tengamos. Nos han enseñado a identificarnos con todos los recuerdos del pasado que acopia nuestra mente. Pero eso no eran más que pensamientos. Cuando te basas en tu propia autoridad, cuando te basas en tu propia experiencia directa, te encuentras con ese misterio último que eres tú. Aunque pueda resultar inquietante al principio asomarte a tu propio no-ser, lo haces, en todo caso. ¿Por qué? Porque no quieres sufrir más. Porque estás dispuesto a dejarte afectar. Estás dispuesto a quedarte asombrado. Estás dispuesto a quedarte sorprendido. Estás dispuesto a darte cuenta de que puede que todo lo que habías pensado de ti no sea verdad en realidad. 

Cuando estés abierto a todo eso, entonces, y sólo entonces, podrás basarte en tu propia autoridad, plantarte sobre tus propios pies. Sólo entonces podrás buscarte a ti mismo de verdad, por debajo de la mente y dentro del espacio entre los pensamientos siguientes, para ver claramente que lo que somos existe antes de que pensemos en ello. Lo que tú eres existe antes de que le asignes un nombre. Lo que tú eres existe antes siquiera de que lo llames “masculino” o “femenino”. Lo que eres existe antes de que digamos “bueno” o “malo”, “valioso” o “sin valor”. Lo que tú eres es más fundamental que lo que dices que eres. Lo que eres de verdad constituye toda una sorpresa cuando lo ves por primera vez, cuando lo sientes. Puedes empezar a sentir tu propia transparencia. Empiezas a reconocer que es posible que en realidad tú no seas un “alguien”, a fin de cuentas, a pesar de que surjan los pensamientos de un “alguien”, a pesar de que en tu vida te comportas con frecuencia como si fueras alguien. Es tu manera de desenvolverte en la vida. Respondes a un nombre, vas a trabajar, tienes tu profesión, te llamas marido, o esposa, o hermana, o hermano. Todos estos son nombres que nos asignamos unos a otros. Todos ellos son etiquetas, Todos ellos están bien. Ninguno de ellos tiene nada de malo, hasta que llegas a creerte que son de verdad. En cuanto te crees que una etiqueta que te has atribuido a ti mismo es verdadera, has limitado una cosa que es literalmente ilimitada; has limitado quien eres reduciéndolo a un mero pensamiento.



El fin del sufrimiento. Adyashanti.