Ayahuasca

18 de enero de 2013

¿QUÉ SOY YO EN REALIDAD?

El Gran Espacio Interno

Lo que se abre dentro de ti cuando estás dispuesto a asumir la posibilidad de que las cosas sean distintas de lo que creías es lo que yo llamo “el gran espacio interno”. Es el lugar donde llegas a saber que no sabes. Cuando eres consciente del hecho de que verdaderamente no sabes, has llegado al verdadero punto de entrada al final del sufrimiento. Quiero decir que eres consciente de que verdaderamente no sabes nada, de que verdaderamente no entiendes el mundo, de que verdaderamente no te entiendes con los demás ni te entiendes a ti mismo. Esto resulta muy evidente en cuanto dedicamos en serio un momento a mirar a nuestro alrededor. Cuando miramos el mundo que hemos creado los seres humanos, y cuando miramos cómo nos relacionamos unos con otros, resulta muy evidente que no sabemos nada en absoluto. Esa fue una de las cosas que vi cuando era niño: que este mundo de los adultos tiene algo de locura. Todos van por ahí haciendo como que saben las cosas de verdad, haciendo como que saben lo que es cierto y lo que no, que saben lo que es correcto o quién se equivoca; pero en realidad, nadie lo sabe de verdad. Ello, sin embargo, nos da miedo porque en realidad no queremos reconocer que nadie sabe nada de verdad.

Por otro lado, vemos que existe muy poca disposición por parte de la mayoría de nosotros a dejarnos afectar de esta manera. Pero si has sufrido lo suficiente (y me imagino que has sufrido bastante), entonces puede que sí estés dispuesto a dejarte afectar. Puede que tu sufrimiento te haya creado un anhelo de este gran espacio interno. Puede que estés dispuesto a abrirte a la idea de que quizá seas algo completamente distinto de lo que te imaginabas, de que los demás pueden ser completamente distintos de lo que tú creías, de que el mundo puede ser completamente distinto de lo que te habías imaginado nunca. El punto de partida, como siempre, eres tú mismo. Este es el punto de entrada. Porque, al fin y al cabo, este gran espacio interno está dentro de nosotros. Sin embargo, tenemos una tendencia a empezar por alguna otra persona. “¡Cambia! ¡Cambia tú, y entonces yo seré feliz!”. “Si cambia el mundo, seré feliz”. “Si cambia mi entorno, o cambia mi situación de trabajo, o cambia mi pareja, entonces seré feliz!”. Pero la verdad es que tenemos que empezar por nosotros mismos; no intentando “cambiarnos” a nosotros mismos, porque, si ni siquiera sabemos quienes somos, tampoco sabremos cómo cambiarnos. Lo primero que tenemos que mirar es nuestro propio yo, quién somos de verdad. Lo primero que tenemos que mirar es nuestro propio ser, quiénes somos de verdad. Antes de intentar cambiar nada de nosotros, debemos empezar por saber quiénes somos y qué somos; porque, al descubrir qué es lo que somos, pasamos a una dimensión de la conciencia que pone fin al sufrimiento innecesario.

De modo que empezamos a mirar hacia dentro de nosotros mismos, ahora mismo, en este mismo momento, estemos donde estemos. Yo estoy aquí sentado en un taburete, y en el lugar exacto donde estoy, cuando miro dentro de lo que soy, la verdad es que no lo sé. Descubro que soy un misterio insondable. Descubro que podría asignarle un nombre, que podría asignarme nombres de todo tipo, que podría proponer muchas descripciones de lo que soy; pero que, en realidad, todas ellas no son más que pensamientos. Cuando me asomo por debajo del velo del pensamiento, lo que descubro es que soy un misterio. En cierto sentido, desaparezco. Desaparezco en forma de pensamiento. Desaparezco en forma de persona imaginada. Lo que descubro es que, si soy alguien, soy un punto de consciencia que reconoce que todo lo que pienso sobre mi mismo no es en realidad lo que soy; reconozco que el próximo pensamiento que tenga no podría llegar a describirme de verdad.

¿Qué es lo que encuentras tú cuando te asomas por debajo del velo de tus pensamientos? ¿Qué es lo que descubres de verdad cuando te abres a algo que está más allá de tu mente? ¿Qué pasa cuando te quedas en calma e inquieres, sin limitarte a saltar al pensamiento siguiente?  Pregúntate en silencio: “¿Qué soy yo en realidad?”. ¿No es ese un momento de quietud absoluta? ¿Y no eres completamente consciente de esa quietud? ¿Y no es evidente que, si no vamos a nuestras mentes, lo que somos es algo espacioso y de un misterio maravilloso, de un asombro maravilloso; que somos un punto quieto e inmóvil de consciencia y de conciencia? Dentro de esta conciencia, pueden aparecer muchos pensamientos, y de hecho aparecen. También pueden aparecer, y aparecen, muchas emociones, muchos modos en que nos podemos imaginar en nuestras mentes que sabemos. Pero en realidad todo es imaginación. ¿Cómo sabemos que todo es imaginación? Porque, cuando dejamos de imaginar, desaparece. Cuando dejamos de atribuirnos un nombre, el que creemos ser desaparece hasta que empezamos a atribuirnos un nombre de nuevo. Pero cuando nos detenemos y observamos, lo que resulta evidente es que no hay más que el acto de mirar, un espacio abierto de consciencia, y nada más; porque lo que hay a continuación no es más que el pensamiento siguiente.

pp 29-32  El fin del sufrimiento. Adyashanti. Gaia Ediciones 2012 

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25 de diciembre de 2012

El libro del hombre - Osho



Estoy aquí para ayudarte a confiar otra vez en ti mismo. Cuando comiences a confiar en tu propio ser no habrá ningún político, ningún sacerdote que te pueda explotar. Siempre se ha explotado al hombre a través del miedo. 


He oído contar una historia...

Una vez, Mulla Nasruddin se perdió en la selva. Pasó todo el día buscando una salida, pero no la encontró.... estaba cansado, hambriento, exhausto, sangrando, su ropa estaba hecha jirones porque la selva era muy tupida y enmarañada. Estaba oscureciendo, el sol se estaba poniendo y se hacía de noche.
Él era ateo, un ateo reconocido que nunca había rezado. Pero en estas circunstancias, al sentir miedo de la noche y de los animales salvajes, pensó en Dios por primera vez. Se olvidó de todos los argumentos que tenía contra Dios. Se arrodilló en el suelo y dijo:
-Oh, Señor... -echó una mirada alrededor, se sentía algo avergonzado, sabiendo perfectamente que no había nadie pero, a pesar de todo, se sentía avergonzado.... ¡toda una vida de ateísrno filosófico! Pero si el miedo llama a tu puerta y la muerte está a un paso, ¿a quién le importa la lógica, la filosofía o cualquier otro ismo? ¿A quién le importa la razón, los argumentos? 

-Oh, Señor -dijo-, por favor, ayúdame a salir del bosque y te alabaré siempre. Incluso empezaré a ir a la mezquita. Seguiré todos los rituales del islam. ¡Te lo prometo! Sálvame. Perdóname. Me arrepiento de todas las cosas que he dicho contra ti. He sido un idiota, un absoluto idiota. Ahora sé que existes.
Justo en ese momento pasó un pájaro volando por encima de su cabeza y dejó caer algo en sus manos extendidas.
-Por favor, Dios, no trates de engañarme con esta mierda. ¡En serio, estoy perdido de verdad!


Cuando un hombre tiene miedo, aunque haya sido ateo durante toda su vida, se vuelve creyente. Los sacerdotes descubrieron esto hace siglos y lo empezaron a usar. El pasado de la humanidad está presidido por el miedo.
La mejor forma de provocar miedo es hacerle sentir al hombre culpable de las cosas naturales. No puede renunciar a ellas, y tampoco puede disfrutarlas por el miedo al infierno, está atado de pies y manos. Esta atadura es el origen de la explotación del hombre. No puedes renunciar a tu sexualidad simplemente porque un estúpido sacerdote te diga que está mal. No tiene nada que ver con tu idea de lo que está bien o mal; es natural, es intrínseco. Procedes de ahí, cada una de tus células es sexual. No puedes renunciar simplemente con decirlo. Sí, lo puedes reprimir, y al reprimirlo podrás empezar a acumularlo en el inconsciente hasta que se convierta en una herida. Cuanto más lo reprimes, más te obsesiona. Cuanto más te obsesionas, más culpable te sientes. Es un círculo vicioso. Has caído en la trampa del sacerdote. 
Ni el mismo sacerdote ha creído nunca en esto, ni tampoco el político. Estas cosas eran para la gente, para las masas; han engañado a las masas.

Se cuenta que los reyes tenían cientos de esposas, igual que los sacerdotes. Es un milagro: la gente seguía creyendo en esos charlatanes. Los sacerdotes y los políticos han estado haciendo todo lo que le han dicho a la gente que no haga, unas veces abiertamente, y otras a escondidas...
Los sacerdotes han hecho un daño terrible al corazón humano, a la conciencia humana. Han envenenado al hombre con la idea de que la vida es horrible. Han estado enseñando a la gente a deshacerse de la vida.
Yo le enseño a mi gente a profundizar más en la vida. Ellos han estado enseñando a deshacerse de la vida. Yo te enseño a hacer que tu vida sea libre. Ellos te han estado enseñando a terminar con esta vida, y yo a adentrarte eternamente en ella, sin cesar, a vivir la vida abundantemente. De ahí la controversia; es inevitable que exista. Mi visión es exactamente lo contrario de lo que se ha estado enseñando en nombre de la religión.
Estoy aportando al mundo una nueva visión de la religión.
Es el intento más osado que jamás se haya hecho: aceptar la vida en su multidimensionalidad, disfrutarla,

celebrarla, regocijarse en ella. Mi camino no es la abnegación, sino el alborozo. No es ayunar, sino festejar. Ser festivo es ser religioso. Mi definición de religión está en la dimensión festiva.
Ningún otro animal es festivo; ningún otro animal sabe nada de festivales. Los delfines pueden jugar, los chimpancés pueden jugar, pero sólo el hombre celebra.
La celebración es el desarrollo máximo de la conciencia. Yo os enseño la celebración. La celebración es mi clave. 

El libro del hombre. Osho.






24 de diciembre de 2012

La sabiduria de la inseguridad - Alan Watts


Desde el principio debe ser evidente que existe una contradicción en el deseo de tener una seguridad perfecta en un universo cuya misma naturaleza es lo momentáneo y la fluidez, pero la contradicción va un poco más allá del mero conflicto entre el deseo de seguridad y el hecho del cambio. Si quiero estar seguro, es decir, protegido del flujo de la vida, tengo que estar separado de la vida. No obstante, esta misma sensación de estar separado es lo que me hace sentir inseguro. Estar seguro significa aislar y fortalecer el «Yo», pero es precisamente la sensación de ser un «Yo» aislado lo que hace que me sienta solo y amedrentado. En otras palabras, cuanta más seguridad puedo obtener, más quiero todavía. 

Para decirlo de un modo más sencillo: el deseo de seguridad y la sensación de inseguridad son una y la misma cosa. Retener el aliento es perderlo. Una sociedad basada en la búsqueda de seguridad no es más que un concurso de retención del aliento en el que cada uno está tenso como un tambor y morado como una remolacha. 

Buscamos esta seguridad fortificándonos y encerrándonos de innumerables maneras. Queremos la protección de ser «exclusivos» y «especiales», tratamos de pertenecer a la iglesia más segura, la mejor nación, la clase más alta, el grupo apropiado y la gente «bien». Estas defensas llevan a divisiones entre nosotros, y así, a más inseguridad que exige más defensas. Desde luego, todo esto se hace en la creencia sincera de que tratamos de hacer las cosas adecuadas y vivir del mejor modo posible; pero también esto es una contradicción. 

Sólo puedo pensar seriamente en tratar de vivir de acuerdo con un ideal, para mejorarme, si estoy dividido en dos. Tiene que haber un «Yo» bueno que va a mejorar al «yo» malo. El «Yo», que tiene las mejores intenciones, tratará de enderezar al «yo» díscolo, y el forcejeo entre los dos recalcará en gran manera la diferencia entre ellos. En consecuencia, el «Yo» se sentirá más separado que nunca, y se limitará a aumentar los sentimientos de soledad y desconexión causantes de que el «yo» se comporte tan mal. 


Difícilmente podemos empezar a considerar este problema si no queda claro que el ansia de seguridad es en sí misma dolorosa y contradictoria, y que cuanto más la buscamos, más dolorosa resulta. Esto es cierto para todas las formas en que pueda concebirse la seguridad. 

Uno quiere ser feliz y olvidarse de sí mismo, pero cuanto más lo intenta, tanto más recuerda al yo que quiere olvidar; quiere huir del dolor, pero cuanto más se debate para librarse de las sensaciones dolorosas, más se inflaman éstas; tiene miedo y quiere ser valiente, pero el esfuerzo para ser valiente es el temor que trata de huir de sí mismo; quiere la paz de espíritu, pero el intento de apaciguarlo es como tratar de sosegar las olas con una plancha para ropa. 

Todos estamos familiarizados con esta especie de círculo vicioso en forma de preocupación. Sabemos que preocuparnos es fútil, pero seguimos haciéndolo porque el hecho de llamarlo fútil no lo impide. Nos preocupamos porque nos sentimos inseguros y queremos la seguridad. Sin embargo, es perfectamente inútil decir que no deberíamos querer la seguridad. Aplicar insultos a un deseo no sirve para librarse de él. Lo que hemos de descubrir es que no existe la seguridad, que buscarla es doloroso y que cuando imaginamos haberla encontrado, no nos gusta. En otras palabras, si podemos comprender realmente lo que buscamos — que la seguridad es aislamiento y lo que nos hacemos a nosotros mismos cuando la buscamos— veremos que no la queremos en absoluto. Nadie tiene que decirnos que no hemos de retener el aliento durante diez minutos. Sabemos que no nos es posible hacerlo y que el intento sería de lo más desagradable. 

Lo principal es comprender que no hay ninguna seguridad. Uno de los peores círculos viciosos es el problema del alcohólico. En muchísimos casos, sabe que se está destruyendo, que, para él, el licor es un veneno, que detesta realmente estar borracho y hasta le disgusta el sabor del licor. Y, sin embargo, bebe, puesto que, por mucho que le desagrade, la experiencia de no beber es peor, le sume en los «horrores», porque se encuentra cara a cara con la inseguridad básica y desvelada del mundo.
En eso radica el meollo del asunto. Enfrentarse a la seguridad no significa comprenderla. Para comprender la inseguridad no hay que enfrentarse a ella, sino incorporarla a uno mismo. Es como el relato persa del sabio que llegó a las puertas del cielo y llamó. Al otro lado, la voz de Dios le preguntó: «Quién está ahí?», y el sabio respondió: «Soy yo». La voz replicó: «En esta Casa no hay sitio para ti y para mí». El sabio se marchó y pasó muchos años meditando profundamente en esta respuesta. Volvió al cielo por segunda vez, la voz le hizo la misma pregunta y de nuevo el sabio respondió: «Soy yo.» La puerta siguió cerrada. Al cabo de unos años volvió por tercera vez y, cuando llamó a la puerta, la voz le preguntó una vez más: «Quién está ahí?» Y el sabio gritó: «¡Eres tú mismo!». La puerta se abrió. 


Comprender que no hay seguridad es mucho más que estar de acuerdo con la teoría de que todas las cosas cambian, más incluso que observar la transitoriedad de la vida. La noción de seguridad se basa en la sensación de que hay en nosotros algo que es permanente, algo que se mantiene inmutable a través de los años y los cambios de la vida. Nos esforzamos para asegurar la permanencia, la continuidad y la seguridad de ese núcleo duradero, ese centro y alma de nuestro ser que llamamos «Yo», pues creemos que eso constituye el hombre auténtico, el que piensa nuestros pensamientos, el que siente nuestros sentimientos y el que conoce nuestro conocimiento. No comprenderemos realmente que la seguridad es una quimera hasta que nos demos cuenta de que ese «Yo» no existe. 

La comprensión tiene lugar a través de la conciencia. ¿Podemos entonces abordar nuestra experiencia, nuestras sensaciones, sentimientos y pensamientos, con toda sencillez, como si nunca los hubiéramos conocido hasta ahora, y, sin prejuicios, observar lo que sucede? Quizá se pregunte usted: «¿Qué experiencias, sensaciones y sentimientos debemos observar?» Y yo responderé: «¿Cuáles puede usted observar?» La respuesta es que debe observar aquellos que tiene ahora.
Sin duda esto es bastante evidente, pero con frecuencia las cosas muy evidentes se pasan por alto. Si un sentimiento no está presente, no somos conscientes de él. No hay más experiencia que la presente. Lo que sabemos, aquello de lo que tenemos realmente conciencia, es sólo lo que está sucediendo en este momento, y nada más. 

Alan Watts. La sabiduria de la inseguridad. Ed. Kairos.


3 de noviembre de 2012

Un relato de Brahma, Vishnu y Shiva

Existe en la India un relato popular acerca de Brahma, Vishnu y Shiva. Se encontraban los tres, en cierta ocasión, alardeando entre ellos acerca de su inmenso poderío. De improviso, se acercó a ellos un niño pequeño y le preguntó a Brahma: “¿Qué es lo que tú puedes crear?”, a lo que Brahma respondió con grandilocuencia: “Todo cuanto existe”. El niño preguntó a los otros dos dioses cuál era su función. “Conservamos y destruimos todas las cosas”, le respondieron.

El pequeño visitante sostenía en su mano una brizna de paja del tamaño de un mondadientes. Colocándola frente a Brahma le preguntó: “¿Puedes crear una pajita como ésta?”. Tras realizar prodigiosos esfuerzos, Brahma descubrió, con gran sorpresa de su parte, que no podía hacerlo. El muchacho se volvió entonces hacia Vishnu y le pidió que preservara la pajita, que comenzaba a desintegrarse ante la firme mirada del niño. Los esfuerzos de Vishnu fueron inútiles. Finalmente, el pequeño desconocido hizo aparecer nuevamente la brizna de paja y le pidió a Shiva que la destruyera. Pero a pesar de los esfuerzos denodados de Shiva por desintegrarla,la diminuta pajita permaneció intacta.

El niño se volvió nuevamente hacia Brahma, preguntándole: “¿Me creaste tú?”. Brahma pensó y pensó, pero no pudo recordar haber creado a esta sorprendente criatura. Repentinamente el niño desapareció. Los tres dioses despertaron de su engaño y recordaron que detrás de su poder existe un Poder Superior. 


La búsqueda eterna. Paramahansa Yogananda. (pag 4-5)

30 de octubre de 2012

Sea yo el médico y el remedio...


Que sea yo un protector para los desprotegidos, 
un guía para los que viajan,
un bote, un puente, un vado
para los que desean la otra orilla. 

Que el dolor de cada ser vivo
se elimine por completo.
Que sea yo el médico y el remedio,
y sea yo el enfermero
de todos los seres enfermos del mundo 
hasta que estén todos curados.

Que a semejanza del espacio
y de los grandes elementos como la Tierra, 
pueda yo siempre sustentar la vida
de los seres ilimitados. 

Y que hasta que mueran del dolor,
sea yo también fuente de vida
para todos los reinos de seres diversos
que se extienden hasta los límites del espacio* 

(Shantideva)



29 de octubre de 2012

El cambio - Osho

Esta es mi observación, que uno jamás debería realizar un esfuerzo para cambiar nada, porque ese esfuerzo hará que las cosas sean más difíciles que fáciles.

Es la misma mente la que hace el esfuerzo... por ejemplo, vuestra mente está vinculada a algo, y ahora la misma mente trata de distanciar­se. En el mejor de los casos podrá reprimir, pero jamás podrá convertirse en una alejamiento real. Para que el distanciamiento suceda, la mente ha de entender por qué está ahí el vínculo. No hay necesidad de apresurar­se en desprenderse de él; lo mejor es que veáis por qué está ahí. Observad el mecanismo, cómo funciona, cómo ha entrado, qué circunstancias, que distracción lo han ayudado a llegar hasta allí. Entended todo lo que lo rodea. No tengáis prisa por desprenderos de él, porque la gente con prisa por desprenderse de las cosas no dedica suficiente tiempo a entenderlas.

En cuanto lo hayáis entendido, veréis que se está escurriendo de vuestras manos; de manera que no hay necesidad de desprenderse de ello. Nada está ahí por otro motivo que no sea un malentendido. Algo se ha malentendido, de ahí su presencia. Entendedlo bien... y desaparece. Todo lo que está creando problemas es como la oscuridad. Introducid luz en ella, simplemente luz, porque con la misma presencia de la luz la oscuridad desaparece.

(Gracias a mi hermano Fernando Rodicio por compartir)

22 de octubre de 2012

En el fondo de todo nombre y toda forma, yace una Vasta Vida

“Detrás de todas las manifestaciones fenoménicas, yace el Infinito, el Océano de Poder. Nuestras ansias de actividades mundanas matan el sentido de reverencia espiritual que yace en nuestro interior. La ciencia nos enseña a utilizar los poderes de la naturaleza, mas no por ello comprendemos que, en el fondo de todo nombre y toda forma, yace una Vasta Vida. De nuestra familiaridad con la Naturaleza ha nacido nuestro desdén hacia sus enigmas esenciales; mantenemos con ella una relación de tipo meramente práctico. La perturbamos, por decirlo así, con el objeto de descubrir en qué formas podemos forzarla a servir para nuestros propósitos; hacemos uso de sus energías, cuya Fuente permanece aún desconocida. En la ciencia, nuestra relación con la Naturaleza se asemeja a la que existe entre un arrogante caballero y su sirviente; o, en un sentido filosófico, la Naturaleza se parece a un prisionero en el banco de los acusados. La interrogamos y contrainterrogamos, la desafiamos, y pesamos minuciosamente sus datos en balanzas humanas, incapaces de medir sus valores ocultos.

“Y por otra parte, cuando el ser se encuentra en comunión con un poder superior, la Naturaleza obedece automáticamente, sin violencia ni tensión alguna, a la voluntad del hombre. Este natural dominio sobre la Naturaleza es considerado como un poder “milagroso” por el materialista, incapaz de comprender tal fenómeno.

Autobiografia de un yogui. Paramahamsa Yogananda.


La fe. (Venerable Kelsang Gyatso)

La fe es la raíz de todos los logros virtuosos y realizaciones espirituales. En particular, para entrar en el camino espiritual necesitamos la fe que cree que las realizaciones espirituales nos protegen del temor y los sufrimientos.

Puesto que es el fundamento de todos los logros espirituales, deberíamos considerarla como nuestra práctica principal. Cuando el famoso maestro budista Atisha vivía en el Tíbet, un hombre le pidió que le impartiera enseñanzas espirituales. Atisha permaneció en silencio y el hombre, pensando que no lo había oído, repitió su petición alzando la voz. “Tengo buen oído –contesto Atisha-, pero tú necesitas fe.”

¿Qué es la fe? Es una mente virtuosa por naturaleza cuya función principal es contrarrestar la percepción de faltas en el objeto observado. El objeto de la fe es cualquier fenómeno que consideremos sagrado o puro, como los seres iluminados, las enseñanzas o los maestros espirituales.
La fe consiste en algo más que simplemente creer en algo. Hay tres clases de fe: creyente, admirativa y desiderativa. Creer que la práctica espiritual es lo más importante en nuestra vida es un ejemplo de fe creyente. Un ejemplo de fe admirativa es la que tenemos cuando, al reconocer las buenas cualidades de nuestro Guía Espiritual y de sus enseñanzas, sentimos admiración por ambos, con lo que nuestra mente se vuelve clara y lúcida, y se libera de distracciones y pensamientos negativos. Sobre la base de estas dos clases de fe, cuando deseamos con sinceridad poner en práctica las enseñanzas espirituales, generamos fe desiderativa.

Sin fe, nuestra mente es como una semilla quemada, y al igual que ésta no puede germinar ni producir frutos, con un conocimiento carente de fe nunca alcanzaremos realizaciones espirituales. La fe en las enseñanzas espirituales nos induce a generar la intención de practicarlas, lo que a su vez induce al esfuerzo. Con esfuerzo podemos lograr cualquier objetivo que nos propongamos.
La fe es un factor imprescindible. Si carecemos de ella, aunque conozcamos las enseñanzas más profundas y realicemos debates con destreza, no podremos ponerlas en práctica ni controlar nuestra mente. Por mucho que comprendamos las instrucciones espirituales a nivel intelectual, si no tenemos fe, no reduciremos nuestro enfado ni demás perturbaciones mentales. Además, es posible que aumente nuestro orgullo, con lo cual lo harán también los demás engaños. Por lo tanto, hemos de considerar la fe como algo muy valioso. Al igual que el espacio está en todas partes, en las mentes virtuosas siempre está presente la fe.

(Transforma tu vida, Gueshe Kelsang Gyatso).