Ayahuasca

24 de noviembre de 2014

Nada es permanente, nada es seguro

Hemos de concentrarnos en el Dharma de aquí y ahora, ya que el momento presente es cuando podemos dejar de apegarnos a las cosas y resolver nuestros problemas. Debemos hacerlo en este preciso momento, ahora mismo, porque el momento presente contiene tanto la causa como el resultado. El presente es el fruto del pasado. Y también, la causa del futuro. (…)
El Buda nos enseñó a desprendernos del pasado y del futuro. Al decir desprendernos no me refiero a que hemos de olvidarnos de todo, sino a que permanezcamos en el momento presente, donde el pasado y el futuro se encuentran. La palabra desprendernos es un modo de hablar, lo que significa es que hemos de ser conscientes del presente, en el cual se encuentran las causas y los resultados. Observamos el presente y vemos cómo los fenómenos surgen y desaparecen, surgen y desaparecen sin cesar. 
Aunque yo repita una y otra vez que los fenómenos surgen en el momento presente y que no son ni estables ni seguros, nadie se lo toma en serio. La gente no piensa en ello demasiado. Sea lo que sea lo que ocurra, yo me digo: “¡Oh! Esto no es permanente”, o “Esto no es seguro”. Es sumamente sencillo. Todo cuando ocurre es impermanente e inseguro. Pero al no verlo o comprenderlo, nos confundimos y angustiamos. Tomamos aquello que es impermanente por permanente. Aquello que no es seguro por seguro. Yo no ceso de decirlo, pero la gente no lo capta y vive persiguiendo una cosa tras otra constantemente.
Si de veras has encontrado la paz, permanecerás aquí, en el lugar del que estoy hablando, en el momento presente. Sea lo que sea que surja, ya sea cualquier clase de felicidad o de sufrimiento, verás que no es segura. Esta inseguridad es en sí el Buda, porque la inseguridad es el Dharma, y el Dharma es el Buda. Pero la mayoría de la gente cree que el Buda y el Dharma se encuentran fuera de uno.
Cuando la mente empieza a comprender que no hay nada en el mundo que sea seguro, los problemas originados por el apego y los vivos deseos empiezan a disminuir y a desaparecer. Al comprenderlo, la mente deja de aferrarse a las cosas, ya no se apega a ellas, y acaba poniendo fin al apego. Y cuando el apego desaparece, uno alcanza el Dharma; no hay ningún otro estado que sea más supremo. 
Todas las dudas desaparecerán de esta manera. Se extinguirán a través de este método de practicar en el presente. No hay por qué angustiarse por el pasado, porque ya no existe. Sea lo que sea que ocurriera, ha surgido y ha desaparecido, y ahora ya no existe. También dejamos de preocuparnos por el futuro porque, sea lo que sea lo que ocurra, surgirá y desaparecerá. 
Nunca decimos “aquí y ahora”. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo el presente? Actuamos así porque seguimos estando implicados en las cosas. Seguimos disfrutando de lo mundano sin renunciar a ello. Preferimos dejar la práctica para el “futuro”. La práctica ha de hacerse en el presente, no hemos de esperar a hacerla en el futuro. 
Así es como se adquiere el conocimiento. Vivir en el bosque aporta paz: la mente se calma cuando los ojos no ven y los oídos no escuchan. La mente descansa de ver y de oír. Pero no descansa de las impurezas. Las impurezas siguen estando ahí, pero en esos momentos no aparecen. Es como el agua con sedimentos: cuando se aquieta, se vuelve clara, pero si alguien la agita, se enturbia. 
El samadhi que surge al vivir en un entorno tranquilo es así. Al experimentar este agradable y sereno estado, te sientes feliz, pero la felicidad no es duradera, porque la mente está influida por el deseo de algo que es mudable. Al cabo de un rato, cuando el estado del samadhi haya desaparecido, volverás a ser infeliz. 
Hemos de observar este punto con más detenimiento. Si no somos conscientes de la impermanencia, todo cuando poseemos se convertirá en motivo de sufrimiento cuando lo perdamos. En cambio, si somos conscientes de ella, podremos aprovechar las cosas sin sentirnos abrumados por ellas. Si logras hacerlo, tu mente estará en paz. 
Al practicar de esta forma nuestra mente está viendo constantemente las cosas con claridad. Los fenómenos surgen y desaparecen. Después de desaparecer, vuelven a surgir y luego desaparecen de nuevo. Si nos apegamos a lo que ocurre, sufrimos en ese mismo instante. En cambio, si no nos apegamos, el sufrimiento no llega a surgir. Vemos esta realidad en nuestra propia mente.
Todo cuanto hemos de hacer es observar nuestra mente en el presente. Nos desprendemos del pasado y del futuro para observar solo el presente, y vemos las tres características continuamente y en todo lo que existe. En el andar, hay impermanencia. En el permanecer de pie, hay impermanencia. En el sentarse, hay impermanencia. Esta es la verdad inherente a todo. Si estás buscando algo que sea seguro y permanente, sólo lo encontrarás en la verdad de que todo es impermanente y no de ningún otro modo. Cuando tu visión madura de esta forma, te sientes en paz. 
Aquel que sufre viviendo en soledad es un insensato, y el que sufre viviendo con otros, también lo es. Son como las cagarrutas de las gallinas: si se te pegan a la suela de los zapatos cuando estás solo, apestan. Y si se te pegan cuando estás acompañado, también apestan. Las llevas contigo allí a donde vayas.  
Si somos inteligentes, aunque vivamos rodeados de mucha gente y pensemos que no es un ambiente tranquilo, lo cual es en parte correcto, aprovecharemos la situación para adquirir sabiduría.  Pero si no entendemos las cosas correctamente, careceremos de determinación. Al principio desearemos vivir solos, hasta que nos hartemos. Después creeremos que es mejor vivir con un grupo y seguir una dieta sencilla. Pero al cabo de un tiempo cambiaremos de idea y pensaremos que es mejor consumir un montón de comida. Nuestra mente será como una veleta hasta que no vea con claridad las cosas. 
Al ver que en el mundo no hay nada seguro, comprenderemos que tanto las situaciones de escasez como las de abundancia son pasajeras y dejaremos de apegarnos a ellas. Nos fijaremos en el momento presente, dondequiera que nos encontremos. En este caso, si nos quedamos en el mismo lugar, estará bien. Y si viajamos, también. Todo nos parecerá bien, porque nos habremos concentrado en la práctica de reconocer las cosas tal como son. 
La gente dice: “Ajahn Chah sólo habla de que “no hay nada que sea seguro”. Se hartan de oírmelo decir y huyen de mí. No soportan escucharlo una vez más y se van. Supongo que se van para encontrar un lugar donde las cosas sean seguras. 

Todo llega, todo pasa. Ajahn Chah.




26 de agosto de 2014

CÓMO VIENE LA SABIDURÍA

 «¿Os habéis preguntado alguna vez cómo viene la sabiduría?» Sin que sus manos dejaran de tejer y sin levantar siquiera la vista para comprobar si la escuchábamos, continúa: «Había aquí en la reserva un hombre, un cartero, que oyó a unos Ancianos decir algo acerca de la recepción de objetos que daban enorme poder. Él no sabía mucho acerca de tales cosas, pero pensó cuán maravilloso sería poder recibir semejante objeto, que sólo el Creador podía concederle. En particular, oyó decir a los Ancianos que el objeto de máximo valor que una persona podía recibir era una pluma de águila y decidió que eso es lo que quería. Si conseguía una pluma de águila podría disponer de todo el poder, toda la sabiduría y todo el prestigio que deseaba. Pero sabía que no podía comprarla y tampoco podía pedir a nadie que le diera una. Sólo gracias a la voluntad del Creador podría llegarle algu-na». 

«Un día tras otro buscó por todas partes una pluma de águila. Se imaginaba que si mantenía abiertos los ojos, alguna se le cruzaría en el camino. Así las cosas, no pensaba en nada más que en eso. Aquella pluma de águila le tenía el pensamiento ocupado desde que el sol salía hasta que se ponía. Pasaron semanas, meses y años. Todos los días el cartero hacía su ronda, siempre en busca de la pluma de águila, para lo cual miraba con toda la intensidad que podía. No prestaba atención a su familia ni a sus amigos. Tenía la mente íntegramente volcada en la pluma de águila. Pero ésta no llegaba. El cartero comenzó a envejecer y la pluma seguía sin aparecer. Finalmente, llegó a convencerse de que, por intensa que fuera su mirada, no estaba más cerca de conseguir la pluma que el día que había comenzado a buscarla.»  

«Un día descansó al borde del camino. Se apeó de su pequeño jeep para repartir la correspondencia y mantuvo una conversación con el Creador. Dijo: "Estoy cansado de buscar la pluma de águila. Tal vez no sea yo digno de ella. Me he pasado la vida pensando en esa pluma. Apenas he dedicado un pensamiento a mi familia y a mis amigos. Lo único que me preocupaba era la dichosa pluma, y ahora me encuentro con que la vida casi se me ha pasado. He dejado de lado una gran cantidad de cosas buenas. Pues bien, abandonaré la búsqueda. Dejaré de buscar y empezaré a vivir. Quizá todavía tenga tiempo de hacer las paces con mi familia y mis amigos, de hacerme perdonar la vida que he llevado".» 

«Entonces —y sólo entonces— le embargó una gran paz espiritual. De repente se sintió interiormente mejor que en todos los años anteriores. Apenas terminó su conversación con el Creador e iniciaba su regreso al jeep lo sorprendió una sombra que pasaba sobre él. Protegiéndose los ojos con las manos, miró al cielo y vio, muy arriba, una gran ave volando. El ave desapareció casi instantáneamente. Luego vio que algo bajaba, flotando ligeramente en la brisa: una hermosa pluma de la cola. ¡Era su pluma de águila! Entonces se dio cuenta de que la pluma no había llegado ni un instante antes de que él hubiera dejado de buscarla y hubiera hecho las paces con el Creador. Aprendió finalmente que la sabiduría sólo viene cuando se deja de buscarla y se empieza a vivir verdaderamente la vida que el Creador ha pensado para uno. 

El cartero todavía vive y es otra persona. Ahora la gente acude a él en busca de sabiduría y él comparte todo lo que sabe. Y ahora que dis-pone del poder y el prestigio al que aspiraba, estas cosas ya no le importan. Se dedica a los demás, no a sí mismo. Ahora ya sabéis cómo viene la sabiduría.»

Leila Fisher (India Hoh) 

(extraido del libro Los guardianes de sabiduría. Wisdomkeepers. (Steve Wall y Harvey Arden)



21 de agosto de 2014

EL AMIGO ESPIRITUAL - Chogyam Trungpa Rimpoche

“Así pues, la transmisión de las enseñanzas exige que el discípulo entregue algo a cambio de ellas. Es necesario algún tipo de ofrenda o de entrega psicológica. Es por eso que la entrega, la apertura y la renuncia a toda expectativa son indispensables para poder hablar de una auténtica relación entre maestro y discípulo. Es necesario que nos entreguemos, nos abramos y mostremos al guru todo lo que somos, en lugar de tratar de presentarnos como discípulos dignos de consideración. No importa cuanto estemos dispuestos a pagar, como tampoco importan la corrección de nuestros modales ni nuestra inteligencia o facilidad de palabra ante el maestro. No vamos a afrontar una entrevista laboral o a discutir con un vendedor la compra de un automóvil.

La espiritualidad exige mucho más. No se trata de solicitar un trabajo ni de vestirse bien para impresionar a un posible jefe. Esas estratagemas carecen de utilidad cuando nos entrevistamos con un maestro ya que él puede ver a través nuestro y le divierte mucho, por ejemplo, vernos vestidos especialmente para la ocasión. Es esta situación las muestras de halago no sólo son inútiles sino también contraproducentes. Así pues, tenemos que asumir el sincero compromiso de abrirnos al maestro y estar dispuestos a renunciar a todas nuestras ideas preconcebidas. 

En Occidente se ha abusado de la palabra “maestro”. En realidad, sería mucho mejor hablar de “amigo espiritual”, puesto que las enseñanzas subrayan el encuentro entre dos mentes y la comunicación recíproca, más que la relación entre un ser altamente evolucionado y otro miserable y confundido. Cuando se establece una relación de servidumbre con el guru como la que existe entre el señor y su siervo, el que ocupa una posición superior aparece ante el otro como si estuviera flotando sobre su asiento, levitando y mirándolo desde lo alto. La voz del maestro es penetrante y llena el espacio. Cada sonido que emite, incluso su tos o cualquier pequeño movimiento, nos parece un gesto de sabiduría. Pero todo esto no es sino una fantasía. El maestro debe ser, principalmente, un amigo espiritual que sepa mostrar y transmitir sus propias cualidades, como Marpa hizo con Milarepa y Naropa con Marpa. No exageraba la importancia de la espiritualidad pero tampoco desatendía a su familia ni su relación física con la tierra. 

Tampoco sirve de nada escoger a alguien como maestro sólo porque es famoso, un personaje célebre que ha publicado muchos libros o ha convertido a cientos o a miles de personas. Por el contrario, el principio directriz que debe guiarnos en la búsqueda es si somos capaces de comunicarnos con esa persona sin reservas y de un modo directo. Tenemos que averiguar también hasta qué punto no estamos engañándonos a nosotros mismos. ¿Nos conoce verdaderamente el amigo espiritual? Y lo que es más importante, ¿es capaz de desenmascararnos completamente y de comunicarse directamente con nosotros? 

Si queremos cultivar la amistad de un amigo espiritual tenemos que hacerlo con inocencia, abiertamente, para que la comunicación tenga lugar entre iguales. No podemos tratar de granjearnos las simpatías del maestro. 

Para que un maestro nos acepte como amigos tenemos que abrirnos a él sin reserva alguna. Y, para poder abrirnos, tendremos que someternos probablemente a ciertas pruebas, ya sea a manos del amigo espiritual o de las situaciones de la vida en general. Todas esas pruebas nos abocan, a la postre, a algún tipo de desengaño. Llega un momento en el que dudamos incluso de los sentimientos del amigo espiritual pensando que no siente nada hacia nosotros. Este pensamiento nos obliga a afrontar nuestra propia hipocresía. La hipocresía, las pretensiones y los simulacros del ego presentan una gran resistencia, pues el ego está protegido por una gruesa coraza. Nuestra armadura es tan gruesa que el amigo espiritual no puede sentir la textura de la piel o la forma del cuerpo que hay debajo. Ni siquiera puede distinguir nuestro rostro. Hay muchas historias antiguas sobre la relación entre maestro y discípulo que relatan el modo en que éste último debía emprender largos viajes y sobrellevar grandes penurias hasta que su fascinación e impulso inicial se debilitaba. Éste es precisamente el propósito de este tipo de pruebas . El impulso inicial que nos lleva a querer encontrar algo es en sí mismo un obstáculo. Cuando este impulso desaparece, nuestra desnudez fundamental comienza a manifestarse y puede tener lugar el auténtico encuentro entre dos mentes.  

Según se afirma, la primera etapa del encuentro con el amigo espiritual es como una visita al supermercado. Nos sentimos emocionados e imaginamos toda la variedad de artículos que podemos adquirir, es decir, la riqueza del amigo espiritual y las llamativas cualidades de su personalidad. La segunda etapa de nuestra relación con el maestro se parece a una citación judicial, como si fuésemos delincuentes. No podemos cumplir sus exigencias y comenzamos a sentirnos cohibidos porque somos conscientes de que sabe tanto de nosotros como nosotros mismos, lo que resulta sumamente incómodo.En la tercera etapa, el encuentro con el amigo espiritual se parece a la visión de una vaca pastando felizmente por el prado. Nos conformamos con admirar su mansedumbre y el paisaje y seguimos nuestro camino. Por último, en la cuarta etapa de la relación, la experiencia es comparable a cruzarnos con una roca en el camino, es decir, pasamos por su lado y ni siquiera la advertimos. 

Al principio tiene lugar una suerte de noviazgo o aventura amorosa con el maestro donde intentamos probar si seremos capaces de conquistarle. Hay una gran tendencia a querer estar siempre cerca del maestro espiritual porque nos sentimos deseosos de aprender y albergamos una profunda admiración por él. Sin embargo, la situación también resulta aterradora y desconcertante en cierto sentido, puesto que de algún modo no colma nuestras expectativas y nos asalta el temor de no poder ser completa y cabalmente sinceros con el maestro. Se establece entonces una relación ambivalente de amor y de odio, un proceso donde coexisten el deseo de entregarse y el de escapar. En otras palabras, empezamos a jugar nuestro juego, el juego de querer mostrarnos abiertos o de anhelar una aventura amorosa con el maestro y, a la vez, de querer escapar de él. Si nos acercamos demasiado al amigo espiritual, entonces, nos sentimos abrumados por su presencia.

Pero a la larga, la relación comienza a establecerse y enraizarse. El discípulo se da cuenta de que esta ambigüedad de querer estar cerca y a la vez escapar es simplemente uno de los muchos juegos del ego y una mera alucinación que no tiene nada que ver con la situación real. El guru o amigo espiritual está siempre ardiendo como el fuego. Podemos jugar o no, sólo de nosotros depende. 

A partir de este momento, la relación con el amigo espiritual comienza a tornarse sumamente creativa. Aceptamos igualmente el hecho de sentirnos abrumados y de sentirnos alejados. Una vez que nada nos inquieta ni desconcierta, logramos reconciliarnos con el maestro y su manera de ser. 

En la próxima etapa, después de aprender todo lo que es el maestro, nos rendimos completamente, nos sentimos tan insignificantes como una mota de polvo y perdemos nuestra propia inspiración personal. Comenzamos a sentir que el único mundo que existe es el del amigo espiritual, el del maestro. Es como si estuviéramos viendo una película fascinante. La película es lo único que existe. Es como una luna de miel. Nos sentimos unos seres minúsculos e inútiles que reciben todo su sustento del ser fundamental, grandioso y fascinante del maestro. Durante esta fase predomina el fenómenos del “culto a la personalidad”. Si morimos, morimos por él, y si vivimos, lo hacemos gracias a él. En cualquier caso somos insignificantes.   

Sin embargo, esta relación amorosa con el amigo espiritual no puede durar para siempre. tarde o temprano, mengua la intensidad del amor y tenemos que afrontar nuestra situación vital y nuestra propia naturaleza psicológica. Es como el final de una luna de miel para una pareja de recién casados. Comenzamos a comprender porque esa persona es un maestro, más allá de los límites de su personalidad e individualidad. Es así como emerge en el panorama  el principio de la “universalidad del maestro”. Siempre que hay dificultades, escuchamos las palabras del guru, aunque él no esté presente. Empezamos a independizarnos de la figura amorosa del guru, porque todas las situaciones se convierten en una expresión de las enseñanzas. 

Además de ser una persona externa, el amigo espiritual pasa entonces a formar parte de nosotros mismos. En ese sentido, el maestro desempeña un papel muy importante en el proceso de penetración y descubrimiento de nuestra propia hipocresía. Cuando el maestro interno comienza a activarse, no podemos eludir del imperativo de abrirnos a las situaciones. La inteligencia básica nos persigue a todas partes. No hay manera de escapar de nuestra propia sombra. Somos nosotros mismos quienes nos observamos. Es nuestra propia sombra la que nos vigila.

Podemos ver al guru como un espectro que nos persigue y se burla de nosotros por nuestra falta de sinceridad. Puede afirmarse que hay un cierto componente diabólico en el acto de descubrir lo que somos. Pero, al mismo tiempo, hay una cualidad creativa en el amigo espiritual que también forma parte de nuestro ser, puesto que la inteligencia básica está presente en todas las situaciones de la vida. Es tan sagaz y penetrante que, arribados a cierto punto, aunque queramos suprimirla ya no es posible. En ocasiones, muestra una expresión severa mientras que, otras veces, hace gala de una sonrisa inspiradora. 

Por eso, es recomendable que, si no estamos absolutamente convencidos de ello, no iniciemos el sendero espiritual pues, una vez emprendamos el camino, habremos tomado una decisión irrevocable de la que no hay manera de escapar”. 




Más allá del materialismo espiritual. Chogyam Trungpa. Compilada por Carolyn Rose Gimian. Traducción de Fernando Mora Zahonero. Ediciones La Llave. 


8 de agosto de 2014

INDECISION - JEFF FOSTER

Amigo, por favor,

No trates de decidirte ahora.
No excluyas ninguna posibilidad que pueda haber en tu corazón.
Honra este lugar de no-saber.
Haz una reverencia ante el lío burbujeante de la creatividad.
Haz una pausa. Respira.
Sumérgete en el asombro.
Hazte el mejor amigo del sitio en el que estás parado.

Cualquier decisión se tomará a sí misma, oportunamente.
Cualquier elección surgirá cuando tus defensas hayan caído.
Las respuestas aparecerán justo cuando estén listas para hacerlo.
Cuando las preguntas hayan sido completamente honradas y amadas.

No etiquetes este sitio como 'indecisión'.
Es algo mucho más vivo que eso.
Este es el sitio en donde nacen todas las posibilidades.
Este es el sitio en donde la incertidumbre es sagrada.

Hay valentía cuando decides mantenerte cerca.
Hay fortaleza en el no-saber.

Amigo, por favor recuerda,
No hay ninguna elección en este momento.
Tan sólo respirar, y respirar de nuevo,
Y confía en esta inteligencia más allá de la mente.

Jeff Foster



https://www.facebook.com/pages/Jeff-Foster-en-español/132951520106392?fref=photo

27 de julio de 2014

NOSOTROS SOMOS LA TIERRA

La Tierra está, en este mismo instante, fuera de ti, dentro de ti y también debajo de ti. La Tierra está en todas partes. Solemos pensar en ella únicamente como el fundamento que hay bajo nuestros pies, pero lo cierto es que el agua, el mar y el cielo y todo lo que nos rodea viene de la Tierra. Todo lo que existe, tanto fuera como dentro de nosotros, procede de la Tierra. Es fácil soslayar que el planeta en que vivimos nos ha proporcionado todos los ingredientes que componen nuestro cuerpo. El agua de nuestra carne, nuestros huesos y todas las células microscópicas que hay en nuestro interior forman parte de la Tierra y provienen de ella. La Tierra no es tan solo el entorno en que vivimos. Nosotros somos la Tierra y siempre la llevamos con nosotros.

Si entendemos esto, no tendremos dificultades en admitir que la Tierra está viva. Nosotros somos una manifestación viva y palpitante de este hermoso y generoso planeta. Y, en el momento en que nos damos cuenta de ello, nuestra relación con la Tierra empieza a cambiar, porque ya no la vemos con la misma indiferencia que antes y empezamos a tratarla con más cuidado. Entonces nos enamoramos de ella y, cuando nos enamoramos de alguien o de algo, se desvanece toda separación. En tal caso hacemos, por la persona amada, todo lo que está en nuestra mano, lo que nos proporciona mucha alegría y satisfacción. Esa es la relación que cada uno de nosotros puede establecer con la Tierra. Esa es la relación que, si queremos sobrevivir, cada uno de nosotros debe establecer con la Tierra.


(Un Canto de amor a la Tierra. Thich Nhat Hanh)

http://editorialkairos.com/catalogo/un-canto-de-amor-a-la-tierra


23 de julio de 2014

HACIA UNA RELIGION COSMICA

Podemos esbozar una práctica profundamente espiritual que no se base en dogmas o creencias sobre cosas imposibles de verificar, sino en claras evidencias. Decir que la Tierra es un gran ser no es una mera idea, sino algo que cualquiera puede ver por sí mismo. Cualquiera puede ver que la Tierra posee las cualidades de solidez, estabilidad e inclusividad. Cualquiera puedever que la Tierra lo abraza todo y a todo el mundo sin excepción. No exageramos cuando decimos que la Tierra ha dado origen a muchos grandes seres, incluyendo buddhas, bodhisattvas y santos. El Buddha, Jesucristo, Moisés y Mahoma son hijos de la Tierra. ¿Cómo podríamos describir a la Tierra como mera materia cuando ha dado origen a seres tan importantes?

Cuando decimos que la Tierra ha creado la vida, sabemos que eso solo es posible porque contiene la totalidad del cosmos. Y, del mismo modo que la Tierra no es solo la Tierra, tampoco nosotros somos solo seres humanos. En nuestro interior albergamos a la Tierra y la totalidad del cosmos. Nosotros estamos hechos del Sol. Nosotros estamos hechos de las estrellas. Por lo que respecta a esta verdadera naturaleza de la realidad, podemos trascender la visión dualista de que el cosmos es algo mayor o diferente a nosotros. Cuando conectamos profundamente con el reino fenoménico, con la dimensión histórica, podemos ser conscientes de nuestra verdadera naturaleza de no nacimiento y de no muerte. Podemos trascender el miedo y palpar la eternidad.

Todo paso adelante en nuestra comprensión de nosotros mismos, de nuestra naturaleza y del lugar que ocupamos en el cosmos profundiza en nuestro respeto y nuestro amor. Entender y amar son dos deseos fundamentales. La comprensión tiene una importante relación con el amor. La comprensión puede orientarnos en la dirección del amor. Cuando comprendemos y somos conscientes de la gran armonía, elegancia y belleza del cosmos, podemos sentir una gran admiración y amor. Este es el tipo más básico de sentimiento religioso, que está basado en la evidencia y en nuestra propia experiencia. La humanidad necesita un tipo de espiritualidad que todos podamos practicar juntos. El dogmatismo y el fanatismo han provocado separaciones y guerras. La incomprensión y la falta de respeto han provocado injusticias y destrucción. En el siglo XXI debería ser posible que nos unamos y esbocemos una forma de religión que acabe con toda separación y discriminación y contribuya a unir a todos los pueblos y naciones. Si las religiones, las filosofías y la ciencia pueden orientarse en esa dirección, será posible establecer una religión cósmica que no se base en el mito, la creencia o el dogma, sino en la evidencia y la comprensión de inter-ser. Ese sería un paso realmente gigantesco para la humanidad.

http://editorialkairos.com/catalogo/un-canto-de-amor-a-la-tierra



21 de mayo de 2014

El ensimismamiento - Chogyam Trungpa

Fascinados por un entorno que nos resulta familiar, nos esforzamos por mantenerlo, repitiendo deseos y anhelos conocidos, para así no dar jamás cabida a ningún estado mental espacioso. La confusión no sólo nos brinda un terreno muy familiar donde ocultarnos, sino que también nos ofrece una manera de mantenernos ocupados. Acceder al estado despierto nos irrita sobremanera porque no sabemos muy bien como manipularlo y, por lo tanto, preferimos volver rápidamente a nuestra prisión en lugar de liberarnos de ella. 

Los seis reinos son el mundo de los dioses, el de los dioses celosos, el humano, el animal, el de los fantasmas hambrientos y el de los infiernos. Estos reinos tienen que ver con las actitudes emocionales que mantenemos hacia nosotros mismos y nuestro entorno, actitudes que se ven teñidas y reforzadas por las explicaciones y racionalizaciones conceptuales. Cualquier ser humano puede experimentar en el transcurso de un mismo día las emociones de cada uno de los seis reinos. 

La principal ocupación en el reino de los dioses es la fijación mental, una suerte de absorción meditativa sobre el propio yo que está basada en una visión materialista de la espiritualidad. El sujeto no sólo permanece totalmente absorto en sí mismo sino que también se experimenta como algo opaco y dotado de solidez. Ese tipo de práctica exige largos preparativos y una tremenda dosis de “desarrollo personal”. Hay una tendencia exagerada a observarse a uno mismo, lo que obviamente reafirma la existencia del sujeto que medita.

En el caso de que tengamos éxito en esta práctica, los resultados serán espectaculares y contemplaremos visiones, escucharemos sonidos que nos llenarán de inspiración y accederemos a estados mentales aparentemente profundos, acompañados de un gran bienestar físico y mental. El esfuerzo que conlleva mantener constantemente la conciencia del yo puede dar lugar a todo tipo de “estados alterados de conciencia”. 

Es posible ensimismarse también a través de una técnica, como la visualización o la repetición de un mantra. Tales prácticas -basadas en la creencia de “Soy yo quien está haciendo tal cosa”, no hacen sino reforzar nuestra tendencia a cultivar la conciencia del yo.

El reino de los dioses -que se alimenta de la esperanza y el temor constantes- sólo puede ser alcanzado tras un terrible esfuerzo. El miedo al fracaso y la esperanza de conseguir algo van incrementándose cada vez más y llega un momento en el que creemos que, por fin, lo hemos conseguido, pero acto seguido tenemos la impresión de que no lo vamos a lograr. La alternancia entre ambos extremos produce una gran tensión. El éxito y el fracaso cobran proporciones gigantescas y podemos creer con igual facilidad que hemos fracasado o, por el contrario, alcanzado el goce supremo.

Por último, nos sentimos tan excitados que comenzamos a perder de vista los puntos de referencia de nuestros temores y esperanzas. Perdemos el hilo y ya no sabemos ni dónde estamos ni qué estamos haciendo. Entonces, de súbito, el dolor y el placer se unifican y nos absorbemos en un estado meditativo de ensimismamiento en nuestro propio yo. Este descubrimiento nos parece un logro supremo. Muy pronto, el placer comienza a saturar nuestro ser. No sólo dejamos atrás la esperanza y el miedo, sino que es muy posible que creamos haber llegado a un estado de realización permanente o de unión con Dios. En este instante, todo lo que vemos nos parece hermoso y pleno de amor e incluso las situaciones más grotescas de la vida nos parecen celestiales. Sin embargo, las cosas desagradables y agresivas nos resultan hermosas tan sólo porque hemos alcanzado la unión absoluta con el ego. En otras palabras, el ego ha perdido el contacto con su propia inteligencia. Es el grado máximo y definitivo de la confusión, el abismo más profundo de la ignorancia, y posee una fuerza increíble. Se trata de una bomba atómica espiritual, una forma de autodestrucción que excluye a la compasión, impide cualquier intento de comunicación y pone fin a la posibilidad de liberarnos de la esclavitud del ego. Así pues, la perspectiva propia del reino de los dioses nos lleva a caer en un ensimismamiento cada vez más profundo que, poco a poco, da lugar a más cadenas constrictivas. Cuanto más perfeccionamos nuestra práctica, más nos esclavizamos; como el gusano de seda que se enreda en su propio hilo hasta morir asfixiado. 

En realidad, hasta ahora hemos examinado tan sólo uno de los dos aspectos que puede asumir el reino de los dioses, es decir, la trasnformación perversa y autodestructiva de la espiritualidad en materialismo. Sin embargo, la versión del materialismo propia del reino de los dioses también puede aplicarse a un ámbito supuestamente más profano como es el de disfrutar del máximo placer mental y físico y conquistar las metas que nos parecen más seductoras: riqueza, salud, belleza, celebridad, virtud, etcétera. Se trata de un modo de proceder que siempre está basado en el placer, entendido éste como un intento de mantener el propio ego. Lo que caracteriza al reino de los dioses es la pérdida de todo rastro de esperanza y temor, algo que se puede alcanzar tanto en el ámbito de los placeres sensoriales como en el de los espirituales. Pero, en ambos casos, para poder llegar a la suma felicidad, debemos perder a la vez la noción de un buscador y la de un objetivo que lograr. Si nuestra ambición se traduce en metas mundanas, buscamos al principio la felicidad, pero luego empezamos también a disfrutar de la lucha por obtener esa felicidad y, a la postre, terminamos sintiéndonos a gusto meramente con la lucha. A mitad de camino hacia el estado de comodidad y placer absolutos decidimos arrojar la toalla y sacar el máximo partido de nuestra situación. Entonces, la lucha se convierte en aventura y, finalmente, en un período de vacaciones o de asueto. Proseguimos el viaje de aventura en pos de nuestro objetivo final pero, al mismo tiempo, cada paso que damos en esa dirección nos parece como unas vacaciones o una oportunidad de disfrutar.

De modo que el reino de los dioses no es especialmente doloroso en sí mismo, sino que el dolor proviene de la desilusión final. Creemos que hemos arribado a un estado de dicha permanente -espiritual o mundana- pero, de repente, se produce una sacudida y comprendemos que ese estado no va a durar para siempre. La felicidad conquistada se torna más vacilante y discontinua y, de ese modo, nos esforzamos a toda costa por mantener nuestro estado de gozo. Tenemos la impresión de que hemos sido estafados por no poder quedarnos para siempre en el mundo de los dioses. Y, cuando la situación nos abofetea, obligándonos a lidiar con circunstancias fuera de lo previsto, la desilusión resultante es terrible. Entonces, nos condenamos a nosotros mismos o condenamos a la persona que nos condujo hasta el reino de los dioses... o al evento que nos sacó de él. Nos sentimos enfadados y defraudados porque tenemos la impresión de haber sido engañados. Y, en ese momento, comenzamos a buscar un nuevo reino, otro estilo de relación con la realidad. Eso es lo que se denomina samsara, un término que significa literalmente “remolino” o "círculo continuo", y que se refiere al océano de la confusión cuyas aguas giran eternamente en una vorágine sin fin.


El mito de la libertad. Chogyam Trungpa.