Ayahuasca

4 de septiembre de 2017

Muerte de un Gran Árbol

Muerto.

Cuando parecía que la cordura y el sentido común se imponían.

Cuando había algo de esperanza en el homo sapiens y en esta mierda de sociedad.

Esta mañana, bien temprano antes de que nadie se pudiese molestar, dejando tras de sí un olor de muerte y gasolina y desapareciendo como si debiesen tener verguenza para siempre jamás...

Muerto. Como sus docenas, cientos, miles, millones de herman@s.

Mis tatarabuelos. Mis bisabuelos. Mis abuelos. Mis padres. Y los tuyos. Todos esos que han hecho del mundo lo que es, en su horror pero en su belleza también. Tantas canciones del mes de julio. Tanto amor la noche de San Juan. Tantos gatitos recién nacidos ahogados en el río. Tanta sombra. Tanta hoguera y tantas meigas, tanta barbarie. Tantos millones de chanchos muertos para alimentar la ignorancia. Tantos millones de árboles cortados para que te calientes los pies en invierno. Tú y tus abuelos. Yo y los míos. Nuestros ancestros.

Incluso ellos, por querer o por no tener tiempo, dejaron atrás un rastro de grandes árboles como el que esta mañana murió. Cuando los vemos, vemos ese tiempo de niños, ese tiempo de vacas, ganado, maíz, fiestas de pueblo, escuela del mes de septiembre, lluvias del mes de noviembre. Ramas desnudas de Navidad. Nuevos brotes esmeralda en la primavera cuando ya estamos hartos y cansados de tanto invierno.

Cada uno de los viejos, viejos, viejos árboles de esta tierra es la memoria y el testigo de los pies de nuestros abuelos. Y es el testigo y será la memoria de los caminares de nuestros hijos.

Mi casa mira siempre a un río. Siempre mira a un gran árbol. O miraba... Por que algunos duermen y sueñan pesadillas, pesadillas terribles producidas por los vapores soporíferos del chancho y el vino, por los ardores químicos de tantos vaporizados para preservar y conservar sus cosechas de uvas, de vinos, de alcoholes, de inconsciencia. Cada copa de vino es una gota del genocidio al ecosistema de esta tierra.

¿Has pensado alguna vez el coste de tus brindis? Cada copa de vino es un pedazo de bosque talado. Son miles de litros de agua contaminada de pesticidas, herbicidas. Son millones de abejas que mueren como mueren nuestros sueños. Ríos y pozos enfermos como enfermarán nuestros hijos. ¿Has reflexionado esto? ¿O no te gusta saberlo?

Yo vivo aquí. En esta Tierra. No porque me toca ni porque me obligan las circunstancias sino porque amo vivir en esta Tierra. Me gusta. Lo elijo. No todo el mundo puede decir esto: "elijo". Es un lujo. Y soy consciente de que el lujo es doloroso.

Porque vivo aquí me gusta cuidar donde vivo. El río donde bebo y que me limpia. El bosque a donde todos pertenecemos. Cada árbol que me mira. Cada hachazo y cada sierra son hachazos y sierras que me cortan, porque yo y todos somos este río y este bosque. Cada vez que corto un árbol soy consciente de que mato, de que ese árbol muere. Y no me hace feliz la idea. Vives en la inopia, en la absoluta ignorancia si crees que vas a sobrevivir sin ellos. Vives en la angustia y el egoísmo más absolutos porque sólo quieres para ti. Porque para tu bienestar cortarás cada árbol y ensuciarás cada palmo de tierra y río... Para ti es suficiente...

Siento mucho dolor y mucha rabia, y mucha vergüenza porque compartimos tanto mi querida Silvia Fandiño Gonzalez, tanto, porque tus bisabuelos y los míos son los mismos... y no hayas entendido que ellos amaban vivir aquí, donde tú destruyes.

Hay guerras injustificables, de conquista, de rapiña, de ambición. Pero hay guerras necesarias, de defensa, de evitar que mala gente ignorante haga males que afectan a todas las generaciones futuras.

Hoy tienes un enemigo en mí, Silvia Fandiño Gonzalez. Que Dios te bendiga y te cuide, porque lo vas a necesitar.








20 de julio de 2017

El cajón de Babalú... - César Calvo

Cúidate mucho, landó,
recuerda de dónde vienes,
nunca permitas, landó,
que tu fuego se amaestre,
no ardas en vano, landó, 
bailando lo que conviene,
recuerda siempre, landó,
que sólo cadenas tienes,
que no eres libre, landó,
por mucho que te cimbrees.

Dame la danza, landó,
dame los pechos y el vientre,
dame confianza, landó,
haz que mi pulso no tiemble,
ya bailaremos, landó,
los bailes que se nos deben,
al aire libre, landó,
aunque te arañes la frente
con las estrellas, landó,
de pie contra la corriente.
¡Dame la mano, landó,
que mi machete no tiemble!

Landó, landó,
estrella negra y espuma,
landó, landó,
espuma negra y azúcar,
landó, landó,
azúcar negra y apura,
landó, landó,
apura, negra, y alumbra,
landó, landó, 
alumbra, negra,
landó,
¡Caramélame, Carmela,
Carmela, Carmelandó!
¡Landó…!

César Calvo, Las 3 mitades de Ino Moxo





13 de febrero de 2017

La religión del consumismo

“El consumismo ha trabajado muy duro, con la ayuda de la psicología popular («Simplemente, ¡“hazlo!»), para convencer a la gente de que los caprichos son buenos para nosotros, mientras que la frugalidad es una opresión autoimpuesta.

Y ha tenido éxito. Todos somos buenos consumidores. Compramos innumerables productos que en realidad no necesitamos, y que hasta ayer no sabíamos que existieran. Los fabricantes diseñan deliberadamente productos de corta duración e inventan nuevos e innecesarios modelos de productos perfectamente satisfactorios que hemos de comprar con el fin de estar «a la moda». Comprar se ha convertido en uno de los pasatiempos favoritos de la gente, y los bienes de consumo se han convertido en mediadores esenciales en las relaciones entre los miembros de la familia, los cónyuges y los amigos. Las festividades religiosas, como la Navidad, se han convertido en festividades de compras. En Estados Unidos, incluso el “Memorial Day (que originalmente era un día solemne para recordar a los soldados caídos) es ahora una ocasión para ventas especiales. La mayoría de la gente celebra este día yendo de compras, quizá para demostrar que los defensores de la libertad no murieron en vano.

El florecimiento de la ética consumista se manifiesta de manera más clara en el mercado alimentario. Las sociedades agrícolas tradicionales vivían bajo la sombra terrible de la hambruna. En el mundo opulento de hoy en día, uno de los principales problemas de salud es la obesidad, que golpea a los pobres (que se hartan de hamburguesas y pizzas) más que a los ricos (que comen ensaladas orgánicas y batidos de frutas). Cada año la población de Estados Unidos gasta más dinero en dietas que la cantidad que se necesitaría para dar de comer a toda la gente “hambrienta en el resto del mundo. La obesidad es una doble victoria para el consumismo. En lugar de comer poco, lo que conduce a la contracción económica, la gente come demasiado y después compra productos dietéticos, con lo que contribuye doblemente al crecimiento económico.

¿Cómo podemos conciliar la ética consumista con la ética capitalista de la persona de negocios, según la cual no se deben malgastar las ganancias, sino que deben reinvertirse en la producción? Es sencillo. Como en épocas anteriores, en la actualidad existe una división del trabajo entre la élite y las masas. En la Europa medieval, los aristócratas gastaban descuidadamente su dinero en lujos extravagantes, mientras que los campesinos vivían frugalmente, fijándose en cada penique. Hoy en día las tornas han cambiado. Los ricos cuidan mucho de gestionar sus valores e inversiones, mientras que los menos acomodados se endeudan comprando coches y televisores que no necesitan realmente. La ética capitalista y la consumista son dos caras de la misma moneda, una mezcla de dos mandamientos. El supremo mandamiento de los ricos es «¡Invierte!». El supremo mandamiento del resto de la gente es «¡Compra!».

“La ética capitalista-consumista es revolucionaria en otro aspecto. La mayoría de los sistemas éticos anteriores planteaban a la gente un acuerdo muy duro. Se les prometía el paraíso, pero solo si cultivaban la compasión y la tolerancia, superaban los anhelos y la cólera y refrenaban sus intereses egoístas. Para la mayoría, esto era demasiado duro. La historia de la ética es un triste relato de ideales maravillosos que nadie cumple. La mayoría de los cristianos no imitan a Jesucristo, la mayoría de los budistas no siguen las enseñanzas de Buda y la mayoría de los confucianistas habrían provocado a Confucio un berrinche colérico.

En cambio, la mayoría de la gente vive hoy siendo capaz de cumplir con éxito el ideal capitalista-consumista. La nueva ética promete el paraíso a condición de que los ricos sigan siendo avariciosos y pasen su tiempo haciendo más dinero, y que las masas den rienda suelta a sus anhelos y pasiones y compren cada vez más. Esta es la primera religión en la historia cuyos seguidores hacen realmente lo que se les pide que hagan. ¿Y cómo sabemos que realmente obtendremos el paraíso a cambio? Porque lo hemos visto en la televisión.”




Pasaje de: Yuval Noah Harari. “Sapiens.” Compra tu libro en el enlace.




10 de febrero de 2017

Y uno aprende...

Y uno aprende...
después de un tiempo,
uno aprende la sutil diferencia
entre sostener una mano
y encadenar un alma.

Y uno aprende
que el amor
no significa recostarse
y una compañía
no significa seguridad.

Y uno empieza a aprender….
que los besos no son contratos
y los regalos no son promesas
y que uno empieza a aceptar sus derrotas
con la cabeza alta y los ojos abiertos.

Y uno aprende a construir
todos sus caminos en el hoy,
porque el terreno del mañana
es demasiado inseguro para planes…..
y los futuros tienen una forma
de caerse en la mitad.

Y después de un tiempo uno aprende
que si es demasiado,
hasta el calorcito del sol quema.
así que uno planta su propio jardín
y decora su propia alma,
en lugar de esperar
que alguien le traiga flores.

Y uno aprende….
que realmente puede aguantar,
que uno realmente es fuerte,
y que con cada adiós uno aprende.


(Autor desconocido)



Extraído del blog:

lapalabradeltiempo.blogia.com


Dicen que es una versión libre de Borges sobre un texto de Shakespeare: http://ellugardejuan.blogspot.com/2007/11/y-uno-aprende-de-jorge-luis-borges.html

19 de enero de 2017

Ino Moxo enumera las pertenencias del aire

A manera de proemio:
Ino Moxo enumera las
pertenencias del aire

-Es una historia larga, ya te dije. Si te contara todo, nada me creerías. Nunca se puede creer todo. ¿Sabes? Nuncanunca se puede escuchar todo.
-Yo estoy dispuesto a oírlo, maestro Ino Moxo, me oigo decir casi como un soborno, para eso he venido.
-¿podrías? No, creo que no podrías. Y su cabeza yendo a un costado, trayéndola de regreso a sus ojos:
-Sólo para darte un ejemplo, mira la selva. Si te pones a escuchar todo lo que suena en la selva, ¿qué escuchas…?
Y como si acabara de capturarse él mismo, como si al mismo tiempo él fuera la cerbatana y el dardo y la presa y el cazador y los leños encendidos de la cocina esperando, Ino Moxo algarabió su voz:
-No solamente el grito de los monos escuchas, no solamente el zumbido del zancudeo, de la arambasa que es la abeja más brava y más oscura, del chinchilejo que seguramente llamarás libélula, del chuspi que te infecta al picar, de la carachupaúsa que sangra sin aviso, no solamente oyes a la ronsapa siseando el aire, a la mantablanca que bebe tu cabello, a la quilluavispa de vuelos amarillos, al papási que nace de gusanos pero que no es gusano, a la wairanga que nunca toca el suelo. No solamente oyes el pájaro flautero, el jirirín que no sabe volar y tiene alas, ni el ushún ni el tabaquerillo ni el shansho ni el piurí ni el timelo grisáceo ni el tibe blancoblanco, ni el taráwi que come caracoles y es demasiado negro, ni la sharára que sabe vivir bien bajo del agua y mejor encima del viento, ni el zuizúi celestito ni el yungurúru grande cuyos huevos son color del zuizúi, ni esa garza gigante y rojiblanca que llama tuyúyu.
No solamente escuchas al urkutútu sabihondo. Ni a la quichagarza, floja de excremento. Ni al ucuashéro ni al tiwakuru que sólo come hormigas y canta en lo alto de las wimbras, ni al páwkar que sabe imitar todos los cantos de las aves con su plumaje negro y amarillo, ni a la unchala lo mismo que paloma color vino tinto, ni al paujil, acaso habrás comido, más sabroso que carne de mono makisapa, más que carne de lagarto blanco, más rico que ciruelo gigante de taperibá, ni al tatatáo que es ave de rapiña, algunos le llaman virakocha. No salamente oyes al pato mariquiña, al locrero, a la pinsha, al montete que en ciertos lugares nombran trompetero, al tuhuayú, al pipite, a la panguana que pone siempre cinco huevos y después muere, a esos loros azules que llaman marakána, ni a la wapapa carnicera, tú le has visto seguro en el río Mapuya, no solamente oyes a su primo el wankáwi avisando cada que se aproxima algún humano, ni al chiwakúllin ni al korokóro ni al ayaymáman que llora como niño abandonado, ni al camúnguy, ni esa garza del tamaño de un hombre que tiene plumas grises y se llama mansháku, tántos y tántos pájaros… No solamente oyes nubes gordas de insectos sonando desde la tarde, adentro, en las mañas del monte. No sólo suena la víbora desconfiando, el túnchi avisando una muerte, el tigre, el otorongo calladito procurándose carne tibia, ni el ronsoco baboso en los yucales ni los enormes peces cabezones en las redes tramperas.
No sólo suenan peces: el akarawasú, la gamitana, el tamborero, el paiche de tres metros y lengua de hueso que pare criaturas y no huevos, el pejetorre se hincha de aire y flota como boya, la dorada no tiene ni una espina, el chállualagarto, el kunchi, la añashúa, la anguila te mata de una sola descarga, la manitóa, el shitarí, la doncella uncida de franjas negras, el chullakaqla huérfano de escamas, el tiriri, el fasácuy al fondo de los lagos, el shirúi, el maparáte, la shiripira, el bujúrqui, la makana parece sable de tres filos, el shúyu sabe andar sobre la tierra, pez de camino, y el canero te entra por el ano y te come las tripas, el dementochállua vuela, poco vuela, más asombra el saltón, ese peje gigante sale del agua metros arriba y pesa más de cien kilos y mide hasta dos metros. Por no hablar de la paña, tú conoces, más le nombran piraña, que te come sin asco en un ratito. Y la kawára, enorme, y la palometa que sabe a casi dulce, y el bujéo, también nombrado delfín de los ríos, el bujéo cuya hembra es más deliciosa en amor que las mujeres, más rica, así dicen los pescadores que han probado, y tiene igual vagina y pechos duros y pare a sus hijitos, como humana. Cortándole a una bujéa los labios de su abajo, de su sexo, y curándolos algunos shirimpiáre fabrican pulseras infalibles en asuntos de amantes desdeñados, eso es sabido. Y suena también la gran carachama, de boca como de piedra, que vive una semana y más fuera del agua y que viene de lejos, desde antes del diluvio, antes de ese tigre que dispersó hace siglos a nuestros primeros padres ashaninka. Tántos y tántos peces…
No solamente escuchas culebras, víboras: la afaninga inocente, inofensiva entre los pastos defendiéndose apenas al azotar su cola, y el aguajemachácuy que respira en el agua y tiene piel idem que fruto de palmera, y la naka-naka pequeñita y mortal acechando en los ríos, y la mantona con sus diez metros por gusto pues no hace daño a nadie, diez metros de colores bien subidos, puro adornos ingenuos, y chushúpe venenosa que mide cinco metros y persigue a su presa mordiéndola varias veces, y la yanaboa que alcanza quince metros, y es gruesa como un hombre que primero hipnotiza y más tarde ya devora. Y la sachamáma, boa con orejas, a diferencia de la yakumama que vive solamente en el agua. Anaconda de tierra es la sachamáma, se mimetiza sin proponérselo: la hierba le crece solita sobre el cuerpo. El jergón, al revés, también se mimetiza pero a propósito: conforme crece va adquiriendo su piel un color marrón moteado, de hojarasca brillante, y sólo puedes distinguirlo por su aura, por ese resplandor que el jergón deja en el sitio por donde va a pasar, como aviso, como ánima. Tantas y tantas existencias oyes, tánta callada sabiduría escuchas cuando escuchas la selva. Y eso que ya no puedes oír el canto de los peces que alegraban las aguas del Pangoa, del Tambo, del Ucayali, animales musicales que presintieron la llegada del gran otorongo negro y huyeron días antes y se salvaron. Has de saber que ese otorongo produjo con sus zarpas gigantescas un torrente de piedras y lodo que acabó con la vida de los ríos. Sólo los peces cantaban y que en sus canciones decían y escuchaban el futuro, pudieron sobrevivir al fango de esas garras. Aunque hoy no sepan cantar más, o si es que es, quiero decir si saben cantar todavía, lo harán de seguro sin delatarse, con sonidos que nuestros oídos no acostumbran, callados cantarán, en otra jerarquía… Has de saber que todos, hasta los humanos, cuando son niñitos, oyen el futuro igualito que los peces del diluvio, así como tantos animales de ahora, tántas vidas que saben lo va a suceder y no pueden hablarnos, advertirnos. Los niños, por lo general, tienen nueve sentidos y no cinco, otros llegan a dominar once, yo he visto. Conforme crecen y sus cuerpos se van envenenando con las comidas y los padeceres, y conforme sus ánimas van siendo casa de pensamientos y de sueños manchados, los cuerpos y las ánimas del hombre pierden esos sentidos, esas fuerzas. Y por eso los brujos, los grandes shirimpiáre, para ejercer a plenitud los poderes del aire, para desarrollar al máximo su potencia de mirar, usan espíritus de niño, ánimas como familias nuevecitas ocupando las moradas de su cuerpo, los caseríos ruinosos…
No solamente escuchas animales: la awiwa, ese gusano que se puede comer como el zúri, otro gusano sabroso de colores, y ese sapo gritón que pesa más de un kilo y se llama wálo, y el bocholócho que canta y al cantar sólo sabe decir su propio nombre, bocholóchoooo, llamándose siempre a sí mismo, lejos, y la manakaracuy peleadora, invencible entre las aves, y el cupisu, pequeña tortuga de aguas que se come en sus huevos y en su carne, y la feroz wangána, cerdo salvaje que anda en poblaciones de cientos de colmillos voraces, y el tokón, ese mono de cola gigantesca y peluda, y el allpacomején, hormiga condenada a vivir sobre tierra, y la bayuca, gusano venenoso cubierto de cabellos azules, amarillos, rojos, verdes, y aquella hormiga grande y sin veneno que se alimenta de hongos y le dicen curuince, y el añuje, casi conejo de tamaño, y el isango que no podemos ver y nos pica metiéndose en la carne lo mismo que castigo, y el ayañawí, el ojo-de-los-muertos que otros llaman luciérnaga o cocuyo, y el achuni buscado porque tiene su falo hecho de hueso y con polvo de su pene condimentan brebajes para los impotentes, y ese otro jabalí de cerdas gruesas y collar como nieve que le nombran sajino, y el ronsoco, tal vez el roedor más grande de esta naturaleza, un metro de largo y cien kilos de peso, y la apashira que es un camaleón, la apashira con cuyo nombre nombran los pueblerinos al sexo de la mujer.
No solamente suenan tántos y tántos animales que has visto, que no has visto, que nadie verá jamás, bichos que aprenden a pensar y conversar lo mismo que personas… Suenan también las plantas, los vegetales: la katáwa de savia venenosa, la chambira que nos presta sus hojas para fabricar sogas, el pan-de-árbol que nominan pandisho, el makambo elevado de hojas grandes y frutos como cabezas de gente, la ñejilla espinosa que crece en los bajiales, el rugoso pashako, el machimango de olores imposibles, la chimicúa cuyas ramas se desgajan a un soplo, el wakapú mas duro de corazón que el propio palosangre, la itininga, el witino, la itahúba, el wikungu de espinas negras y ese árbol recto que se llama espintana; que cuando cae es bueno para sentarse y charlar, y la wakapurána más mejor para leña, y la chonta, cogollo de palmeras: de wasaí, de cinámi, de pijuáyu, de hunguráwi. Y el hunguráwi de cuyo fruto mana un aceite que hace crecer cabellos. Y la wayúsa trepadora en sus hojas contiene un poderoso tónico que borra las flaquezas. Y el sapote de color fruta verdesombra. Y el tawarí durísimo. Y la shiringa, la shiringa, ese caucho que sin querer nos trajo las desgracias… Y la quinilla, y el timaréo, y la shapája de aceitosos frutos, y la wiririma, y el shebón gigantesco que nos brinda sus hojas para techar viviendas, y ese marfil vegetal que nosotros llamamos tágua, y el sitúlli, aquel plátano rarísimo de grandes flores rojas, y el wingu, arbusto cuyo fruto se vuelve recipiente de bebidas y se llama tutúmo, y el pitajáy, la pona negra y dura, y el aguaje gigante, y la andiroba, y el caimito de frutos como pechos de virgen, y la waqrapona, palmera barriguda, y la anona sabrosa, y el cashú que por fuera es almendra y por dentro más dulce y más jugosa, y la apasharáma de savia para curtir cueros, y el barbasco de raíz de veneno, y el camucamu cítrico, semiacuático, y la capirona insuperable para leña y carbón, y la aripasa de fruto chato, pardo y redondito que no debe comerse, y la cumala, y la punga, y la cumacéba, y la cashirimuwéna, y el ashúri que protege los dientes de la carie, y la caritima por cuyos frutos disputan y se matan algunos peces, y la cocona hermosa, y ese tubérculo que se come crudo y se llama ashipa, y el pukaquiru de corazón rojo, durísimo, y el punqúyu coposo, apretado de hojas, a cuya sombra nada vive pues expele veneno por sus ramas, y el mucho más frondoso parinári de fruto largo y rojo que se llama súpay-ocóte, culodeldiablo. Y la lupuna en las orillas con sus alas inmóviles, blancas o coloradas, a flor de tierra, el más grande de los árboles de toda esta Amazonía. Y ese otro que llueve como tejado de invierno. Y ese otro que se infla y revienta peor que cientos de balas en la noche, en lo adentro del bosque, y el renaco creciendo más que bosque sin hojas y sin flores, y el garabatokasha que sana varios tipos de cáncer y disuelve lo torpe de las articulaciones que envejecen, y el tamshi te aleja del frío, y la coca se usa con ayawashka para adivinación, y la camalonga también se usa para diagnosticar, y la renaquilla distrae a los lisiados, y la wankawisacha cura para siempre a los alcohólicos, y el chamáiro ayuda a chacchar coca, y el tornillo-negro flotando bajo el agua, a media altura de los ríos flacos que traicionan mejor que el jugo de tohé, cuando la luna es verde y la época buena para talar el cedro sin rajar su corteza. Y la paka, la paka también suena como túnel al borde de los ríos que han desaparecido, y la zarzaparrilla sana de la sífilis, y la papaya verde elimina la sarna y la parasitosis y sus hojas cubren las carnes más duras y las vuelven animalitos tiernos. Y la wenáira de sombra venenosa como el jugo de la flor del tohé. Y el tohé que te hace ver los mundos de ahora y de mañana que forman este mundo. Y la parapára, más llamada hiporuru, esa hoja nunca pierde su forma como si estuviera hecha de jebe, porfiada: tú la cortas de su tallo, la arrugas, la doblas, y ella regresa a como era en la rama, siempre vuelve a su forma, a su tamaño, al tamaño y la forma de sus dos nacimientos, y no es por eso sino por los poderes que le vienen de lejos que la hoja de hiporúru sabe devolver a los hombres la juventud sexual. Y la quina-quina que aprendió hace siglos a lavar las heridas corrompidas. Y la liana-del-muerto, ayawashka, sagrada, La Madre De La Voz En El Oído. Con el ayawashka, con el oni xuma, si lo mereces, puedes pasar del sueño hacia la realidad, y sin salir del sueño… Tántas y tántas plantas, todas y todas suenan. La abuta, pon atención, la abuta, árbol mediano cuya raíz rojiza se hierve y tomando ese líquido en pocos días el azúcar de la sangre se borra, no existen los diabéticos. Y la mariquita, mitad enamorada y mitad flor, que sólo sabe abrirse en la purísima sombra. Y la tzangapilla, anaranjada y grande, hija única, flor más caliente que frente de afiebrado. Todas y todas suenan, lo mismo que las piedras…

Y más que nada suenan los pasos de los animales que uno ha sido antes que humano, los pasos de las piedras y los vegetales y las cosas que cada humano ha sido. Y también lo que uno ha escuchado antes, todo eso suena  en la noche de la selva. Dentro de uno mismo suena, en los recuerdos lo que uno ha escuchado a lo largo de la vida, bailes y pífanos y promesas y mentiras y miedos y confesiones y alaridos de guerra y gemidos de amor. Voces de agonizantes que uno ha sido o que uno ha escuchado solamente. Historias ciertas, historias de mañana. Porque todo lo que uno va a escuchar, todo eso suena, anticipado, en medio de la noche de la selva, en la selva que suena en medio de la noche. La memoria es más, es mucho más, ¿lo sabes? La memoria verídica conserva también lo que está por venir. Y hasta lo que nunca llegará, eso también conserva. Imagínate. Nada más imagínate. ¿Quién va a poder oírlo todo, dime tú? ¿Quién va a poder oírlo todo, de una vez, y creerlo?…

Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la Amazonia. Cesar Calvo.