22 de septiembre de 2017

La chispa humana - Yuval Noah Harari

No hay duda de que Homo sapiens es la especie más poderosa del mundo. A Homo sapiens también le gusta pensar que goza de una condición moral superior, y que la vida humana tiene un valor mucho mayor que la de los cerdos, los elefantes o los lobos. Lo segundo es menos evidente. ¿Acaso el poder produce el derecho? ¿Es la vida humana más preciosa que la porcina simplemente porque el colectivo humano es más poderoso que el colectivo porcino? Estados Unidos es mucho más poderoso que Afganistán; ¿implica eso que las vidas norteamericanas tienen un mayor valor intrínseco que las vidas afganas?

En la práctica, las vidas norteamericanas son más valoradas. Se invierte mucho más dinero en educación, salud y seguridad en el norteamericano medio que en el afgano medio. Matar a un ciudadano estadounidense suscita una protesta internacional mucho mayor que matar a un ciudadano afgano. Pero, por lo general, se acepta que esto no es más que un resultado injusto del equilibrio geopolítico de poder. Afganistán puede tener mucha menos influencia que Estados Unidos, pero la vida de un niño en las montañas de Tora Bora se considera tan sagrada como la vida de un niño en Beverly Hills.

Cuando damos un trato de favor a los niños sobre los cochinillos, queremos creer que ello refleja algo más profundo que el equilibrio ecológico de poder, que las vidas humanas son superiores en algún sentido fundamental. A los sapiens nos gusta decirnos que gozamos de cierta cualidad mágica, que no solo explica nuestro inmenso poder, sino que también confiere justificación moral a nuestra condición privilegiada. ¿En qué consiste esta chispa humana única?

La respuesta monoteísta tradicional es que solo los sapiens poseen un alma eterna. Mientras que el cuerpo se deteriora y se pudre, el alma viaja hacia la salvación o la condenación, y experimentará un gozo eterno en el paraíso o una eternidad de desgracia en el infierno. Puesto que los cerdos y demás animales no tienen alma, no participan en este drama cósmico. Viven solo unos cuantos años, y después mueren y se desvanecen en la nada. Por lo tanto, deberíamos ocuparnos mucho más de las eternas almas humanas que de los efímeros cerdos.

No se trata de un cuento de hadas de guardería, sino de un mito poderosísimo que sigue modelando la vida de miles de millones de huma“nos y animales en los primeros años del siglo XXI. La creencia de que los humanos poseen un alma eterna mientras que los animales no son más que cuerpos evanescentes es un pilar básico de nuestros sistemas legal, político y económico. Por ejemplo, explica por qué es perfectamente correcto que los humanos maten animales para comérselos o incluso solo por diversión.”


Fragmento de: Yuval Noah Harari. “Homo Deus: Breve historia del mañana.”



12 de septiembre de 2017

La rabia y la evasión espiritual (parte 1)

En la cosmología de la evasión espiritual la rabia constituye una fuerte negatividad, tan alejada del amor y de una vida iluminada como se pueda estar; algo que los espiritualmente avanzados no expresan (a menos que sean gurús que lo hagan “únicamente” por el “bien” de sus devotos) o, mejor aún, ni siquiera permiten que surja. Expresar abiertamente la rabia o incluso estar enfadado, se considera espiritualmente incorrecto en más de unos cuantos círculos, sobre todo en aquellos que lo ven como un estorbo o una impureza. Según esta forma de pensar, la rabia es algo que hay que transmutar en un estado “mejor”, como la compasión. Pero, en verdad, rabia y compasión pueden coexistir: la compasión iracunda no es un oxímoron.

¡Los sentimientos reprimidos no desaparecen solo porque ahora seamos espirituales! De hecho, pueden empeorar. La rabia reprimida sigue siendo rabia y encontrará modos -aunque no tengan aspecto de enfado- de salir a la superficie, incluido el de juzgar, siempre una forma tan amable, a quienes son más abiertos a la hora de expresar su rabia. El hecho de que tales juicios puedan emitirse con una voz muy suave y agradable o de un modo razonable no los hace menos críticos o vergonzantes.

Es muy fácil poner la rabia por los suelos; al fin y al cabo, cuando estamos “poseídos” por ella ¿no somos más propensos a la violencia, la hostilidad, el rencor, el odio y la falta de amor? 

Los bando psicoespirituales pueden argumentar tanto los peligros de dejar salir la rabia como los de quedársela dentro, pero trabajar con la rabia implica mucho más de lo que puedan sugerir estas estrategias. No hay nada intrínsecamente malo en la rabia; no tiene por qué ser necesariamente un problema - un signo de negatividad o de déficit espiritual, o una forma de evitar algo “más profundo” ni un signo de pasotismo. El auténtico problema es el cómo utilizamos nuestra rabia. ¿Culpamos a nuestra rabia de nublarnos la razón, aduciendo ser víctimas de nuestras pasiones o asumimos la responsabilidad de lo que hacemos con ella? ¿Convertimos nuestra rabia en un arma y ocultamos nuestro dolor tras una fachada inflada con aires de superioridad moral, o nos mantenemos trasparentes y permeables, mostrándonos vulnerables? ¿Utilizamos nuestra rabia para ajustar cuentas, marcar puntos, dominar o dejar fuera de combate? ¿O la utilizamos para profundizar en la intimidad con nuestra pareja y superar el fingimiento y el vacío emocional? 

Es muy fácil rechazar, hablar pestes, aplastar, encarcelar o vulnerar nuestra rabia y permitirle tan pocas válvulas de escape que, como un animal que ha estado demasiado tiempo enjaulado, se comporta mal cuando es finalmente liberada y, de ese modo, confirma nuestras sospechas de que necesita el mismo trato que una bestia salvaje que amenaza nuestra casa. También es fácil glorificar la rabia; exhortar a los inhibidos a que “entren en su rabia”, reforzando así la agresividad.

Sin embargo, no es tan fácil cultivar una relación íntima con nuestra rabia: acercarnos a su calor, a sus llamas, a su intensidad, sin perder el contacto con nuestra sensatez. Y así nos perderemos su luz, ya que podemos tratar a la rabia como una aliada.

La rabia es un estado despierto y a menudo acalorado en el que se combinan la sensación de ser tratados injustamente y una contrarrestante sensación de poder , potencialmente energizante. 

Es importante darse cuenta de que la rabia no tiene por qué ser sinónimo de agresividad. La agresividad está desprovista de compasión y vulnerabilidad, pero la rabia, por muy fuerte que pueda ser su manifestación, puede funcionar al servicio de la una y de la otra. No obstante, en nuestra cultura la rabia sigue siendo sinónimo de agresividad, tanto en un contexto laico como espiritual.

La rabia es fuego moral; que sea destructiva o constructiva está en nuestras manos… y en nuestro corazón. Bajo la fogosa custodia de la rabia limpia coexisten la pasión y la compasión, como el calor y la luz. Es necesario que respetemos nuestra rabia, que dejemos de considerarla un problema, o un obstáculo espiritual, o algo que está por debajo de nosotros. 

La rabia que es compasión negada se convierte fácilmente en rabia expresada sin compasión. 



La evasión espiritual, Dr. Robert. A. Masters

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